Toda la vida es ahora Capítulo 5
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Capítulo 5

M e eché la bolsa del gimnasio al hombro, me até los cordones de las zapatillas y empecé mi larga caminata a orillas del río Charles con dirección al campo de fútbol.

Atardecía.

Así era mi rutina dos días a la semana: corría entre los asientos de concreto del estadio luego de haber levantado pesas en el gimnasio. Las paredes curvas del coliseo de estilo romano, grandes e imponentes, parecían como si hubieran sido dejadas allí, olvidadas, de otra época.

Después de subir las veintiséis filas, subí al último escalón y me senté en su filoso borde de hormigón mientras intentaba recuperar el aliento.

A esa hora tenía el lugar para mí sola. Abrí mi bolso deportivo y saqué el sobre grueso que había llegado el día anterior por correo.

Era la segunda carta que había recibido con mi nombre garabateado en la parte delantera con la letra de mi madre.

Por mi parte y desde que llegué, le había escrito una carta a mi madre contándole sobre mis clases y la fascinación de Hana por la vida nocturna universitaria.

Cada carta parecía, en cierto sentido, nuestro primer intento de procurar una intimidad real entre las dos.

Me sentía nerviosa al abrir el sobre, sin saber qué diría ella o qué confesión me esperaba allí dentro.

Quería conocerla mejor.

Siempre lo había querido.

Y, sin embargo, parecía haber algo que nos impedía encontrarnos; como si fuéramos dos barcos con mucha experiencia de navegación y cargados de buenas intenciones que se cruzaban en la noche sin reconocerse.

Nunca pude identificar el origen del abismo que se interponía entre nosotras.

Aun así, eso no me impedía anhelar, desear el tipo de relación madre-hija que parecían tener las chicas de la universidad cuando llegaban en sus carros enormes y se reían juntas al despedirse.

Y sospechaba que mi madre también lo deseaba.

Siempre había imputado a su severidad, frialdad y distancia emocional nuestra incapacidad para alcanzar ese nivel de confianza.

De una manera u otra terminaba escuchando su voz en mi cabeza: «No hagas eso, Lily», o «Ten cuidado con esto otro, Lily».

Su comunicación conmigo se estructuraba sobre una serie de advertencias que me alejaban de cualquier cascada invisible de peligros sociales o físicos que ella veía venir hacia mí.

Todo eso no provocaba más que hacerme sentir castigada, corregida, evaluada, incluso cuando no había hecho nada malo.

Abrí el sobre con mi bolígrafo BIC de dos dólares, mientras el aire frío de Cambridge me azotaba los pelos que se me escapaban del moño.

Dentro había cuatro páginas escritas a espacio sencillo en el mismo papel de cuaderno que antes.

Al separar la primera página, vi la letra familiar de mami, con los acentos sobre las «i» y alguna que otra «e».

La carta estaba escrita en el único idioma que siempre nos había unido, en nuestro único secreto compartido.

Mi querida Lily,

A estas alturas, estoy segura de que ya te estás abriendo camino.

Imagino que estar en ese ambiente puede suponer un reto, pero recuerda una verdad muy simple: ese es tu lugar.

Últimamente he estado pensando mucho en ti y en el tiempo.

Creo que en la medida en que envejecemos, comenzamos, por fin, a apreciar el poder de tener un verdadero propósito, una razón para despertarnos por la mañana, un destino que guíe nuestros pasos.

Eso es lo que ahora tienes allí, en la universidad, y lo que más extraño de mi juventud: la infinidad de días que tenía por delante, el impulso de ser parte de algo mayor.

Mi propio padre no quería que fuera a la universidad. Creía que las mujeres estábamos destinadas a ser esposas, madres y nada más. Según él, un país que estaba al borde de la revolución no necesitaba de nuestra participación activa en la sociedad. Eso era trabajo de hombres.

Pero yo quería documentar la historia, especialmente porque esa historia me estaba arrastrando al ojo de su tormenta.

Quería ser periodista.

Al igual que tú, ansiaba algo más que la tierra y la posición social en las que había nacido.

Y estuve cerca, muy cerca, de conseguirlo.

La carta casi se me cayó de las manos. ¿Mami, periodista? ¿Durante una revolución?

Cuando le dije a mi madre que quería escribir para el periódico de la secundaria, ella se limitó a sonreír.

En ese momento, pensé que había dejado de escucharme, quizás estaba distraída pensando en la lista de la compra o en el nuevo horario del autobús que tenía que coger para ir a casa de los Mitchell.

Ahora, mientras contemplaba el horizonte estrellado de torres de marfil y farolas amarillas, me daba cuenta de que la mirada de mi madre aquel día había significado algo diferente.

Este era su sueño.

Lo que ella siempre había querido, cuando era una persona totalmente distinta antes de ser mía.