CAPÍTULO 38 FIN DE CURSO Y DESPEDIDAS
FIN DE CURSO Y DESPEDIDAS
Kassy
El amarillo siempre me ha parecido un color demasiado alegre para las despedidas.
Quizá por eso llevo varios minutos observándome en el espejo sin terminar de reconocer la contradicción que tengo delante: el vestido cae sobre mi cuerpo con una suavidad preciosa, ajustándose donde tiene que hacerlo y abriéndose después sobre mis piernas, luminoso, vivo, casi insolentemente feliz, mientras yo tengo un nudo en el pecho que no combina con nada de lo que llevo puesto.
Esta noche Nick viene a buscarme para llevarme al baile de fin de curso y llevo semanas diciéndome que será bonito, que nos merecemos terminar bien, regalarnos una última noche sin reproches y cerrar de una vez esta historia turbia que empezó casi sin que ninguno de los dos se diera cuenta.
Sin embargo, ahora que ha llegado el momento, lo único que consigo pensar es que no quiero ningún cierre.
No quiero aprender a despedirme de Nicholas Stone.
No quiero que mañana todo esto se convierta en algo que ocurrió una vez, en un recuerdo que tenga que guardar mientras me marcho a Nueva York y él se queda aquí intentando resolver una vida que nunca le ha dado demasiadas oportunidades.
Me duele en el alma que lo nuestro no haya tenido solución, precisamente porque por fin sé que el problema nunca fue que no nos quisiéramos lo suficiente.
Quizá habría sido más fácil si alguno de los dos hubiera dejado de sentir.
Habría sido mucho más sencillo odiarlo de verdad.
Y me duele en el alma sobre todo dejarlo solo, con toda su mierda encima.
Vuelvo a mirarme, esta vez sin buscar automáticamente aquello que debería corregir.
La terapia no ha conseguido silenciar todas las voces que llevo años acumulando dentro de la cabeza, pero al menos ahora empiezo a reconocer cuáles son mías y cuáles me enseñaron otros.
He recuperado los kilos que perdí cuando confundí desaparecer con mejorar y, aunque todavía existen mañanas en las que el espejo intenta convertirse otra vez en enemigo, hoy consigo observar mis caderas, mis piernas, mis brazos y reconocerme.
Soy yo. No una versión reducida de mí misma ni esa supuesta mujer perfecta que creí que tenía que fabricar para conseguir que alguien me eligiera.
Yo. Kassandra López. Y quizá todavía me quede muchísimo trabajo por delante, pero por primera vez en mucho tiempo la idea de seguir existiendo dentro de este cuerpo no me parece un castigo.
El teléfono vibra sobre la cómoda y el corazón me da un vuelco antes incluso de mirar la pantalla.
«Estoy en la parada. Y llevo cinco minutos intentando convencerme de que no estoy nervioso.
No está funcionando». Sonrío sin querer.
Claro que está en la parada de autobús. Los dos sabemos perfectamente que mi madre pondría el grito en el cielo si Nicholas Stone apareciera vestido de esmoquin en la puerta para llevarse a su hija al baile, y esta noche no tengo ninguna intención de añadir una guerra doméstica a la lista de emociones que ya apenas sé cómo manejar.
Cojo el bolso, compruebo por última vez que llevo todo y bajo las escaleras intentando que los tacones no delaten las prisas que de repente se han apoderado de mí.
Mi madre está en el salón y levanta la cabeza en cuanto me oye. Durante unos segundos simplemente me mira, y hay algo diferente en su expresión, una mezcla de orgullo y tristeza que me hace detenerme antes de llegar a la puerta.
—¿Tu acompañante no viene a recogerte? —pregunta finalmente, intentando sonar casual.
Niego con la cabeza mientras me coloco el bolso sobre el hombro y le explico que hemos quedado en encontrarnos allí, en el instituto.
Me acerco para darle un beso, pero antes de que pueda apartarme ella me sujeta suavemente por los brazos y vuelve a mirarme de arriba abajo.
—Cariño, estás preciosa —dice con una sinceridad que durante un instante no sé qué hacer con esas palabras.
—¿De verdad? —pregunto, y odio un poco que todavía exista dentro de mí esa niña que necesita comprobarlo. Mi madre parece entenderlo porque su expresión cambia inmediatamente. Me acaricia una mejilla y sus ojos se humedecen antes de responder.
—De verdad. Siempre lo has estado. El problema nunca eras tú, Kassandra; era yo.
Eran mis miedos, mis ideas, todas esas estupideces que confundí con consejos porque creía que estaba preparándote para un mundo cruel y no me di cuenta de que estaba consiguiendo que una parte de esa crueldad empezara aquí en casa.
Lamento mucho no haberte enseñado a ver lo maravillosa que eres.
Eres preciosa por fuera, sí, pero también preciosa por dentro, y ojalá hubiera sabido decírtelo antes de que tuvieras que aprenderlo de la peor manera.
No esperaba aquello. Durante un segundo noto cómo se me llenan los ojos de lágrimas y tengo que parpadear varias veces para no estropear el maquillaje antes siquiera de salir de casa.
