Tocables Intocables (The Ruins 2) CAPÍTULO 38 FIN DE CURSO Y DESPEDIDAS #3
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CAPÍTULO 38 FIN DE CURSO Y DESPEDIDAS #3

El beso se intensifica hasta que ambos nos quedamos sin aire.

Sus labios se mueven sobre los míos con una urgencia que ya no intenta disimular, y yo respondo con la misma desesperación, aferrándome a su cuello como si pudiera retenerme en este momento para siempre.

Cuando por fin nos separamos, nuestras respiraciones se mezclan.

Lo miro a los ojos y veo exactamente el mismo incendio que siento yo.

—Nick —le digo, con la voz ronca—, sácame de aquí. Llévame a tu cama.

Él asiente. No hace falta que diga nada.

La misma urgencia le tiembla en la mandíbula.

Entrelaza sus dedos con los míos y me saca de la pista, esquivando cuerpos y risas, sin soltarme ni un segundo.

El trayecto hasta el coche se me hace eterno y, al mismo tiempo, demasiado corto.

En cuanto nos metemos dentro, abro la ventanilla porque el calor me sube por el cuello y el pecho.

El aire de la noche me golpea la cara, pero no basta para calmarme.

Nick arranca y, sin apartar la vista de la carretera, comienza a hablar.

—Sácame una lata de cerveza de la guantera, ¿quieres? —Lo miro. Él nota mi expresión y suelta una risa nerviosa, casi avergonzada—. No me mires así. Estoy nervioso. Como un puto principiante. Necesito calmarme un poco.

Me río. Abro la guantera, saco dos latas y le paso una. Él la abre con una mano y bebe un trago largo mientras yo hago lo mismo. El sabor amargo me ayuda a anclarme un poco a la realidad, aunque la realidad es precisamente lo que esta noche queremos dejar fuera.

Cuando el coche se detiene, levanto la vista y me quedo perpleja. No estamos delante de su casa. Estamos delante de un hotel. Un hotel decente, con luces suaves y un cartel discreto. Nick apaga el motor y me mira de reojo.

—¿Qué? —dice, y le sale una sonrisa ladeada—. Lo ha pagado Ryder. Me lo debía.

Me guiña un ojo, abre su puerta, da la vuelta al coche y abre la mía para ayudarme a bajar.

Sus dedos se cierran alrededor de los míos con una firmeza que me hace tragar saliva.

Subimos en silencio. El ascensor parece ir demasiado despacio.

En cuanto la puerta de la habitación se cierra a nuestras espaldas, todo se precipita.

Nos besamos con urgencia. Nos quitamos la ropa entre forcejeos torpes y risas ahogadas.

El esmoquin cae al suelo. El vestido amarillo también.

Cuando por fin estamos desnudos, me tumbo en la cama y Nick se arrodilla entre mis piernas.

Me mira un segundo, como si estuviera memorizándome, y después baja la cabeza.

Su lengua encuentra mi clítoris con una pericia que me arranca un gemido desde el primer contacto.

Me abre con las manos, me saborea despacio al principio y después con más hambre, alabando entre lametazos lo magníficas que son mis curvas, lo perfecta que me siente, lo mucho que ha echado de menos esto.

Cada palabra se clava en mí con más fuerza que cualquier caricia.

El orgasmo llega como una descarga eléctrica que llevaba demasiado tiempo sin sentir.

Me arqueo, agarro las sábanas y grito su nombre mientras él no se aparta, prolongando el placer hasta que me quedo temblando y sonriendo, con los ojos húmedos de algo que no es solo deseo.

Nick se relame los labios, se coloca sobre mí y me mira a los ojos con una seriedad que me desarma.

—Ahora, Kass —susurra—, te voy a hacer el amor. Y será la primera y la última vez que lo haga. Luego probablemente te follaré como un salvaje. Aunque bueno, después volveré a hacerte el amor si me quedan fuerzas.

Entro en él con la mirada. Él entra en mí con el cuerpo.

Lento. Profundo. Como si quisiera grabar cada centímetro.

Me besa mientras se mueve, me acaricia el pelo, me susurra al oído lo mucho que me quiere, lo hermosa que estoy, lo imposible que le resulta imaginar un mundo en el que yo no exista.

Yo le rodeo la espalda con las piernas, le clavo las uñas y le respondo con cada embestida, con cada gemido, con cada “te quiero” que se me escapa sin permiso.

El segundo orgasmo es más suave, más largo, más emocional.

Lloro un poco mientras me corro, y él me besa las lágrimas sin dejar de moverse dentro de mí.

Cuando el ritmo se vuelve más salvaje, cuando las embestidas se hacen más profundas y desesperadas, yo le pido más y él me lo da.

Me pone a cuatro patas, me agarra de las caderas y me folla con esa fuerza que siempre ha sabido dosificar perfectamente.

Grito. Él gruñe. El sonido de nuestra piel chocando llena la habitación.

Y cuando nos corremos juntos, lo hacemos con una violencia que nos deja sin aire, sin palabras, solo respiraciones agitadas y cuerpos temblando.

Caemos sobre la cama. Nick me atrae contra su pecho y me abraza como si todavía temiera que me evaporara. Yo escondo la cara en su cuello y cierro los ojos, permitiéndome, por unas horas más, creer que el hechizo puede durar para siempre.