Capítulo 12 Lily
Me senté en un escritorio de roble grande que estaba escondido entre libros apilados y de todos los colores en una esquina de la biblioteca Widener.
Tenía en mis manos una solicitud impresa de la Oficina de Servicios Profesionales.
La fecha límite para solicitar a la Ubuntu Leadership, una organización sin fines de lucro dedicada a la justicia social con sede en Durban, Sudáfrica, era en diez días y yo debía escribir tres ensayos sobre por qué quería trabajar allí.
Llevaba semanas pensando en esos ensayos.
El semestre de otoño apenas había terminado y todos en el Departamento de Ciencias Sociales parecían tener ya aseguradas unas prácticas de verano.
Unos en el programa de asociados en Goldman Sachs o de Lehman Brothers, otros en el sistema de rotaciones para el desarrollo temprano de carreras del Boston Consulting Group, e incluso estaba quien había conseguido alguna beca muy competitiva en un tribunal federal.
Si por mi parte no lograba algo pronto, estaría dando a las madres del consejo escolar de Elk River una razón más para decir que había entrado a Harvard gracias a las políticas de inclusión.
Necesitaba demostrarles que se equivocaban.
—¡Qué tal, compañera! —exclamó Vikram a mis espaldas, mientras aparecía junto a una estantería de libros de filosofía dispuestos en orden alfabético.
—¿Qué haces aquí? —pregunté sonrojándome.
Vikram colocó su bolsa de mensajero sobre la mesa de madera oscura que nos separaba, se arregló el cuello de la camisa y se pasó los dedos por el pelo negro azabache.
Siempre lo llevaba despeinado de esa forma tan natural y elegante que solo las estrellas de cine —y, de alguna manera, él— conseguían.
Dejé el bolígrafo en la mesa.
Desde aquella primera cena tailandesa, Vikram y yo nos habíamos vuelto inseparables; nos encontrábamos como si fuéramos dos dispositivos de localización después de clase para meternos de cabeza en nuestro cuaderno de francés o en cualquier otro libro.
Pasamos los últimos meses explorando nuevas bibliotecas: la de la Facultad de Derecho, la de la Facultad de Medicina, incluso la del MIT.
A veces dábamos un paseo por Boston Commons solo para perdernos por la ciudad y casi siempre terminábamos el día en nuestra tetería favorita.
Vikram se acercó, me revolvió los rizos de manera juguetona y se dejó caer en la silla vacía que había a mi lado.
Nunca me había tocado el pelo.
Me gustó.
—Acabo de terminar mi clase de Análisis de Fourier y pensé que todavía estarías aquí. ¿Quieres que te acompañe a casa?
Miré la solicitud que se había manchado un poco de tinta por el sudor de mis manos.
—Sí, sería estupendo. De todos modos, no creo que quede mucho que decir aquí. . .
—¿Son los ensayos sobre Sudáfrica? ¿Terminaste? —preguntó mientras me ayudaba a recoger mis libros y los organizaba en la pila de los que iba a devolver—. ¿Sobre qué has escrito?
—Me concentré en explicar por qué creo que el trabajo sin ánimo de lucro y el periodismo con una misión clara y establecida pueden ser aliados poderosos, porque uno ayuda a la comunidad a contar su propia historia y el otro le da la oportunidad de verse reflejada como protagonista.
—Vaya, vaya —sonrió Vikram—, ahora entiendo por qué eras la mejor de Elk River.
Me reí, mientras metía las páginas grapadas en un sobre manila que ya tenía pegado en la esquina un sello postal prepagado.
—¿Crees que lo conseguirás? —preguntó Vikram y colgó mi mochila en su hombro mientras nos levantábamos para irnos.
—Lo dudo. Pero ¿qué otra opción tengo? No creo que pueda conseguir unas prácticas en el New York Times o el Boston Globe.
Ambos quieren unos años de «experiencia profesional» que te juro que Elk River no ofrece —dije en tono jocoso—.
Pero siento que. . . no sé. . . No estoy muy segura de cómo describirlo.
Me costaba encontrar las palabras, el miedo al fracaso me cerraba la garganta.
—¿Como si el sistema estuviera amañado? —sugirió Vikram, mientras mantenía abiertas las enormes puertas dobles de la biblioteca.
—Sí —respondí con simpleza y me volteé para mirarlo.
