EPÍLOGO
Kassy
LUNES
Llevo tres días intentando decidir si encontrarme con Nicholas Stone en California ha sido una casualidad maravillosa o la peor putada que podía hacerme el universo justo cuando empezaba a sentir que volvía a tener cierto control sobre mi vida.
De momento, gana la segunda opción, aunque sospecho que mi estómago tiene una opinión bastante diferente, porque cada vez que recuerdo su cara apareciendo al pie de aquellas escaleras, con el pelo todavía húmedo de la ducha, algo vuelve a revolotearme por dentro de una forma que me niego rotundamente a llamar mariposas.
Las mariposas son bonitas, delicadas y poéticas.
Esto se parece bastante más a tener una bandada de pájaros completamente histéricos chocándose contra mis costillas.
¿Por qué demonios ha tenido que acabar aquí?
Durante meses conseguí soportar nuestra despedida aferrándome a una certeza dolorosa pero sencilla: querernos no bastaba.
Nick tenía una vida de la que no podía escapar.
Yo podía quererlo hasta quedarme sin aire y él podía quererme de la misma manera, pero ninguna de esas cosas cambiaba la realidad.
Así que hice lo único que podía hacer: acepté que algunas historias no terminan porque se acabe el amor, sino porque continuar con ellas termina destruyendo a las personas que se quieren.
Me marché, fui a terapia, aprendí a levantarme por las mañanas sin preguntarme si merecía todo eso y, sobre todo, empecé a construir una vida en la que Kassandra López tenía que ser suficiente incluso cuando no hubiera ningún Nicholas Stone mirándola como si fuera la mujer más extraordinaria del planeta.
Y ahora resulta que el muy cabrón aparece en California y me cuenta que todas las razones que nos separaban han desaparecido.
Nick está estudiando, tiene una vida propia y, por primera vez desde que lo conozco, no está intentando mantener el mundo entero sobre su espalda.
Es libre. Justo cuando yo había aprendido a vivir con la idea de que nunca lo sería.
Así que sí, quiero estar con él. Esa es la parte que más me jode admitir.
Quiero besarlo. Quiero abrazarlo. Quiero saber si todavía duerme atravesado en la cama como un animal salvaje y si sigue siendo a la misma vez el hombre más tierno del mundo.
Recuperar nuestras discusiones absurdas, sus provocaciones, esa manera insoportable de sonreír cuando sabe que está consiguiendo ponerme nerviosa.
Quiero tantas cosas que enumerarlas ya empieza a parecerme una pésima idea.
Porque también existe otra Kassy dentro de mí, una que ha trabajado demasiado para llegar hasta aquí y que me recuerda que apenas han pasado unos meses desde que conseguí dejar de construir mi autoestima alrededor de lo que otra persona sintiera por mí.
Esa Kassy me pregunta si volver con Nick no significaría volver también al mismo lugar del que tanto me ha costado salir.
Y, para empeorarlo todo, voy a tener que verlo.
Compartimos amigos, compartimos universidad y, teniendo en cuenta que vive con Ava y Ryder, prácticamente compartimos media vida social.
Solo imaginarme cruzándomelo por el campus ya consigue acelerarme el corazón.
No sé si es ansiedad o ilusión, y quizá eso sea lo más aterrador de todo.
Porque llevo tanto tiempo huyendo de aquello que me hace daño que ahora no sé qué hacer con algo que simplemente me emociona.
Estoy precisamente pensando en él cuando salgo de mi última clase de la mañana y lo encuentro apoyado contra la pared del edificio.
Me detengo en seco. Nicholas sostiene un vaso de café en cada mano y lleva la mochila colgada de un solo hombro.
Está hablando con un chico al que no conozco, pero levanta la mirada prácticamente en el mismo instante en que aparezco y la conversación parece dejar de interesarle.
Sus ojos se clavan en mí y aparece esa sonrisa.
Su jodida e irresistible sonrisa mojabragas.
Se despide del chico con un gesto y camina en mi dirección.
—Hola, Salamandra —me saluda cuando llega hasta mí, extendiendo uno de los vasos con una sonrisa sospechosa—. Te he traído esto.
Miro el café. Después lo miro a él.
—¿Ahora te vas a aficionar a acosarme, Nick? —le advierto, y odio que mi tono salga algo más defensivo de lo que pretendía, porque inmediatamente veo cómo su sonrisa se suaviza.
