Toda la vida es ahora Capítulo 6 Marisol
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Capítulo 6 Marisol

Este lugar parece el centro del universo.

Las calles están abarrotadas, la gente va con prisa a todas partes y a ninguna.

Y, sin embargo, aquí estoy yo, a la deriva y sin rumbo, dando vueltas mientras todos pasan por mi lado a toda velocidad.

Incluso Mirta.

Mirta se pasa las horas en la biblioteca buscando información sobre un satélite que están construyendo los soviéticos llamado Sputnik, y afirma que el Gobierno de Estados Unidos está creando un departamento entero solo para viajar al espacio exterior.

«Camarón que se duerme se lo lleva la corriente —me recordó esta mañana temprano, en lo que se levantaba de su catre para emprender la caminata de quince minutos hasta la universidad—.

Pronto habrá una carrera entre todos los países para explorar el universo, y yo quiero ser la primera cuando la hagan».

Suspiré y me di la vuelta, con los muelles del colchón pinchándome la carne debajo de la caja torácica.

La verdad es que me gustaría tener la visión de Mirta.

Después de arriesgarlo todo para llegar hasta aquí, no había hecho ninguna otra amiga que no fuera ella y todavía no había encontrado un trabajo remunerado. Peor aún, ni siquiera estaba segura de si en un futuro cercano algo de esto tendría alguna importancia.

Las protestas habían estallado poco después de que comenzaran las clases; pequeños grupos de estudiantes se reunían con carteles improvisados frente a las imponentes puertas dobles de la tesorería.

«¡Abajo la dictadura!». Era el grito familiar de guerra contra el Gobierno que se había convertido en mantra y se escuchaba repetido por todo el campus.

Al principio, Mirta me dijo que mirara al frente, que ignorara los folletos en sus manos extendidas, con una «X» roja que atravesaba la imagen de una bandera cubana destrozada.

Pero pronto la multitud se hizo demasiado grande para ignorarla, y fue creciendo con el paso de las semanas.

Pasó de un par de decenas a cientos de estudiantes.

El presidente de nuestro país, Fulgencio Batista, incluso había amenazado con cerrar la universidad si las protestas no cesaban.

La universidad se había convertido en un hervidero de rebeldía.

Corrían rumores de que un grupo de estudiantes estaba trabajando para destituirlo del poder y que por eso unos hombres con camisas beige se habían infiltrado en nuestras clases, haciéndose pasar por estudiantes durante los últimos tres meses.

Eran hombres del presidente, espías que merodeaban por los pasillos de nuestro departamento y pasaban horas rondando el puesto de pasteles, con la esperanza de obtener cualquier información sobre la Clandestinidad.

Los estudiantes que no tuvieron la sensatez de mantener su descontento en secreto habían desaparecido, y se rumoreaba que estaban secuestrados en la cárcel de Batista, en las afueras de la ciudad.

Por eso, la semana anterior la universidad había convocado una reunión gubernamental de emergencia; unos dos mil jóvenes se reunieron al pie de la escalinata, el verdadero corazón de la universidad, para abordar la crisis.

Los estudiantes estaban agitados y, en su desilusión, la gran mayoría creía que una revolución era la única alternativa, su única esperanza para un futuro digno.

El día de la reunión, me abrí paso entre un mar de cuerpos sudorosos; sorteé a los manifestantes enfurecidos con carteles gigantescos.

El sudor hacía que la camisa se me pegara a la piel y justo cuando me llevé la mano a la nuca para secarme las gotas que me resbalaban por la espalda, levanté la vista y vi a un chico de pelo oscuro con una impecable camisa de cuello y pantalones azules de trabajo que cruzaba a zancadas el escenario.

—¡Manzanita! —comenzaron a corear los estudiantes y sus gritos se intensificaron cuando se acercó al micrófono.

José Antonio Echeverría.

Era el presidente de la Federación Estudiantil Universitaria, nuestra organización estudiantil.

Manzanita era una estrella en ascenso en toda La Habana y un auténtico héroe en el campus.

Todos los periódicos locales llevaban su rostro en primera plana: bien afeitado, de penetrantes ojos color avellana. Tenía la piel del mismo tono que el coco tostado, y se peinaba el pelo oscuro y revuelto con raya al lado.

José era un estudiante de Arquitectura de Matanzas y, según los periódicos, había estado formando discretamente una pequeña pero creciente coalición de oposición contra Batista.

Existían rumores de que también había formado un grupo más militante llamado el Directorio Revolucionario.

Ninguno de nosotros conocía los detalles de su actividad, pero Mirta dijo que había oído a algunos estudiantes de su departamento advertir que se avecinaba «algo grande».

—Compadres —rugió José al micrófono, haciendo que todas las cabezas se giraran en su dirección—. Este es nuestro momento. Estamos haciendo la revolución desde dentro. Los héroes de este país, sus futuros líderes, ya están entre nosotros, aquí junto a ustedes, capaces y dispuestos.

José se inclinó hacia delante, colocando ambas manos sobre el podio mientras miraba con fijeza a la multitud e hizo una larga pausa, como para que el eco de los vítores se desvaneciera.

