Capítulo 18 Marisol
¿Sabes lo que es que te desgarren todo el cuerpo desde adentro? ¿Sentir cómo tu alma lo abandona y se eleva y te mira desde arriba, burlándose de ti con su libertad?
Eso fue lo que experimenté cuando levanté la vista y vi sus ojos clavados en los míos, crueles y vacíos.
Se abalanzó sobre mí y me agarró. Me inmovilizó los antebrazos, me clavó las uñas en la piel fina bajo las muñecas.
Los pelos de su pecho me rozaban los senos; el peso de su cuerpo desnudo me oprimía de manera implacable.
Bufaba con ritmo regular; con cada embestida la peste a ron que transpiraba se me colaba por las fosas nasales.
Hasta que por fin todo terminó. . .
Solo se escuchaba su respiración en medio del silencio. Antes de ver su cinto, pude escuchar el metal de la hebilla golpeando las baldosas.
Con lentitud se levantó del suelo y se puso de rodillas. Pude sentir cómo, en la oscuridad, buscaba sus espejuelos y su uniforme y también cómo los separaba de mis pantalones de nailon rotos y mi camiseta destrozada.
Carraspeó para aclararse la garganta.
—Quédate aquí —ordenó y se puso de pie a mi lado. Miraba mi cuerpo desnudo, retorcido y desfigurado.
Como si pudiera ir a algún sitio, aunque lo intentara.
Me tiró un trapo por la cabeza que aterrizó la mitad entre mis cejas y la otra sobre las baldosas.
No me inmuté.
Me quedé mirando fijo al espacio vacío tras la cabeza de mi violador. Estaba demasiado aturdida para reaccionar. La idea de saberme impotente hizo que me sonrojara de vergüenza.
En el momento en que me penetró por primera vez, sentí cómo la voluntad abandonaba mi cuerpo, cómo mis ganas de sobrevivir se derramaban sobre el suelo que tenía debajo.
Ese momento marcaría para siempre el «antes» y el «después» de mi vida: la línea divisoria entre quién pensaba que podía llegar a ser si ponía todo mi empeño y quién me resignaba a ser por el mandato de las circunstancias.
Cuando mi agresor vio que no me movía, gritó algo que no pude entender; algo que sonaba al mismo tiempo tan cerca como tan lejos.
Estaba perdiendo el conocimiento.
¿O era que el sueño se apoderaba de mí? ¿Había estado despierta todo este tiempo?
La puerta se cerró detrás de él y el pestillo regresó a su sitio. Allí yacía yo, con la espalda desnuda sobre el suelo y los pies helados por el shock.
¿Era este el precio que tenía que pagar? ¿El precio de una consecuencia que no había calculado?
Me quedé allí, inmóvil. El tiempo se convirtió en un concepto sin significado real. Debí pasar horas sobre aquellas baldosas frías y ásperas, noches que se convertían en días cuando el sol sin previo aviso se asomaba entre los barrotes de mi celda.
Me habían llevado a El Castillo del Príncipe, la antigua fortaleza militar en medio de La Habana, donde Batista y sus hombres encerraban a sus oponentes políticos.
Allí esperaba morir.
De cierto modo, no estaba segura si mi muerte ya había sucedido.
Había oído hablar de «la cárcel», a través de recortes de periódico y de advertencias que nos llegaban de boca en boca en forma de susurros; era una de esas cárceles clandestinas donde desaparecían a los críticos de Batista.
Nunca pensé que viviría para verlo y mucho menos para estar encadenada dentro.
El primer mes que pasé allí, solo tuve una manta raída e infestada de bichos. A través de las rendijas de la puerta de mi celda, veía a los soldados agachados detrás de los barracones, metiéndose montones de arroz en la boca con cucharas de metal dobladas.
—Ese chamaquito ni siquiera nos verá venir —escuché decir a una voz que me pareció familiar. Podía ver la silueta de mi violador hablando con otros seis soldados.
—Una vez que el Hombre detenga a Castro en Oriente, ese abogado de poca monta va a tener que regresar corriendo a México.
Coro de risas.
—¿Ese chiquito del Directorio Revolucionario pensó que su hazaña en el palacio presidencial sería suficiente para detener al Indio? He oído que Batista burló a casi cincuenta de esos imbéciles —ironizó uno de los guardias y pasó un periódico al hombre que estaba sentado en silencio a su lado.
—Echevarría —respondió el primero—. Me dijeron que cayó como una mosca cuando llegaste hasta él, Silva.
Silva.
Así llamaban al que me violó.
Al que mató a mi único amor.
Cerré los ojos y vi imágenes del cuerpo de José, cálido y húmedo; la sangre se derramaba de su piel tan suave mientras que en su boca comenzaba a dibujarse una línea delgada, de expresión severa.
¿Cómo era posible que una vida destinada a la grandeza, un nombre que todos íbamos a corear el día de la victoria, se viera truncada de forma tan violenta?
Que su futuro, robado a sangre fría, estuviera ahora reducido a unas manos hinchadas y rígidas que sostenían un discurso triunfal que nunca llegó a pronunciar.
¿Siempre supo José que esto sucedería?
Me estremecí al recordar la mirada enloquecida de sus ojos antes del primer disparo, con el rifle cargado entre sus manos.
¿Había intentado protegerme de la gravedad de su plan? ¿Su verdadero plan? ¿Esperaba entregarme a cambio una Cuba a salvo de la dictadura, plena de libertad? ¿Sería su regalo convertirse en mártir?
José no quería que mi vida terminara con la suya ni que la trágica historia de dos revolucionarios pudiera ser extinguida por una misma bala.
Pero yo no era una revolucionaria.
Simplemente me había enamorado de él.
—«Castro se encamina hacia la victoria tras el ataque al palacio» —continuó Silva leyendo el periódico en voz alta—. Está tratando de tomar la capital, de aprovechar la oportunidad.
—Ha estado con ese periodista gringo en la sierra Maestra toda la semana—respondió el primer guardia—.
He escuchado que apenas conocía al estudiante que organizó el ataque al palacio.
A los demás idiotas que escaparon esa noche los encontramos escondidos en un apartamento de la calle Humboldt. Acabamos con ellos.
Silva se burló y arrojó con brusquedad el periódico al fuego. Algunas chispas comenzaron a volar mientras las llamas naranjas consumían los bordes.
—Son todos unos comemierdas que andan buscando su propia muerte. Castro quiere que pensemos que puede dirigir todo el país cuando ni siquiera puede controlar a sus propios «soldados».
Otro coro de risas.