Capítulo 13 Marisol
—Dóblalo por el centro —le dije a Mirta y apunté al cartel que tenía en la mano porque se le estaba goteando la pintura roja por los bordes.
El calor, espeso y pegajoso, se colaba por la única ventana abierta del lugar.
Dicha ventana tenía unas rejas cubiertas con tela metálica negra para mantener alejados a los mosquitos.
Mirta se quedó allí, con sus grandes ojos color café llenos de incertidumbre y miedo.
Mirta era todo lo que yo no era: mesurada donde yo era impulsiva, recatada donde yo era apasionada. Éramos polos opuestos que se atraían, una hermandad nacida de las circunstancias y el aislamiento. Por eso me estaba ayudando a preparar un motín con el que ella no quería tener nada que ver.
—Dime otra vez por qué tenemos que hacer esto. . . —dijo Mirta mientras recorría los bordes del cartón con dedos nerviosos—. ¿Por qué no podemos dejar que José y su gente hagan el trabajo pesado y que nos cuenten por la mañana qué ocurrió?
—Mirta, ¡ya! —suspiré exasperada, intentando sonar más segura de lo que estaba—. Si no lo hacemos esta noche, no habrá otra oportunidad. ¡Ya ni siquiera somos estudiantes!
Le quité el cartel de las manos, lo enrollé fuerte y lo metí en un saco de lona.
El plan era sencillo: el Directorio Revolucionario —el grupo de la Clandestinidad dirigido por José del que yo ahora formaba parte y para el cual, a regañadientes, había reclutado a Mirta— iba a sacar a Batista del poder.
Parte del grupo asaltaría el palacio presidencial y rodearía su residencia privada, mientras que el resto —incluidas Mirta y yo— marcharía hacia Radio Reloj y anunciaría el éxito del golpe.
José nos convenció de que no había otro modo.
Para él estaba claro: si no actuábamos ahora, Batista se mantendría en el poder, nuestras familias sufrirían y estaríamos condenados a una Cuba antidemocrática e injusta por el resto de nuestros días.
Aun así, no podía creer que hubiéramos llegado tan lejos.
«Soy solo el mensajero de la justicia, querida», me susurró José la noche anterior en su cama, nuestra última noche juntos antes del ataque.
Me recordó los cuerpos de estudiantes acribillados a balazos que habían aparecido recientemente en el campus, un grotesco recordatorio de la brutalidad y la creciente paranoia de Batista.
Fueron esas imágenes, de estudiantes sin vida y aulas encadenadas, las que me obligaron a mantener mi determinación.
—Mira, Mari, incluso podemos escribir sobre todo esto si quieres —sugirió Mirta, mientras desplegaba su última táctica de negociación.
Dobló con desgano el cartón que tenía delante y enrolló entre sus dedos los largos trozos de cordel que colgaban de los bordes—.
Te prometo que te ayudaré a enviar un mensaje a los americanos.
Mi tío conoce a alguien que trabaja en el muelle donde llegan los envíos de periódicos extranjeros.
Podrás documentarlo todo: ¡tu primer gran trabajo periodístico!
Él se encargará de que llegue al barco. ¡Vamos a hacerlo, chica!
Mirta sabía lo mucho que había significado para mí el proceso de aprendizaje en Radio Reloj y lo desesperada que estaba por tener mi propio espacio como reportera.
Pero no. Eso no era suficiente.
—¿Quieres volver a Las Tunas y acabar como tu madre? ¿O como la mía? ¿Quieres regresar a seguir trabajando en una finca, a parir y a esperar a que los americanos nos compren una libra de azúcar para poder alimentar a nuestros hijos durante un mes? No quiero esa vida. No me la merezco. Y tú tampoco.
Mirta respiró hondo y se pasó ambas manos por el pelo corto y oscuro.
Me había contado innumerables veces lo que había suplicado a su madre durante meses para que la dejara ir a la universidad; cómo le había prometido que las cosas serían diferentes para toda su familia.
No podía soportar la idea de volver, avergonzada, sin haberse graduado y sin promesa alguna de futuro.
—Dale —cedió Mirta—. Pásame la bolsa.
—¡Esoooooo, comadre! ¡Así se habla!
Le entregué la bolsa con el rifle estilo carabina Cristóbal 0.
30 que José me había pedido que guardara en nuestra pensión.
Él sabía que las autoridades podrían registrar su habitación si se enteraban de nuestro plan.
Me había pedido que escondiera la bolsa de lona, repleta de toallas, con el objetivo de ocultar el arma en su interior.
Los hombres de Batista no podrían sospechar que aquello estuviera en las manos de dos universitarias, o al menos eso me prometió José, cuando además me aseguró que solo la usaríamos en caso de emergencia.
De vida o muerte.
Mirta y yo saludamos con marcada inocencia a la señora Collado al salir de la pensión; estábamos haciendo un gran esfuerzo para atravesar aquellas puertas dobles sin que se notara el enorme peso de lo que llevábamos.
