Toda la vida es ahora Capítulo 17 Lily
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Capítulo 17 Lily

Al regresar al campus después de las vacaciones de invierno, me puse a deambular sin rumbo fijo por las bibliotecas. Era siempre la última en irme; me quedaba hasta la hora en que cerraban y el guardia de seguridad tenía que esperar por mí para poder hacerlo.

Nada era igual sin Vikram.

Me había enviado algunas cartas desde que se marchó; eran más bien reflexiones garabateadas al dorso de los billetes de tren, cuando viajaba desde Featherstone hasta Londres, o notas arrancadas de nuestro libro de francés.

Esperaba con ansias estos breves momentos en los que era posible asomarme a su vida e intentaba contener mi emoción cada vez que veía un sello postal par avion.

De camino a mi dormitorio, me detuve en el salón de correos que estaba en el sótano.

Me quedé allí, saboreando el silencio de la polvorienta bodega, sin ganas de subir las escaleras.

En cambio, me apoyé en la pared con su última carta en la mano, oyendo el único sonido del sobre mientras lo despegaba.

29 de enero, 1991

Mademoiselle Lily:

Me gustaría enviarte «une strophe» o dos, pero aquí tienes un breve resumen de las razones por las que no lo voy a hacer:

Mi dominio de la poesía en francés es tan grande que prácticamente no tengo ninguna habilidad en inglés.

En este momento sigo en mi estado de «torpeza», atónito por estar escribiéndote desde el Reino Unido en lugar de inclinarme sobre una pila de libros para poder susurrarte en la biblioteca.

Cualquier cosa que escribiera sería demasiado sensiblera.

¡Siento una fuerza arrolladora que debo medir!

Llegué sano y salvo a Featherstone después de pasar el fin de semana con Akshay y Shivani en la zona este de Londres.

Los planes de boda están en pleno apogeo, pero tuve que volver para llevar a mi padre a ver a un nuevo cardiólogo.

No quiero ser pesimista, pero las cosas no pintan nada bien.

Llamé al decano Kelly la semana pasada para decirle que necesitaba quedarme en casa un poco más.

Por desgracia, puede que no consiga volver antes de que termine el semestre de primavera.

Pero lo estoy intentando. ¡Me gustaría tomar al menos un té más en el Cambridge «T» Shop antes de que te conviertas oficialmente en estudiante de segundo año!

Por cierto, ¿ya has decidido tus planes para el verano? ¿Te han contestado sobre esas prácticas en Sudáfrica? Espero que te las den; tendrían suerte de contar con tu talento.

Espero que estés bien, Lily. Escríbeme cuando tengas un momento.

Me encantaría saber cómo van tus clases, si Madame Carole ya me echa de menos y si alguno de tus futuros viajes te traerá al otro lado del charco.

(Resulta que conozco a un chico británico que estaría encantado de darte la bienvenida en Heathrow. . .).

Ahora tengo que irme. Mamá Desai necesita ayuda con la cena. (Me temo que es una excusa. Ella sabe que soy un desastre en la cocina).

À tout à l’heure,

Vik

Doblé la carta y la volví a meter en el sobre; me fijé en la miniatura del Big Ben que aparecía en el sello.

Podía sentir cómo las palabras saltaban de la página, casi veía a Vikram mirándome con la comisura derecha de la boca levantada, con su sonrisa pícara.

Era duro sentir cuánto echaba de menos su compañía, pero al menos la mención de Sudáfrica alivió un poco mi dolor.

Conseguí las prácticas.

La persona a cargo de ofrecer las orientaciones de la Oficina de Servicios Profesionales me había dicho el viernes pasado que el coordinador de prácticas iba a abrir una vacante en la Embajada de Sudáfrica en Washington D.

C. y que podría presentarme con el investigador principal de la Universidad de KwaZulu-Natal.

Me darían una beca, lo cual me permitiría quedarme en una residencia universitaria de la American University y, si mi investigación iba bien, podría estudiar en Durban el próximo semestre.

Mi vida había sido una locura desde que recibí la noticia; por fin el viento soplaba a mi favor.

Todo el mundo tenía un plan para este verano y por esta vez ese «todo el mundo» me incluía a mí.

Subí las escaleras con una gran sonrisa dibujada en los labios y cerré la puerta.

