Tocables Intocables (The Ruins 2) CAPÍTULO 35 AMAR EN LA OSCURIDAD
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CAPÍTULO 35 AMAR EN LA OSCURIDAD

AMAR EN LA OSCURIDAD

Nick

El teléfono vibra justo cuando termino de recoger la cocina.

Durante un instante pienso que será Carter para ver si puedo echarle una mano con una reforma, pero cuando veo el nombre de Ryder en la pantalla no puedo evitar sonreír.

Llevo meses sin escuchar su voz y, aunque las llamadas entre nosotros siempre terminan con un adiós raro, saber que está al otro lado significa que está recuperándose.

—¿Qué pasa, Knox? ¿Has vuelto a tener un sueño húmedo conmigo? —no hay contestación. Al otro lado solo escucho una respiración acelerada. Frunzo el ceño—. Ryder. ¿Estás bien, tío?

—La he visto —susurra.

No necesito que pronuncie su nombre. Sé perfectamente de quién está hablando. Me dejo caer despacio sobre la silla de la cocina mientras cierro los ojos un segundo. Claro que la ha visto. Ese cabrón está condenado a no poder borrar de su vida a Ava Monroe.

—¿Dónde?

—En la universidad. En California. ¡Está en la puta California, Nick! —dice agitado.

—¿Y?

—¿¡Y!? —casi grita—. ¿Qué quieres decir con "y"? ¡La he visto, Nick!

—Sí, esa parte la he entendido —no puedo evitar sonreír—. Lo que intento saber es si has hecho alguna estupidez.

—Todavía no —resopla.

—Bien. Esa palabra me tranquiliza muchísimo. Sobre todo el "todavía".

—No sé qué hacer —confiesa con voz abatida.

Su confesión me duele. Porque, por primera vez desde que conozco a Knox, entiendo lo que significa no saber qué hacer cuando la persona que quieres aparece delante de ti.

Durante años lo veía desesperarse por Ava sin comprender del todo cómo podía seguir tan enamorado después de tanto tiempo siendo ignorado por ella.

Ahora ya lo sé. Porque llevo meses cruzándome con Kass por los pasillos del instituto fingiendo que verla de lejos me basta. Y no me basta. No me bastará nunca.

—¿Y de qué tienes miedo exactamente?

—¿Hablas en serio? Llevo meses en terapia para superar a Ava y ahora aparece delante de mí como si el universo quisiera reírse de mí —no respondo enseguida.

Le dejo continuar—. Una de las terapeutas dice que mi problema siempre ha sido ella.

Que necesito mantener distancia si quiero pasar página —no puedo evitar arquear una ceja ante su declaración.

—Una pregunta.

—¿Qué?

—¿Esa terapeuta es la misma a la que te estás cepillando? —el silencio es tan largo que se hace ensordecedor. Acabo echándome a reír—. Madre mía, Knox...

—No te rías.

—¿Cómo quieres que no me ría? Vas a terapia para olvidar a una mujer mientras te beneficias a tu terapeuta que intenta convencerte de que olvidar al amor de tu vida es lo mejor. No digo que no sea buena terapeuta, pero comprenderás que su objetividad empieza a parecerme un poquito sospechosa.

—Que te jodan.

—Eso confirma mis sospechas.

—Eres un imbécil —dice riéndose por fin.

—Eso ya lo sabía. Lo importante es que reconozcas que tú también lo eres.

—¿Y si tiene razón? —dice y yo dejo de sonreír.

—Puede que la tenga —admito—. Pero no dejes que nadie tome por ti una decisión que solo puedes tomar tú.

Y menos si la preocupación de ese alguien es que sigas metiéndote en su cama.

Créeme... sé muy bien lo peligroso que es dejar que otra persona interesada en tu polla te marque el ritmo —no añado nada más porque esta conversación no va de Claire ni de mis mierdas, sino de él—. Solo prométeme una cosa.

—¿Cuál?

—Que no vas a volver a comportarte como un acosador profesional.

—¿Qué?

—Nada de seguirla por el campus desde cuarenta metros de distancia.

—¡Que te jodan, Nick!

—Vale. Eso significa exactamente que era tu plan —añado y Ryder termina soltando una carcajada.

—Estás como una cabra.

—Y tú llevas enamorado de la misma chica desde los trece años. Ninguno de los dos estamos para dar lecciones sobre salud mental.

Cuelgo despacio y dejo el teléfono sobre la encimera de la cocina mientras una sonrisa cansada se me queda suspendida en la cara unos segundos más.

Es imposible hablar con Knox sin terminar riéndome, hasta cuando está convencido de que el universo entero conspira para destrozarle la existencia.

Siempre ha sido así. Él dramatiza absolutamente todo y yo me dedico a pincharle el globo hasta que consigue volver a poner los pies en el suelo.

Lo curioso es que hoy, mientras intentaba tranquilizarlo, no he dejado de reconocerme en cada una de sus dudas.

Hace unos meses me habría parecido exagerado que alguien necesitara terapia porque la chica a la que quiere ha descolocado su vida.

Ahora lo entiendo demasiado bien. Porque no hace falta cruzarse con la mujer que amas después de meses para que el mundo se tambalee.

Basta con verla todos los días y saber que ya no puedes acercarte a ella.

Apoyo ambas manos sobre la encimera y cierro los ojos durante un instante.

Kass ha vuelto a sonreír. Lo sé porque la veo de lejos.

Ha recuperado parte de la luz que perdió cuando murió su padre.

Ha ganado algo de peso, sus mejillas ya no están tan hundidas y vuelve a protestar cuando alguna compañera de las animadoras se equivoca durante un entrenamiento.

Incluso he llegado a escucharla reír desde la otra punta del gimnasio hace unos días.

Debería sentirme inmensamente feliz por ello.

