Toda la vida es ahora Capítulo 8
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Capítulo 8

M e desperté medio mareada y al bajar con torpeza de la litera me raspé la cadera con el escritorio.

Cuando sentí los pies sobre la alfombra, les di una patada a mis zapatillas Keds para quitarlas de los bajos de la escalera.

El vestido que me había puesto la noche anterior estaba arrugado en el suelo y apestaba a alcohol.

Una noche más con Hana iba a matarme.

Como por arte de magia, Hana irrumpió en la habitación con un vaso de café en la mano.

—¿Y bueno? ¿Qué te pareció?

—¿Qué? —pregunté en lo que aceptaba el recipiente de poliestireno marrón y soplaba el vapor que le salía por encima.

—No te hagas la tímida —bromeó Hana, sentándose en la litera de abajo—. Te vi acurrucada en el bar con Vikram anoche.

—Sí, parece simpático —respondí con indiferencia, esperando pasar a otro tema.

—¡Qué locura que ya se conocieran! —insistió Hana, sin perder el ritmo— . Quizás puedan ser compañeros de estudio, si sabes a lo que me refiero.

Soltó una carcajada estruendosa.

—Coño, Hana.

—¿Qué pasa?

—De hecho, necesito su contacto. Para la tarea de francés. No tengo ni idea de dónde puse las instrucciones.

—¡Por supuesto que no sabes! —dijo Hana en tono burlón.

Me dolía la cabeza. En algún momento de la locura del período de pruebas había perdido la tarea, y no me había dado cuenta hasta que Hana lo mencionó.

—No tengo el teléfono de Vikram —dijo Hana dándose cuenta de mi confusión—. Pero puedes buscarlo en el directorio de estudiantes. —Señaló la guía roja que había en la esquina del escritorio—. Si no, Chris lo tendrá. Puedo preguntarle cuando lo vea más tarde.

—No pasa nada. ¿Sabes cuál es el apellido de Vikram?

—Desai. Vikram Desai.

—Gracias, seguro que lo encuentro. ¿Te vas?

—Sí, voy al campo Ohiri. Los chicos tienen un partido amistoso esta tarde.

—¿En serio? ¿Después de lo de anoche? ¿Cómo pueden siquiera ponerse de pie?

—Te sorprenderías con lo que esos chicos son capaces de hacer en nombre del fútbol —se rio Hana—.

Pero, por si acaso, sé que Vikram no estará allí.

El partido es solo para estudiantes de pregrado.

Quizás puedas encontrarlo en otro lado —dijo, lanzando suavemente las llaves al aire antes de guardarlas en el bolsillo de sus jeans súper holgados.

En cuanto cerró la puerta, cogí el directorio rojo y busqué la sección de la Facultad de Ingeniería. Busqué entre los apellidos ordenados por orden alfabético en aquel papel tan duro.

«C». . . «D». . .

Bingo.

Vikram Desai, Matemáticas Aplicadas, División de Ingeniería y Ciencias Aplicadas. Debía ser él. Pasé el dedo índice por los diez dígitos que figuraban junto a su nombre y descolgué el auricular del teléfono, cuya pesada base de plástico se encontraba debajo del alféizar de la ventana.

6. . . 1. . . 7. . .

Esperé tres largos segundos mientras el tono de llamada zumbaba en mi oído, cada uno más largo que el anterior. Justo cuando estaba a punto de colgar, una voz carrasposa se escuchó al otro lado de la línea.

—¡Hola! —respondió con inconfundible acento británico.

—Hola, eh, ¿Vikram? Soy Lily Walker. . .

—¡Ay, Lily! ¡Hola! Supongo que llegaste bien anoche, ¿no?

Me sonrojé. Era él. Sin duda era él.

—Así es —sonreí, acercando el grueso auricular del teléfono a mi mejilla—. Pero entre la clase de la semana pasada y los chupitos de tequila de anoche perdí mi tarea de francés. ¿Por casualidad tienes la hoja de ejercicios?

—¡Claro que sí! —entonó, con una alegría que aparentaba ser inagotable y que se transmitía con absoluta claridad a través del auricular—. ¿Por qué no quedamos mañana para tomar un té y lo intentamos? Yo traigo la tarea y hacemos juntos las conjugaciones.

Me sonrojé de emoción. ¿O eran nervios?

—¿Dónde nos encontramos?

—¿En la Cambridge «T» Shop a mediodía?

—Allí nos vemos.

—¡Perfecto!

Cerré el directorio de estudiantes y lo guardé con cuidado en el cajón.

Cuando levanté la vista, me vi reflejada en el espejo roto que había sobre el escritorio y aún conservaba una leve sonrisa dibujada en el rostro.