¿Cómo lo hacía? ¿Cómo era siempre capaz de sacarme las palabras de la boca? ¿Cómo hacía para entrar en mi corazón? ¿Me conocía tan bien? ¿O era que conocía el mundo y podía nombrar su dolor y su belleza, tal y como yo lo veía?
Bajamos por los mismos amplios escalones de mármol que había visto por primera vez en el folleto de admisión.
—¿Sabes lo que se siente cuando te das cuenta de que, por mucho que lo intentes, no encuentras una hendija por donde entrar?
Es como si todo el sistema estuviera diseñado para mantenerte en el mismo lugar, en el punto de partida.
Porque fíjate, incluso si consiguiera una de esas prácticas, no tendría dinero para pagar un apartamento en Nueva York o en Boston durante el verano. Necesitaría una segunda beca.
Caminamos por la zigzagueante acera de ladrillo rojo hacia el Harvard Yard.
—En el Reino Unido es igual, Lily —suspiró Vikram, aminorando el paso a mi lado—.
Todo es una gran estafa en esta cultura del «elitismo».
Te embelesan con la idea de que, si lo intentas, si realmente te esfuerzas, tendrás acceso al dulce néctar del «sueño americano» —señaló la alta aguja de la iglesia Memorial y las imponentes columnas de la biblioteca Widener—.
De modo que, si fracasas, la responsabilidad es tuya.
Pero lo que nunca te dicen, madeimoselle Lily, es que el sistema jamás estuvo diseñado para otorgar acceso sino para proteger el poder.
De lo contrario, no sería exclusivo. Ese es el encanto del sueño americano, británico o de cualquier otro país del primer mundo: la búsqueda de riquezas que protegen y empoderan a la clase dominante.
Nadie quiere romper ese ciclo. Simplemente hacen excepciones.
Lo miré de perfil; las ramas peladas en la distancia enmarcaban su silueta.
Era eso lo que me había enamorado de Vikram.
Podía ver el mundo desde sus glorias y miserias.
Y me veía a mí.
—No dejes que ganen los imbéciles, Lily —dijo, quitándose mi mochila del hombro y colocándola con cuidado sobre la hierba.
—Eres tan brillante y hermosa. . . —añadió con cierta timidez—.
No puedes permitir que nadie te haga dudar de ti misma.
Estás aquí por una razón. Estás aquí porque este es tu lugar.
—Eso dijo y me miró con sus dulces ojos marrones—.
Además —señaló el campus que nos rodeaba—.
ya has encontrado la hendija en la puerta.
Y no tengo la menor duda de que eso abrirá el camino para muchos otros.
Presioné con la punta de mi bota el trozo de ladrillo cubierto de nieve que había entre nosotros, sin saber muy bien qué decir a continuación.
La verdad es que quería decirlo todo, decirlo todo de golpe:
«¿Te gusto, Vikram?».
«¿Somos pareja?».
«Porque creo que estoy enamorada de ti».
—Oye. . . —comencé, con el corazón latiéndome a toda prisa, tratando de reunir el valor para poner fin al estancamiento que nos había atormentado durante meses y explicar el por qué pasábamos todos los días juntos, pero Vikram ni siquiera me había tomado nunca de la mano—.
Vikram, supongo que lo que intento decir es. . .
Me miró con aire impenetrable, con las decoradas barras de hierro del portón Johnston Gate asomándose al fondo. Entonces, de repente, como si respondiera a una sacudida invisible, Vikram dio dos pasos atrás, alejándose de mí.
—Se está haciendo tarde —dijo con brusquedad, cogió su bolsa y se la puso bajo el brazo—. Mañana vendré a buscarte.
Miré las llaves que tenía en la mano, sin saber qué hacer a continuación.
—Claro. Nos vemos —dije bajito, con el corazón cayendo silenciosamente al suelo mientras lo veía alejarse.
Estuve a punto de decir lo que quería.
¿Qué me había detenido?
¿Por qué él me detuvo?
Recordé todos los comienzos fallidos que había tenido antes de Vikram, todos los chicos que deseé que se fijaran en mí en la secundaria.
Algo que me hiciera sentir normal.
O linda.
Solo me habían besado una vez, unos meses antes del baile de graduación.
Vi a Todd Milhaven cuando se dirigía al vestuario.
Fue después de que nuestro equipo de fútbol americano ganara el Campeonato Regional.
