Capítulo 4 Lily
Los estudiantes caminaban a toda prisa sobre el césped bien cuidado; allí se cruzaban con profesores desaliñados a quienes los papeles se les escapaban de los viejos maletines de cuero.
Por mi parte, y en lo que iba desplazando el peso entre un pie y otro, me dediqué a ajustar las correas de mi mochila Jansport.
Todavía no podía creer estar allí.
Había pasado los últimos días corriendo de una clase a otra, perdida en un laberinto de edificios más antiguos que el país y escondida entre los rincones de aquellas bibliotecas polvorientas, junto a libros más viejos que yo.
Las dos primeras semanas luego de la orientación eran una especie de «período de prueba».
Podíamos registrarnos en las clases sin compromiso, sin ataduras, sin notas, con la libertad de aprender y nada más.
Era una de las muchas ventajas que había descubierto en el curso intensivo sobre el privilegio que había tomado a la fuerza desde mi llegada: rara vez el compromiso real o la carga del deber se aplicaban a este mundo de la élite.
Siempre conservaban su libertad de elegir.
De hecho, en su universo, parecía haber toda una serie de opciones fuera del menú; opciones que el resto de nosotros, los plebeyos, ni siquiera sabíamos que existían.
¿No te gustó la mesa en un restaurante? Pide que te sienten más cerca de la puerta.
¿No tienes suficiente dinero para esas prácticas laborales tan sofisticadas? Escríbele discretamente al director.
¿No te gusta tu profesor? Publica una mala crítica en la revista estudiantil.
¿No hay consecuencias? No hay problema.
Estos chicos tenían mucho poder. ¿O era que se sentían con derecho a todo?
Quizás ambas cosas. Y no estaba segura de que eso fuera tan malo.
Si en mi secundaria hubiéramos tenido una mínima parte de esto, quizás también habríamos sabido que nos merecíamos libros y pupitres nuevos, no tallados con dibujos de penes.
Habríamos exigido algo mejor.
Carajo, quizás incluso lo habríamos conseguido.
Me acomodé la mochila por última vez y me preparé para subir la colina cubierta de hierba.
Después de reducir la mayoría de mis clases al Departamento de Ciencias Sociales (una mezcla de cursos de Gobierno y Filosofía) me dirigí a la única clase que tomaba por diversión: Conversación Básica en Francés.
Cuando entré ya había unos pocos estudiantes sentados que sacaban gomas de borrar y sacapuntas de las profundidades de sus mochilas.
Me dirigí hacia un extremo del aula y elegí un asiento justo debajo de la ventana; el sol brillaba intensamente y se colaba a través de los cristales rayados.
Eché un vistazo rápido a mi alrededor y sentí el murmullo de las conversaciones. Rostros desiguales llenaban las sillas.
De repente, las puertas dobles se abrieron y entró la profesora tambaleándose.
La famosa Madame Carole.
Había oído a otros estudiantes describirla como una persona gloriosamente excéntrica y tan adorable como chiflada. Era una parisina de setenta y tantos años que vivía lamentándose de la rapidité y la vulgarité de todo lo estadounidense.
—Bonjour, tout le monde! —exclamó sin dirigirse a nadie en particular. El grito vino acompañado del gesto de abrir los brazos, que a su vez la hizo extender el chal de seda que pendía de sus hombros.
Justo cuando la profesora comenzaba su presentación, un chico alto y con gafas irrumpió frenético por la puerta. Era el último estudiante en llegar.
—¡Caramba! Lo siento mucho. Eh, desolé. ¿Es así? Es que me he perdido. ¿Esto es Conversación Básica en Francés?
—Seulement Français dans cette classe, monsieur —lo reprendió con amabilidad Madame Carole— ¡Solo francés!
—¡Ah, sí! Sí, claro. ¡Vaya! —dijo, dándose una palmada en la frente con la mano abierta—. Eh. . . Bien sûr! Tout de suite!
Las risitas se extendieron por el aula. Parecía británico.
