Capítulo 3 Marisol
Marisol exprimió el trapo que tenía en las manos y lo apretó hasta que los nudillos se le pusieron blancos. El agua sucia goteaba de forma sostenida sobre el cubo que tenía debajo.
Habían pasado dos semanas desde que Kem y ella habían dejado a Lily en la universidad. Marisol repasaba con frecuencia la última vez que había visto a su única hija.
¿Habría hecho amigos? ¿Se sentiría sola? ¿Echaría de menos su casa?
Cogió un trapo y limpió la encimera de la cocina una vez más, por si acaso.
Se quitó el delantal, lo dobló cuidadosamente y lo guardó en el pequeño cajón de la parte inferior del armario que la señorita Eva, la heredera de la fortuna de los Mitchell, le permitía usar.
Allí, escondidos en un rincón, estaban su cuaderno de notas y su vieja pluma estilográfica.
Desde aquella primera carta, Marisol había vuelto a escribir.
Con la mano suspendida sobre el cuaderno, se obligaba a decir las cosas más difíciles; a escribirlas.
Esas partes de su historia que le resultaba imposible compartir en persona.
Marisol se quedó mirando las manchas de tinta azul marino que salpicaban la cubierta deformada. ¿Habría leído Lily la primera carta? ¿Lo haría? ¿Serían las verdades que allí comenzó a desentrañar una carga demasiado pesada para una joven que acababa de iniciar su propio viaje hacia la edad adulta?
Con cada rodapié y cada ventana reluciente; con cada vocal dominada, pronunciada sin acento, criar a Lily había sido su verdadera redención.
La página en blanco que no estaba segura de merecer.
Marisol había trabajado de forma invisible e incansable para olvidar el trauma que la había traído por primera vez a este país; que la había arrastrado hasta sus costas con las rodillas magulladas y ensangrentadas.
Desde ese momento, supo que tenía que borrar todo lo que había sido antes.
Especialmente cuando en su vientre fecundo comenzó a crecer una criatura.
Pero ahora, al mirar la página en blanco que tenía ante sí, Marisol se daba cuenta del precio atroz que había pagado: había perdido, a la par, una parte de su hija.
En cada uno de sus esfuerzos por proteger a Lily, por mantenerla alejada de los fantasmas que la perseguían hasta estas costas, Marisol había bloqueado una parte de sí misma y, en el proceso, había extirpado sus zonas más tiernas, esas que debían proveerle a Lily un refugio seguro.
Marisol anhelaba extender la mano y atravesar el tiempo para compartir algún fragmento de verdad que la atara a su hija de una vez por todas.
Pero cada vez que intentaba salvar el abismo de incomprensión que las separaba, el torrente de sus propios recuerdos la ahogaba de miedo antes de que las palabras pudieran salir de su boca.
Al principio, cuando intentó plasmar en el papel por primera vez esas palabras, Marisol sintió que no era capaz más que de reunir simples cumplidos.
Forzó sus recuerdos hasta su última frontera y puso a prueba los límites de su propia vulnerabilidad, con la sola esperanza de construir un puente de entendimiento común con la persona a la que más quería en este mundo.
Siempre había creído que el mayor deber de una madre era proteger y consolar a su hija. Y, sin embargo, era en ese papel central donde se sentía más torpe.
Marisol tenía claro que no podía recuperar los puntos de contacto que había perdido; la capacidad de sentir que, para sobrevivir, había reprimido. Pero tal vez, solo tal vez, pensó, si Lily escuchaba su historia, entonces quizás podría entenderla.
Tal vez, incluso, perdonarla.
Eso era mucho más de lo que podía pedirle si estuvieran frente a frente; Marisol lo sabía.
Y mientras contemplaba la página en blanco de su cuaderno de notas, era consciente también de que, si no lo intentaba ahora, podría perder a su hija para siempre.
La Habana, Cuba 23 de agosto de 1956
El autobús me dejó con un runrún; sus ruedas giraban sobre el asfalto roto.
Me quedé allí de pie, en un charco, con el agua filtrándose entre las delgadas suelas de mis zapatos de cuero. Era temporada de lluvias y la tormenta de la tarde al fin amainaba. El cielo pronto se abriría de nuevo y descargaría toda su ira.
O, tal vez, su decepción.
Bajé la mirada hacia mi vestido. Los tulipanes que mi madre había cosido a mano se habían desteñido; una gran mancha oscura se extendía por la falda.
¿Pensaría el ama de llaves que había sido obra de la lluvia?
