Tocables Intocables (The Ruins 2) CAPÍTULO 39 ESTO ERA LA LIBERTAD
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CAPÍTULO 39 ESTO ERA LA LIBERTAD

ESTO ERA LA LIBERTAD

Nick

Venir a vivir a California para estudiar en la universidad junto a mi mejor amigo y hacerme un futuro digno era un lujo que hasta hace semanas no me atrevía ni siquiera a plantearme.

Ryder desbloquea el coche mientras nos acercamos y me quedo mirando el vehículo con una sensación extraña, pensando en lo muchísimo que han cambiado nuestras vidas en apenas unos meses.

Es nuevo, bastante más bonito que cualquiera de los cacharros que hemos conducido antes y, aunque sé que el fútbol le está empezando a dar algunas alegrías económicas, además de que ha conseguido una beca por ser un portento en el futbol americano bastante generosa que le da bastante solvencia económica, aun me cuesta acostumbrarme a ver a mi mejor amigo en una situación que no sea precaria.

Supongo que también me cuesta mirarme a mí mismo de esa manera.

Durante demasiado tiempo cada paso que daba estaba condicionado por lo que necesitaba otra persona.

Ahora camino hacia el asiento del copiloto sabiendo que, por primera vez desde que tengo memoria, solo tengo que pensar en mí y en mi futuro.

Y debería sentir únicamente alivio. La realidad es que también siento miedo. Muchísimo.

Ryder se acomoda al volante y yo cierro la puerta del copiloto.

Espero que arranque, pero no lo hace. En lugar de meter la llave, deja las manos sobre el volante y permanece quieto.

Lo miro de reojo sin decir nada, porque sé lo que debe estar pensando.

Yo al menos lo estoy pensando. Al cabo de unos segundos levanto la cabeza, clavo la mirada en el cielo azul a traves del parabrisas y tomo una bocanada de aire tan profunda que parece que hubiera estado conteniendo la respiración durante años.

Entonces sacudo la cabeza, primero despacio, después con más fuerza, y una sonrisa enorme se abre paso en mi rostro al mismo tiempo que los ojos se me llenan de lágrimas.

—Joder... —murmuro, dejando escapar una risa rota mientras vuelvo a negar con la cabeza—. Soy libre. Soy libre, joder. No me lo puedo creer.

Ryder me mira sorprendido por la emoción en mi voz.

Él sabe bien la importancia de las cosas que hemos hecho, y él ha sido la gran cabeza pensante del plan.

Todo esto se ha puesto en marcha para que mi vida cambie, para que Emma tenga un lugar seguro, para que mi madre reciba tratamiento de verdad y para que yo deje de estar atado a una mujer que llevaba demasiado tiempo abusando de mí.

Sin embargo, pronunciar la palabra libre hace que todo se vuelva real de una forma que aun no había conseguido asumir.

—Sí —dice Ryder, y parece casi tan emocionado como yo—. Lo eres. Aunque todavía te cueste creerlo —se gira hacia mí y su sonrisa se vuelve más tranquila. Me da una palmada fuerte sobre el hombro—. No lo dudes, Nick. Lo eres. Y ahora te va a tocar aprender algo que a ti te va a costar bastante.

—¿El qué? —pregunto arqueando una ceja.

—Pensar en ti —responde con una seriedad que me obliga a dejar de sonreír—.

No digo que te olvides de Emma ni de tu madre ni de nadie.

Digo que dejes de comportarte como si tu vida fuera siempre lo último de la lista.

Porque llevas años haciendo eso y, sinceramente, tío, ya has pagado más de lo que correspondía por problemas que ni siquiera creaste tú.

Aparto la mirada y la dejo caer sobre mis manos.

Suena muy bien cuando lo dice él. Hasta resulta lógico.

El problema es que no sé cómo se hace. Llevo tanto tiempo organizando mi vida alrededor de Emma que cualquier decisión que no la incluya en primer lugar me parece egoísta.

Incluso ahora, después de todo lo que hemos hablado con mi tía, después de escucharla decir que está dispuesta a hacerse cargo de la custodia de Emma y de prometerme que jamás va a impedirme formar parte de la vida de mi hermana, sigo sintiendo que la estoy dejando atrás.

—¿Tú crees que estará bien con mi tía Maggie?

—pregunto finalmente, sabiendo que llevo días esperando que alguien me responda a eso con una certeza que sé que nadie puede darme—.

Sé que es mi tía, que es familia. Y cuando hablamos parecía encantada de que por fin contactáramos con ella, pero...

joder, Ryder, no la conozco. Emma todavía menos.

Es como coger todo lo que llevo años protegiendo y entregárselo a alguien porque me promete que lo va a cuidar bien.

Ryder se acomoda un poco mejor contra el respaldo, como si supiera que esta conversación no se va a resolver con una frase tranquilizadora, y me mira con atención.

—No se la estás entregando a nadie, Nick.

Emma sigue siendo tu hermana. Vas a vivir cerca, vas a verla, vas a formar parte de todas sus decisiones importantes y, si algún día necesita salir corriendo a buscarte, vas a estar ahí.

