CAPÍTULO 40 NUEVA VIDA
NUEVA VIDA
Kassy
Todavía sigo pensando que hay decisiones que uno no toma porque sean las más sensatas, sino porque el corazón de repente te lleva a ellas.
Durante meses me repetí que Nueva York era el sitio perfecto para empezar de nuevo, que nadie me conocía y que, por primera vez en muchísimo tiempo, mi vida parecía avanzar por un camino sencillo, sin complicaciones imposibles, sin hombres incapaces de quererme como yo necesitaba y sin despedidas que siguieran haciéndome sangrar meses después de haber ocurrido.
Y, sin embargo, cuanto más intentaba convencerme de que aquel era mi sitio, más tenía la sensación de estar alejándome de mi verdadero lugar.
Quizá por eso acabé pidiendo el traslado después de terminar el primer semestre en Nueva York.
Necesitaba acercarme a la única persona, después de papá, que había conseguido comprenderme sin juzgarme jamás.
También porque, aunque no lo reconozca delante de mi terapeuta, parte de mí necesitaba anclarme a personas que también eran parte de la vida de Nick, aunque no volviera a verlo más.
Así que, después de las Navidades, cogí mis cosas sin decir nada a nadie y me planté en California, esperando encontrar algo de la Kassy que dejé atrás.
Pero, a pesar de las ganas que tenía de ver a Ava, llevo aquí en California ya hace unas tres semanas y todavía no se lo he dicho a ella.
Algo en mi interior tiene miedo volver al pasado y enfrentarlo, aunque sé que es necesario hacerlo.
Aprieto el botón de llamada y me llevo el teléfono a la oreja mientras observo la fachada de la casa donde Ava vive desde que empezó la universidad. Selena me ha dado su dirección para preparar esta sorpresa.
—¡Eh! —exclama al contestar—. ¡¿Cómo estás?
! ¡Qué alegría que me llames! Cuéntamelo todo.
¿Cómo van las cosas por Nueva York? ¿Ya has encontrado algún sitio donde ir de compras cuando vaya a visitarte?
—no puedo evitar reír por lo bajo. Miro la puerta frente a mí, aprieto un poco más el teléfono contra la oreja y noto cómo la sonrisa se me ensancha sola.
—¿Y si en vez de contártelo por teléfono abres la puerta y te lo cuento en persona? —se hace un silencio tan largo que casi puedo imaginar la expresión de desconcierto de Ava.
—...¿Cómo? —pregunta al fin, descolocada.
—Que abras la puerta de tu casa, joder.
Escucho un pequeño golpe, el ruido apresurado de unos pasos y, unos segundos después, la puerta se abre.
Ava aparece en el umbral con el móvil todavía pegado a la oreja.
Se queda completamente inmóvil, como si su cerebro necesitara unos segundos para procesar lo que tiene delante.
Parpadea una vez. Y otra. Sus ojos van de mi cara a la maleta que descansa junto a mis pies y vuelven otra vez a mí.
Levanto las manos teatralmente y le dedico la sonrisa más inocente de la que soy capaz.
—¡Sorpresa!
Al fin reacciona. Suelta el teléfono sobre el mueble de la entrada y se lanza a abrazarme con tanta fuerza que casi me tira.
—¡Joder, Kass! —exclama riendo mientras me estruja—. ¡Qué alegría verte! ¡Madre mía! ¡Pero qué cojones haces aquí!
Me río también mientras le devuelvo el abrazo.
Había echado muchísimo de menos a Ava. Muchísimo.
Durante casi toda mi infancia y adolescencia, ella ha sido mi lugar más seguro, mi amiga del alma, alguien que siempre estaba ahí para mí, por eso tenerla lejos durante un año y medio y no saber apenas de ella me produjo mucha soledad.
Tenerla ahora delante hace que sienta todo más sencillo y volvamos a ser esas dos niñas inseparables.
Cuando por fin nos separamos, continúa mirándome como si todavía no creyera que estoy aquí.
—No quería decirte nada porque quería que fuera una sorpresa —le explico encogiéndome ligeramente de hombros—. Al final pedí el traslado. Voy a estudiar aquí... en California.
La sonrisa permanece unos segundos en su rostro, pero hay algo que cambia después. Noto que se tensa un poco.
—¿Qué pasa? Pregunto frunciendo el ceño.
—No... nada —dice finalmente. La observo fijamente. No la creo ni por un segundo.
—¡Venga, habla! ¡Que nos conocemos!
—Es solo que... no me lo esperaba —dice pasándose la mano por el pelo. No puedo evitar sonreír con cierta decepción.
—Pues pensaba que te alegrarías un poco más de que vayamos a estar juntas el resto del curso —mi comentario la saca del trance. Da un paso hacia mí, vuelve a sujetarme las manos y niega con tanta vehemencia que casi me hace reír.
—¡No! No, no, no... Claro que me alegro. Estoy súper feliz, Kassy. Muchísimo. Te lo prometo.
Decido no seguir presionándola. Acabo de llegar. Quizá simplemente la he pillado desprevenida.
