Tocables Intocables (The Ruins 2) CAPÍTULO 34 LA VERDAD TAMBIÉN ALIMENTA #2
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CAPÍTULO 34 LA VERDAD TAMBIÉN ALIMENTA #2

Nick no dice nada, solo me mira. Y eso consigue enfadarme todavía más. ¡¿Es que no piensa decir nada?!

—¿No crees que antes de juzgarme deberías preguntarme por qué tendría que acostarme con otra mujer con la que sin duda no quiero hacerlo... por obligación... y sintiéndome miserable cada vez que ocurre? —inquiere al fin.

—¿Qué quieres decir? —pregunto confundida.

—Come... y te lo diré —dice volviendo a señalar la dichosa comida.

Aprieto los dientes con tanta fuerza que me duele la mandíbula.

Quiero mandarlo a la mierda. Quiero salir corriendo.

Pero también necesito saber la verdad. Más que ninguna otra cosa.

Cojo uno de los muffins casi con rabia y le doy un mordisco enorme.

Demasiado enorme. El bizcocho se me hace una bola en la garganta y empiezo a toser.

Nick se levanta inmediatamente, abre la nevera, sirve un vaso de leche y lo deja delante de mí.

—Despacio, Salamandra.

Bebo casi medio vaso de un trago. Cuando vuelvo a levantar la vista hacia él, vuelvo a verlo completamente apagado.

—La jefa de mi madre llevaba años fijándose en mí.

Esperó a que cumpliera los dieciocho. Esperó también a que en mi casa no quedara absolutamente nada.

A que Emma y yo no tuviéramos nada que echarnos a la boca.

A que mi madre dejara de distinguir un lunes de un viernes y de traer, por tanto, dinero a casa.

Y entonces me hizo una propuesta —hace una pausa.

Una pausa tan larga que noto cómo mi propio corazón empieza a latir más deprisa—.

Comida... a cambio de sexo —espera, ¡¿qué?

! El mundo entero deja de hacer ruido. Lo único que escucho es mi propia respiración—.

Y acepté —no ha dicho eso. No. No. No puede ser—.

Acepté porque Emma tenía hambre. Porque yo también la tenía.

Porque cuando eres un crío de dieciocho años y ves llorar a tu hermana delante de una nevera vacía, dejas de preguntarte qué es digno y qué no.

Solo piensas en conseguir algo para que al día siguiente pueda desayunar.

Me quedo completamente inmóvil. La imagen de Nick, siempre sonriendo, siempre haciendo bromas, siempre encontrando una forma de quitarle hierro a todo...

se rompe delante de mis ojos. De repente veo a un Nick siendo prostituido por una señora mayor, y la imagen que forma mi mente de esa escena me produce arcadas y un dolor tan agudo en el pecho que casi no me deja respirar.

Y, de pronto, comprendo algo que me deja sin aire.

Mientras yo llevaba meses destruyéndome convencida de que no era suficiente para que él me quisiera...

Él llevaba años vendiéndose a sí mismo para que él y su hermana pudieran seguir comiendo.

Y siento unas ganas inmensas de abrazarlo porque acabo de comprender el tamaño de la soledad que ha tenido que soportar durante todo este tiempo.

Sigo mirándolo sin ser capaz de apartar los ojos de los suyos.

Quiero decir algo. Cualquier cosa. Pero las palabras parecen habérseme quedado atrapadas en la garganta.

Llevo meses odiándome por no ser suficiente, castigando un cuerpo que jamás me había fallado, convenciéndome de que, si conseguía adelgazar un poco más, si conseguía parecerme un poco más a todas esas chicas con las que me comparaba constantemente, quizá entonces Nicholas Stone dejaría de mirar hacia otro lado.

Y ahora resulta que él nunca estuvo mirando hacia otro lado.

Estaba intentando sostener un mundo entero sobre los hombros mientras yo me empeñaba en creer que todo giraba alrededor de mis malditas caderas.

No sé cuándo empiezo a llorar. Solo noto una lágrima cayendo sobre mi mejilla y, después, otra más.

Él tampoco hace el menor intento por detener las suyas.

Permanecemos los dos en silencio, separados únicamente por aquella mesa absurda llena de comida que, de repente, deja de parecer una tortura para convertirse en otra cosa muy distinta.

Ahora entiendo por qué ha preparado exactamente esos platos.

No quería alimentarme el cuerpo únicamente.

Quería demostrarme que, desde el principio, la chica de la que se enamoró era la misma que llevaba meses intentando borrarse del espejo.

—¿Tú... y esa mujer...? —consigo preguntar al fin, sintiendo que las palabras me raspan la garganta al salir.

Nick baja la vista durante un instante, buscando reunir fuerzas para responder.

Después vuelve a acercarme el muffin con una calma desesperante.

Casi me entran ganas de discutir con él por seguir insistiendo con aquel juego estúpido, pero, en el fondo, sé que ya no tiene nada de juego.

Es su manera de asegurarse de que cada verdad que me entrega no me empuja un paso más hacia el precipicio.

Pero no soy capaz de volver a morder el muffin. Tengo la boca completamente seca.

—Necesito beber... —murmuro.

Él no dice nada. Coge el vaso de leche y lo deja delante de mí de nuevo. Bebo despacio. Cuando dejo el vaso sobre la mesa, él sigue esperándome en silencio.

—Al principio eran encuentros muy de vez en cuando —empieza a explicar con la voz apagada—.

Y, aunque suene horrible decirlo, no me pesaban demasiado.

No estaba enamorado de nadie. Era un crío convencido de que aquello era simplemente...

el precio que tenía que pagar para que Emma pudiera comer y para que mi madre no terminara de hundirse.

Incluso llegué a convencerme de que, como hombre, tampoco era para tanto, que al menos ganaría experiencia y dejaría de ser un chaval torpe.

Y, tengo que admitir que al principio eso de tener sexo cuando quisiera y sin compromiso era bastante tentador.

Pero los problemas nunca dejaron de crecer.

Mi madre empeoró. La casa seguía necesitando dinero.

Emma necesitaba ropa, material, comida... y cada vez dependíamos más de ella.

Niego despacio con la cabeza mientras intento encajar cada pieza.

—Pero... últimamente tu madre parecía estar mejor...

—A veces lo está. Otras veces vuelve a caer.

Lo intenta, Kass. De verdad que lo intenta.

Últimamente incluso trae casi todo el sueldo a casa y hay semanas en las que pienso que quizá vayamos saliendo poco a poco.

Pero una enfermedad como la suya no desaparece porque sí.

Necesita ayuda profesional. Y mientras esa ayuda no llegue...

sigo viviendo con el miedo constante de que cualquier día todo vuelva a romperse.

No sé cuándo vuelvo a coger la cuchara del helado. Lo hago casi sin pensar, como si mi cabeza necesitara ocupar las manos para no desmoronarse del todo. Me llevo otra cucharada a la boca muy despacio.