Todd señaló hacia la parte trasera de las vallas para que nos encontráramos debajo de las gradas.
«¡Lily! ¡Lo conseguimos! —exclamó emocionado y me acarició la cara con sus manos repletas de callos—. ¡Vamos al Campeonato Estatal!».
Sonreí como reacción a su orgullo desenfrenado y juvenil. Me estiré para abrazarlo.
Pero él me besó.
Allí, con la lluvia filtrándose a través de los bancos metálicos y fríos que tapaban nuestras cabezas, me sentí como Ione Skye en una escena de Digan lo que quieran.
Pesadas gotas se nos deslizaban por las pestañas mientras nuestras narices se tocaban y mis manos se posaban con pudor sobre su espalda.
Me quedé así, esperanzada, mirando, quieta, a los ojos azules y fríos de Todd, como si fueran pequeños glaciares redondos.
¿Me estaba eligiendo. . . a mí? ¿Les diría que yo era su novia a todas esas chicas rubias y maquilladas, que desfilaban frente a mí con tacones altísimos, para ir a saludar a los jugadores?
Todd sonrió con dulzura mientras me apartaba el pelo que se me había pegado a la frente.
Por un momento, nos quedamos embelesados en un mundo creado por nosotros mismos.
Esos pocos segundos parecieron una eternidad, algo perpetuo que solo se interrumpió cuando escuchamos los primeros vítores de sus compañeros de equipo al dirigirse a las gradas.
Todd se paralizó.
«Tengo que irme —dijo de repente—. Nos vemos, Lily».
Me pellizcó las mejillas con los dedos, sustituyendo, abrupto, la pasión que recién habíamos compartido por una alegría infantil.
Luego, tan rápido como había aparecido, se escabulló por debajo de los asientos metálicos para reunirse con sus compañeros de equipo.
Se iba apretando las hombreras por entre las pequeñas aberturas de las gradas.
Me lanzó un saludo con la mano, un «adiós» vacilante, mientras volvía corriendo al campo para celebrar con los suyos.
Quedaba claro que no estaba invitada.
Sola e indefensa, me quedé allí en silencio mientras la lluvia empapaba la camiseta nueva que había comprado para la ocasión en Abercrombie & Fitch.
Fue entonces cuando me di cuenta de que Todd no me ofrecía un romance, sino algo lujurioso que para él tendría carácter oculto e ilícito.
Sentí vergüenza.
Me había dejado arrinconar como si yo fuera una especie de fantasía privada. Buena para besar debajo de las gradas, pero indigna para tomarme de la mano en público.
Eric me lo había advertido.
«Te llevarán a tomar un café, pero no a cenar. No nos quieren, Lily. No cuando hay un precio a pagar».
Eric sabía lo que significaba permanecer escondido, ser lo prohibido.
Los chicos que lo habían amado no se habían sentido con la suficiente seguridad o valentía como para amarlo a la luz pública. Conocía el dolor del rechazo silencioso y de las miradas evasivas en el pasillo cuando el objeto de su deseo pasaba por delante de su casillero sin siquiera mirarlo.
¿Era eso lo que estaba pasando?
Quizás Vikram no era diferente de Todd o de cualquiera de los chicos de Elk River.
Quizás quería que le gustara, incluso le gustaba, pero yo no encajaba en la imagen de quien él esperaba llevar a casa.
Era muy probable que yo no fuera ni el trofeo que sus padres querían, ni el símbolo de éxito que compensara la migración de la familia, ni la esperanza de asimilación, ni la mejor cosecha de cuánto habían invertido en su educación.
Yo seguía siendo demasiado diferente.
Me zafé los cordones de las botas, entré en mi dormitorio y encendí las luces.
La sala común estaba vacía.
Hana iba a pasar la noche con Chris. . . otra vez.
¿Por qué me resultaba tan difícil hallar eso que andaba buscando? ¿Y por qué Vikram no quería encontrarlo a mi lado?
Yo seguía queriendo esos mismos besos robados, llenos de adrenalina y hormonas, de la adolescencia.
Quería que me eligieran.
Pero tal vez estaba pidiendo demasiado.
Hasta este momento no había experimentado el romance con el que soñaba. ¿Por qué me desesperaba ahora? En realidad, me sentía muy feliz con la compañía de Vikram, aunque solo se redujera a eso. Él era algo, y alguien, que nunca había tenido.