CAPÍTULO EXTRA Un lujo llamado aburrimiento
CAPÍTULO EXTRA
Un lujo llamado aburrimiento
Nick
Hay una versión de Kassandra López que casi nadie conoce.
No es la capitana de las animadoras que conseguía atravesar los pasillos del instituto como si el edificio entero le perteneciera.
Tampoco la chica que se planta delante de cualquiera con la barbilla levantada y una respuesta preparada antes incluso de saber cuál es la pregunta.
Ni siquiera es esa mujer que puede pasarse cuarenta minutos arreglándose para salir a comprar cualquier mierda y después jurar que se ha puesto «lo primero que ha encontrado».
Esta Kassy está sentada en mi escritorio con una de mis camisetas, unos pantalones cortos y el pelo recogido en una especie de moño desastroso del que escapan mechones en todas direcciones.
Tiene un bolígrafo entre los dientes, tres subrayadores desperdigados entre los apuntes y lleva tanto tiempo concentrada que probablemente haya olvidado que sigo en la habitación. Y me encanta. Joder, cómo me encanta.
No porque me pertenezca. Kassandra no le pertenece a nadie y probablemente me arrancaría los huevos si alguna vez insinuara lo contrario.
Me gusta porque es una versión íntima de ella.
Una que no necesita impresionar a nadie.
La que protesta medio dormida cuando suena el despertador y después se pega a mi pecho cinco minutos más negociando con el universo para no levantarse.
La que se desmaquilla delante de mí, deja las horquillas por cualquier parte y estudia durante horas mientras yo hago mis cosas sin necesidad de entretenernos constantemente.
Hace meses habría pensado que el amor tenía que sentirse como aquellas noches en las que Kassy y yo parecíamos estar siempre a punto de incendiar algo.
Ahora sé que también puede sentirse así.
Ella estudiando. Yo tumbado en la cama. Una mañana cualquiera.
Y la certeza bastante acojonante de que podría acostumbrarme a esto durante muchísimo tiempo.
Me incorporo apoyando la espalda contra el cabecero y la observo unos segundos antes de hablar.
—Kass, tengo una pregunta importante —digo y ella ni siquiera levanta la cabeza de los apuntes. Sigue subrayando una frase con absoluta concentración mientras responde.
—Como sea una pregunta sobre mis bragas, no pienso discutir otra vez sobre por qué necesito tantas. Ya tuvimos esa conversación y no pienso volver a justificar mis necesidades básicas ante un hombre que utiliza tres camisetas diferentes para entrenar el mismo día —comenta y sonrío.
—Precisamente iba a preguntarte por qué tus bragas tienen más derechos sobre esta casa que tú.
La mano del subrayador se detiene. Kassy levanta despacio la cabeza y me mira por encima del hombro.
—¿Qué?
Ahora que tengo su atención descubro que quizá no había pensado demasiado bien cómo decir esto.
Me levanto de la cama, camino hasta el escritorio y retiro con cuidado un libro antes de sentarme en el borde, frente a ella.
Kassy me observa cada vez con mayor sospecha, especialmente cuando me paso una mano por el pelo.
Me conoce lo suficiente para saber que hago eso cuando estoy nervioso.
—Vente a vivir conmigo —digo y esta vez se queda completamente inmóvil.
—¿Qué?
—Que te vengas a vivir conmigo. Oficialmente —repito, señalando después con la barbilla la montaña de ropa que lleva acumulándose sobre una silla desde hace semanas—.
En lugar de seguir fingiendo que todo eso aparece aquí por generación espontánea y que tú sigues viviendo exclusivamente en una residencia a la que vas básicamente para comprobar que el edificio continúa en pie —cuando termino ella solo parpadea varias veces. No sonríe. Mierda.
—Nick, eso es... —deja el bolígrafo sobre la mesa y se gira completamente hacia mí—. Joder. Vivir juntos es algo muy serio —la expresión de auténtico pánico que aparece en su cara consigue enternecerme y hacerme gracia a partes iguales.
—Relájate, Kass. No acabo de confesar un crimen.
—No me hace gracia.
—A mí un poquito.
—Nicholas.
—Vale, vale —levanto las manos en señal de rendición, aunque sigo sonriendo—.
Solo te estoy proponiendo que hagamos oficial algo que prácticamente ya hacemos.
Pasas aquí cuatro o cinco noches por semana.
Tienes ropa en mi armario, tus champús y cremas se están reproduciendo misteriosamente dentro de mi ducha y ayer encontré un sujetador tuyo colgado del respaldo de una silla del salón.