Me empiné y alcancé a ver algo por sobre los hombros de los estudiantes que tenía delante mientras trataba de mantener el equilibrio.

—José Martí. . . Antonio Maceo. . . Máximo Gómez.

. . ¡ellos nunca habrían tolerado esta tiranía!

Batista ha profanado nuestra Constitución, ¡y debemos mostrarle el precio de ignorarnos!

—J osé caminaba de un lado a otro del escenario, y las pulseras de cuentas que llevaba en las muñecas tintineaban con cada paso—.

Es hora de cerrar sus tiendas y sus carteras.

¡Sin clientela, sin trabajo durante una semana!

La multitud estalló en respuesta a su llamado a la acción.

Se trataba de una ira turbulenta que por fin había encontrado un lugar donde descargarse.

José levantó su puño al aire, con el pecho agitado, mientras salía del escenario.

Estaba flanqueado por seis hombres que llevaban la bandera cubana y lo levantaron por encima de sus cabezas.

—¡Man-za-nita! ¡Man-za-nita! —gritaban los estudiantes con orgullo, cautivados por su encanto ante sus rostros abiertos y ansiosos.

Yo me quedé paralizada.

Nunca había visto a nadie tan lleno de pasión.

En las pocas palabras de este hombre había más visión, más sentido de dirección, que en cualquier libro que hubiera leído.

Yo buscaba ese mismo fuego y había estado cerca de encontrarlo solo una vez, durante un instante fugaz.

Ocurrió cuando visité por primera vez Radio Reloj, una de las emisoras de radio más grandes de La Habana.

A las pocas semanas de comenzar el semestre, vi un anuncio en el Departamento de Ciencias Sociales que decía que la emisora buscaba un asistente.

Al día siguiente, después de mi primera clase de Historia, me dirigí al extenso complejo de edificios de Radio-centro CMQ, situado a pocas manzanas de distancia, con el folleto en la mano.

El director de la emisora abrió la puerta de una sala con paneles de madera llena de cables negros muy gruesos y micrófonos larguísimos.

Miró fijamente el folleto arrugado y me preguntó si era estudiante matriculada.

Quería informes diarios sobre la «actividad revolucionaria» en el campus y me dijo que, si tomaba notas detalladas, el puesto de aprendiz sería mío.

Dos veces por semana, me sentaba en la sala de redacción de la emisora hasta que me dolían los dedos, encorvada sobre una vieja máquina de escribir, y transcribía mis observaciones.

El director decía que trabajaba más rápido que cualquier mecanógrafa que hubiera visto nunca y al poco tiempo me dejó intentar escribir uno de los boletines para Emilio de Guevara, el reportero principal de la radio.

No era un trabajo formal, pero era una probadita de la vida que podría tener, esa que yo añoraba, si lograba conseguir mi título.

Eso sí, siempre y cuando aún tuviera una universidad de la que graduarme.

Quizás por eso me pareció cosa del destino cuando, una semana más tarde, al salir de la emisora, vi a José caminando por el Malecón con una pila de libros en los brazos y una bolsa de yute en el hombro.

Corrí por la calle para alcanzarlo y le di un golpecito en el hombro.

—Perdón. . . —inicié nerviosa, ambos sorprendidos por mi audacia.

—¿Sí? —respondió José educadamente mientras se giraba para mirarme.

Hice una pausa avergonzada al darme cuenta de que no tenía nada que decir. Me distrajo el brillo del sudor que se formaba en su frente, enmarcando sus ojos que ardían con un fuego que me aturdía o, más bien, me asustaba.

Una sonrisa se dibujó en sus labios mientras me veía luchar contra el peso de mi nerviosismo.

—Yo. . . yo. . . soy Marisol —logré decir finalmente—. Estudio primer año en la Facultad de Historia. Si alguna vez necesitas ayuda con el gobierno estudiantil, puedo echarte una mano después de clase. Tengo unas pequeñas prácticas en Radio Reloj, pero suelo terminar sobre las cuatro. . .

—Claro, comadre —me interrumpió José con entusiasmo, con la mirada fija en mis rizos despeinados y en la flor roja que llevaba prendida sobre la oreja—.

¿Trabajas en la emisora? Bueno, siempre nos vienen bien más manos en esta lucha contra la tiranía.

Además —hizo una pausa, cambiando el peso de un pie a otro mientras se colgaba la mochila al hombro— a veces una sonrisa bonita es más eficaz que el machete más afilado.

Me sonrojé.

Bajé la mirada hacia la falda roja arrugada que yo misma había cosido y advertí un hilo suelto que se escapaba de la costura.

—¿Cuándo empiezo?

—Mañana por la noche. A las seis. Hay una reunión en la calle 19, entre C y D. Espero verte allí. . . Marisol.

José extendió la mano.

—Allí estaré —prometí y sentí el calor de su mano sobre la mía.

Me alejé en dirección a la casa de huéspedes y esperé varios segundos antes de tener el valor suficiente para mirar por encima del hombro.

Cuando finalmente me giré, allí estaba José y también me miraba.