—Siéntese, monsieur. Hay un sitio junto a la fenêtre —dijo Madame Carole y alargó la última sílaba para darle más énfasis.
Más risitas.
Un momento.
¿La fenêtre?
¿No significa eso «ventana»?
Bajé la mirada y, de repente, sentí que se me enrojecían las mejillas. Yo estaba junto a la ventana. En efecto, antes de que tuviera tiempo de levantar la vista, oí un golpe sordo.
El misterioso estudiante se dejó caer a mi lado.
— Bon —continuó Madame Carole—, ya que hemos dado la bienvenida a nuestro último compañero, empecemos. Por favor, digan su nombre, su especialidad y algún dato curioso o divertido de sus vidas.
De inmediato sentí náuseas: ya estaba aquí, el tan temido «dato curioso o divertido». ¿Por qué será que todos los profesores piensan que este ejercicio sirve para algo más que no sea hacer sudar de vergüenza a sus alumnos?
Rebusqué en mi cerebro algo remotamente interesante mientras escuchaba a mis compañeros ansiosos por impresionar al resto.
Cada uno citó sus habilidades competitivas con la tabla de snowboard en circuitos de gran dificultad, hazañas tan prodigiosas como para estar ya mismo en el libro de los récords Guinness (al fin y al cabo, esto era Harvard).
También hicieron comentarios falsamente autocríticos sobre misiones exitosas en las que habían participado para salvar huérfanos hambrientos en países en vías de desarrollo.
Y llegó mi turno.
—Bueno, je suis Lily. Es el diminutivo de Liliana.
Soy de un pueblo del que nunca han oído hablar en Carolina del Norte.
Me estoy especializando en Ciencias Sociales, que es una forma sofisticada de decir que pago demasiado por un título que mis padres aún se niegan a mencionar ante sus amigos, porque piensan que estoy estudiando Geografía de cuarto grado.
Una oleada de risas inundó el salón.
Mi compañero de asiento se giró para sonreírme y se inclinó hacia mí. ¿Qué significaba esa mirada en sus ojos?
—¿Padres inmigrantes? —susurró.
—Exacto —respondí, riendo por lo bajo.
—Alors! —dijo Madame con brusquedad, volviendo a centrar la atención en la clase—. Empecemos, n’est-cepas?
Después de unos ejercicios con frases introductorias y un repaso de la conjugación de los verbos en presente, sonó bajito un timbre que estaba junto al escritorio de la profesora, indicando así el final de nuestra primera clase.
Recogí mi mochila mientras los estudiantes a mi alrededor metían hojas sueltas en sus carpetas a punto de reventar.
Cuando estaba por marcharme, escuché una voz detrás de mí.
—¡Ciao! —dijo el misterioso alumno, mirándome fijamente.
—Ay —balbuceé con torpeza—, au revoir. Nos vemos.
—Eso espero —dijo, metiendo los últimos libros en su bolsa marrón.
Le ofrecí una sonrisa entrecortada y giré el cuerpo hacia un lado. Salí por la puerta estrechísima y me sumergí en el mar de estudiantes que se abrían paso por Sever Hall.
***
Llegué a mi dormitorio sudorosa y sin aliento. El calor del verano aún no se había disipado del todo y creaba una humedad sofocante más vengativa que la de mi pueblo.
—¿Qué tal tu día? —preguntó Hana levantando la vista de su libro de física al oír que giraba la llave en la cerradura.
—Sin novedades —respondí.
Durante las últimas semanas, Hana y yo habíamos desarrollado una buena dinámica.
Ella me contó cómo había sido su vida tanto en Los Ángeles como en Seúl.
Gracias a ella, aprendí lo básico de la cultura coreana e incluso llegué a dominar algunas palabras para impresionar a las ajummas, o «tías», que trabajaban en algunos de los comedores del campus.
Habíamos descubierto que, en realidad, teníamos mucho en común, a pesar ser dos jóvenes nacidas en mundos tan diferentes.
