CAPÍTULO 39 ESTO ERA LA LIBERTAD #2
—No tengo ni puta idea de si va a funcionar, Nick —admite finalmente—. Ojalá pudiera decirte que sí. Ojalá fuera tan sencillo como meterla ahí y que dentro de seis meses saliera siendo otra persona, pero ya sabes que eso no funciona así —asiento. Precisamente por eso tengo miedo.
—Lo está intentando —digo, más para convencerme a mí mismo que a él—.
Últimamente había días buenos. Semanas incluso.
Traía casi todo el sueldo, estaba pendiente de Emma...
y después de repente volvía a caer. Y cada vez que lo hacía yo pensaba que quizá había hecho algo mal, que tendría que haber estado más atento, que tendría que haberle quitado dinero o haberme dado cuenta antes...
—Esa es la movida, Nick —me interrumpe Ryder, aunque lo hace sin dureza—. Que sigues hablando como si la recuperación de tu madre dependiera de ti.
—Es mi madre —digo levantando la vista hacia él.
—Sí. Y tú su hijo —la respuesta me deja paralizado.
Ryder me mira fijamente antes de continuar—.
Su hijo, Nick. No su terapeuta. No su cuidador.
No su responsable legal. Puedes quererla.
Puedes visitarla. Puedes estar allí cuando tenga un día horrible y necesite hablar contigo.
Puedes celebrar con ella cada mes que consiga mantenerse sobria.
Pero no puedes volver a meterte en el agujero con ella cada vez que caiga, porque entonces no sale nadie.
Aparto la mirada y siento una presión incómoda detrás de los ojos.
Durante toda mi adolescencia —si es que alguna vez tuve realmente una adolescencia— me convencí de que si conseguía hacer las cosas bien mi madre también terminaría haciéndolas bien.
Como si su enfermedad fuera una ecuación y yo solo tuviera que encontrar la fórmula correcta.
—Me da miedo que piense que la estoy abandonando —reconozco.
—Puede que lo piense —lo miro y trago saliva—.
Y si está enfadada, tendrá derecho a estarlo.
Igual que tú tienes derecho a vivir. No puedes construir toda tu vida intentando evitar que los demás se enfaden contigo, tío.
A veces ayudar a alguien también consiste en dejar que se enfrente solo a las consecuencias de sus decisiones.
Me quedo pensando en eso. Quizá durante demasiado tiempo le facilité a mi madre seguir cayéndose porque siempre estaba yo debajo para amortiguar el golpe. Ella podía perderse durante días sabiendo, aunque no lo reconociera, que alguien mantendría la casa en pie.
—Estaremos aquí para ella —continúa Ryder—.
Tú estarás. Emma estará cuando pueda y cuando sea sano para ella.
Tu tía estará. Yo también, si alguna vez hace falta.
Pero ella tiene que hacer su parte. Y tú tienes que dejar de creer que quererla significa sacrificarte con ella —suelto el aire lentamente y asiento ante sus palabras.
—Supongo que nunca aprendí otra manera de querer.
Ryder me observa durante unos segundos y su expresión se entristece ligeramente.
—Ya. Y eso tienes que cambiarlo de una vez, tío.
Sé perfectamente en quién está pensando.
Yo también pienso en ella. Kassandra aparece dentro de mi cabeza con esa facilidad dolorosa con la que lleva meses colándose en absolutamente todo.
La veo riéndose. La veo enfadada. La veo en mi cama.
En el pupitre contiguo. La veo con las animadoras.
La veo con aquel vestido amarillo, mirándome como si despedirse de mí le estuviera arrancando algo por dentro.
Y de repente comprendo que quizá hice con ella exactamente lo mismo que llevaba años haciendo con todo el mundo: decidir por su bien sin preguntarle si quería que decidiera por ella.
Pero eso ya no importa. Porque ella se ha ido. Y yo estoy aquí. Por fin libre. Solo que la única persona con la que habría querido compartir esa libertad ya no forma parte de mi vida.
Ryder termina arrancando el coche y nos incorporamos a la carretera mientras yo me hundo un poco en el asiento del copiloto, todavía intentando colocar dentro de mi cabeza todo lo que acabamos de hablar.
Durante unos minutos ninguno habla. Él conduce con una mano relajada sobre el volante y la otra apoyada cerca de la palanca de cambios, mientras yo saco el móvil casi por inercia y empiezo a deslizar el dedo por las redes sociales sin prestar demasiada atención a lo que aparece.
Veo fotos y reels de futbol americano, de la universidad, de amigos…
Todo pasa delante de mis ojos sin quedarse en ninguna parte hasta que, de repente, mi dedo se detiene.
Kass… Noto el golpe en el pecho cuando su cara ocupa la pantalla.
Ha publicado una fotografía hace apenas unas horas.
Está sentada en algún sitio que no reconozco, probablemente en Nueva York, con el pelo suelto cayéndole sobre los hombros y esa sonrisa enorme que vuelve a parecerse muchísimo a la de antes.
Ese tal James aparece junto a ella, inclinado hacia su lado mientras parece estar diciéndole algo al oído, y Kass se ríe con la cabeza ligeramente echada hacia atrás, completamente ajena a la cámara.
No hay nada especialmente íntimo en la imagen.
No están besándose. Ni siquiera se están abrazando.
Pero la naturalidad con la que están juntos me hace daño de una forma mucho más profunda.
Parece que por fin está viviendo la vida.
Una vida que ella está construyendo a miles de kilómetros de mí.
Me quedo mirando la pantalla demasiado tiempo.
Debería alegrarme. Y me alegro. Joder, claro que me alegro.
Tiene mejor aspecto. Está sonriendo. Parece tranquila.
Ha recuperado esa luz que durante meses pensé que no volvería a ver en sus ojos y, después de todo lo que pasó, debería sentir únicamente alivio al comprobar que está siguiendo adelante.
Pero entonces miro a James otra vez. Y algo dentro de mí se retuerce.
Maldita sea. Ahora. Precisamente ahora. Ahora que Emma está protegida.
Ahora que mi madre está recibiendo ayuda de verdad.
Ahora que Claire ya no puede decidir nada sobre mi vida.
Ahora que, por primera vez desde que conocí a Kassandra López, podría acercarme a ella sin tener que advertirle que no puedo ofrecerle lo que merece.
Ahora que soy al fin libre, ella está en la otra punta del país aprendiendo a ser feliz con otro hombre.
Aprieto los labios y bloqueo el teléfono antes de hacer algo estúpido, como ampliar la fotografía o entrar en su perfil para buscar más imágenes que solo conseguirían hundirme un poco más.
Apoyo el móvil sobre mi muslo y giro la cabeza hacia la ventanilla, observando cómo el paisaje de California se desliza rápidamente al otro lado del cristal mientras intento convencerme de que esto también forma parte de quererla.
Dejar que siga adelante. Aunque acabe de descubrir que soy libre precisamente cuando la única persona con la que soñaba serlo ha aprendido a vivir sin mí.