La abrazo con fuerza, permitiéndome creer que quizá ella también está intentando reconstruirse después de todo lo ocurrido, y le dejo un beso en la mejilla antes de separarme.
—No me esperes despierta —le advierto con una sonrisa y salgo antes de que me sermonee.
Lo veo en cuanto doblo la esquina. El viejo coche está aparcado junto a la parada y Nick espera apoyado contra la puerta del conductor, vestido con un esmoquin oscuro que consigue que durante un instante se me olvide hasta cómo se camina.
Está guapísimo. Irritantemente guapo. Lleva el pelo arreglado con más cuidado de lo habitual y, prendida en la solapa, una pequeña flor amarilla que me hace detenerme a varios metros de él.
Nick también se queda inmóvil cuando me ve.
Su expresión cambia de golpe, como si todas las bromas que seguramente había preparado se le hubieran borrado de la cabeza, y durante unos segundos nos limitamos a mirarnos desde los dos extremos de la acera con esa mezcla de cariño, deseo y tristeza que se ha convertido en nuestro idioma secreto.
—Joder, Kass... —murmura cuando por fin consigo acercarme, y se pasa una mano por el pelo con una sonrisa nerviosa que me resulta extrañamente adorable en alguien que siempre ha presumido de no ponerse nervioso por ninguna mujer—.
Estás impresionante. En serio. No sé qué clase de milagro ha ocurrido para que me permitan presentarme al baile con una acompañante así, pero pienso aprovecharlo antes de que el hechizo se rompa.
Bajo la mirada hacia la flor amarilla y después vuelvo a sus ojos, incapaz de impedir que la sonrisa me tiemble un poco. Me acerco y le dejo un beso suave en la mejilla.
—Tú también estás muy guapo, Stone. Incluso pareces una persona respetable.
—No exageremos —responde él, y su risa consigue aflojar durante un momento el nudo que tengo en la garganta.
El trayecto hasta el instituto transcurre entre conversaciones pequeñas y silencios que, sorprendentemente, no llegan a resultar incómodos.
Estamos nerviosos. Los dos lo sabemos y ninguno intenta ocultarlo demasiado.
Algunas veces nuestras manos se rozan junto a la palanca de cambios y ambos las apartamos con una rapidez casi ridícula; otras, Nick hace algún comentario sarcástico y consigo reírme.
Pero debajo de todo está esa cuenta atrás que ninguno menciona.
Esta noche. Una última noche. Después, me iré a Nueva York.
Y supongo que él seguirá con su vida aquí.
Miro por la ventanilla para que no vea cómo se me humedecen los ojos y me obligo a recordar que fui yo quien pidió distancia, quien comprendió que necesitaba dejar de girar alrededor de un problema que no podía solucionar.
Sigue siendo verdad. Solo que las verdades también pueden esconderse por una noche.
En cuanto llegamos al baile, Nicholas parece decidir que actuar como es debido es una actividad sobrevalorada. Apenas hemos cruzado la entrada cuando entrelaza los dedos con los míos y empieza a tirar de mí hacia la pista.
—¡Stone! —protesto entre risas, intentando seguirlo sin matarme con los tacones—. ¿Se puede saber qué haces? Él gira la cabeza sin soltarme y la sonrisa que me dedica tiene algo del chico del que me enamoré antes de comprender cuánto peso llevaba escondido detrás de ella.
—Aprovechar el tiempo, Salamandra. No pienso desperdiciar ni cinco minutos de esta noche fingiendo que he venido aquí a comportarme con dignidad.
Cuando alcanzamos la pista, la música cambia casi como si alguien hubiera decidido ponerse de nuestra parte y empieza una canción lenta.
Nick se vuelve hacia mí, me rodea la cintura con ambos brazos y, con una delicadeza que contrasta con las prisas de hace un segundo, toma mis manos y las coloca alrededor de su cuello.
—Baila conmigo, Kass —me pide en voz baja. Arqueo una ceja intentando refugiarme en nuestra vieja dinámica porque es mucho más fácil provocarlo que admitir que tengo el corazón desbocado.
—Estás muy impaciente, ¿no?
—Muchísimo —reconoce sin una pizca de vergüenza mientras me acerca un poco más—. Necesito saborear esta noche todo lo posible.
Empiezo a moverme con él y pronto el resto deja de importarme.
Nick apoya la frente contra la mía y deja escapar un suspiro que siento sobre los labios.
Mis manos descansan detrás de su cuello, las suyas permanecen firmes alrededor de mi cintura y, cuando noto de nuevo sus brazos rodeándome de esa manera, mi cuerpo recuerda demasiadas cosas a la vez.
Tiemblo ligeramente. Él lo nota, por supuesto, porque Nicholas siempre ha sabido leerme mejor de lo que yo quería permitirle, y separa un poco la cabeza para buscar mis ojos.
—¿En qué piensas? —pregunta con suavidad y la respuesta se me atasca en la garganta. Trago saliva antes de contestarle.
—No sé si debería decírtelo o si sería mejor que, por una vez en mi vida, aprendiera a callarme —susurro y una sonrisa triste le curva los labios.