Capítulo 9 Marisol
Mirta tenía razón.
Las cosas se han puesto más difíciles.
Mucho más difíciles.
Después de tres meses de clases, hoy la administración anunció que la universidad cerrará, alegando que las protestas han creado un «ambiente inseguro e incompatible con el aprendizaje».
Toda la universidad ha quedado destrozada: cadenas en las puertas, candados en las rejas, sirenas de policía perturbando la poca paz que quedaba. Los carteles pintados en los muros cubren cada centímetro cuadrado del campus.
Ahora solo quedan aulas vacías y sueños aplazados.
José nos había advertido de que esto podía pasar.
Sabía que la universidad, la herramienta más poderosa del régimen de Batista, pronto se convertiría en daño colateral.
Tal vez yo también debí verlo venir. Si hubiera prestado más atención a los comentarios descontentos de los profesores, esos que llegaban en sus carros destartalados y murmuraban sobre cómo sus salarios o se los pagaban retrasados o no se los pagaban.
O a los estudiantes que pasaban todo el día merodeando por la escalinata, esos que acababan de graduarse, pero tenían mucho tiempo y poco dinero porque todavía no habían encontrado trabajo.
Todo el mundo estaba descontento y, solo por eso, el cambio debía ser inminente.
La pregunta era: ¿quién lo llevaría a cabo?
José cerró el zíper del bolso negro que llevaba en la mano y me dio la espalda.
—¿Qué llevas ahí dentro? —le pregunté mientras trataba de echar un vistazo al contenido.
Su cuerpo se convirtió en un escudo.
—No te preocupes, mi amor —sonrió y se quitó el pelo que le caía en la cara.
José y yo habíamos empezado a salir en septiembre.
Desde que nos conocimos en el Malecón, apenas nos habíamos separado.
Nuestro lento cortejo, que nació de largos paseos y saoco fresco, solía terminar en salones como este, rodeados por estudiantes y egresados universitarios que discutían el futuro del país.
José era como la llama viva de todas esas reuniones: al instante se convertía en el centro de gravedad y cautivaba a todos con su carisma y sus planes de cambio.
Yo también estaba hipnotizada. Poco a poco fui desvelando las capas de su mundo hasta que terminé siendo invitada a sus rincones más sagrados.
Todos los lunes al atardecer, José llevaba hasta el húmedo sótano de un edificio en la calle 19 del Vedado a un pequeño grupo de sus seguidores más leales.
Allí, bajo las lámparas rotas de luces tenues en uno de los barrios más concurridos de la ciudad, nos intercambiábamos pequeñas coladas de café retocadas por una leche condensada que de tan dulce nos hacía arrugar los labios.
José se sentaba sobre una pila de tres cajones vacíos y abría un plano de la ciudad sobre la mesa metálica colocada frente a él.
Llevaba meses «preparándose» para una misión secreta con el Directorio Revolucionario, una misión de la que aún no me había contado mucho.
Se habían convertido en el grupo más poderoso de la Clandestinidad, con células de acción repartidas por toda la ciudad y apartamentos clandestinos donde planificaban sus ataques contra el régimen de Batista.
Incluso se rumoreaba que el grupo estaba detrás del asesinato de la discoteca Montmartre ocurrido en octubre, donde el coronel Antonio Blanco Rico, jefe de la Oficina de Investigaciones de Batista, fue ajusticiado a tiros.
¿Su objetivo? Acabar con los miembros más poderosos del gabinete de Batista, incluido el propio Batista.
José desplegó el rollo de papel pergamino marrón sobre la mesa que tenía delante.
—Fidel está a punto de volver y está listo para actuar —anunció, mientras bebía un sorbo de café—. Cuando lo vi en Ciudad de México, me dijo que tenía las armas y la infraestructura necesarias para lanzar una verdadera ofensiva.
Dos de los recién graduados, dos jóvenes de veintitantos años, intercambiaron miradas en silencio.
José se refería a Fidel Alejandro Castro Ruz, un abogado que se había graduado de la Universidad de La Habana hacía unos pocos años. Desde entonces, estaba exiliado en México tras cumplir una condena en prisión por atacar un cuartel militar de Batista en el oriente del país.