El viaje a Camagüey había durado veintitrés horas y no había habido paradas para ir al baño.
Me quedé ahí, sola y manchada, y, como habría dicho mi padre, recibiendo lo que me merecía.
«Las ideas tontas son para gente tonta», me había advertido, sermoneándome sobre los peligros de La Habana y recordándome que debía estar agradecida por la oportunidad de haber terminado la escuela secundaria.
Mi lugar, me había explicado, estaba en Camagüey.
Debía construir una vida y una familia junto a la suya.
Intenté decirle que las cosas estaban cambiando, que me había encontrado con Caridad Acosta en el mercado y me había contado todas sus aventuras en La Habana.
Se había marchado el año anterior a esa ciudad para estudiar Medicina.
Le pregunté a mi profesora sobre la posibilidad de estudiar en la universidad, como Caridad, y la señora García había dicho que mis notas eran bastante buenas, lo suficiente como para que el secretario de Admisiones las revisara.
Pero, para mi padre, eso aún no bastaba.
Cuando por fin llegó el día, la señora García fue la única persona que agitó la mano con orgullo mientras el autobús se alejaba de la parada polvorienta. Mi padre no había permitido que mi madre o mi hermano fueran a despedirme.
Ahora, a más de quinientos kilómetros de distancia, sostenía la nota que ella me había dado antes de subirme a la guagua.
Entrecerré los ojos luchando por leer los números garabateados en el papel, mientras pequeñas gotas de agua se me escurrían de los rizos.
Del exterior del edificio de dos pisos colgaban unos símbolos de lata oxidada que tintineaban contra la fachada.
¿Estaba en el lugar correcto?
¿Número 152 Calle 19? ¿Casa de Huéspedes para Señoritas La Bombonera?
Subí por la escalera, que se inclinaba hacia un lado; a través de la pintura descascarillada se asomaban manchas de hormigón gris.
Llamé dos veces.
No hubo respuesta.
Abrí la puerta con cuidado y las bisagras crujieron. No había nadie en la recepción, solo un teléfono y un calendario en blanco colgado en la pared. A pesar de que el vestíbulo estaba vacío, oí un murmullo de voces procedente del salón trasero.
—Buenas tardes —dije, entrando poco a poco por la puerta hasta que esta se cerró detrás de mí.
Al no obtener respuesta, me eché la mochila de tela al hombro y recorrí el pasillo siguiendo el cuchicheo. A ambos lados había fotos enmarcadas de mujeres mayores, que bien podrían haber sido mi abuela; debajo de cada foto una placa enumeraba sus logros profesionales: científica, doctora, abogada.
El último retrato mostraba a una mujer elegante, que miraba fijo a lo lejos; era mayor que las demás, llevaba gafas y el pelo oscuro recogido en un moño.
Isabel M. Collado, escritora.
Como por arte de magia, la mujer del último cuadro cobró vida; su alta figura eclipsó la cálida luz de la habitación a sus espaldas.
Espié por encima de su hombro y, con asombro, observé cómo más de una decena de mujeres pasaban platos llenos de comida humeante a lo largo de una gran mesa de madera.
—Buenas noches —me saludó la mujer sin entusiasmo—. No escuché el timbre. ¿Está usted en el lugar correcto? —Observó mi ropa raída y mi mochila desgastada, así como los charquitos que se acumulaban alrededor de mis tobillos.
—Sí, señora. Me dijeron que viniera aquí. Que aquí me daban alojamiento y comida. Mi profesora, la señora Elena García, de Camagüey, me dijo que se había comunicado con la señora Collado para conseguirme una habitación.
—Ah, sí, la joven que manda García. Marisol, ¿verdad?
Antes de que pudiera responder, la mujer se volvió hacia una estudiante joven, de pelo rojo y rizado, y mejillas regordetas.
—¡Mirta! ¡Ven! Enséñale a esta muchacha los dormitorios.
Mirta se levantó rápidamente del banco del comedor mientras la mujer se volvía hacia mí.
—Yo soy la señora Collado. Esta es una casa para mujeres solteras que cursan estudios superiores. Aquí no hay lugar para juergas, para entretener a miembros del sexo opuesto ni para participar en actividades abiertamente políticas. Cualquier infracción y estás fuera. ¿Entendido?
Me quedé mirando a la mujer severa y huesuda que tenía delante y al instante pensé en mi madre, en sus mejillas gorditas y sus ojos dulces. Pensé, en fin, en todo lo que no era aquella mujer.
