Capítulo 2
¿Qué carajos había hecho?
Podía sentir un torrente de lágrimas que se me acumulaba en los ojos.
Allí estaba yo, en una habitación desolada y con la pintura desconchada, el único lugar del mundo al que podía llamar propio.
Y ni siquiera lo era: tenía que compartirlo con una chica que no conocía, mientras mi padre trabajaba turnos dobles en las noches y mi madre fregaba suelos solo para poder comprarme, en tiendas de segunda mano, la ropa que llevaba puesta.
Se me cayó el alma a los pies al imaginar a mis padres en el carro, regresando a casa, asustadísimos, con miedo de hablar y derrumbarse, cada uno tratando de ser fuerte para el otro.
Me recosté contra la pared y, con mucho cuidado, saqué del bolsillo trasero la carta que mi madre me había dado.
El sobre crujió cuando lo abrí con la punta de la uña.
Dentro había tres hojas de papel rayado que parecían arrancadas de un cuaderno, dobladas dos veces para formar un cuadrado perfecto.
La caligrafía elegante y redonda de mi madre me miraba fijamente.
Lily:
Dicen que los padres inmigrantes jamás contamos a nuestros hijos la historia completa de cómo llegamos a ser lo que somos, ni de cómo hemos vivido una segunda vida en un país que, por mucho que lo intentemos, nunca será realmente nuestro.
Somos una tribu de soñadores y buscadores: cargamos secretos como cargamos nuestras pertenencias, haciendo un cálculo imposible de la aventura.
¿Merece la pena arriesgar la vida que conocemos por la vida que queremos?
¿Cómo elegimos qué llevarnos y qué dejar atrás?
Sé que sabes lo esencial: vine de Cuba, conocí a tu padre y nuestras vidas cambiaron de forma maravillosa e irreversible cuando te tuvimos.
Pero tú, hija, que cargas sola y en silencio con tantas responsabilidades de este mundo, debes saber que no eres la primera ni la única en experimentar el dolor de la soledad.
Al verte hacer la maleta, apilar tus cuadernos y colocar tus bolígrafos en su sitio, me recuerdas a una chica que conocí hace mucho tiempo, quien también se embarcó en un viaje sola, con la esperanza de cambiar su destino.
Fue hace tanto tiempo que, cuando me miro en el espejo, apenas la reconozco.
Yo también fui a la universidad.
Aún puedo oler la humedad de la pensión en la que me alojé cuando llegué, a pocas manzanas del mar. Esas paredes guardaban los secretos de otras chicas como yo, chicas que ya no tenían un hogar, que dejaron atrás la vida que conocían por la vida que deseaban.
Allí estaba yo, igual que tú, contemplando la ciudad que había elegido. Una elección que cambió mi vida de formas que en mi juventud no podía prever.
Es hora de que conozcas mi historia, la verdadera historia, de cómo llegué a ser quien soy. Cuanto más sepas de mí, más sabrás sobre ti misma.
Lamento no haber podido compartir todo esto antes contigo; quizás debí haberlo intentado.
Espero que algún día entiendas por qué.
Por ahora, solo quiero que sepas que no estás sola.
Cuando mires las estrellas y pienses en tu hogar, recuerda que eres parte de una historia, y de un universo que ha conspirado para traerte hasta aquí.
Hasta este momento.
Hasta este lugar.
Y mientras te aferras a tu futuro con ambas manos, recuerda que tú también tienes una historia que te precede y que tendrás un relato que contar. . .
Dejé la carta sobre la mesa, incrédula. ¿Mami había ido a la universidad? Se ganaba la vida limpiando casas. Siempre había dado por sentado que no había tenido la oportunidad de hacerlo o, tal vez, por mucho que me costara admitirlo, la voluntad.
Pero esto, todo esto, había sido su sueño.
Me quedé mirando las paredes blancas de mi austera habitación, paralizada, hasta que un golpe en la puerta me sacó de mis pensamientos.
Hana volvió a llamar dos veces antes de asomarse por la estrecha rendija.