Habíamos quedado con José y el resto del grupo en el apartamento de la calle 19 a las tres en punto, y desde allí nos dirigiríamos a la emisora de radio.
En cuanto pisamos la acera, nos embargó el olor del agua salada que llegaba con la brisa del mar.
Tenía mariposas en el estómago
Cuando llegamos al apartamento, José estaba vestido con un traje azul claro y se apoyaba en las escaleras de hormigón que conducían al sótano del edificio. Más de una docena de estudiantes pasaron corriendo junto a él, con la espalda encorvada por el peso de las cajas.
—Raúl tiene el resto de los materiales —dijo en cuanto nos vio y me dio un beso rápido en la cabeza—. Coge las máscaras y envases que él te va a dar.
A pesar de sus esfuerzos por parecer tranquilo, se notaba que José estaba nervioso. Caminaba de un lado a otro con paso inquieto y las manos en los bolsillos, dando pequeñas órdenes. Nunca había estado tan inquieto.
Mirta y yo bajamos las escaleras hasta el sótano, donde Raúl, un estudiante de segundo año de la Facultad de Arquitectura, estaba de pie junto a una amplia mesa de madera esperando instrucciones.
Eché un vistazo al grupo para ver cuántas personas habían acudido.
Otros catorce entre estudiantes y recién egresados.
Había conocido a la mayoría en nuestras reuniones de los lunes; estaban apiñados, se lanzaban granadas y las metían en los sacos vacíos.
—Muy bien, muchachos —dijo José con voz grave, profunda—.
Ha llegado la hora. Viajaremos en grupos de cuatro, cada carro tendrá asignado su chofer.
Recuerden mantener una distancia de varios metros entre ustedes y si los paran, digan que van para el Vedado.
No continúen porque los seguirán hasta nosotros.
Esperen hasta las cuatro y media de la tarde para que nos reunamos en la universidad después de que demos el comunicado por la radio.
José calculó que solo teníamos tres minutos para ocupar la estación de radio antes de que los guardias de Batista nos alcanzaran. Había preparado un discurso para anunciar el fin del régimen.
—Esta es la alborada de una nueva generación —gritó José mientras se dirigía hacia la puerta—.Comienza ahora.
Todos asentimos a la vez. Estábamos inspirados y a la par muy asustados; no era momento de dar vuelta atrás.
José me rodeó con el brazo, me apretó con fuerza y se colgó al hombro la bolsa con el rifle que acababa de entregarle.
—¿Lista, querida? —me susurró al oído—. ¿Lista para cambiar nuestras vidas?
Sonreí nerviosa.
—Voy a estar bien —respondí en voz baja—. Pero me preocupa Mirta.
Mirta estaba de pie con las manos en los bolsillos de sus jeans y movía su cuerpo hacia adelante y hacia atrás.
—¡Anímate, Mirta! —gritó José por encima del hombro mientras nos preparábamos para salir—. ¡El cambio no espera a nadie!
Mirta le devolvió una sonrisa apagada.
Uno por uno, subimos las escaleras y salimos del edificio, Mirta y yo junto a José y Raúl por la parte delantera.
Apreté con fuerza la mano de Mirta; quería animarla a seguir adelante.
Juntos, nos subimos al primer carro, un viejo Ford color crema. Se me endureció el estómago en cuanto pasamos la universidad.
De repente, tuve un mal presentimiento.
¿Era nuestro plan realmente sólido? ¿Habíamos traído suficientes provisiones? ¿Y si la puerta de la estación de radio estaba cerrada? ¿Alguien más sabría que íbamos a ir?
Intenté calmar mis nervios, me reafirmé en que éramos los estudiantes más inteligentes de nuestra promoción, los que entendían visceralmente la urgencia que requería este momento. Sin duda, José había considerado todas las alternativas.
Después de varios minutos, vimos por fin a cierta distancia la estación de radio con sus altos muros en forma de paneles.
Mirta estaba tan pálida como si fuera una enferma.
—Sé valiente, hermana —le susurré—. Todo va a salir bien. Ya verás.
Le aseguré todo lo que intentaba asegurarme a mí misma.
Juntos, los cuatro de nuestro grupo salimos del carro y nos acercamos por la puerta trasera que tenía cadenas de hierro enroscadas en el mango de metal.
Justo cuando José y yo llegamos a la cerradura oxidada, una bengala roja se disparó hacia el cielo despejado; brillaba lo suficiente como para ser vista a la luz del sol de la tarde.
—¡ Esa es la señal! —José apuntó al haz rojo ardiente. La bengala significaba que los demás habían atravesado los muros del palacio. Ese era su aviso: comenzaba la cuenta regresiva.
Teníamos tres minutos para anunciar la caída de Batista.
—¡Rápido, Mari, coge la llave! —gritó José.
Mi mano temblaba en el bolsillo derecho mientras buscaba a tientas la llave dorada con forma de moneda que el director de la emisora me había dado a principios de esa semana. No la había devuelto después de cerrar el edificio.