Castro había alcanzado un estatus casi mítico, y los activistas en el campus colocaban recortes de periódicos nacionales con su foto por toda la escalinata.
Era un símbolo de la Clandestinidad más allá de las murallas habaneras, con su bigote negro y unos penetrantes ojos marrones, vacíos e inescrutables.
Incluso antes de salir de Camagüey, había oído su nombre resonar desde las cimas de las montañas; se comentaba que un joven abogado de Oriente reclamaba un «cambio».
Castro se había representado a sí mismo en el juicio al que fue sometido tras el ataque militar.
Allí pronunció un discurso mordaz en el que dijo la famosa frase «la historia me absolverá».
Papi fue el primero en hablarme de Castro, y me dio un panfleto de contrabando que había terminado de leer con extractos de ese discurso.
—Ese chamaquito nos va a salvar. —Lo dijo como si fuera una promesa y sin apenas mirarme, y dio un golpe en la mesa con su vaso de ron.
Papi creía que Castro derrocaría al corrupto Gobierno de Batista y que daría por fin una oportunidad a los cubanos como él, cubanos negros que labraban la tierra por unos pocos centavos al día y que dependían de la exportación de productos nacionales para alimentar a sus familias.
Mi padre trabajaba durísimo durante temporadas implacables; extraía cultivos de una tierra que había labrado durante décadas, pero que no le pertenecía.
No podía ser suya.
—Nos hará recuperar el orgullo —dijo y tomó otro sorbo—; tendremos la oportunidad de operar nuestros propios ingenios sin tener que doblegarnos ante una mafia gubernamental corrupta que acapara el botín por el que nosotros trabajamos.
En Castro, papi veía un propósito de igualdad.
¿Pero sería él el único que podía hacerla realidad?
Me acerqué poco a poco desde el fondo de la sala con la esperanza de ver mejor el rostro de José.
—Fidel y yo estamos de acuerdo en los objetivos esenciales de esta revolución, pero no en la estrategia.
—José bebió con lentitud otro sorbo de café humeante de la tacita de cristal—.
Fidel quiere una huelga general, un paro laboral que detenga al país.
Pero yo creo que debemos matar al pez por la cabeza: quiero eliminar a todos los colaboradores conocidos de Batista y desmantelar el régimen desde arriba.
José señaló el mapa que había sobre la mesa frente a él. El grupo de escuchas permanecía callado.
José estaba jugando con candela y lo sabía.
Varios de los estudiantes recogieron sus mochilas, inseguros sobre si debían o no quedarse allí. Sabían que cualquier cosa que José dijera a continuación podría llevarlos a la cárcel.
—Antes de poder lograr lo que queremos, tarifas bajas para las guaguas, electricidad en las provincias, restablecer la constitución que ya teníamos, deben cumplirse los preceptos fundamentales de la democracia. Y, para ello, debemos deshacernos de Batista.
Algunos estudiantes asintieron con la cabeza y una ola de inquietud se extendió por la sala.
—El 13 de marzo es nuestro día —anunció José, como si respondiera directamente a las preguntas que se agolpaban en mi mente.
Señaló el mapa del palacio presidencial que tenía delante y deslizó el dedo por los cuadrantes dibujados con líneas rectas—.
El plan es sencillo: rodearemos el palacio, obligaremos a Batista a dimitir y devolveremos el poder al pueblo cubano. Este país volverá a ser nuestro.
La multitud estalló en vítores, los jóvenes levantaron los puños en señal de victoria y las mujeres que los apoyaban aplaudieron frenéticamente a su lado.
—Mientras el primer grupo asalta el palacio, el otro informará al mundo de lo que hemos hecho, anunciando un golpe de Estado exitoso en la radio.
José deslizó su dedo índice hasta un pequeño círculo en la esquina del diagrama y dibujó una «X» sobre un modesto edificio situado a varias avenidas de distancia.
Quedé boquiabierta, en shock.
Lo reconocí de inmediato.
Me senté, con los ojos muy abiertos, incrédula.
Era el edificio de CMQ.
De repente, comprendí la gravedad de lo que José acababa de anunciar.
Su objetivo era Radio Reloj y yo formaba parte de su plan.