Capítulo 11 Marisol
—Seguimos pronto, compañeros.
José despidió al grupo haciendo un gesto con la mano, se levantó de la pila de cajones y enrolló el plano hasta formar un cilindro bien apretado.
Los estudiantes recogieron sus platos y pedacitos tostados de pastel cayeron al suelo.
José esperó a que se marchara el último estudiante antes de coger su mochila y dirigirse hacia la puerta.
—¿Este era tu plan desde el principio? —Me volví hacia él, con los cachetes encendidos por la rabia, mientras salíamos a la calle—. ¿Solo querías utilizarme para acceder a la emisora de radio?
—Por supuesto que no, Mari —reclamó José, tomándome de la mano—.
¿No te das cuenta? Esto es cosa del destino.
Supe que eras mía desde aquel día que te vi en el Malecón.
Y luego, cuando mencionaste la radio, todo encajó.
Fue la confirmación de que eras el eslabón perdido de mi plan.
. . y de mi vida. Este país y nuestro futuro dependen de una Cuba sin Batista.
Juntos, tenemos la oportunidad de lograrlo. . . para todos nosotros.
José me atrajo hacia él y me besó despacio, como si intentara grabar la verdad de sus palabras en mis labios. Cuando finalmente se apartó, me quedé allí inmóvil, contemplando cómo la luz de la luna se reflejaba en las olas.
—Mi pensión está justo ahí —dijo señalando un alto edificio azul a tres cuadras del paseo marítimo—. Vuelve conmigo. Déjame explicártelo todo.
Nunca había visto el lugar donde vivía José.
Sabía que se había alojado en varias pensiones desde que había venido de Matanzas, pero nunca habíamos tenido la privacidad, ni la oportunidad, de estar a solas.
Pensé en que ya se acercaba la hora a la que debía regresar a mi propia pensión. Faltaba muy poco.
—No sé, José. . . —dije, mientras lo pensaba en voz alta.
—Ven conmigo, Mari. Déjame explicarte el plan —suplicó.
Me apretó la mano y sentí cómo la voluntad me abandonaba. Sonreí. Al ver mi resignación, José me condujo en silencio hacia el edificio azul destartalado, de pintura desconchada y con una tenue luz que brillaba en la ventana del frente.
Lo seguí por las escaleras, empujé una puerta chirriante y astillada que nos llevó a una pequeña habitación junto al balcón del segundo piso.
Allí, en un cuarto estrecho que olía a agua salada y libros, vi cómo invertía las horas que pasaba sin mí.
Sus trabajos universitarios estaban cubiertos de tinta negra, con notas garabateadas a mano en cada espacio en blanco de la página; los libros de la biblioteca estaban apilados sobre un escritorio de madera al que iluminaba una lámpara solitaria colocada en el borde.
Miré su cama, hecha con delicadeza, aunque el colchón estaba en el piso.
Nos quedamos juntos en silencio, incómodos y sin saber qué hacer ante la súbita intensidad de nuestra intimidad.
Nos sonreímos con retraimiento; José volvió a buscar mi mano y nuestros dedos se cruzaron.
Pasó muy poco tiempo antes de que estuviéramos sentados sobre las sábanas desordenadas, hombro con hombro, hablando de nuestros planes para el futuro.
Me habló del palacio, de la emisora de radio y de su esperanza en la revolución.
Después de horas de susurros íntimos, planes y besos compartidos, José me miró a los ojos.
—Eres diferente, Marisol. Esto. . . es diferente.
Lo besé despacio.
—Te amo, José —logré decir. Me tragué mis miedos y lo atraje hacia la cama.
Lo besé de nuevo, esta vez con determinación, mostrándole que quería más.
Sentí algo diferente. Entonces José me preguntó si estaba lista.
Asentí con la cabeza.
José se tomó su tiempo, esperó paciente las instrucciones de mi cuerpo, me miró a los ojos como si buscara el camino hacia mi alma. Despacio y suave entró en mí. Los primeros dolores me traspasaron de repente y sin previo aviso.
Mi mente se quedó en blanco.
Me invadió una sensación tan cálida e intensa que supe que estaba donde debía estar.
Era la libertad.
Mi libertad.
Y él era mi elección.
Cuando terminamos, José me acarició el pelo, tiró de un mechón para ver cómo volvía a su sitio. Sus ojos brillantes, profundos pozos color ámbar con destellos verdes, se posaron en mis pechos desnudos.
—No importa lo que pase en la emisora de radio, Marisol —murmuró, mientras deslizaba su dedo índice por la curva de mi cintura—. Ya he ganado la batalla. Te tengo a ti.
José se inclinó hacia delante y me besó lento, y una de sus manos acarició la parte baja de mi cuello.
Me quedé mirando la pequeña cicatriz debajo de su oreja izquierda, la «v» irregular grabada en la carne; una encrucijada proverbial.
Un presagio de nuestra decisión.
—Ya eres parte de mí, Marisol —susurró José y deslizó su mano hasta mi cintura—. Te esperaría en cada vida, y si no pudiera, moriría mil veces solo para volver y encontrarte.