—No he venido a acosarte —responde con absoluta tranquilidad, sin retirar el vaso que mantiene extendido hacia mí—.
He venido a traerle un café a una amiga.
Hay una diferencia importante. Si no lo quieres, puedo bebérmelo yo, aunque lleva exactamente esa mierda obscenamente dulce que te gusta últimamente echarle y probablemente me provoque diabetes antes de llegar a la biblioteca.
Eso consigue arrancarme una sonrisa antes de que pueda evitarlo. Bajo la mirada hacia el vaso y finalmente lo acepto, descubriendo al probarlo que, efectivamente, lleva exactamente esa mierda obscenamente dulce que me gusta últimamente echarle y que no tengo ni idea de cómo lo sabe él.
—¿Cómo sabes cómo tomo ahora el café? No creo que sea porque la recuerdes, porque nunca he tomado el café dulce contigo —digo y Nick se encoge ligeramente de hombros, pero sus ojos permanecen fijos en los míos.
—Me acuerdo de muchas cosas, Kass. Y otras se las he preguntado a Ava. Así que me las estoy aprendiendo para impresionarte. ¿Lo he conseguido? —pregunta alzando las cejas en actitud chulesca y no puedo evitar reír.
Mi estómago vuelve a llenarse de pájaros histéricos. Él parece darse cuenta de que ha entrado en un terreno peligroso porque no añade nada más. Ni una referencia a nuestra conversación en la cocina. Simplemente comienza a caminar a mi lado adaptando su paso al mío.
—¿Qué tal las clases? —pregunta dando un sorbo a su café—. Y no me contestes «bien». Quiero información de verdad. ¿Te gusta lo que estás estudiando? ¿Los profesores son buenos? ¿Has encontrado ya alguna asignatura que te haga preguntarte qué cojones haces con tu vida?
Lo miro de reojo, ligeramente sorprendida por la pregunta, y empiezo a contarle.
Al principio con cierta cautela, esperando quizá que aquello sea simplemente una manera de quedar bien, pero Nick escucha.
De verdad escucha. Le cuento cuáles son las clases que más me gustan, cuál es el profesor al que ya he empezado a odiar, que todavía me pierdo constantemente entre algunos edificios y que estoy pensando en apuntarme a una actividad que vi anunciada en la residencia.
Me pregunta por ella. Me pregunta por mis compañeras, por mi habitación, si me gusta vivir allí…
Y cuanto más hablamos, más extraña me resulta la sensación.
Porque nuestra relación estuvo durante demasiado tiempo contaminada por todo lo que no podíamos tener ni contarnos.
Cada conversación parecía esconder otra conversación debajo.
Cada acercamiento llevaba consigo una despedida.
Cada momento bonito terminaba recordándonos aquello que nos separaba.
Ahora, sin embargo, caminamos por el campus hablando simplemente de mi vida.
No de si sigo enamorada de él. No de si existe alguna posibilidad de recuperarnos.
De mis clases, mis planes, las cosas que me gustan y la persona que estoy intentando descubrir ahora.
Cuando llegamos al edificio hacia el que me dirigía, me detengo y Nick hace lo mismo.
Durante unos segundos espero algo. No sé exactamente qué.
Quizá que me pida volver a verme. Que intente besarme.
Que utilice el café y el paseo como moneda de cambio para conseguir otro pedacito de mí. Pero no hace absolutamente nada de eso.
—Bueno —dice señalando la puerta con la barbilla mientras retrocede un paso—. Te dejo seguir construyendo tu imperio, López. Gracias por permitirme veinte minutos de visita diplomática —no puedo evitar reírme ante sus palabras.
—¿Visita diplomática?
—Estoy intentando mejorar mis relaciones internacionales. De momento no me has declarado la guerra, así que considero que ha sido un éxito.
—No te emociones, Stone. Es lunes. Todavía tengo toda la semana.
Su sonrisa se ensancha entonces y, durante un segundo, vuelve a estar ahí el Nick que conozco. El arrogante, el provocador, el chico capaz de hacerme querer besarlo y darle una patada simultáneamente.
—Eso espero, Salamandra.
Y se marcha. Así, sin más. Me quedo delante de la puerta observándolo alejarse entre los estudiantes, con el café todavía caliente entre las manos y una sensación extraña instalándose poco a poco dentro de mi pecho.