Toda la vida es ahora Capítulo 14 Lily
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Capítulo 14 Lily

Crucé el patio y entré en el edificio Canaday, quitándome el suéter mientras guardaba la llave en el tarro de cristal.

El anillo de plata golpeó el cristal simulando un repique de campanas.

Chris y Hana estaban acurrucados en el futón, con las piernas entrelazadas y los cuerpos tumbados sobre el cojín a cuadros.

—¿Interrumpo? —pregunté y puse la mochila junto a la puerta.

Chris se incorporó y cerró el cuaderno de cuero que tenía en el regazo.

—Para nada, corazón —dijo Hana con voz melosa y balanceó las piernas hacia la parte delantera del sofá—. ¿Quieres un poco de soju?

—Estupendo —dije y cogí una servilleta de papel de la mesa de centro. Hana me había convertido oficialmente.

—¿Qué hacen? —pregunté.

—No mucho, solo repasando algunas notas de nuestra reunión de esta tarde —dijo Hana, y señaló el diario de Chris—.

Dos estudiantes de último año comenzaron a quejarse nuevamente por el horario de los clubes; dicen que no se les debería permitir que operen después de las dos de la mañana porque no están afiliados oficialmente a la universidad.

Chris era miembro de The Falcon, uno de esos clubes privados a los que solo podías pertenecer por invitación de Harvard.

Uno de esos que definían la vida social de nuestro campus.

Pronto descubrí que se trataba de círculos sociales exclusivos de la universidad, una mezcla turbia entre fraternidades y sociedades secretas, sin control por parte de la institución y financiados por la inconmensurable riqueza de los egresados.

Hana estaba en camino de ser «validada», como decían ellos, en The Butterfly, el más exclusivo de los clubes femeninos.

Juntos, Hana y Chris también formaban parte del Consejo Estudiantil para la Vida Universitaria, el cual tenía el fin de balancear su vida social.

Lo llamaban una poderosa forma de «activismo comunitario».

Yo lo llamaba rellenar el currículum.

Por mi parte, estaba reflexionando sobre si dejar de lado mis elevados principios morales sobre el clasismo y pedir una invitación para la fiesta del solsticio de invierno en The Butterfly cuando llamaron a la puerta. Giré el mango sin asomarme antes por la mirilla.

Era Vikram quien, en lugar de llevar, como siempre, su camisa planchada e impecable, venía desaliñado y con una expresión en el rostro que no logré descifrar.

—¿Olvidaste tu tarea? —le pregunté sonriendo.

Él se mantuvo en silencio.

—Qué tal, colega, pasa —dijo Chris y se levantó para saludarlo.

Vikram entró y murmuró un «hola».

—¿Quieres tomar algo? —ofreció Hana—. No tienes buen semblante.

—Gracias, me vendría bien.

Chris le dio a Hana un pellizco cariñoso en la mejilla antes de que ella se fuera a buscar otra botella de soju en el escondite que tenía debajo de la cama.

—¿Estás bien? —le pregunté al ver que no se movía.

Hana volvió para servir el líquido transparente en el vaso de Vikram y lo llenó hasta el borde antes de sentarse en el regazo de Chris, quien comenzó a acariciarle el cuello con la nariz, mientras Hana ronroneaba.

Vikram y yo nos miramos, incómodos.

—Siéntate —le dije y señalé el puf azul que había en la esquina. Me apoyé con torpeza en el borde del futón junto a Hana, que permanecía sentada encima de Chris como una muñeca rusa.

—¿Qué pasa? —le pregunté finalmente a Vikram.

—Tengo que irme. —Las palabras brotaron de sus labios ardientes y nocivas, como si no pudiera contenerlas más—. Tengo que volver a Inglaterra.

Permanecí sentada, confundida. ¿Era ese el humor británico seco del que siempre hablaba? ¿No había entendido el chiste?

—¿Por las vacaciones de invierno, dices? —preguntó Hana—. ¿En un par de semanas?

—No —respondió Vikram con brusquedad—. Mañana.

—¿Cómo? —Palidecí. Sentí como si se me hubiera caído el estómago al suelo—. ¿Por qué?

