CAPÍTULO 33 LO QUE NO ESTÁS VIENDO #3
—¡No estoy exagerando! —la voz me sale más alta de lo que pretendía y bajo inmediatamente el tono al ver cómo se sobresalta—.
Lo siento... Dios, lo siento —vuelvo a acariciarle la cara—.
Pero tengo miedo, Kass —ella guarda silencio—.
Tengo muchísimo miedo —los ojos vuelven a llenárseme de lágrimas—.
Y una parte de todo esto también es culpa mía —confieso y su expresión cambia.
—No.
—Sí.
—Nick, no...
—Me da igual lo que digas —insisto—. No vas a convencerme de lo contrario.
—No tienes que decir estas cosas solo porque me he mareado —dice intentando incorporarse. La vuelvo a sujetar con cuidado y la atraigo hacia mí, colocando su cabeza contra mi pecho.
—No te me vayas —le suplico. Ella se queda inmóvil.
—¿Qué?
Aprieto los ojos. Ya no puedo seguir escondiéndolo. No después de haber sentido durante unos segundos que podía perderla sin haberle dicho nunca la verdad.
—No me abandones tú también, Kass —la siento tensarse entre mis brazos—. No sabes cuánto te quiero —confieso y me libero al fin. Ella se separa lentamente y me mira con los ojos muy abiertos.
—Nick...
—Déjame hablar —respiro con dificultad—.
He sido un puto cobarde durante meses. Te he dejado pensar que no sentía lo mismo porque creía que era mejor que pensaras eso y que no podía darte una relación antes que atarte a alguien que iba a hacerte daño —ella me observa sin parpadear—.
Pero nunca fue porque no te quisiera —la voz vuelve a quebrarse—.
Nunca —una lágrima cae por mi mejilla y ni siquiera intento esconderla—.
Estoy jodidamente enamorado de ti, Kass.
Lo estoy desde hace muchísimo más tiempo del que te imaginas.
Me enamoré de la borde que me miraba como si yo fuera basura.
De la chica que compró desayuno para Emma sin hacerme sentir pobre.
De la que se ríe de mis estupideces, de la que me manda a la mierda, de la que se pone celosa y luego dice que no lo está.
Me enamoré de todas tus versiones, incluso de las que tú odias.
—No digas eso para hacerme sentir mejor —me suplica mientras comienza a llorar y niega lentamente con la cabeza.
—No lo digo por eso.
—Nick...
—Te amo —la corto y consigo callarla y que me escuche un segundo—. Te amo, Kass —lo repito porque necesito que lo escuche de verdad y soltarlo al fin de mí—. Lo quieras oír o no.
—¿Es… verdad? —pregunta abriendo un poco más los ojos.
No sé cómo puede siquiera dudarlo cuando yo lo he visto siempre tan evidente en la forma en que la miro, en que la busco, en que la siento, pero entiendo por qué lo hace. Porque lleva demasiado tiempo creyendo exactamente lo contrario por mi culpa. Asiento despacio.
—Es la verdad más grande que he dicho en toda mi vida —reitero y Kass empieza a llorar con más fuerza.
—Entonces... ¿por qué? ¿Por qué nunca me lo dijiste? ¿Por qué me hiciste pensar que no era suficiente para ti? —El dolor que escucho en su voz consigue romperme por completo.
—Porque soy un imbécil —niego con la cabeza—. Porque tengo miedo. Mucho miedo, Kass.
—¿De qué?
Abro la boca. La cierro. No puedo contarle todo aquí. No es el tipo de conversación que le debo, que nos debo a los dos.
—De demasiadas cosas —susurro y ella me observa esperando. Yo tomo sus manos entre las mías—. Ven esta noche a mi casa. Te lo voy a contar todo —aprieto sus dedos—. Absolutamente todo. Cada puta cosa que llevo escondiéndote desde que empezamos esto. Solo necesito que primero me prometas algo.
—¿Qué?
—Que vas a dejar de hacerte esto —digo mientras miro sus manos aferradas a las mías.
Ella intenta apartarlas, pero no se lo permito—.
No —la miro a los ojos—. Te lo suplico, Kass.
No puedo perderte. No después de saber que podría haber acabado con esto y haberte dicho hace meses que eras lo mejor que me había pasado y no haberme quedado callado como un puto cobarde —las lágrimas vuelven a caer—. No me lo perdonaría.
—Yo no estoy haciendo esto solo por ti —dice tras observarme unos segundos.
—Lo sé.
—Hay cosas dentro de mi cabeza que tú no puedes arreglar.
—También lo sé —digo asintiendo. Me acerco un poco más—. Pero quiero estar mientras tú aprendes a arreglarlas —Kassandra cierra los ojos y una lágrima resbala por su mejilla que limpio con el pulgar.
—No quiero que me salves, ya tienes bastante con intentar salvar a tu madre —susurra.
—No quiero salvarte. No soy un puto héroe —apoyo la frente contra la suya—. Quiero acompañarte —ella contiene un sollozo—. Y quiero que sigas aquí para poder seguir discutiendo contigo durante muchísimos años.
—Eso suena horrible —una sonrisa diminuta aparece en sus labios y me hace sonreír a mí también.
—No tanto —la abrazo otra vez, con muchísimo cuidado. Esta vez ella me rodea la cintura— ¿Vendrás esta noche? —pregunto contra su pelo. Permanece unos segundos en silencio. Después asiente.
—Sí.
Cierro los ojos y la aprieto un poco más.
No sé qué va a ocurrir cuando le cuente toda la verdad.
Puede odiarme. Puede entenderme. Puede decidir que no quiere volver a verme.
Pero ya no me importa lo que pueda perder por decir la verdad.
Porque hace apenas unos minutos he descubierto cuánto podría perder si sigo callándola.