Toda la vida es ahora Capítulo 10 Lily
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Capítulo 10 Lily

Me acomodé el suéter y salí corriendo del dormitorio justo a tiempo para encontrarme con Vikram en la tienda «T» de Cambridge, cuyo nombre era un juego de palabras con el infame y mal trazado sistema de metro de Boston.

Al acercarme, pude verlo a través de la ventana.

Estaba sentado y jugueteaba con el cuello abotonado de su camisa azul claro, una elección formal para ser domingo.

—Y entonces. . . —dijo, saliendo de la mesa cerrada para saludarme—. Es un placer volver a verla, mademoiselle Lily.

—Igualmente, monsieur Desai —dije, esforzándome por imitar el acento británico.

—No está mal —sonrió—. Pero te ahorro mi mejor acento sureño.

Me sonrojé.

Siempre me sentía un poco avergonzada cuando la gente me adivinaba el origen solo por mi forma de hablar.

No es que me abochornara ser del Sur, solo que era cuidadosa con los detalles que aún no había decidido compartir con terceros y ese era uno de ellos.

No sabía si los demás estudiantes pensaban que mi acento era cuestión de geografía o de clase social.

Al fin y al cabo, parecía haber menos sureños en el campus que estudiantes de intercambio provenientes de pequeños países de Europa del Este. Me hacía sentir como una rareza.

—Siento mucho molestarte con todo esto —dije en lo que le abría el zíper a mi mochila y la colocaba en el espacio vacío entre nosotros—. No tengo ni idea de dónde he puesto el trabajo. Juraría que metí la hoja de ejercicios en mi cuaderno, pero. . .

—¡No digas tonterías! Me temo que, de no ser así, nunca me habrías llamado —sonrió Vikram, mientras sacaba una carpeta de su bolsa negra de mensajero—. ¿Qué hubiera hecho de haber tenido que esperar hasta el lunes para volver a verte?

Lo miré a los ojos. ¿Hablaba en serio? ¿De verdad había pensado en mí desde que salimos de aquel bar? Había volado con mi mente hacia él más de una vez, pero nunca se me habría ocurrido que le estuviera pasando lo mismo.

—Bueno, Dios bendiga esa tarea perdida y un té de frutas por volver a reunirnos —bromeé nerviosamente—. ¿Nos ponemos en la cola?

Caminamos juntos hasta el mostrador, mirando las ofertas de menús laminados tipo Blue Line Berry y Copley Craze.

Noté que el hombro de Vikram rozaba ligeramente el mío mientras examinábamos nuestras opciones.

—Tomaré el Central Square Pear —le dije a la cajera, una estudiante que a las claras trabajaba allí a tiempo parcial.

—Yo lo mismo —secundó Vikram y sacó un montón de dinero de su cartera.

—Gracias —sonreí, aliviada y agradecida por el detalle. Ya había echado mano del «fondo de emergencia» de mis padres mientras esperaba respuesta de los trabajos a tiempo parcial que había solicitado en el campus.

Vikram y yo volvimos a nuestra mesa junto a la ventana, con las manos llenas de agua azucarada y el sol de la tarde calentándonos a través del cristal.

—¿Por dónde empezamos? —preguntó.

—Supongo que. . . ¿por los deberes? —respondí con una sonrisa vacilante.

—Claro. —Vikram bajó la mirada un tanto avergonzado—.

Eché un vistazo antes de llegar y, como se trata de Introducción a la Conversación en Francés, verás que Madame Carole nos ha pedido que respondamos oralmente a estas tres preguntas delante de la clase.

—Vikram señaló una serie de instrucciones en negrita.

—¿Toda la clase? —pregunté, con un gran pánico recorriéndome el cuerpo. Odiaba hablar delante de grupos grandes.

—Sí, pero Madame dice que, si respondemos a cinco preguntas en total, podemos hacerlo por parejas. ¿Te animas?

—Veamos primero cuáles son las preguntas.

—Numéro un —leyó Vikram con su mejor acento francés—. Si pudieras ir a cualquier parte del mundo, ¿adónde irías?

—Esa es buena —hice una pausa—. Supongo que a Sudáfrica.

—Et porquoi, mademoiselle?

—Tengo muchas ganas de hacer allí unas prácticas este verano.

Es que parece. . . No sé. Como si aún quedara trabajo por hacer.

Ha pasado solo un año desde que liberaron a Nelson Mandela.

Es una locura pensar que lo mantuvieron encerrado todo este tiempo por intentar acabar con el apartheid, que es la misma forma de segregación que teníamos aquí hace solo tres décadas, cuando mis padres se juntaron, poco antes de que yo naciera.

—¿En serio? ¿Tus padres son. . . diferentes? —se atrevió a preguntar Vikram con educación.

—No, en realidad no lo son —respondí encogiéndome de hombros, sin saber muy bien cómo contestar—.

Mi madre es de Cuba. Allí es lo que llamarían una mulata, una mezcla de ascendencia africana y española.

Pero de donde vengo, en el Sur, todavía se aplica la «regla de una gota»: una sola gota de sangre africana basta para que se te considere negro.

Lo mismo ocurre con mi padre. Su madre era blanca, pero él nunca la conoció. Lo abandonó cuando era un bebé.

—¡Qué locura! —dijo Vikram, con los ojos muy abiertos—. ¿Pudieron casarse? Dijiste algo sobre las leyes. . .

—Sí, al final pudieron. Cuando mi madre llegó a Estados Unidos en los años cincuenta, no sabían cómo clasificarla, así que la marcaron como «negra» en su licencia de conducir.

Fue así como se enteró de que era negra.