—No te preocupes —digo cambiando de tema—. Tampoco he venido para darte trabajo. Ya tengo habitación en la residencia de estudiantes y todo organizado. No voy a convertirme en tu ocupa oficial —esta vez sí ríe con naturalidad.
—Nunca sería un inconveniente tenerte aquí, Kass. Solo que... —antes de acabar, sus ojos vuelven a desviarse hacia el interior de la casa— Hay... algunas cosas que todavía no sabes.
—¿Qué cosas? —pregunto frunciendo el ceño.
—¿Por qué no vienes esta noche a cenar? Cenamos tranquilamente y te las cuento —la miro completamente desconcertada.
—¿Tanto misterio hace falta?
—Créeme... sí —afirma y no entiendo absolutamente nada. Mi mirada se desliza inevitablemente hacia el interior de la vivienda.
—¿Esta es entonces la casa que compartes con Ryder y tus compañeros? Se ve estupenda. ¿Cuántos sois? —pregunto intentando asomarme un poco más—. ¿Y no piensas enseñármela?
Casi sin darse cuenta, Ava vuelve a colocarse delante de la entrada. Como si, por algún motivo que desconozco, quisiera impedirme mirar demasiado.
—Esta noche te la enseñaré con calma —me sostiene la mirada unos segundos antes de señalar la acera con una sonrisa que intenta parecer despreocupada—. Venga. Vamos a dar un paseo y nos ponemos al día. Hace un día precioso.
Asiento, todavía desconcertada, y echo a andar junto a ella. Sin embargo, antes de alejarme del todo, no puedo evitar volver la cabeza una última vez hacia la puerta que acaba de cerrarse a nuestras espaldas.
Después de pasar prácticamente toda la mañana con Ava, he recargado pilas.
Hemos caminado durante horas, hemos terminado en mi residencia para que pudiera cotillear mi habitación y nos hemos puesto al día de tantas cosas que al despedirnos he tenido la impresión de que los últimos meses de distancia se habían encogido de repente hasta convertirse en apenas unos días.
Ahora, horas después, estoy otra vez delante del espejo, terminando de arreglarme para ir a cenar a su casa.
Me estoy arreglando más de la cuenta, pero es que he vuelto a ser yo.
Me gusta maquillarme. Me gusta probarme dos vestidos antes de decidir cuál me queda mejor.
Me gusta inclinarme hacia el espejo para colocarme bien el pelo y sonreír cuando el resultado me convence.
Y ahora lo hago disfrutando de lo que veo.
Y me gusta esta Kassy. La presumida y coqueta pero que ahora se mira al espejo sin convertir cada curva de su cuerpo en un enemigo al que derrotar.
Además, esta noche tengo una cita. Bueno, una segunda cita, para ser exactos, aunque todavía me resulta extraño llamarla así.
Aunque solo llevo unas semanas en California ya me he hecho algunos conocidos en las clases.
Conozco a Dylan de la universidad, hemos tomado algo juntos una vez y parece un chico agradable.
Es sencillo. Normal. No existe entre nosotros ni nada de eso, solo nos besamos una vez al despedirnos en la primera cita, pero nada más.
Tampoco estoy intentando enamorarme de él.
Simplemente he vuelto a verme con chicos sin necesidad de plantearme algo más.
Con James lo intenté y no funcionó precisamente porque, en el fondo, solo lo hice para forzarme a olvidar a otro que no podía ni sabía olvidar.
Él quería algo que yo no podía darle. Cuando decidió venir conmigo a Nueva York, entendí que me estaba forzando a continuar representando una historia que no era la mía.
Por primera vez elegí no hacerlo. Elegí cambiarme a California.
Elegí a Ava, una universidad nueva y la posibilidad de empezar otra vez sin convertir a ningún hombre en la brújula de mi vida.
Esta noche sé que voy a encontrarme a Ava y Ryder enamorados hasta las cejas, mirándose con ese amor tan inmenso que se tienen, y por eso agradezco no tener que presentarme allí sola.
Porque existen ciertas felicidades ajenas capaces de recordarme demasiado bien la que yo no pude tener.
El sonido de unos nudillos contra la puerta consigue sacarme de mis pensamientos. Me doy una última mirada en el espejo, cojo el bolso y, cuando abro, encuentro con una sonrisa que consigue alegrarme bastante más de lo que esperaba.
—Guau, estás muy guapa —dice Dylan nada más verme, recorriéndome con la mirada, antes de levantar otra vez los ojos hacia los míos—. Ahora me arrepiento de no haber preguntado cuál era el código de vestimenta. Podrías haberme avisado de que pensabas hacerme quedar mal.
—Ese riesgo existe siempre que sales conmigo —respondo con toda la solemnidad que puedo reunir mientras cierro la puerta de la habitación—.
Tendrás que aprender a soportar la presión si quieres sobrevivir a una segunda cita —él se ríe y niega con la cabeza mientras empezamos a caminar por el pasillo, y me sorprende lo bien que me hace sentir reconocerme en esa respuesta.