—¿Heineken? —preguntó, abriendo la puerta lo justo para mostrarme una botella de cristal fría, cubierta de pequeñas gotas de agua. Debió notar la sorpresa en mi rostro.
—¿Qué? ¿Crees que solo bebemos soju? —Se rio.
—No, es que. . . ¿de dónde sacaste eso? ¿Y qué es soju? —pregunté.
Llevar alcohol el primer día a una residencia para menores era todo un atrevimiento.
Y la verdad es que nunca había bebido mucho, salvo en contadas ocasiones con Eric, mi mejor amigo en el pueblo.
Él sacaba una botella de ginebra polvorienta a escondidas de la alacena de su abuela, las mismas que mi madre limpiaba todos los días en su trabajo.
Al atardecer, nos sentábamos juntos en las gradas, bebíamos lentamente de nuestras botellas de agua plásticas con las etiquetas arrancadas y veíamos a las estrellas del atletismo o a los jugadores de fútbol americano dar vueltas a la pista.
Y eso era lo único que podíamos hacer: mirar.
Vivíamos en su mundo, sí, pero nunca en su sociedad.
Éramos diferentes.
Éramos «los otros».
—Es como vodka coreano —continuó Hana, percibiendo mi vacilación. Su amplia sonrisa combinaba con el brillo de sus ojos—. Todas las chicas de mi internado estaban obsesionadas con el soju por mi culpa. Tengo una pequeña reserva en la nevera. ¿Quieres probarlo?
—Por ahora no, gracias —respondí, tratando de no parecer una mojigata—. ¿Me guardas un poco para más tarde?
—Solo si aceptas mi invitación —bromeó Hana y destapó la botella—. ¿Dónde estudiaste? —preguntó, sentándose frente a mí sobre la alfombra blanca y sucia—. ¿Fuiste a algún colegio de esos de gente estirada del Sur? ¿En los suburbios?
Apoyé la espalda contra la pared y me abracé las rodillas intuyendo que no iba a escapar de esta conversación ni ahora ni más adelante.
—Para nada —me reí—. Pero supongo que por eso quería probar algo nuevo. Un cambio de aires.
—Te entiendo —dijo Hana—. En realidad, me encanta Los Ángeles, pero me fui sobre todo para estar lejos de mi padre.
Dirige una gran empresa dedicada al cuidado de la piel y quería que yo fuera la imagen perfecta, el producto perfecto para su negocio.
Resultó que no lo era. Tenía demasiadas curvas y además soy demasiado artística, demasiado dispersa.
. . en fin, todo lo que él se había prometido que yo no sería cuando llegáramos a Estados Unidos.
Todo el tiempo está intentando moldearme, como si fuera uno de sus maniquíes: «Conozco a un cirujano estupendo en Seúl que opera los ojos» —imitó Hana con voz grave de hombre—.
«¡Ah, y acabamos de presentar una crema aclarante para la piel que saldrá el mes que viene!
» —añadió con una sonrisa burlona—. Nunca entendió que yo no quisiera ninguna de esas tonterías.
Solo ser libre. Así que me fui a un internado privado para ricachones, que es como un criadero, pero en plan Ivy League, y solicité a esta universidad como parte de una negociación: él puede presumir y yo consigo alejarme.
Me sorprendió su franqueza. ¿Cómo era capaz de contarme algo tan personal. . . tan pronto? Acababa de conocerme. Mi madre siempre me enseñó a no revelar nada que pudiera dar pie a juicios públicos; que «los trapos sucios se lavan en casa».
—Entiendo —dije. Quería mostrarme comprensiva, aunque no entendía nada. ¿Crema blanqueadora? ¿Cirugía de ojos?
—Bueno, escucha, si alguna vez quieres probar el soju, eres bienvenida a unirte a nosotros para tomar el fresco y hacer tonterías —hizo una pausa para crear un efecto dramático, esperando que su sarcasmo surtiera efecto—.
Algunos de los chicos de mi colegio que también fueron admitidos aquí van a ir al Bar Minos cuando ya estemos todos en el campus.
—Me encantaría —acepté, estirándome en mi cama por primera vez—. Cuenta conmigo.