Toda la vida es ahora Capítulo 7 Lily
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Capítulo 7 Lily

Me puse el vestido negro y ajustado que había comprado en Filene’s Basement, tiré a un lado con frustración mis zapatos de cuña y sin querer derramé el vaso de agua que se balanceaba en el borde de nuestra mininevera.

Hana me había hecho prometer que no llevaría tacones, pero ¿de qué otra manera podía hacer que este vestido de nueve dólares, comprado en la sección de rebajas, no pareciera ser lo que en realidad era?

Me decidí por unas zapatillas blancas que tenía guardadas en un rincón del armario y las combiné con unas grandes argollas doradas que había comprado con lo que había ahorrado de vender helados en Baskin-Robbins el verano pasado.

Cuando terminé, me paré frente al espejo y pensé que el resultado final no estaba nada mal.

Cogí mi bolso del escritorio que compartía con Hana y vi la luz roja parpadeante del teléfono.

Tenía un mensaje de voz.

Eric había estado intentando ponerse en contacto conmigo desde su llegada a Nueva York, donde había comenzado sus primeras clases en la Parsons School of Design.

Finalmente había convencido a su madre para que lo dejara ir, diciéndole que su interés por el diseño era más que un simple pasatiempo y que quería centrarse en los textiles.

La Sra. Mitchell llevaba mucho tiempo lamentando la posibilidad de que Eric recibiera una «educación yanqui»: una educación impartida por los mismos bárbaros responsables de la Guerra de Agresión del Norte, como le gustaba recordar.

Pero yo sospechaba que, en el fondo, ella sabía que nuestro pueblo ni era suficiente ni era lo que merecía una persona con el talento de su hijo.

Pensaba devolverle la llamada, pero este no era el momento adecuado.

Necesitábamos más tiempo y menos presión para hablar.

Se lo merecía.

Pero esta noche yo estaba distraída. Incluso ansiosa.

¿En qué carajo me estaba metiendo? ¿Quiénes eran los otros amigos de Hana? ¿Quién era su novio? ¿Y quién se suponía que debía ser yo para mantenerme en su lista y que así ella quisiera volver a incluirme?

Me acomodé el vestido y bajé las escaleras de dos en dos, hasta que sentí que mis zapatillas tocaron el césped.

Caminé dos manzanas por la avenida Mass y doblé a la derecha en la calle Plympton antes de tropezar con la entrada del bar Minos.

A través de la ventana, pude ver grupos de estudiantes sentados en mesas altas con jarras de cócteles muy coloridos.

El lugar estaba abarrotado.

Me abrí paso entre la multitud, dirigiéndome hacia dos banquetas vacías colocadas debajo de la barra de madera lacada.

—¿Qué vas a tomar? —gritó un camarero de mediana edad con marcado acento de Boston.

—¿Un gin-tonic? —respondí, con otra pregunta.

Fue lo primero que me vino a la mente, lo único a lo que me había acostumbrado en mis salidas de contrabando con Eric los viernes por la noche.

Por suerte, en este bar podía beberme mi copa lentamente y sin problemas porque aquí no pedían identificación.

—Ahora mismo —respondió el camarero, quitándose el paño blanco que descansaba sobre su hombro en lo que sacaba un vaso del estante que tenía detrás.

Mientras buscaba unos cuantos dólares sueltos en mi bolso, mi mirada se posó en un tipo alto al final de la barra, uno que miraba fijamente el televisor de la esquina.

Estaban retransmitiendo un partido de fútbol y los colores vivos de dos banderas africanas ondeaban en la pantalla.

El hombre permanecía completamente inmóvil; los ángulos marcados de su mandíbula, casi aguileños, se pronunciaban aún más con la luz irregular del campo de juego reflejada sobre su rostro.

Tenía unos pómulos altos que enmarcaban sus cejas negras y gruesas, fruncidas en señal de concentración.

Su piel era demasiado oscura para considerarse aceitunada, pero, a la vez, era mucho más clara que el café.

Hana diría que era un chico «exótico». Me pregunté cómo sería Chris en comparación.

De repente, el camarero, con un golpe, puso el trago delante de mí.

—Parece que tenemos otra aficionada aquí, amigo —gritó, señalándome con un movimiento de cabeza.

Salté.

El camarero me había pillado mirando fijo a la pantalla y pensó que estaba mirando el partido, no al hombre que lo miraba.

—¿Ah, sí? —preguntó el hombre misterioso en lo que salía de su trance y se volvía hacia mí.

—¿Super Eagles o Black Stars?

—Nin. . . ninguna de las dos, la verdad —balbuceé, buscando a tientas el cierre en forma de cadena que tenía mi bolso—.

Supongo que todo depende de quién pueda ganarle a Bafana Bafana.

—Eso fue lo único que se me ocurrió decir mientras escudriñaba en los recovecos de mi cerebro para encontrar el artículo que había leído sobre la participación de Sudáfrica en la Copa Africana de Naciones.

El desconocido levantó las cejas con auténtica sorpresa.

—¿La tierra de los Springboks y las vuvuzelas? No hay muchos sudafricanos por estos lares —sonrió y pude ver unos dientes perfectamente blancos acompañados de unas arruguitas que se le formaban alrededor de los ojos—. ¿Eres de allí?

—Para nada —sonreí, tratando de recuperar la compostura—. Supongo que solo soy una aficionada. Quisiera hacer unas prácticas allí este verano. ¿Y tú?