Ryder me preguntó si debía preocuparse y le dije que sí, pero por otros motivos —ella intenta contener una sonrisa.
—Tengo veinte años, Nick. Tú también. Y tú no has tenido una relación seria en tu vida.
—Tú tampoco. Mira qué casualidad. Hasta para eso somos compatibles.
—Eso no es un argumento a favor.
—A mí me parece una base estadística impecable.
Esta vez sí sonríe, pero continúa nerviosa.
Lo veo en la forma en que juega con el capuchón del subrayador.
Y entonces dejo las bromas, porque entiendo perfectamente qué está ocurriendo.
No es que no quiera. Es que tiene miedo de querer.
Me inclino hacia delante y apoyo los antebrazos sobre las piernas para quedar más cerca de ella.
—Eh. Kass, mírame —le pido y lo hace—. No te estoy pidiendo nada que no quieras darme —le digo mucho más despacio—.
Ni siquiera necesito que me contestes hoy.
Si quieres seguir en tu residencia, sigues.
Si quieres venirte aquí, te vienes. Si dentro de seis meses descubres que convivir conmigo es una pesadilla y quieres marcharte, coges tus cuarenta y siete pares de bragas y te largas. No voy a encadenarte al radiador.
—Tengo bastantes más de cuarenta y siete —dice y se le escapa una pequeña risa que aprovecho para cogerle una mano.
—Solo quiero que sepas lo que quiero yo.
Nada más —sus dedos dejan de jugar con los míos.
Me está escuchando. De verdad—. Quiero despertarme contigo —continúo—.
Quiero encontrarme esto cuando vuelva de entrenar —señalo su desastre de apuntes— y preguntarte qué coño estás estudiando, aunque no entienda la mitad de lo que me expliques.
Quiero verte llegar cabreada de clase y tener que escucharte durante media hora despotricar de algún profesor mientras preparo la cena.
Quiero que Emma venga a verme y te encuentre aquí.
Quiero tus zapatos junto a los míos y todos esos putos potingues que utilizas invadiendo el baño hasta que no encuentre dónde dejar el cepillo de dientes —su expresión empieza a cambiar.
Y yo también empiezo a emocionarme más de lo que pretendía.
—Quiero discutir contigo porque te has comido la última tortita que quedaba en la nevera y despertarme a tu lado los días en los que ninguno de los dos tenga ganas de hablar.
Quiero hacer la compra contigo. Quiero discutir sobre quién baja la basura.
Quiero estar tirado en el sofá viendo una película de mierda haciendo la cucharita contigo y que no pase absolutamente nada interesante durante horas —trago saliva y sonrío porque, joder, nunca pensé que algo tan insignificante pudiera parecerme tan enorme—.
Quiero aburrirme contigo, Kass. ¿Sabes el puto lujo que me parece poder aburrirme contigo después de todo lo que hemos pasado?
Ella baja la mirada. Está sonriendo. También tiene los ojos brillantes.
—Joder, Stone... —murmura mientras niega despacio con la cabeza—. Estás hablando de algo muy parecido al matrimonio —añade y yo arqueo una ceja.
—No te estoy pidiendo matrimonio, Salamandra. Tranquilízate.
—Menos mal.
—Aunque me casaría contigo mañana —declaro y levanta la cabeza tan deprisa que casi me río.
—¿Qué?
Esta vez no bromeo. Ni sonrío. La miro directamente a los ojos porque hay cosas que después de todo lo ocurrido entre nosotros ya no pienso esconder.
—Que me casaría contigo mañana —Kassy abre la boca, pero levanto un dedo antes de que pueda empezar—.
No es lo que te estoy pidiendo. No voy a aparecer mañana con un anillo ni pienso empezar a enseñarte catálogos de vestidos, así que deja de poner esa cara.
Solo estoy diciéndote que, cuando pienso en mi futuro, estás ahí.
Eso es todo. Y durante demasiado tiempo me pasé la vida pensando que no tenía derecho a querer nada para mí.
Ahora que puedo hacerlo, resulta que quiero un montón de cosas.
Quiero estudiar. Quiero seguir viendo crecer a Emma sin tener que ser su padre.
Quiero tener un trabajo que me guste. Quiero una casa en la que nunca falte comida.
Y te quiero a ti dentro de todo eso —noto que me aprieta la mano—.
Pero no necesito que me prometas el resto de tu vida para compartir contigo lo que tenemos ahora —añado—.
Primero quiero vivir contigo. Después ya veremos cuánto tardas en darte cuenta de que librarte de mí va a ser bastante más complicado de lo que pensabas.