—Mi madre me llamó para contarme que mi padre se desmayó en el supermercado. Dice que debo volver de inmediato. Me voy mañana y estaré fuera el resto del semestre. El decano ya ha aprobado la baja médica.

No entendía nada de lo que decía Vikram. Hablaba despacio, como si meditara, casi de manera mecánica, y, sin embargo, las palabras salían demasiado rápido.

—¿Ya has hablado con el decano? —pregunté, imaginando cómo iba de adelantado en el proceso. ¿Había pedido el permiso, hecho la maleta y preparado el viaje y todo lo demás antes de que yo lo supiera?

Mi corazón latía más rápido.

¿Estaba molesta? ¿Decepcionada?

—Llamé al decano Kelly en cuanto colgué el teléfono con mi madre. La beca es solo por un año, así que no puedo arriesgarme a no completarla. Si todo va bien, espero poder volver.

Espero. Esa palabra. El espacio en blanco a su alrededor significaba que existía una posibilidad real de que ocurriera exactamente lo contrario.

Puede que no vuelva nunca.

Chris se levantó despacio para romper el incómodo silencio que se había apoderado de nosotros.

—Bueno, el equipo no será lo mismo sin ti, colega —dijo y colocó la mano sobre el pecho de Vikram—.

Los chicos echarán de menos a nuestro centrocampista favorito, pero no dejes que el Manchester United se aleje demasiado en la Liga de Campeones—, añadió con un guiño con el que pretendía aligerar el ambiente.

Vikram esbozó una débil sonrisa.

—Por supuesto, y gracias por toda su hospitalidad, chicos. Espero verlos cuando todo termine.

—Por supuesto, dahling —dijo Hana con su mejor acento británico, acercándose al puf para darle un abrazo.

Yo no podía moverme.

—Tengo que terminar de hacer las maletas —dijo Vikram despacio y mirando en mi dirección—. Lily, ¿me acompañas a la puerta?

Asentí con la cabeza. Me ardía la garganta y sentía las lágrimas a punto de caer.

Abrí la puerta y la mantuve entreabierta para que Vikram me siguiera. Una vez en el pasillo, me apoyé en la barandilla de hierro de la escalera.

—Lily, yo. . .

—No te preocupes. . . —lo interrumpí.

—Mi padre está. . .

—Enfermo. Sí. Siento no haber respondido mejor antes —dije y me golpeé sin fuerza la frente con la palma de la mano—. ¿Cómo te sientes? ¿Cómo está tu madre?

—Es un caos total, la verdad. Deberíamos haber estado más preparados, pero no lo estábamos. Lo resolveré mañana cuando llegue a casa. Escucha, yo. . .

—No, no pasa nada —interrumpí una vez más, sin estar segura de poder soportar lo que fuera a decir—. Ve a ocuparte de las cosas en casa y, con suerte, todo se resolverá rápido y podrás volver.

—Sí, eso me gustaría mucho.

Vikram hizo una pausa.

Los dos miramos al suelo y el silencio se extendió entre nosotros como una corriente eléctrica.

—Te echaré de menos, Lily —dijo, por fin, Vikram.

Estaba demasiado asustada para hablar; acorté la distancia entre nosotros y le rodeé el cuello con mis brazos.

Olía a ropa limpia y a una loción cara para después de afeitarse.

Las lágrimas que había intentado contener finalmente salieron y comenzaron a gotear sobre la piel de su cuello; el oro del collar que le había regalado su padre estaba frío y me presionaba la frente.

Dejé caer mi mano a un lado de mi cuerpo y busqué con suavidad sus dedos.

Vikram se inclinó hacia delante hasta encontrar los míos.

Entrelacé mis dedos con los suyos y nos tocamos, dóciles al principio.

Fue entonces que él me sujetó con fuerza.

No quería soltarlo; quedaban aún tantas preguntas entre nosotros. Cuando volví a abrir los labios para hablar, Vikram se apartó. Se inclinó con rapidez para recoger su bolsa del suelo y se apoyó con la mano izquierda en la barandilla.

—Tengo que irme —dijo y se alejó despacio—. Nos vemos.

Se dio la vuelta y bajó los escalones de dos en dos. La puerta metálica de la entrada chilló en el vestíbulo al cerrarse.

