Tocables Intocables (The Ruins 2) CAPÍTULO 33 LO QUE NO ESTÁS VIENDO
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CAPÍTULO 33 LO QUE NO ESTÁS VIENDO

LO QUE NO ESTÁS VIENDO

Nick

Hay días en los que me descubro deseando que Kassandra vuelva a insultarme antes incluso de desear que mi madre se recupere de una vez por todas.

Suena absurdo, lo sé. Si alguien me hubiera dicho hace un año que iba a echar de menos que aquella chica insufriblemente orgullosa me llamara idiota, imbécil o cualquiera de las infinitas variantes de "eres el ser más desesperante del planeta", me habría reído en su cara.

Sin embargo, ahora daría cualquier cosa por volver a verla enfadarse por una estupidez, discutir conmigo porque tonteo con cualquier chica para provocarla, o porque vuelvo a llamarla Salamandra.

Aquella Kass era insoportable, sí, pero estaba viva.

La de ahora ya casi nunca grita. Casi nunca protesta.

Sonríe de vez en cuando, pero es una sonrisa amarga que parece quedarse a medio camino antes de llegar a sus ojos. Y eso me asusta.

Han pasado varios meses desde que murió su padre y siento que la estoy viendo desaparecer delante de mí sin que exista absolutamente nada que pueda hacer para impedirlo.

Cada mañana descubro un hueso nuevo bajo su piel.

Cada entrenamiento confirma lo que llevo semanas intentando negar.

Sus piernas ya no tienen la fuerza de antes.

Sus brazos parecen incapaces de sostener el esfuerzo durante demasiado tiempo.

A veces termina una coreografía y permanece inmóvil unos segundos, respirando como si hubiera corrido una maratón.

Otras veces la encuentro completamente ausente, mirando un punto cualquiera del vacío mientras el resto del mundo continúa moviéndose a su alrededor.

Entonces alguien la llama, parpadea varias veces, vuelve a colocarse esa máscara de chica fuerte de siempre y sigue adelante como si no acabara de perderse durante unos minutos dentro de su propia cabeza.

He intentado hablar con ella tantas veces que ya he perdido la cuenta. Siempre obtengo el mismo resultado.

—Estoy bien —no lo está—. Solo estoy cansada —miente.

Y si insinúo que sé que me está mintiendo se pone más a la defensiva.

—No eres mi novio, Nicholas. No eres nadie para decirme cómo tengo que vivir.

Y esa frase siempre consigue dejarme sin respuesta, porque tiene razón. No soy su novio. Nunca he podido serlo. Yo mismo me encargué de levantar un muro entre nosotros creyendo que así la protegía, y ahora ese mismo muro me impide llegar hasta ella cuando más me necesita.

Lo peor ni siquiera son los días malos. Lo peor son las noches.

Hay noches en las que aparece en mi puerta con el olor a alcohol todavía pegado a la piel, los ojos completamente enrojecidos y esa valentía artificial que solo da el vino cuando uno intenta anestesiar algo que resulta demasiado grande para soportarlo despierto.

Llama con insistencia hasta que termino abriendo y, antes incluso de que pueda preguntarle qué ocurre, me rodea el cuello con los brazos, me besa como si quisiera dejar de existir dentro de mi boca y me susurra que no quiere pensar, que solo quiere sentir cualquier cosa que consiga apagar el ruido de su cabeza durante unas horas.

Hace unos meses habría cedido. Ahora ya no. La primera vez que la aparté de mí, vi cómo la rabia sustituía al dolor en cuestión de segundos.

—¿Qué pasa? —me gritó—. ¿Ya no te gusto? —La miré durante tanto tiempo que casi me dolieron los ojos.

—Claro que me gustas.

—Pues entonces fóllame, Nicholas. Hazme sentir —negué despacio con la cabeza mientras le sujetaba las manos para impedir que siguiera intentando besarme.

—No voy a ayudarte a esconderte de ti misma.

—Qué bonito te ha quedado eso —contestó soltando una risa amarga.

—No quiero ser el sitio donde vengas a olvidarte de lo mal que estás.

Quiero ser el sitio donde puedas empezar a recuperarte —le dije con dolor y su expresión cambió por completo.

Durante un instante vi a la Kass de siempre.

La orgullosa. La que levanta murallas antes de permitir que alguien vea cuánto le duele una herida.

—No necesito que me salves.

—No intento salvarte, sino recuperarte. Que vuelvas a ser tú.

—Entonces deja de mirarme con esa cara.

—¿Con cuál?

—Con cara de pena —aquellas palabras me atravesaron. Porque no era pena. Era miedo. Un miedo insoportable.

—Tengo miedo de perderte, Kass —dije y ella apartó la mirada inmediatamente.

—Pues acostúmbrate —sentenció y se marchó dando un portazo. Desde entonces no ha vuelto por casa a buscarme. Y yo ya no sé qué hacer.