Señalé hacia la pantalla.

—Mmmm —el desconocido hizo una pausa—. Diría que soy fan de los Super Eagles. Lo importante es en qué país se hace el mejor arroz jollof —sonrió—. Oye, ¿cómo te llamas?

—Seis dólares —i nterrumpió el camarero, dando un golpecito en la barra donde acababa de colocar mi bebida recién preparada—. Voy a tomar un receso.

Sintiéndome regañada frente a un desconocido, me apresuré a sacar los pocos billetes arrugados que había encontrado en mi bolso.

Justo entonces, un grupo de chicos de alguna fraternidad se amontonó en las banquetas a mi lado y me bloqueó la vista.

Me deslicé para buscar algo de espacio y me tuve que tapar los oídos cuando sus risas se convirtieron en vítores.

En cuanto dejé el dinero sobre la barra, sentí una mano sobre mi hombro izquierdo.

—¡Hasta que al fin te encuentro! —chilló Hana—. ¡Justo a tiempo!

—¿Para qué? —sonreí al verla aparecer, vivaz y en su ambiente.

—¡Chupitos! —Hana aplaudió dos veces, como para que me diera prisa—. Acabamos de pedir unos para la mesa. ¡Ven a conocer al equipo!

Me agarró del brazo y me empujó entre la multitud. Me condujo hasta una mesa esquinera junto a la ventana, donde conversaban varios jugadores, todavía con sus botines puestos.

—No, colega, imposible. El Manchester United jamás va a ganar la Liga de Campeones —oí decir a uno de ellos, cuya voz me resultaba vagamente familiar.

—¡Chicos! —gritó Hana por encima del bullicio—. Vengan a conocer a Lily, mi compañera de cuarto—. Algunos se dieron la vuelta y la conversación se detuvo por un momento.

—Hola —dije, sorprendida por mi propio acento sureño, que siempre se acentuaba más cuando estaba nerviosa. Miré mi vaso y esperé a que Hana dijera algo para desviar la atención.

—Estos caballeros juegan fútbol con Chris los fines de semana —comenzó a decir, como si me hubiera leído el pensamiento.

En ese momento, uno de los jugadores que estaba de espaldas a la ventana se dio la vuelta y sonrió.

Era el chico de la clase de francés, la voz que había escuchado antes.

Se acercó y levantó su vaso.

—¡Salud! —exclamó radiante—. ¿O mejor digo santé?

—Lily, este es Vikram —presentó Hana educadamente, colocándose entre nosotros—. Está terminando su posdoctorado en la Facultad de Ingeniería, pero su mayor logro es que él y Chris juegan al fútbol los sábados por la mañana en el campo Ohiri.

—Ah, sí. Dejé ese gran logro fuera de mi lista de «datos curiosos» para Madame Carole. Tendrás que perdonarme, Lily —dijo con un guiño.

—¿Quién es Carole? —preguntó Hana.

—Es nuestra profesora de Francés —respondí, recuperando por fin la voz—. Estamos en la misma clase. Me alegra verte de nuevo, Vikram.

—¡Qué pequeño es el mundo! Voy a buscar a Chris. ¡No se lo va a creer!

Hana desapareció hacia la barra con gran entusiasmo.

—Bueno. . . —Vikram dio un paso hacia delante, ocupando el espacio que acababa de dejar Hana—. ¿De dónde son?

Levanté la vista de mi copa, confundida.

—¿Perdón?

—Tus padres. ¿Dijiste en clase de Francés que eran inmigrantes?

—Ah. —Sentí que me sonrojaba—. Mi madre. Es de Cuba. ¿Y los tuyos?

—De la India, pero pasados por Inglaterra. De Featherstone, para ser más exactos. Una ciudad que solo podemos señalar en el mapa los cinco mil que vivimos allí. Pero quién sabe, tal vez tu título en Geografía te resulte útil después de todo. . .

Solté una risa chillona.

—¡Ey!

—¿Qué se puede hacer con un título en Ciencias Sociales? —preguntó.

—Quiero ser periodista, pero como no hay programa de Periodismo. . . —Hice una pausa y señalé el campus que nos rodeaba—. Estudios Sociales. Es lo más cercano que pude encontrar para vincularlo a asuntos de gobierno e historia.

—¡Qué bien! —Vikram cogió su vaso y lo sostuvo como si fuera un micrófono.

—Aquí Liliana, informando en directo desde la frontera de Sarajevo. . .

Mi nombre completo. Se había acordado.

No pude evitar sonreír.

—Bueno, todavía queda un largo camino por recorrer —dije con timidez, en lo que me bebía un sorbo de ginebra—. ¿Y tú? ¿A qué te dedicas?

—Beca posdoctoral en Matemáticas Aplicadas. Mucho menos emocionante que lo tuyo, pero como buen inmigrante que ha decepcionado a sus padres al no convertirse en médico, tenía que darles un premio de consolación. Es bastante probable que acabe en alguna aburrida consultoría que me dé para vivir.

—Bueno, mis matemáticas son un desastre, pero si no recuerdo mal, el programa de Matemáticas Aplicadas aquí tiene una tasa de aceptación del 0,01 %, así que debes ser bastante bueno.

—El 0,001 %, para ser exactos —bromeó—. Pero una mujer sabia me dijo una vez: «Aún queda un largo camino por recorrer».

—Sonreí y di otro trago a mi bebida que para mi sorpresa era muy suave, apenas se notaba el alcohol.