Y lo estoy. Dios sabe que lo estoy. Solo que esa felicidad viene acompañada de una punzada constante en el pecho que no termina de desaparecer nunca, porque todas esas sonrisas, todas esas bromas y toda esa energía parecen destinadas al resto del mundo. A mí ya no.

No puedo reprochárselo. De hecho, si soy sincero, me enorgullece que lo esté haciendo así.

Significa que me hizo caso. Que está yendo a terapia.

Que está reconstruyéndose poco a poco. Que ha entendido que yo nunca fui la medicina que necesitaba.

Significa que está aprendiendo a sostenerse sobre sus propios pies y no sobre mis brazos.

Era justo lo que quería... ¿no? La pregunta me amarga la sonrisa casi al instante.

Claro que era lo que quería. Entonces, ¿por qué cojones duele tanto?

Resoplo despacio y vuelvo a coger el móvil casi sin pensar.

Mi pulgar entra automáticamente en la aplicación de mensajes antes incluso de que mi cabeza decida si debería hacerlo.

Busco su conversación. "Salamandra". Ahí sigue.

El mismo chat lleno de bromas absurdas, discusiones interminables y algún que otro mensaje a las tres de la mañana preguntándome si podía venir a mi casa a pasar la noche de hace demasiados meses ya.

Sin pensarlo, empiezo a escribir. "¿Cómo estás?

" Me quedo mirando la pantalla unos segundos.

Qué estupidez. Lo borro. Vuelvo a empezar.

"Hoy me he acordado de ti." Esta vez hasta dejo escapar una risa por lo bajo.

Como si hubiera un solo día en el que no me acordara de ella.

También lo borro. Lo intento una tercera vez.

"Me alegra verte mejor." No. Demasiado frío.

"Estoy orgulloso de ti." Demasiado intenso.

Pulso borrar otra vez y dejo caer el teléfono sobre la mesa con frustración.

Nunca he tenido problemas para hablar. De hecho, probablemente hable demasiado.

Soy capaz de mantener una conversación con una farola si hace falta.

Sin embargo, cuando se trata de Kassandra López, llevo meses sintiendo que cualquier palabra que salga de mi boca puede romper algo que apenas acaba de empezar a recomponerse.

Me paso una mano por la cara. Respira, Stone. Solo es un mensaje. Vuelvo a coger el móvil y, esta vez, obligo a mis dedos a dejar de pensar.

"Hola, Salamandra. ¿Sigue en pie lo del baile de fin de curso? Yo... bueno, respetaré cualquier cosa que tú decidas. Te extraño, aunque no debería decírtelo."

Me quedo observándolo unos segundos. No es perfecto. Ni mucho menos. Pero es verdad. Y después de tantos meses escondiéndome detrás de medias verdades, empiezo a estar demasiado cansado para seguir fingiendo. Pulso enviar.

En cuanto el mensaje desaparece de mi pantalla siento el impulso absurdo de borrarlo antes de que lo lea. De fingir que me he equivocado de conversación. Demasiado tarde. La pantalla anuncia…

Kassandra está en línea.

El corazón me da un vuelco tan fuerte que casi me hace reír de mí mismo. Vamos, Nick. No tienes quince años. Tres puntitos aparecen debajo de su nombre. Está escribiendo. Dejo de respirar. Los tres puntitos desaparecen. Frunzo el ceño. Vuelven a aparecer. Otra vez desaparecen.

—¡No me jodas! —grito frustrado.

Empiezo a caminar de un lado a otro por la cocina incapaz de quedarme quieto.

¿Qué estará escribiendo? ¿Se habrá arrepentido de lo del baile?

¿Estará buscando la manera educada de decirme que no quiere volver a verme?

¿O simplemente estará preguntándose por qué demonios aparezco ahora, después de respetar escrupulosamente la distancia que ella misma necesitaba?

Los tres puntitos vuelven. Y vuelven a desaparecer. Creo que nunca he odiado tanto una aplicación de mensajería. Cuando por fin llega la notificación, tardo varios segundos en reunir el valor suficiente para abrirla.

"Si quieres sí. Merecemos un cierre digno a toda esta locura. Pero si prefieres que no sea así, solo dímelo."

La leo una vez. Después otra. Y una tercera.

No hay enfado. No hay reproches. No hay ironía.

Y, sin embargo, jamás había recibido un mensaje suyo que me hiciera sentir tan lejos de ella.

Echo muchísimo de menos a la chica que me llamaba idiota a la primera de cambio.

A la que discutía conmigo por cualquier tontería.

A la que se cruzaba de brazos fingiendo que estaba enfadada, pero se le escapaba la risa a los diez segundos.

Esta Kassy es amable. Correcta. Educada.

Y me jode más que cualquiera de las versiones de ella que conozco porque significa que ya no sabe qué lugar ocupo en su vida.

Con un nudo enorme en la garganta escribo despacio la única respuesta que soy capaz de darle.

"Claro que quiero, Kass."

Pulso enviar y bloqueo el teléfono inmediatamente después.

No quiero quedarme esperando otra respuesta porque sé perfectamente lo que pasará si sigo con el móvil en la mano.

Terminaré escribiéndole que la quiero. Que la echo de menos a todas horas.

Que todavía sigo girando la cabeza cada vez que escucho una risa parecida a la suya por los pasillos.

Que no hay un solo día en el que no imagine cómo habría sido mi vida si hubiera tenido la posibilidad de conocerla en otras circunstancias.

Aprieto el teléfono contra la palma de la mano y cierro los ojos con fuerza cuando noto una lágrima resbalar despacio por mi mejilla. Supongo que esto también forma parte de querer a alguien. Alegrarte de verlo recuperarse... aunque esa recuperación implique aprender a vivir sin ti.