Luché por contener las lágrimas.
¿Cómo se me había ocurrido pensar que por esto valía la pena perder todo aquello?
—Hola —dijo la joven de la mesa con una sonrisa radiante, acercándose y extendiendo la mano—. Soy Mirta. Estarás en la planta baja con nosotras.
La seguí por el estrecho pasillo, más allá de las escaleras, hasta una pequeña habitación con dos filas de literas muy bien tendidas, por la que circulaba una deliciosa corriente de aire.
—Aquí es donde dormimos. Y nada más que eso —dijo—. La señora Collado nos exige pasar el resto del tiempo estudiando o en la universidad. Por mí, está bien —y añadió con un resoplido—: ¡Cualquier cosa aquí es mejor que Las Tunas!
—¡Las Tunas! —exclamé y apareció en mi cara la primera sonrisa desde que salí de casa—. Yo soy de Camagüey. ¿Viniste sola?
—Sí. Como todas —respondió rápidamente y de repente se le apagó la mirada—. Mis padres me advirtieron que, si esta era mi decisión, no podía volver.
Imaginé que cada una de estas mujeres tendría una historia similar, igual de triste.
Pero no quise entrometerme.
En cambio, le ofrecí mi propia confesión.
—Mi padre dijo que lo que suceda de ahora en adelante será mi responsabilidad.
Bajé la mirada hacia mis zapatos, oscurecidos por la lluvia y por la orina.
Mi mente se remontó a la noche en que le dije a papi que me habían aceptado en la universidad. Él estaba desacordonándose las botas junto a la puerta, con las uñas aún negras y pegajosas por la caña de azúcar.
«Papá, me aceptaron», lo miré nerviosa.
Él, en cambio, se negó a mirarme.
«¿Para qué fantasear con lo que no puedes tener? —preguntó distraídamente—. El dolor del fracaso solo empeora el tormento».
Colocó cada bota con cuidado junto a la puerta y se dirigió a la cocina dándome la espalda.
Desde que tenía memoria, mi padre se pasaba el día entero bajo un calor implacable, con el sol golpeando su espalda desnuda.
Como impulsado por algún recuerdo físico alojado en lo más profundo de sus huesos, trabajaba en los cañaverales y sus brazos oscuros soportaban los golpes de su propio machete.
Una vez me contó que su padre le había enseñado a cortar caña cuando era solo un niño.
Habían emigrado a Cuba desde Jamaica, como tantas otras familias en las provincias orientales, que llegaron desde las islas cercanas con la esperanza de encontrar mejor suerte en la mayor de las Antillas.
Ahora, él le enseñaba a Mateo, mi hermano, esos mismos potentes golpes del machete, la esencia del oficio.
Durante todo el verano los observé desde mi ventana; se secaban la cara con toallas húmedas y podía adivinar el cansancio de sus cuerpos. Una vez oí a mi padre decirle a Mateo que no había nada más noble para un hombre que trabajar con las manos y permanecer cerca de la tierra de Dios.
Pero ¿era eso lo que creía?
Y mi hermano, ¿lo querría? ¿Ese mismo Mateo que corría a casa antes del atardecer para leer febrilmente los desvencijados libros de texto de la escuela del barrio?
¿O es que mi padre protegía a su único hijo del fracaso de un sueño irrealizable y se lo derrumbaba antes de que intentara hacerlo despegar?
Al menos yo sabía lo que se esperaba de mí.
Todo lo que tenía que hacer era observar a mi madre.
Todos los días nos preparaba la comida y levantaba sacos de yute repletos de café para enviarlos a los americanos.
Así se ganaba unos cuantos pesos extra que nos permitían comprar carne los domingos.
Verla era como ver una premonición de la vida a la que yo estaba condenada si no rompía ese ciclo de forma drástica y definitiva.
Solo que no me había dado cuenta de lo mucho que me costaría.
Mirta me miró, como si pudiera percibir las imágenes que pasaban por mi mente.
—Mañana te enseñaré el camino a la universidad —me prometió con un tono tranquilizador y señaló con la cabeza la bolsita que aún yo tenía colgada. Puso una mano en la manija de cobre de la puerta—. Descansa un poco —me dijo bajito y me dio la espalda—. Esto se pone peor.
Después, salió de la habitación y la puerta se cerró tras ella.
Sola una vez más, me quedé mirando la fila de literas vacías. Cada una pertenecía a otra muchacha como yo: asustada y en busca de algo más.