Toda la vida es ahora Capítulo 15 Marisol
28%

Capítulo 15 Marisol

Marisol metió la llave en la puerta principal de la cabaña, mientras cargaba en un hombro la pesada bolsa de trapos sucios que traía del trabajo.

El ruido de las bisagras oxidadas de la portezuela de tela metálica anunció su llegada.

Algunos trozos de pintura negra se desprendieron cuando giró el picaporte para entrar.

Dejó las bolsas con cuidado en el suelo sobre la alfombra azul desgastada por años de pequeñas pisadas.

Allí estaba su hija echada en el sofá.

No se movía.

Desde hacía dos semanas, Lily había vuelto a casa para las vacaciones de invierno.

Marisol y Kem estaban locos de emoción ante la posibilidad de poder pasar tiempo con su niña.

La casa estaba siempre más animada, rebosante de energía, cuando la tenían bajo su mismo techo, tirando su mochila sobre el áspero suelo de madera, con la música de sus CD sonando a todo volumen por las bocinas mientras bailaba sin zapatos por el pasillo.

Su risa transportaba a Marisol al momento en que ella y Kem se enamoraron; su hija era un recordatorio físico de la liberación —y la alegría— que habían encontrado el uno en el otro.

Pero esta última visita estaba siendo diferente.

Marisol se dio cuenta de que algo preocupaba a Lily en cuanto apareció en el porche con su desgastada bolsa de viaje.

Durante toda su estancia en casa, no hizo más que sentarse junto a la ventana a contemplar la nieve que caía sobre la montaña, perdida en su propio mundo.

Cuando Marisol la animó a comer, apenas tocó su plato.

Esta no era la Lily de siempre, la que jugaba al crucigrama con Kem y ayudaba a Marisol a calentar el cafecito.

Al margen de las circunstancias, su hija siempre tenía energía para ser hacendosa, para ofrecerse a ayudar, para anticiparse, para ser útil.

Pero ahora, Lily estaba en un lugar al que no podía llegar, retraída y desconectada.

Esto dejó a Marisol en un terreno desconocido.

No saber el origen de su angustia y no tener las palabras para encontrarlo se traducía en una corriente incómoda y silenciosa que flotaba en el aire.

La de ellas no era, y nunca había sido, una relación de preguntas directas y respuestas completas.

Marisol mostraba ternura a través de la comida recién hecha, las toallas limpias y todo aquello que de manera pragmática hiciera sentir segura a su hija.

La animaba a alcanzar metas, la ayudaba a conseguir éxitos medibles que nadie le podría quitar: buenas notas, inglés fluido, ropa que Marisol podía dejar como nueva al coserla con sus propias manos.

El lenguaje de la acción era el que usaba para comunicarse con Lily.

Marisol se asomó por el marco de la puerta de la cocina y la vio echada en el sofá, con la cara hacia el respaldar carcomido.

Marisol no conocía el origen de la angustia de su hija, pero reconocía ese letargo, esa pasividad depresiva.

Se trataba de una pérdida.

Una pérdida amorosa.

Era un sentimiento que Marisol conocía de manera más instintiva de lo que le gustaría recordar.

¿Podría tratarse del chico británico que Lily había mencionado en sus cartas?

Marisol no le había dado mucha importancia al principio, pero cuando apareció en la segunda carta, sospechó que había algo más que «estudios» en juego. ¿Era este el primer novio de Lily?

Marisol se estremeció al recordar a aquel otro que había dejado a su hija esperando en el porche la noche del baile de graduación.

Se sentía mal físicamente cada vez que pensaba en el rostro abatido de su niña en el momento en que se dio cuenta de que su cita no iba a llegar.

Ese pendejo hijo de puta descarado. No tuvo el suficiente valor para llevar a Lily a ese baile, tan inseguro o renuente a cruzar las barreras raciales que habían oprimido la vida de tantas generaciones.

Las mismas barreras que habían matado amores de juventud antes de que comenzaran.

Marisol pensaba que habían cambiado muchas cosas desde que, décadas atrás, llegó a los Apalaches.

Cuando los carteles de «solo para blancos» adornaban las vitrinas de las tiendas en las callecitas adoquinadas de lo que llamaban «el centro».

Sin embargo, cuando ese muchacho blanco dejó a su hija sin palabras y luchando por contener las lágrimas al pie de su estrecha escalera, Marisol se dio cuenta de que la segregación silenciosa y permanente que la había impactado décadas atrás aún persistía.