Me quedé allí sola; el corazón me latía con fuerza y el pánico crecía en mi pecho. ¿Era este el final, de una vez y por todas? ¿Siempre tuvo la intención de que terminara así? ¿O era yo la única que había esperado algo más desde el principio?

Entre la niebla del dolor y la confusión, la imagen de la última carta de mi madre se coló en mis pensamientos.

Todo lo que había sentido en los brazos de Vikram, aunque fuera por un breve instante, me parecía un sueño que ya había tenido antes, algo que reconocía casi visceralmente, como si estuviera observando a otra persona a través de un cristal.

Eso era lo que mi madre había sentido por José.

Al leer su último mensaje, en el que me contaba cómo se había enamorado de un joven activista de la universidad, fue como si hubiera expresado con sus palabras lo mismo que yo sentía ahora.

¿También José la había hecho levitar con esperanza para dejarla caer después en la desesperación?

Me pasé los dedos por la parte superior del pelo, y los rizos indomables se aferraron a cada uno de ellos como si buscaran la salvación.

Lo único que sabía, allí parada, sola y en el silencio del pasillo vacío, era que no podía haber venido desde tan lejos, desde el pie de una montaña, desde un lugar del que nadie había oído hablar, para dejar que un chico con una cara bonita y acento inglés me sacara de mi camino.

Mi vida es más importante que Vikram Desai, me dije y repetí esas palabras como si estuviera en trance.

Pero no lo creía.

Al menos, no por ahora.

Salí del vestíbulo vacío y volví a entrar en nuestra habitación. Hana me miró desde el futón mientras yo cerraba despacio la puerta. Chris, nervioso, contemplaba sus propias manos.

—Lo siento mucho, Lilz. Sé que tienen una amistad especial. —Hana se levantó y cruzó la habitación. De repente, me envolvió en sus brazos y mis lágrimas dibujaron manchas oscuras en su pijama azul claro—. Voy a buscarte unos pañuelos al baño. Ahora vuelvo. Todo va a salir bien. Ya verás que sí.

Hana cogió su albornoz del gancho que estaba detrás de la puerta y se dirigió al pasillo.

Chris se sentó incómodo en el extremo más alejado del futón, mientras yo permanecía paralizada en la puerta.

Después de un rato, levantó la vista.

—Podía haberlo hecho mejor, Lily —dijo Chris en voz baja.

—¿Qué? —balbuceé.

—Podía haberte dado más seguridad. ¿Te prometió que te llamaría? ¿Que te escribiría? ¿Algo?

—No —respondí, mirando un agujero en mi calcetín blanco—. Pero ¿podemos echarle la culpa? —pregunté mientras luchaba por recuperar la compostura y combatía aquel inexplicable impulso de defender a Vikram—. Su padre está enfermo. No es que tuviéramos algo especial. . . Yo no era nada especial.

—Para ya —dijo Chris súbitamente y con una fuerza en la voz que me tomó por sorpresa—. No digas eso. Los he visto pasar muchísimo tiempo juntos desde aquella noche en el bar y para cualquiera que los viera, eran una pareja, lo que significa que te merecías una despedida en condiciones.

—Él nunca me pidió que fuera su novia, Chris. Ese es el riesgo que corrí al no aclararlo. . . —mi voz se apagó.

—El respeto no es un riesgo, Lily. Un hombre no necesita pedirte que seas su novia, necesita tratarte como tal. Y entonces tú decides.

En ese momento, Hana volvió a entrar en la habitación.

—Aquí tienes una caja nueva, corazón —dijo, con un paquete inmenso de Kleenex en las manos. Se acercó para abrazarme mientras mis lágrimas silenciosas volvían a caer—. Encontrarás lo que esperas, Lily. No te preocupes. Llegará lo que mereces.

—Siempre y cuando recuerdes lo que te mereces —intervino Chris y se levantó del futón.

—Las dejo un momento a solas. Hana, llámame más tarde.

Chris se dirigió hacia los ganchos que había junto a la puerta para coger su abrigo.

—Por supuesto, amor —Hana le lanzó un beso—. Mientras tanto, vamos a recomponer a nuestro Tentetieso, ¿sí? ¡Un Sayonara Soju para ti!