Capítulo 7 Lily #2
—¡ Por fin! —dijo Hana, acercándose a nosotros con otra persona de la mano—¡ ¡Los dos pilares de mi vida, por fin juntos!
Cuando Hana se hizo a un lado, apareció una persona alta detrás de ella. Era el muchacho del bar, el que hacía un rato estaba viendo el partido de fútbol.
—Me alegro de conocerte por fin. . . como es debido —añadí.
—Yo también, Lily —dijo, extendiendo la mano, con una voz que me alucinó por su gravedad ahora que podía oírla por encima del bullicio de los estudiantes borrachos—. Hana dice que eres de una Carolina ¿De cuál?
—De la mejor —respondí en tono juguetón.
Una sonrisa se dibujó en su rostro.
—Voy a tener que decir. . . ¿Carolina del Norte? He jugado algunos partidos allí. La gente siempre ha sido muy amable.
—Correcto —dije, mirando por encima de mi copa con una pausa dramática—. Aunque nunca nadie se ha equivocado. Me preocupaba que fueras el primero.
Los cuatro nos reímos.
Como Chris estaba tan cerca, pude ver mejor su rostro.
Antes solo había podido contemplarlo de perfil.
Hana había mencionado que era alto, pero en realidad era mucho más alto de lo que esperaba, al menos quince centímetros más que yo.
También había algo en él que lo hacía parecer mayor, más maduro.
Poseía una intensidad especial en su forma de escuchar, acaso plena y total.
Bien por Hana, pensé. Esta relación la ayudaría a poner los pies en la tierra.
—¿Puedes creer que estos dos ya se conocían? —interrumpió Hana, tirando de Vikram por el hombro—. ¡Están en la misma clase de Francés!
—¿En serio? —preguntó Chris, levantando una ceja.
—Así es —confirmó Vikram con una sonrisa—. Lily, ¿te traigo algo del bar?
—Claro —respondí sorprendida. Bajé la vista y vi que ya no quedaba nada de mi bebida. Supongo que la había disfrutado más de lo que pensaba.
Vikram y yo nos acercamos a la barra, dejando a Hana y Chris en la mesa con sus amigos. Pedí otro gin-tonic; Vikram, un Old Fashioned.
—Y entonces. . . —comenzó Vikram de nuevo, halando una banqueta para mí—. ¿Por dónde íbamos?
Se sentó de frente en una silla y quedó tan cerca que pude oler la colonia en su cuello.
—Es curioso cómo lo dices —dije, reajustando mi peso para ponerme más cómoda.
—¿Cómo lo digo?
—«Y entonces» —respondí, sonriendo—. ¿Es una forma elegante de decir «hola»?
Vikram sonrió entre dientes, apartando la mirada.
—Supongo que sí, ¿no? —preguntó retóricamente, de repente cohibido—. Quizás sea algo un tanto elegante, muy británico. Y sí, es una forma de retomar la conversación donde la dejamos.
Hizo una pausa y volvió a mirarme.
—Para mí, es un recordatorio de que esto que hacemos los seres humanos, esta forma en la que nos relacionamos entre nosotros, no es más que una conversación constante.
No tiene fin. No tiene un comienzo real.
Simplemente. . . es. Al menos —añadió, inclinándose y bajando la voz—, para las personas con las que quieres mantener una conversación perpetua.
Nuestras miradas se cruzaron. ¿Quién era este tipo? Era seductor de una manera discreta, como el torpe protagonista de una película clásica. Algo así como Cary Grant en Bringing Up Baby: instintivo y sorprendentemente seductor. Eso era innegable.
—Me gusta. Puede que incluso te lo robe —bromeé.
Vikram sonrió tímido.
—Bueno, si ahora estás impresionada, espera a que te lleve a cenar.
Me sonrojé al instante.
Solo me habían coqueteado una vez. Mi mente retrocedió a la noche del baile de graduación de hacía dos años. Estaba sentada junto a la ventana con aquel vestido rosa horrible, esperando a que Todd Milhaven viniera a recogerme.
Todd me había pedido que fuera su pareja dos semanas antes y no sabía si le había costado reunir el valor para pedírmelo o si se había quedado sin opciones.
En cualquier caso, nunca me habían pedido ser la cita de alguien para el baile de graduación.
Ni para ningún otro evento, la verdad. Antes de esa noche, mucho tiempo antes, había aprendido que yo no era lo que buscaban los chicos de mi colegio. No era ni rubia, ni menuda, ni blanca.
Todd dijo que llegaría a las ocho. Pero cuando el reloj marcó las nueve, nunca pensé que seguiría sentada con semejante rigidez junto a mi puerta, con las flores marchitas y el pelo encrespado por la humedad.
A medida que los minutos se convertían en horas, la desagradable certeza de lo que estaba pasando se me instaló como una piedra en el estómago: Todd no iba a venir.
Mi madre empezó a ordenar la casa con nerviosismo.
Podía sentir cómo me miraba de reojo, tratando de evaluar el alcance de mi decepción.
Mi padre abrió una lata de cerveza en el porche trasero, con la esperanza de evitar la tormenta emocional que se avecinaba; la idea de que su niña estuviera sufriendo era demasiado difícil de soportar.
Me habían dejado plantada.
Todd no había tenido el valor de llevarme al baile. ¿Qué pensaría su familia si su jugador de fútbol americano aparecía en la fiesta con «la negra» de la secundaria? Sí, «la negra», como me había llamado una madre de la clase.
Me quité el ramillete que Mami había insistido en comprar en la tienda esa misma tarde y lo dejé sobre la consola negra astillada que había junto a la puerta principal.
Arrastré las piernas por la estrecha escalera alfombrada y me dirigí a mi habitación sin atreverme a mirar por encima del hombro las caras horrorizadas de mis padres.
Mi madre se apresuró hasta el pie de la escalera y trató de darme un abrazo sin saber qué decir.
Pero me negué a dejar que nadie viera mis lágrimas; era demasiado violenta la vergüenza que me quemaba por dentro.
Solo quería cerrar la puerta y enterrarme bajo las sábanas.
Y, sin embargo, allí estaba yo, dos años y medio después, sentada junto a un hombre tan guapo y aparentemente seguro de sí mismo, que me invitaba a cenar. ¿O no? No quería cometer el mismo error dos veces.
Justo cuando estaba a punto de responder, Hana se acercó tambaleándose, con una bebida verde adornada por una sombrilla en miniatura que se le derramaba por la mano.
—Lilz, vamos a The Kong —dijo con un ligero balbuceo—. Hay una fiesta setentera hoy. Termina en una hora. Vikram, ¿vienes?
—Me temo que no —respondió él, educado, y dejó su vaso vacío sobre la barra—. Por muy tentador que suene, mañana temprano tengo una sesión de estudio en equipo. Los compañeros de Ingeniería tenemos una presentación la semana que viene.
Yo tampoco quería ir.
Un momento de tranquilidad con este británico encantador era mucho más agradable que la locura que de seguro nos esperaba. Pero era la noche de Hana y ella me había invitado. Tenía que demostrar que merecía formar parte de su mundo, que era la compañera que necesitaba.
—Entonces, ¿nos vemos el lunes, Monsieur Vikram? —le pregunté, levantando mi vaso para chocar con el suyo.
—Puede contar con ello, mademoiselle Lily. Estaré informando en directo desde nuestra oficina francesa —sonrió, deslizándose con cuidado de la banqueta.
—Eso espero —dije y me acomodé el bolso en el hombro.