Tocables Intocables (The Ruins 2) CAPÍTULO 34 LA VERDAD TAMBIÉN ALIMENTA
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CAPÍTULO 34 LA VERDAD TAMBIÉN ALIMENTA

LA VERDAD TAMBIÉN ALIMENTA

Kassy

He tenido miedo a muchas cosas en mi vida, pero nada se parece al miedo que siento ahora mismo frente a la puerta de la casa de Nick.

Porque, por primera vez desde que conozco a Nicholas Stone, voy a descubrir una verdad que, al parecer, lleva demasiado tiempo escondiéndome y que ha hecho que lo nuestro haya sido un desastre desde el principio.

Apoyo un dedo sobre el timbre y el sonido resuena mientras mi corazón parece decidido a escaparse del pecho.

Durante los pocos segundos que tarda en abrir, llego incluso a plantearme marcharme. La puerta se abre antes de que lo haga.

Nick aparece al otro lado con una sonrisa tan nerviosa que resulta extraña en él.

Se pasa una mano por el pelo una, dos veces, nervioso, y durante unos segundos ninguno de los dos dice nada.

Solo nos miramos. Él parece buscar las palabras adecuadas.

Yo intento adivinar qué demonios puede ser tan terrible como para haberlo llevado a romperse delante de mí esta tarde en los vestuarios.

—Hola, Kass... —murmura al fin, apartándose para dejarme pasar mientras hace un pequeño gesto con la mano hacia el interior de la casa—. Entra.

Su voz suena tranquila, pero soy demasiado perspicaz como para no detectar la tensión que intenta esconder bajo esa aparente calma. Obedezco en silencio y cierro la puerta a mi espalda. La casa está extremadamente silenciosa.

—Ve a la cocina y siéntate, ¿vale? Ya voy.

Frunzo ligeramente el ceño, pero hago lo que me pide y, cuando llego, me quedo completamente inmóvil.

Sobre la mesa hay una tarrina enorme de helado de chocolate con avellanas.

Justo al lado descansan unas tortitas todavía templadas cubiertas de sirope de fresa.

Hay muffins de chocolate y galletas recién horneadas.

Durante un instante creo que me he equivocado de casa.

Aquello parece preparado para celebrar un cumpleaños, no para mantener la una de las conversaciones más difíciles de nuestras vidas.

El problema es que mi cuerpo reacciona antes que mi cabeza y me despista, sin querer, del motivo de mi visita.

El olor del chocolate, el calor de las tortitas, el brillo del sirope…

Todo despierta un hambre feroz que llevo meses empeñándome en silenciar.

Aprieto la mandíbula. No. No voy a caer. No después de todo lo que me ha costado llegar hasta este punto.

—¿Qué es todo esto? —pregunto despacio, sentándome junto a la mesa, cuando Nick entra en la cocina. Él ocupa la silla que hay frente a la mía. También parece nervioso. Muchísimo más de lo habitual. Se frota las manos contra los pantalones vaqueros antes de levantar la vista hacia mí.

—Voy a contarte algo que nadie más sabe en este mundo, Kass. Nadie. Ni Ryder. Ni Carter. Ni Justin. Pero antes necesito pedirte una cosa.

—¿Qué cosa? —pregunto sintiendo la ansiedad apoderarse de mí.

—Quiero proponerte un trato —dice Nick, señalando la comida que hay sobre la mesa. Mi mirada viaja otra vez hacia la tarrina de helado. Hacía tanto que no veía esa tentación tan cerca...

—¿Qué clase de trato? —pregunto y él inspira hondo antes de responder.

—Por cada bocado que pruebes... podrás hacerme una pregunta. Y yo te responderé con toda la verdad. Sin esconder absolutamente nada.

¿Qué? ¿Está hablando en serio? ¿Después de todo lo que ha pasado cree que puede sentarme delante de una montaña de calorías y esperar que empiece a comer como si nada? Levanto lentamente la vista hacia él.

—¿Quieres cebarme a cambio de la verdad?

Algo cambia inmediatamente en su expresión. Toda la calidez desaparece y su sonrisa también.

—No —dice despacio—. Quiero que, por una noche, dejes de castigar a una chica que nunca hizo absolutamente nada malo.

Quiero que vuelvas a probar las cosas que te hacían feliz.

Quiero que recuerdes quién eras antes de empezar a creer que necesitabas desaparecer para merecer que alguien pudiera quererte.

Y, sobre todo... —traga saliva antes de continuar— quiero que dejes de pensar que había algo defectuoso en la Kassandra que yo conocí.

Porque esa chica consiguió que perdiera completamente la cabeza por ella.

Esa chica convirtió mis días de mierda en días soportables con solo aparecer cinco minutos para insultarme.

Esa chica hizo que, por primera vez en muchísimo tiempo, volviera alegre a mi casa pensando que al día siguiente volvería a cruzármela por un pasillo.

—Nick... —intento suplicar mientras siento como sus palabras van calando en mí. Él levanta una mano con suavidad para callarme.

—No. No vamos a discutir sobre eso porque todavía no estás preparada para hablar de ese tema. Hoy solo vamos a hablar de mí.

Lo observo durante unos segundos. Después hago la única pregunta que he venido a hacer.