Por eso termino delante de la casa de los López. No he venido porque crea que yo voy a solucionar nada. He venido porque empiezo a sospechar que Kass lleva demasiado tiempo peleando sola contra algo que nació muchísimo antes de que yo apareciera en su vida y quiero averiguar qué es.

Su madre abre la puerta con gesto cansado. Ha envejecido muchísimo desde la muerte de su marido. Durante unos segundos hablamos del duelo, del silencio que ha dejado la casa y de lo difícil que está siendo todo. Después respiro hondo y decido dejar de rodear el asunto.

—Señora López. He venido porque estoy preocupado por Kassandra. ¿Puedo hablar con usted un momento? Soy…

—No hace falta que me digas quién eres. Sé quién eres. Y tampoco necesito que me digas que Kassandra está mal. Todos estamos preocupados por ella, no solo tú. Un duelo es algo duro para todo el mundo.

—No creo que se trate solo del duelo.

—¿Y qué sabrás tú lo que le pasa a mi hija? —pregunta frunciendo el ceño a la defensiva, pero luego cierra los ojos y trata de serenarse, como si se hubiera dado cuenta de que no tiene que pagarla conmigo, que solo estoy preocupado por su hija—. Está pasando una mala época, Nicholas. Es normal.

—No. Lo que le pasa ya no es normal —me mira y guarda silencio evaluando mi tono y aprovecho ese silencio para continuar—.

Cada semana está más delgada. Apenas tiene fuerzas para entrenar.

Está triste continuamente. Se aísla. Hay días en los que parece que ni siquiera está presente. Tengo miedo de que...

No termino la frase. No soy capaz. Ella suspira antes de responder.

—Siempre ha tenido tendencia a coger peso.

Ahora simplemente está cuidándose un poco más.

Lleva haciéndolo desde antes que mi marido nos dejara.

La verdad es que le está sentando bastante bien.

Se la ve esbelta, delicada. Necesita recuperar la ilusión, salir, conocer chicos que la encuentren atractiva...

seguir viviendo. Después de todo lo que ha pasado, eso le vendrá bien.

Me quedo completamente inmóvil. Durante unos segundos solo soy capaz de mirarla.

Y, por primera vez desde que conozco a Kass, comprendo muchas más cosas de ella que no me ha contado nunca.

Comprendo por qué se compara constantemente con otras mujeres.

Comprendo por qué nunca se siente suficiente.

Comprendo por qué necesita demostrar siempre que vale más.

Comprendo por qué jamás se cree un cumplido.

Y, sobre todo, comprendo quién ha estado alimentando esa voz que la acompaña desde niña.

—¿De verdad cree que eso es lo que necesita escuchar su hija de su propia madre? —pregunto sorprendido. Ella parece molestarse.

—¿Perdón?

—¿De verdad piensa que su hija se veía mal? ¿Qué cojones? ¿Es eso lo que le ha estado diciendo siempre a Kass?

—No voy a permitir que un chico de diecinueve años venga a explicarme cómo educar a mi hija —me inquiere cruzándose de brazos. Niego despacio con la cabeza.

—No. Lo que intento decirle es otra cosa —la miro fijamente, incapaz ya de callarme—.

Tiene a la hija más extraordinaria que he conocido en mi vida y lleva demasiado tiempo haciéndole creer que solo será suficiente cuando cambie algo de sí misma.

¿Sabe cuál es el problema? Que Kassandra ya no sabe mirarse sin buscar un defecto.

Ya no sabe aceptar un halago sin pensar que quien se lo dice se está equivocando.

Ya no sabe creer que merece que alguien la quiera simplemente por existir —mi voz empieza a quebrarse sin que pueda evitarlo—.

Y eso, al parecer, no se lo ha enseñado ningún novio.

Ni ninguna amiga. Lo ha aprendido en su propia casa.

Ella baja la mirada por primera vez. No sé si por orgullo. O porque, muy en el fondo, empieza a entender lo que intento decirle. Respiro hondo antes de marcharme.

—Si de verdad quiere a su hija... deje de intentar convertirla en alguien suficiente.

Empiece a convencerla de que ya lo era hace mucho tiempo.

Siempre lo ha sido. ¡Ah! Y no es que sea suficiente.

Es que Kassandra es mucho mejor que muchas personas que se creen mejor que ella, pero no le llegan ni a la suela de los zapatos —abro la puerta.

Me detengo un instante antes de salir—. Porque, créame...

a mis ojos no existe nadie más suficiente, más valiente ni más maravillosa que Kassandra López.

Y si sigue haciéndola sentir que nunca llegará a ser bastante, no solo habrá perdido a su marido —trago saliva—.

Corre el riesgo de perder también a su hija.

No espero respuesta. Simplemente salgo de aquella casa con la sensación de que he dicho en voz alta una verdad que llevaba demasiado tiempo intuyendo clavada en el pecho.