Capítulo 13 Marisol #2
Agarré el pestillo y giré la llave dentro del pesado metal hasta que oí un clic.
La puerta se abrió de golpe. José pasó corriendo a mi lado y subió las escaleras hasta el segundo piso.
Raúl y yo lo seguimos de cerca y llegamos al final de la escalera, jadeando y sin aliento.
José empujó la puerta de la sala de transmisión, donde colgaba el letrero «Al aire» justo encima del umbral.
Se dirigió al escritorio de madera en forma de L que había en la esquina y agarró el micrófono de cable negro que estaba bien sujeto al borde.
El micrófono de Emilio.
Pulsé el interruptor que estaba instalado en la pared, y la luz roja de plástico se encendió con toda intensidad mientras las ondas cobraban vida.
—¡Mirta, conecta los auriculares! —le dije señalando los discos que habían caído al suelo.
Mirta me miró fijo, se veía aturdida.
—¡Ahora, Mirta! —grité, con la esperanza de sacarla de su estupor. Observé cómo pasaban los segundos en el reloj de pared.
Mirta por fin se agachó para recoger los auriculares rotos y los enchufó al altavoz.
—Tres. . . dos. . . uno. . . —conté mientras la luz brillante parpadeaba—. ¡Estamos en el aire!
José respiró hondo y se llevó el micrófono a los labios.
—¡Pueblo de Cuba! En estos momentos acaba de ser ajusticiado revolucionariamente el dictador Fulgencio Batista en su propia madriguera del Palacio Presidencial. El pueblo de Cuba ha ido a ajustarle cuentas.
Se me heló la sangre
¿Ajusticiado?
—Y somos nosotros, el Directorio Revolucionario, los que en nombre de la Revolución cubana, hemos dado el tiro de gracia a este régimen de oprobio —gritó José.
Miré a Raúl, quien estaba debajo del altavoz de la pared y las gotas de sudor le resbalaban por la cara.
¿Sabía él algo de esto? ¿Había ayudado a José con un plan tan diferente?
¿Un plan para asesinar al presidente?
El corazón me latía con fuerza dentro del pecho, la confusión y el terror me desgarraban a partes iguales.
Observé con horror, paralizada en mi sitio, cómo José agarraba el papel con la mano temblorosa, mientras leía sus propias palabras.
—Cubanos que me escuchan, acaba de ser eliminado. . .
Antes de que José pudiera terminar, la sala se quedó, de repente, a oscuras.
Mirta gritó.
—¡Entraron al edificio! —gritó Raúl y agarró a José por el codo—. ¡Cortaron la transmisión! ¡Vámonos!
José me miró, con las mejillas enrojecidas.
—¡Ven, Mari! Vamos por la escalera de atrás. El carro está esperando.
Bajamos corriendo los escalones de mármol hasta la primera planta, salimos disparados por la puerta y caímos en la acera.
Tres carros, cada uno con un estudiante designado en el asiento del chofer, nos esperaban en el estrecho callejón detrás del edificio.
—¡Apúrense! —gritó Otto desde el volante del primer carro—. ¡Ya vienen!
Las sirenas de varios vehículos que se acercaban sonaron en la distancia.
Mirta, José y yo nos subimos al asiento trasero del viejo Chevrolet en lo que Raúl se unió a Otto en el asiento delantero.
Me quedé mirando el perfil de José, atónita e inmóvil, con el cuerpo entumecido. ¿Qué acababa de hacer?
¿Qué acabábamos nosotros de hacer?
Salimos a toda velocidad del callejón; Otto serpenteó por las estrechas calles en dirección al centro de la ciudad.
—¡Vamos para la universidad! —gritó José, con la voz ahogada por el aire que entraba por las ventanas abiertas.
—¿Ahora? —preguntó Raúl, volviéndose hacia él, con incredulidad.
—¡Sí! —respondió José a gritos—. La transmisión se cortó demasiado rápido. Nuestros tres minutos no han terminado. Eso significa que están metidos en problemas.
—¡Ya basta! —grité, recuperando por fin la voz—. Se suponía que solo iban a rodear el palacio. ¡Un acto de protesta! ¡De rebeldía! ¡No se suponía que nadie fuera a morir!
José me miró sin comprender. La certeza de sus propias acciones, la determinación de su propia voluntad, se reflejaban en su rostro.
—Te quiero, Mari. Pero había que hacerlo. No había otra manera. Te lo explicaré más tarde, pero ahora tenemos que reunirnos con el resto del grupo en la universidad.
—¡ No! —gritó Mirta, con la cara llena de lágrimas—. Ya hemos hecho suficiente.
—¡Esta operación no acaba hasta que Batista haya desaparecido! —rugió José intempestivo, con una mirada salvaje y desenfrenada que me heló la sangre—. Hay una razón por la que interrumpieron la transmisión. Quiere decir que la operación no fue concluida. ¡Vaya, Raúl! ¡A la universidad! —repitió.
Raúl sacudió la cabeza con exasperación y Otto pisó el acelerador.
Agarré la mano de Mirta; su cuerpo se sacudía por el llanto silencioso.
José se sentó con la mandíbula apretada y la mirada dura; el aire caliente y pegajoso que entraba por la ventana soplaba a través de su brilloso cabello negro.
Salimos a toda velocidad del túnel; la torre de transmisión parecía cada vez más pequeña en el espejo retrovisor. En cuanto entramos en la ancha calle de San Lázaro, comenzamos a ver la escalinata de la universidad.
—¡Muévete! —gritó Raúl, con la vena del cuello queriendo romperse mientras de repente puso las manos sobre el tablero.
Un vehículo militar apareció directamente delante de nosotros.
Otto intentó esquivar el jeep verde oscuro y se desvió haciendo un giro brusco hacia la senda opuesta en contra del tráfico.
—¡Estamos bloqueados! —gimió Otto, con voz aguda y aterrada.
Oí el estruendo metálico antes de que pudiera verlo.
Uno de los carros de policía nos golpeó por detrás, lo cual provocó que nuestro carro diera vueltas y el metal caliente de la parte trasera se derrumbara por el impacto del golpe.
Mirta se dio la vuelta, horrorizada.
—Son ellos, Marisol. Nos encontraron.
Sentí su mano temblando entre las mías.
Miré a través del cristal rayado del parabrisas y vi que se acercaban tres jeeps más, todos militares.
Otra vez Mirta tenía razón.
Nos habían atrapado.