Incluso cuando exigieron que los carteles desaparecieran, la presión racial que obligó a Marisol a reconocer quién era ella en este país —y ahora, en quién se convertiría su hija— se sentía más fuerte que nunca.

En parte por eso, hoy, mientras veía a Lily sufrir en silencio en el sofá, Marisol no podía preguntarle qué había pasado.

No se atrevía a hacerle las preguntas para las que entonces no tuvo ni las palabras ni el valor.

Por supuesto que Marisol quería conocer las líneas secretas que se dibujaban en el corazón de su hija para comprender las partes de sí misma que mantenía ocultas.

Ese era el rincón al que había intentado llegar con sus cartas.

Pero no se atrevía a tener esa conversación en persona; las palabras eran demasiado delicadas, el dolor demasiado reciente.

Además, Marisol y Lily parecían haber llegado a una tregua silenciosa, a una promesa tácita de no mencionar directamente lo que había en esas cartas. No hablaban del contenido de sus confesiones ni de esas incursiones, pequeñas y novedosas, en la vida de la otra.

Pero esto era diferente. Marisol estaba preocupada. Nunca había visto a su hija así, lánguida y apática.

Por eso, cuando llegó el último día de las dos semanas de vacaciones de invierno de Lily, Marisol decidió que tenía que hacer algo. Se inclinó sobre la meseta de la cocina, con la cáscara húmeda del plátano colgando de su mano.

—Querida, ¿me puedes ayudar con los plátanos?

—Marisol esperaba que la llamada al deber despertara alguna respuesta en su hija, aunque solo fuera por reflejo.

Lily sabía, por los largos fines de semana que pasaba con su madre cuando era niña, lo lejos que viajaba Marisol en el invierno para conseguir aquellos plátanos.

Marisol vio a Lily moverse bajo la manta.

—¿Ahora, mami?

—Sí. Ahora, querida.

Lily se acercó al fregadero donde estaba Marisol, arrastrando los pies como si arrastrara unos grilletes invisibles.

Marisol le pasó el cuchillo.

—¿Tienes hambre, cariño? No has comido en todo el día.

—No, no tengo hambre. Solo estoy cansada.

Marisol se detuvo y cogió una cáscara que se desprendía.

—Son muchos exámenes. ¿Cómo va tu clase de Francés?

Marisol sintió cómo cambió la atmósfera entre ellas.

Las manos de Lily se posaron sobre el siguiente plátano.

—Había un chico. —Lily se calló, incapaz de terminar la frase.

¿Estaba llorando?

—¿El chico británico? —se aventuró Marisol, sorprendiéndose a sí misma. Este era un claro incumplimiento de su contrato tácito, pero no podía soportar ver a su hija, ahora una mujer, sufriendo así.

Lily miró a Marisol con los ojos muy abiertos y humedecidos.

—Sí —respondió—. Pero se fue.

Lily bajó la mirada y empezó a pelar el siguiente plátano, esta vez con una concentración vigorosa. Luego volvió a levantar la vista, como si de repente se le hubiera ocurrido algo.

—¿Qué pasó. . .? —hizo una pausa—. ¿Con el chico de tu carta? ¿El que lideró ese movimiento estudiantil?

Marisol inhaló con esfuerzo.

Era Lily quien había roto las reglas esta vez.

Marisol había pasado cada momento desde que bajó de ese barco tratando de alejar de su mente las imágenes fugaces de su rostro joven. Juró que nunca volvería a pronunciar su nombre y, sin embargo, allí estaba: la persona que más quería, preguntándole por la persona que más había amado alguna vez.

Marisol levantó la vista de la sartén y se puso rígida.

Miró con fijeza a su hija con la espátula suspendida sobre el aceite que chisporroteaba.

Marisol quería ofrecer algo, cualquier cosa, para cerrar la brecha entre ellas, para reparar la distancia entre sus conversaciones difíciles y sus cartas esporádicas.

Pero solo podía hacerlo hasta un límite.

La mano de Marisol se deslizó hacia las tres monedas de plata que colgaban de su cuello.

—Todo lo que necesitas saber está en la carta que te di —dijo vertiginosa y señaló los cubiertos junto al fregadero—. No hay más.

Marisol acarició la mano de su hija, con la intención de suavizar el golpe asestado con su rechazo a conversar.

—Ven, pásame el cuchillo.

Mientras Marisol extendía la mano para coger el cuchillo que Lily sostenía, comenzaron a colarse en su cabeza los terribles recuerdos que, presentía, la perseguirían en sus sueños esa noche.