Toda la vida es ahora Capítulo 16 Marisol
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Capítulo 16 Marisol

Estábamos rodeados.

—Detén el carro —dijo José con calma, con una voz que parecía pertenecer a otra persona.

Otto se detuvo, los neumáticos se deslizaron por el terraplén junto a la autopista y el sonido de las olas entró por las ventanas abiertas.

—Quédate aquí —dijo José, mirándome con intensidad a los ojos.

Me quedé paralizada.

Por una fracción de segundo, el mundo se detuvo.

José estaba comunicando algo, un mensaje que yo no podía descifrar.

Solo asentí con la cabeza.

José cambió por fin la mirada y se dio la vuelta, cogió la bolsa negra que había en el suelo del carro. Al abrir el zíper, salieron las toallas que estaban en la parte superior.

Era la misma bolsa que había guardado en nuestra pensión.

José sacó el rifle y lo cargó con municiones.

—Quédate aquí —me repitió, con los ojos inyectados de emoción.

De repente, José abrió la puerta del carro, salió con un movimiento rápido y alzó el rifle al aire con violencia.

—¡Cuba para los cubanos! —gritó, mientras cinco hombres vestidos con uniformes militares bajaban de los primeros jeeps y le apuntaban con sus armas.

José lanzó su grito de guerra y cargó contra uno de los oficiales; tenía los brazos abiertos y el rifle en una de las manos, su pecho vulnerable quedó al descubierto.

Disparó un tiro al aire.

Una lluvia de balas fue la respuesta.

Un llamado de la muerte.

Observé con horror cómo José se agarraba el estómago, con los ojos muy abiertos como si estuviera sorprendido. Con lentitud, miró hacia abajo y vio cómo una mancha escarlata oscura se extendía desde el centro de su camisa gris.

Mirta gritó.

José cayó aniquilado al suelo y su cuerpo aterrizó con un golpe sordo.

Jadeé, incapaz de articular palabra. Sentí náuseas.

—¡Marisol, ven! —gritó Mirta y me sacudió por los hombros para sacarme de mi estupor. Tiró de mí por ambos brazos y me sacó del carro luchando con mi peso muerto. Juntas, caímos desde el asiento trasero; mi cuerpo rígido cayó con inercia sobre el suyo.

Golpeamos el cemento justo en el momento exacto en que Raúl y Otto salieron disparados del asiento delantero.

Corrieron desde nuestro carro interceptado, con las puertas abiertas, y se dirigieron hacia el centro de la calle.

Un segundo camión militar los iluminó con sus focos delanteros.

Cuatro hombres con uniformes verdes descoloridos saltaron de la parte trasera de un viejo jeep sin techo, del que solo quedaba un armazón al descubierto.

—¡Paren! ¡Alto! —gritaron.

Tan pronto como Raúl y Otto comenzaron a gritar, con las manos en alto, los paramilitares se abalanzaron sobre ellos con bates en la mano.

Todo lo que pude ver fue una lluvia de piñazos, de bates golpeando sus escuálidos cuerpos adolescentes, de patadas lanzadas con una violencia que nunca había presenciado.

Oí sus gritos, gritos de terror que más tarde vendrían a atormentarme en cada momento de quietud.

Fue entonces cuando me di cuenta de nuestro grave error de cálculo: no podíamos enfrentarnos a esos hombres ya hechos; hombres espantosos y barbudos; hombres endurecidos por el entrenamiento militar y la avaricia.

¿Por qué había pensado que nuestras ideas —libros y bolígrafos que tuvimos la ilusión de usar como armas— podrían competir con su cruel brutalidad?

Cuando ya creía que no podría ponerse peor, dos de los soldados pisotearon a los muchachos y les apuntaron a la cabeza con sus pistolas.

Dos disparos.

Mirta gritó.

Uno de los guardias vino hacia nosotras. Dio tres zancadas, se abalanzó sobre ella y le dio un golpe en la cabeza con la porra. Comenzó a brotarle sangre del cráneo y su cuerpo quedó inerte.

Grité horrorizada mientras los dos hombres cargaban a Mirta sobre sus hombros y arrojaban su cuerpo en la cama del jeep.

El motor hizo un estruendo al arrancar. Uno de los oficiales, el último en saltar del camión, pateó el cuerpo de José y se dirigió hacia mí.

Quedé paralizada. Me miró a los ojos y de una manera repugnante me hizo evidente que se había dado cuenta de algo, lo dejaba ver su rostro.

—Oye, no la maltrates demasiado —oí cómo se reía un tercer hombre, uno que se estaba acercando a mí—. Aún podemos disfrutarla antes de terminar con esto. Tráela para acá.

Empecé a retroceder despacio, con las manos extendidas hacia delante. Oí una ramita romperse bajo mi pie. Me giré y eché a correr.

Pude avanzar unos pocos metros antes de sentir cómo una mano me agarraba por el pelo y me tiraba hacia atrás con un golpe seco. Mi cuerpo se estrelló contra el hormigón.

—¿Adónde crees que vas, camarada? —me susurró el guardia al oído, sentado encima de mí, con las piernas a ambos lados de mi cuerpo. Podía oler el tabaco barato y el ron en su aliento. Me miraba enloquecido.

—Quítate. . . de encima. . . —grité entre jadeos y agité los brazos con fuerza.

El peso de su cuerpo contuvo mis golpes.

Sentí un piñazo en la mejilla. Con el puño cerrado me partió la mandíbula y la sangre salpicó por el aire hasta aterrizar en el uniforme del guardia.

—Mira, mira lo que has hecho —se burló—. Supongo que tendremos que ir a que te limpies. . . juntos.

El guardia me agarró del pelo y así me levantó.

Seguí golpeándolo, soltando una ráfaga de piñazos sin sentido que aterrizaban en algún lugar entre su cara y la clavícula.

Me agarró por debajo de los brazos y me dio la vuelta.

Otro hombre con uniforme verde oscuro corrió hacia nosotros y, junto con mi agresor, me levantó, boca abajo, sobre su hombro.

Los dos hombres me llevaron hacia un jeep verde oscuro idéntico a aquel en el que habían metido a Mirta momentos antes.

—¡Vámonos! —gritó el soldado a otro chofer cuando nos acercamos—. Esta va para la prisión.

¿Qué quería decir con «esta»? ¿Quién era la otra?

Me arrojaron allí dentro como si fuera basura. Mi cuerpo cayó con un golpe sordo y mi cadera chocó contra algo blando a mi lado, algo cubierto con una lona. El segundo guardia saltó a la parte trasera del camión para atarme las manos con una soga vieja y los pies con trozos de una camiseta.

Antes de ocupar su lugar en la parte delantera con sus compañeros, mi agresor se detuvo y me miró fijo, sus ojos penetrantes, oscuros y tormentosos me provocaron un escalofrío.

—No te muevas —dijo y retiró una esquina de la lona.

Allí la vi con su piel blanca que se había puesto azul y morada, su cabello lacio y enmarañado por la sangre. Tenía los ojos hundidos en sus órbitas, abiertos y sin vida.

Mirta.

—Quédate quieta —repitió el guardia—. O no tendrás tanta suerte.

El motor hizo un estruendo al arrancar.