Kassy permanece unos segundos en silencio y después se levanta de la silla.
—¿Sabes qué es lo peor de todo esto, Stone?
—¿Qué?
—Que eso suena peligrosamente parecido a lo que quiero yo también —dice colocándose entre mis piernas. Creo que dejo de respirar.
—¿Eso es un sí?
—Eso es un «estoy planteándome seriamente cometer una estupidez».
—Me sirve.
—No he terminado.
—Perdón.
Me llevo dos dedos a los labios y ella me mira con esa expresión de superioridad que consigue ponerme de rodillas metafóricamente y, en otras circunstancias, también literalmente.
—Si hago esto, quiero dejar algunas cosas claras.
—Lo que quieras.
—El helado de chocolate y avellanas es mío —ordena y yo finjo que la miro horrorizado.
—Retiro la oferta.
—Demasiado tarde.
—Kass, hay límites. Una relación necesita respeto, comunicación y reparto equitativo de los recursos básicos.
—Cómprate tu propio helado.
—Esta convivencia está condenada al fracaso.
Se ríe y finalmente termina sentándose a horcajadas sobre mis piernas. Le rodeo la cintura de manera automática mientras ella me pasa los brazos alrededor del cuello y pega su frente a la mía.
—¿Estás seguro de que quieres esto? —pregunta entonces, y debajo de la broma vuelve a aparecer una inseguridad mucho más real—. Porque una cosa es que pase aquí cuatro noches a la semana y otra muy distinta que tengas que soportarme oficialmente todos los días.
—Kass, precisamente eso es lo que quiero —le acaricio despacio la espalda—.
No quiero una versión de prueba de ti. No quiero solamente las noches en las que estamos de buen humor, tenemos ganas de sexo y todo resulta fácil.
No quiero que vivamos pegados ni que dejemos de tener nuestras propias vidas ni nada de eso.
Pero quiero que tengamos nuestras vidas y, al terminar el día, volvamos al mismo sitio.
—Eso ha sido peligrosamente bonito —susurra y respira profundamente.
—Tengo mis momentos.
—Y peligrosamente adulto.
—No insultes.
Se ríe contra mi boca antes de besarme suavemente. Cuando se separa apenas unos centímetros, continúa acariciándome el pelo de la nuca.
—Entonces supongo que tendremos que hablar con los demás.
—¿Eso significa que aceptas? —pregunto ilusionado como un crío.
—Significa que podemos intentarlo.
—Vas a vivir conmigo —no puedo evitar sonreír como un completo imbécil.
—No hagas que me arrepienta antes de empezar.
—Mi novia va a vivir conmigo.
—Stone...
—Esto significa que podré verte en bragas prácticamente todos los días.
—Sabía que todo se reducía a eso —protesta agarrándome del pelo.
—Las ventajas logísticas son importantes.
Niega con la cabeza, pero está riéndose cuando vuelve a besarme y, mientras la estrecho contra mí, pienso que probablemente esta sea una de las decisiones más grandes que hemos tomado juntos y, al mismo tiempo, se siente increíblemente pequeña.
Natural. Como si simplemente estuviéramos poniendo nombre a algo que llevaba meses ocurriendo.
Kassy se separa finalmente y me observa con los ojos entrecerrados.
—Por cierto, has dicho delante de varios testigos imaginarios que puedo llenar el baño de mis potingues.
—He cometido un error terrible.
—Demasiado tarde. Consta en acta.
—¿Sabes cuál fue mi verdadero error? —pregunto y ella entrecierra los ojos aguardando mi respuesta con recelo—. Hace aproximadamente un año, cuando decidí llevarme a casa a una salamandra borracha —añado y su sonrisa se vuelve preciosa.
—Sí. Aquello fue una decisión bastante estúpida.
Le aparto uno de esos mechones desordenados de la cara y me quedo mirándola. A esta Kassy. La despeinada. La que ha aprendido a quererse sin necesitar que yo lo haga por ella y que, aun así, ha decidido dejarme estar aquí para hacerlo también.
—El mejor puto error de mi vida.
Kassy me besa otra vez. Y esta vez, mientras la abrazo y miro por encima de su hombro aquel desastre de habitación que dentro de poco será oficialmente nuestro desastre, pienso que quizá, después de una vida entera sobreviviendo al caos, puede que la felicidad se parezca muchísimo a esto.
A tener a alguien con quien construir una vida lo bastante tranquila como para poder aburrirte. Y seguir eligiéndola incluso entonces.