—¿Es verdad que me amas... o solo estás intentando manipularme para que coma? —pregunto ansiosa pero él no responde. Simplemente señala despacio la tarrina de helado.

—Si quieres conocer la respuesta... ya sabes cómo funciona el trato.

Mi respiración se acelera. Miro el helado.

Luego a él. Luego otra vez al helado. Siento que la cuchara pesa una barbaridad cuando la sujeto entre los dedos.

Introduzco la punta lentamente en la tarrina y saco una pequeña porción.

La observo durante unos segundos como si pudiera hacerme daño con solo mirarla.

Después cierro los ojos y la llevo a la boca.

El sabor explota sobre mi lengua. Chocolate.

Avellanas. Recuerdos. Cierro los ojos y recuerdo ir con papá de pequeña a la heladería y ambos pedir precisamente este helado.

Recuerdo ser feliz. También recuerdo el día que Nick me llevó a comer este helado porque necesitaba mi compañía y huir de sus problemas.

También me hizo feliz sentir que me necesitaba.

Durante un instante olvido que llevo meses huyendo precisamente de esto.

Cuando vuelvo a abrir los ojos, descubro que Nick no sonríe.

Solo me mira como si acabara de recuperar algo de paz.

—Sí, Kass. Estoy completamente loco por ti.

Sigo mirándolo completamente incapaz de ordenar mi cerebro. Todavía noto el sabor del chocolate sobre la lengua, pero ya ni siquiera soy consciente de él. Lo único que ocupa mi cabeza son esas cuatro palabras que jamás pensé que escucharía salir de la boca de Nicholas Stone.

"Estoy completamente loco por ti."

Las llevo esperando tanto tiempo que ahora no sé qué hacer con ellas.

Siempre imaginé que, si algún día llegaban, todo encajaría de golpe.

Que desaparecerían mis inseguridades. Que dejaría de compararme con todas las chicas que se cruzaban en su camino.

Que entendería por fin que yo no era un problema.

Sin embargo, no siento paz. Lo único que siento es miedo.

Un miedo enorme a descubrir qué demonios puede ser tan terrible como para haber conseguido que un chico que dice quererme haya preferido verme marchar antes que luchar por mí.

—¿Desde cuándo? —pregunto casi sin aliento. Nick vuelve a bajar la vista hacia la tarrina de helado y a señalarla con un pequeño movimiento de cabeza.

—El trato, Kass.

No puedo evitar poner los ojos en blanco.

Resoplo con frustración y vuelvo a hundir la cucharilla en el helado.

Esta vez saco una cantidad un poco mayor.

Me la llevo a la boca despacio, casi con culpa.

El chocolate vuelve a fundirse sobre mi lengua y, por un segundo ridículo, tengo ganas de llorar porque hacía tanto tiempo que no me permitía disfrutar de un sabor sin sentir inmediatamente la necesidad de castigarme después que casi había olvidado que comer podía ser algo agradable.

Levanto la vista hacia él. Nick me está mirando con una expresión tan dulce que me cuesta sostenerle la mirada. Por fin vuelve a hablar.

—No sabría decirte el momento exacto. Creo que fue poco a poco.

La primera vez que estuviste aquí pensé que solo eras otra chica con la que había pasado una buena noche.

Pero al día siguiente seguía pensando en ti.

A la semana siguiente seguía preguntándome qué estarías haciendo.

Y un día me descubrí buscándote por los pasillos antes incluso que a Ryder.

Ahí entendí que algo no iba bien... o quizá iba peligrosamente bien —no puedo evitar sonreír un poquito. Lo que hace que él también sonría.

—¿Entonces fui una enfermedad?

—No. Fuiste el único sitio en el que empecé a sentirme un poco menos cansado de vivir.

Sus palabras me atraviesan el pecho. Porque sé exactamente lo que significa estar cansada de vivir. Y porque jamás imaginé que alguien pudiera decir algo así de mí. Sin darme cuenta, vuelvo a coger la cuchara.

—¿Por qué no me lo dijiste nunca? —pregunto después de otra cucharada—. Yo... te dije que me estaba enamorando de ti. Tú me miraste... y no dijiste absolutamente nada.

Le veo tensarse. Baja la vista. Sus dedos empiezan a juguetear nerviosos con el borde del vaso que tiene delante. Tarda tanto en responder que noto cómo la ansiedad vuelve a instalarse dentro de mi pecho. Cuando por fin habla, lo hace tan despacio que casi tengo que inclinarme para escucharlo.

—Porque no quería ofrecerte una relación en la que iba a tener que serte infiel desde el primer día.

Tardo varios segundos en procesar lo que acaba de decir.

Después me echo a reír. Pero no tiene ni puta gracia.

Es una risa amarga, dolida, y noto que el corazón acaba de romperse otra vez.

Me pongo en pie de golpe y la silla chirría contra el suelo.

Acto seguido, lo señalo con un dedo incapaz de creer lo que acabo de escuchar.

—¿Solo me has traído aquí para decirme que me quieres muchísimo pero que no puedes dejarte la polla dentro de los pantalones? ¿Que me amas tanto que vas a tener que acostarte con otras porque no puedes evitarlo? ¿Ese era el gran secreto?