—Voy a ir con Chris a Minos esta noche. ¿Quieres venir? Va a llevar a algunos de los chicos con los que juega fútbol —me propuso Hana mientras cruzaba las piernas sobre su litera.
—No, gracias —suspiré a regañadientes; saqué los libros de mi mochila y los apilé en mi cama—. El lunes tengo un examen de diagnóstico para Introducción a las Ciencias Sociales. He oído que es muy difícil y que escogen a los mejores para hacer tesis.
—Por Dios, Lily —se quejó Hana, lanzándome desde la litera su almohada rosa con volantes, que me golpeó suavemente en la cabeza—. Literalmente, para esto es la universidad.
Pensé en mi madre de inmediato.
No habíamos hablado de su carta desde que me dejó en Harvard.
Sabía que si le sacaba el tema, la haría poner roja de vergüenza; la ternura de su gesto y también su incapacidad para decir esas palabras, sin duda, la harían sentir expuesta.
Sin embargo, cuando la llamé al final de mi primera semana, se esforzó por decirme: «Hay que disfrutar, querida.
Solo tienes esta oportunidad una vez». Su consejo me sorprendió, ya que toda mi infancia había estado marcada por sus constantes advertencias: «Piensa antes de hablar.
Sé siempre la primera en escuchar. No compartas tus secretos, no puedes borrar lo que la gente sabe».
Pero esta vez fue diferente.
«Una parte de esta oportunidad consiste en conocerte a ti misma; la otra, en conocer a tus compañeros —dijo justo antes de colgar el teléfono—. Este es tu mundo ahora. Mereces disfrutarlo».
Quizás tenía razón.
Miré a Hana y me di cuenta de que, aunque fuera mi compañera de habitación, mi prioridad debía ser conocerla.
¿No era ella un ejemplo de éxito al fin y al cabo?
Hana ya tenía un grupo de amigos muy unido y se había hecho miembro de una organización de élite de mujeres asiáticas.
Incluso había empezado a salir con un chico, Chris, un estudiante de último año que jugaba en el Crimson, el equipo de fútbol.
Me contó que lo había conocido en nuestra primera semana de clase, cuando otro estudiante tropezó con ella al salir de la biblioteca Lamont y la tiró al suelo.
Chris se apresuró a bajar las escaleras para ayudarla a recoger sus libros y, al parecer, también su corazón.
Desde entonces, se escapaban casi a diario para verse; ella pensaba que yo no oía el crujir de la puerta cuando llegaba a meterse en la cama mucho después de cuando ella asumía que yo estaba dormida.
Según Hana, Chris era el chico más guapo que había conocido en toda su vida.
—Sal con nosotros esta noche —insistió Hana, mirándome fijo con esos grandes ojos almendrados—.
Tienes que conocer por fin a Chris. ¡Es taaaaan exótico!
¡Es guapísimo! Su padre es de Costa de Marfil y su madre de Bélgica.
¿Te he dicho que es el capitán del equipo?
—añadió dando un giro dramático antes de caer de espaldas sobre la cama.
—¿Exótico? —repetí—. Hana, esa palabra se usa para referirse a alfombras o aves raras, no a personas.
—¡ Siempre tan políticamente correcta! Ya sabes a qué me refiero, Lily. ¡Es guapísimo!
—Está bien —cedí, fingiendo estar exasperada—. Voy con ustedes.
—¡ Lo sabía! —Hana chilló—. ¡No puedes resistirte a mis encantos!
No pude evitar sonreír.
—Ponte esos jeans con rotos en las rodillas. Y usa unos aretes bonitos. ¡Sin tacones porque los intimidas! ¡Eres muy alta!
Ay, Hana. Solo ella podía convertir un cumplido casi imperceptible en una crítica.
—Sí, capitana. —Hice un saludo burlón—. Nos vemos allí cuando vuelva del gimnasio —prometí y agarré mis llaves del tarro de cristal reciclado que usábamos como monedero.
—¡No llegues tarde! —gritó Hana.
Pero yo ya me había marchado.