La habitación estaba en silencio.

Hana estaba con Chris en un partido de fútbol y yo tenía el cuarto solo para mí.

Agarré el auricular rojo brillante del teléfono que estaba en la esquina del escritorio y me acurruqué en el futón debajo del alféizar de la ventana; los cojines estaban desinflados por el uso.

Era mi turno de llamar a Eric; llevábamos tres semanas dejándonos mensajes de voz sin respuesta, los dos presa de la emoción que acarreaba este primer semestre lejos de casa.

Necesitaba oír su voz.

—Hola, princesa —respondió Eric con exagerado acento sureño.

—Hola, mi amor. ¿Cómo va la universidad?

—La universidad va bien. Pasarelas con los diseños, exámenes, búsqueda de prácticas. Pero mis padres, no tanto.

—¿Por qué? ¿Qué pasó?

—Les conté, Lily.

Me enderecé y me deslicé hasta el borde del futón.

—¿Les dijiste? ¿Y qué te dijeron ellos?

Eric dejó escapar un suspiro profundo. Pude sentir un cambio en su ánimo desde el otro lado de la línea.

—Lo que era de esperar: sida, muerte. El infierno eterno. Lo habitual.

Eric se rio con amargura.

Me di cuenta de que intentaba ocultar su decepción.

Su dolor.

—Sabes que eso es una tontería, Eric —le susurré, abrumada por la magnitud del rechazo de sus padres, sin saber muy bien cómo consolarlo.

—Tu madre pasa tanto tiempo en la iglesia que debe saber que Dios te creó a su imagen y semejanza. ¿No es eso lo que dice la Biblia?

Eric se quedó callado.

¿Estaba llorando?

—Eso dicen, Lily. Pero estoy cansado de esconderme. No puedo seguir así.

—Lo entiendo, querido. ¿Qué te llevó a tomar esa decisión en este momento?

—Conocí a alguien.

—¡ Ah! —exclamé, dejándome llevar por la emoción—. ¿A quién?

—Se llama Mario. Es de España y es fotógrafo. Lo conocí en Hell’s Kitchen.

—¿Qué es eso?

—Un refugio para los gays. El barrio donde quedan casi todos los teatros, acá en Nueva York.

—¡Qué bueno, Eric! ¡Fantástico! ¿Crees que sea algo serio?

—Creo que puede llegar a serlo —hizo una pausa—. Si dejamos de escondernos.

—Me alegro por ti, querido. Te lo mereces. Te mereces que te quieran a plena luz del día.

—¿Y tú? —preguntó.

—¿Y yo qué?

—¿Qué hay con Vikram? El chico que se fue a Inglaterra. . . ¿Por fin te confesó su amor eterno?

Me enrollé el cable del teléfono en el dedo y lo apreté contra mi piel hasta que se puso blanca.

—No del todo. . . —suspiré.

—A mí me parece que es una reencarnación de Todd Milhaven.

Hice una mueca de dolor, el recuerdo de la traición de Todd me dolía más de lo que quería admitir y, desde luego, más de lo que quería mostrar.

—Esto es diferente, Eric. Vikram es diferente.

—No, Lily. Nosotros somos diferentes —Eric hizo una pausa, y las palabras que no dijo llenaron el vacío.

Eric sabía que era gay desde la escuela intermedia.

Yo era la única persona que lo sabía oficialmente, pero eso no había impedido que los chicos de nuestra escuela llenaran su casillero con tul rosa y una tiara de plástico la noche antes de nominarlo para «Reina del Baile».

Una broma de mal gusto.

Para Eric, que sufría en privado lo que los habitantes del pueblo llamaban «una aflicción», y para mí, una de las únicas niñas negras de nuestra clase, el dolor de verlo todo con cierta extrañeza se convirtió en algo habitual y esperable.

Mirábamos a través del cristal mientras las vidas de nuestros compañeros pasaban por los típicos hitos de la adolescencia:

El baile de bienvenida. El baile de graduación. Los primeros besos.

Y aunque no teníamos la fanfarria y la aceptación de nuestros compañeros de clase, siempre nos tuvimos el uno al otro.

—Un hombre que no te ame con sinceridad, Lily, no es el adecuado para ti —dijo Eric con rotunda claridad—. Tú también mereces ser amada a la luz del día.