CAPÍTULO 33 LO QUE NO ESTÁS VIENDO #2
Horas después de la dichosa conversación con la madre de Kassandra estoy jugando un dichoso partido contra el dichoso instituto que amenaza con quitarnos el campeonato.
El partido debería importar más de lo que me importa.
Llevamos semanas preparándolo. Las gradas están llenas, el entrenador lleva desde antes de salir al campo gritándonos que mantengamos la cabeza en el juego y sé que Ryder me habría partido la cara por distraerme en un momento así.
Sin embargo, desde que las animadoras han aparecido en el lateral del campo, mi cabeza ha dejado de estar donde debería.
Intento seguir las jugadas, escuchar las indicaciones, reaccionar cuando el balón llega a mis manos y fingir que estoy concentrado, pero mis ojos regresan una y otra vez hacia el mismo punto, incapaces de obedecerme: Kassandra.
Parece pálida más pálida aún bajo las luces del estadio.
El uniforme que antes abrazaba su cuerpo ahora parece quedarle grande en algunos sitios y, cada vez que levanta los brazos, se marcan huesos que no recuerdo haber visto nunca.
Lleva semanas diciéndome que está bien, que deje de exagerar, pero verla así convierte todas esas palabras en una mentira todavía más evidente.
No está bien. Lo sé desde hace meses. Lo sé desde mucho antes de atreverme a hablar con su madre.
Lo sé cada vez que veo cómo sus piernas tiemblan después de un entrenamiento y cada vez que finge que no tiene hambre mientras el cuerpo parece pedirle exactamente lo contrario.
Intento concentrarme. De verdad que lo intento.
Pero entonces comienza una de las coreografías.
Las animadoras se colocan en formación y Kassy ocupa su posición con esa disciplina absurda que todavía conserva incluso cuando apenas parece tener fuerzas para mantenerse de pie.
La observo saltar, girar, levantar los brazos, sonreír para el público, y una sensación horrible empieza a crecer dentro de mí.
Algo no va bien. No sé explicarlo. Simplemente lo sé.
Cuando empiezan a preparar una de las acrobacias, dejo de escuchar al entrenador.
Veo cómo Kass toma impulso. Cómo las demás la elevan y su cuerpo asciende.
Y, cuando está en el aire elevada por sus compañeras, veo que su sonrisa desaparece, los ojos se le desenfocan y su cuerpo pierde tensión.
—No...
No pienso. Me importa una mierda la jugada.
Solo echo a correr con todas mis jodidas ganas.
Cruzo el campo ignorando los gritos que llegan detrás de mí y corro hacia ella justo cuando las chicas empiezan a verle perder el control de su peso.
Kass cae hacia un lado, completamente flácida, y llego justo a tiempo para recibirla entre mis brazos antes de que golpee el suelo.
El impacto casi me hace caer de rodillas. Pero la sujeto. La sujeto como si de ello dependiera mi propia vida.
—¡Kass! —grito, sin importarme ya absolutamente nada—. ¡Kassandra! ¡Mírame!
Hay voces alrededor. El entrenador. Las animadoras. Alguien pregunta si deben llamar a una ambulancia. Otro intenta acercarse. Yo apenas escucho nada porque tengo la mirada fija en el rostro de Kassandra, tan blanco que siento que el corazón deja de funcionarme.
—¡Apartaos! —digo con una brusquedad que no intento suavizar—. Por favor. No la agobiéis. Dejadle aire —alguien protesta y pierdo más los nervios— ¡He dicho que os apartéis!
La levanto con más cuidado, una mano bajo sus rodillas y la otra sosteniendo su espalda, y camino hacia el interior del edificio con una desesperación que intento controlar únicamente porque no quiero moverla demasiado deprisa.
Pesa tan poco que me entran ganas de llorar.
Kassandra siempre había sido curvas, fuerza, calor.
Ahora la siento demasiado ligera entre mis brazos y me rompe el corazón en mil pedazos sentirla así.
Cuando entro en los vestuarios, la deposito con cuidado sobre uno de los bancos largos y me arrodillo delante de ella.
Le aparto el pelo de la cara con manos que no dejan de temblar.
—Kass... por favor... —no abre los ojos—. Por favor, cariño... mírame.
No sé cuándo empiezo a llorar. Solo sé que las lágrimas ya están cayendo cuando le acaricio la mejilla y apoyo la frente contra la suya.
—No me hagas esto... por favor...
Entonces sus párpados se mueven. Muy despacio. Y abre los ojos. El alivio que siento es tan brutal que tengo que cerrar los míos durante un segundo para no derrumbarme completamente.
—Nick... —murmura con la voz débil.
—Estoy aquí, nena —digo mientras la rodeo inmediatamente con los brazos y la incorporo lo suficiente para mantenerla contra mi pecho. Ella intenta sonreír.
—Estoy bien... solo me he mareado.
Me separo unos centímetros para mirarla. No puedo evitar que se me escape una risa rota y desesperada.
—No. No estás bien —inquiero y ella intenta apartar la mirada, pero sujeto su cara con cuidado entre mis manos—.
No vuelvas a decirme que estás bien —la voz se me quiebra—.
Porque llevo meses viéndote desaparecer delante de mí y he sido un cobarde, Kass.
He dejado que me dijeras que no era asunto mío porque no soy tu novio.
He dejado que levantaras ese muro cada vez que intentaba acercarme porque pensé que respetarte significaba dejarte espacio.
Pero esto... —trago saliva y miro su cuerpo, sus brazos demasiado finos, la palidez de su piel—.
Esto ya no es darte espacio. Esto es mirar cómo te destruyes y tragar con el hecho de que no tengo derecho a hacer nada.
—Estás exagerando —se queja frunciendo el ceño.