Hicieron lo mismo con mi padre, ya que fue mi abuelo quien lo inscribió en el registro civil.

Como en principio los dos pertenecían a la misma raza, mis padres pudieron casarse.

—¿Por eso quieres ir a Sudáfrica? —preguntó, soplando el vapor de la taza caliente que tenía en la mano.

—En cierto sentido, sí. Según todo lo que he leído, Sudáfrica parece estar lidiando con muchas de las cosas que nosotros abordamos aquí en los años sesenta: raza, clase, igualdad.

Siento que, si pudiera entender las cosas allí y ver cómo se desarrollan en tiempo real, tal vez podría entender mejor las cosas aquí.

Es como detener el reloj, por decirlo de alguna manera.

—¿No hay elecciones pronto en Sudáfrica? —preguntó Vikram.

—Sí, dicen que Mandela se va a presentar a la presidencia.

¿Te imaginas cómo sería eso? ¿Verlo pasar de prisionero a presidente?

Esa es la razón por la que quiero hacer las prácticas allá.

La solicitud hay que entregarla pronto en la Oficina de Servicios Profesionales, porque tienen que asignar los fondos.

Al parecer, un egresado sudafricano bastante adinerado va a dar becas para pasar tres meses completos en el país.

Además, la universidad se ha asociado con una organización de derechos humanos con sede en Durban que ofrece alojamiento y manutención.

—Sería increíble —se maravilló Vikram—. Bastantes sudafricanos han llegado a Inglaterra en los últimos años. Conocí a algunos de ellos en la universidad y dicen que el país está realmente mal.

—Supongo que depende de con quién hables —dije pensando en voz alta—. ¿Y tú? ¿A dónde irías?

—Yo volvería a la India. Sospecho que es un poco conveniente, pero es la verdad. Mi hermano se va a casar allí el año que viene. Toda mi familia se ha vuelto loca preparando la boda. Es casi como la Copa del Mundo para mi madre —añadió riendo—. Estaría bien colarse y pasar un rato allí.

—¿La han preparado con un año de antelación? ¿Cuántos invitados?

—Unos trescientos.

Casi escupo mi bebida.

Vikram sonrió.

—Bueno, las bodas indias casi siempre son enormes y esta es la primera boda para ambas familias. Además, mi padre no está bien, así que mi madre quiere que sea memorable. . . —dijo y la frase quedó colgando en el aire.

—Lo siento —dije removiendo mi té—.¿Lo echas de menos, estando tan lejos?

—¿A quién? —preguntó Vikram, con expresión de desconcierto.

—A tu padre.

—Bueno, o sea. . . —balbuceó; parecía sorprendido por mi franqueza. Allá en nuestro pueblo, Eric solía decir que mis preguntas eran directas en su impacto, pero suaves en su intención. Aunque yo nunca entendí lo que eso significaba.

—Sí, supongo que sí —respondió Vikram tras una larga pausa—. Es que. . .

—¿Qué? —pregunté.

—Tenemos una dinámica un poco difícil. Él quiere que vuelva y dirija su empresa, pero yo no quiero tener nada que ver con eso.

He visto los problemas que le ha causado tanto a nivel personal como profesional y aun así sigue insistiendo.

Ahora que tiene insuficiencia cardíaca congestiva, nos está metiendo prisa.

O al menos me la está metiendo a mí. Mi hermano está a salvo porque ha encontrado a la novia india con la que mis padres soñaban.

—¿Matrimonio concertado?

—Sí, es una tradición muy arraigada en muchas culturas indias; muchos de nosotros tenemos matrimonios concertados.

Mis padres son hindúes de Gujarat y fueron emparejados por un anciano de su pueblo antes de conocerse.

Mi hermano hizo lo mismo, aunque se reunió con Shivani dos veces antes de que decidieran comprometerse en serio.

Considero que el suyo es más bien un matrimonio «asistido».

—Fascinante —dije—. ¿Tú vas a. . . ?

—¿Tener un matrimonio concertado? —interrumpió Vikram, sabiendo lo que iba a decir a continuación—.

No puedo descartarlo por completo. Sé que a la mayoría de los occidentales les parece anticuado, que aquí nos venden cuentos de hadas y de ser «felices para siempre».

Pero en Oriente creemos que el matrimonio también es una elección, una decisión de compromiso diaria, que funciona al margen de la lujuria.

Es un gesto de dedicación hacia un acuerdo a pesar de los cambios temporales, emocionales o de cualquier otro tipo.

Creo que hay algo en ello. Un propósito.

Un orden. Ha durado siglos por esa razón.

—Entonces, ¿nunca has estado enamorado?

—Bueno. . . no he dicho eso, mademoiselle Lily —dijo mirando el fondo de su taza, con una sonrisa en los labios—. Pero quizás esa otra historia la dejo para cuando terminemos nuestra tarea de francés.

De repente me sentí avergonzada. Había desviado la conversación por completo con mis interminables preguntas. Demasiado personales, sin duda. Quizás era eso a lo que Eric se refería.

—¿Quizás podamos terminarla durante la cena? —preguntó Vikram, sosteniendo su taza ahora vacía—. ¿Te gustaría ir al restaurante tailandés que está al doblar la esquina?

—¡Sí! Sí, por supuesto. Me encantaría —respondí, tratando de ocultar mi emoción mientras cerraba el zíper de mi mochila que tenía un parche de Nirvana cosido en el bolsillo exterior que se deshilachaba por la costura. Estaba lista para ir a ese restaurante.

—¿Vamos? —sonrió Vikram y se colgó su bolsa de mensajero al hombro.

Las páginas blancas y brillantes de nuestro cuaderno de francés yacían intactas sobre la mesa, sin tocar y sin terminar.