Lo único que estás haciendo es aceptar que no puedes ser su hermano, su padre, el que paga las facturas, el que cocina, el que vigila que haga los deberes y además intentar construirte un futuro sin acabar hecho polvo antes de cumplir los veinticinco —trago saliva y miro por la ventanilla.

Sé que tiene razón, pero hay una parte de mí que todavía se rebela.

—Ella nunca se ha quejado.

—Precisamente —responde Ryder, inclinándose ligeramente hacia mí—.

Emma jamás se queja de nada porque ha crecido viendo que tú ya tenías suficiente.

¿No te das cuenta? Esa niña ha aprendido a conformarse con lo que haya porque sabe que su hermano está partiéndose el culo para dárselo.

Eso dice cosas muy buenas de ella, pero también significa que necesita empezar a vivir como una cría normal.

Y tú también necesitas empezar a vivir como alguien de tu edad.

Le estás dando a tu hermana la infancia que ni tú ni yo tuvimos, Nick.

No le estás quitando nada, al revés. Y, porque te conozco, sé que vas a estar aquí día sí y día no para comprobarlo con tus propios ojos.

Su reflexión me deja pensativo. Pienso en Emma celebrando un simple helado como si fuera el mejor cumpleaños del mundo, en todas las veces que se ha adaptado a que no hubiera dinero, a que mamá estuviera demasiado ausente e incluso a verla en un estado que un niño de su edad no debería ver, o a que yo tuviera que salir corriendo a solucionar cualquier problema y dejarla sola con mi madre.

Siempre he pensado que protegerla significaba mantenerme pegado a ella pase lo que pase.

Quizá protegerla también signifique ofrecerle algo mejor que mi agotamiento. Darle una infancia digna.

—Maggie tiene una familia estable —continúa Ryder cuando ve que no respondo—.

Tiene trabajo, tiene espacio y, por lo que nos contó, llevaba años sin saber hasta qué punto estaban mal las cosas porque tu madre se encargó de mantener a todo el mundo lejos.

En cuanto se enteró, ni siquiera dudó. ¿No te dice algo eso?

—Asiento muy despacio ante sus palabras.

—Sí. Que quizá fui un gilipollas por no intentar buscar ayuda antes.

—No —me corrige con firmeza—. Eras un chaval intentando sobrevivir con la información que tenía.

No empieces ahora a culparte también por no haber encontrado una solución perfecta a los dieciocho años, porque entonces voy a tener que darte una hostia y no me pienso meter de manos con un tipo de un metro noventa y todo músculo dentro de mi coche nuevo.

Se me escapa una sonrisa. Durante años nuestros papeles estuvieron bastante claros: Ryder se metía en problemas y yo buscaba una forma de sacarlo de ellos; él se hundía y yo intentaba mantenerlo a flote.

Ahora parece empeñado en devolverme cada favor de golpe y todavía no sé muy bien qué hacer con eso.

Hasta ahora, solo Kass había hecho cosas por mí sin esperar nada a cambio.

—Además —añade, esta vez con una expresión más suave—, si quieres cuidar de Emma toda tu vida, necesitas tener una vida que ofrecerle.

Estudiar. Conseguir un trabajo en condiciones.

Tener un sitio donde pueda quedarse contigo cuando quiera.

Poder ayudarla sin que eso signifique elegir entre comprarle unos zapatos o comer tú. Eso también es cuidarla.

Mierda, tiene razón. ¿Cuándo se ha convertido Ryder Knox en todo sensatez? Bajo la cabeza y me froto las manos sobre los pantalones mientras intento controlar la emoción que vuelve a subirme por la garganta.

—Joder —murmuro—. Cuando lo dices así parece hasta fácil.

—No lo es —responde Ryder—. Pero que sea difícil no significa que esté mal.

Nos quedamos unos segundos en silencio. Levanto la mirada hacia el parabrisas y respiro profundamente.

California todavía me parece una idea prestada, una vida que pertenece a otra persona.

Ir a la universidad. Una casa compartida con mi amigo de la infancia, su novia y otros dos chicos…

Gente esperando que llegue para cenar, no porque necesiten que traiga dinero sino porque quieren sentarse conmigo a una mesa.

Emma cerca, pero sin depender de que yo sea capaz de hacerlo absolutamente todo.

Me cuesta imaginarme dentro de esa vida.

Quizá porque nunca había pensado que pudiera existir.

—¿Y mi madre? —pregunto después de un rato, sintiendo cómo el alivio se mezcla inmediatamente con otra de esas preocupaciones que llevo pegadas al cuerpo desde niño— ¿Tú crees que se quedará esta vez en la residencia?

Porque te juro que no sé si soportaría verla salir dentro de dos semanas diciendo que está curada y que la encuentren tiesa en casa sola unas semanas después sin que haya nadie cerca para cuidarla.

La expresión de Ryder se endurece. Se queda pensativo unos segundos antes de contestar.