CAPÍTULO 32 NUNCA SABRÉ DECIRTE ADIÓS #2
—No... —escucho mi propia voz antes incluso de ser consciente de que he empezado a hablar—. No... eso no puede ser...
El médico continúa explicando algo más. Veo cómo mueve los labios.
Veo incluso cómo mi madre asiente entre lágrimas, pero yo ya no escucho absolutamente nada.
Todo el ruido del hospital desaparece de golpe y únicamente queda ese pensamiento martilleándome el pecho con una violencia insoportable.
No. Se han equivocado. Tienen que haberse equivocado.
Los médicos también se equivocan. Claro que se equivocan.
No pueden decirme que el hombre que ha sido el centro de mi vida desde que nací va a desaparecer en cuestión de horas como si todo pudiera terminar así, sin más.
—¡No! —grito de repente, levantándome tan deprisa que la silla cae hacia atrás—.
¡No puede ser! ¡Mi padre va a ponerse bien!
¡Tiene que ponerse bien! ¡Todavía tiene que verme graduarme!
¡Tiene que conocer a mis hijos! ¡Tiene que seguir llamándome princesa!
¡No pueden decirme que solo le quedan unas horas porque eso no es verdad!
Noto cómo el aire deja de entrar en mis pulmones y las piernas empiezan a doblarse bajo mi propio peso.
El suelo parece acercarse peligrosamente, pero no llego a caer porque mi madre me sostiene antes de que todo se derrumbe.
Durante unos segundos permanecemos abrazadas en mitad del pasillo del hospital, llorando las dos con una desesperación tan parecida que resulta imposible distinguir dónde termina el dolor de una y dónde empieza el de la otra.
Hace meses que nuestra relación se ha llenado de silencios incómodos, de reproches y de comentarios que nos han hecho daño mutuamente, pero en ese instante nada de eso importa ya.
Solo somos una madre y una hija aterradas ante la posibilidad de perder al hombre que ha conseguido mantener unida esta familia incluso cuando todo a nuestro alrededor amenazaba con romperse.
Entro en la habitación unos minutos después con la sensación de que cada paso pesa una tonelada.
El pitido constante del monitor rompe el silencio y, por un momento, deseo con todas mis fuerzas que alguien me despierte de esta pesadilla absurda.
Mi padre permanece inmóvil sobre la cama, conectado a máquinas que hacen por él aquello que su cuerpo ya apenas consigue hacer solo.
Me acerco despacio, con miedo, hasta sentarme a su lado.
Busco su mano entre las sábanas y la aprieto entre las mías con delicadeza.
Sigue estando caliente. Ese pequeño detalle basta para que una parte de mí se aferre desesperadamente a la esperanza de que todavía pueda escucharme, aunque ya no sea capaz de responder.
—Papá... —La palabra se rompe nada más abandonar mis labios y tengo que cerrar los ojos un instante para reunir fuerzas suficientes y seguir hablando—.
Gracias... Gracias por quererme siempre cuando ni siquiera yo sabía cómo quererme a mí misma.
Gracias por hacerme sentir suficiente incluso los días en los que me miraba al espejo y solo veía defectos.
Gracias por no dejar nunca que nadie me hiciera creer que valía menos de lo que realmente valgo.
Si alguna vez consigo ser una buena persona, será porque llevo toda la vida intentando parecerme, aunque solo sea un poco, al hombre que tengo delante.
Poco después, se escucha un bip muy largo y el último suspiro de mi padre en esta tierra.
No recuerdo en qué momento abandono la habitación del hospital. Lo único que conservo es la necesidad irrefrenable de escapar. Escapar de una realidad que mi cabeza sigue negándose a aceptar, aunque mis ojos acaben de verla suceder delante de ellos.
Corro sin rumbo. Corro hasta que el aire empieza a quemarme dentro de los pulmones y las piernas dejan de responderme.
Corro como si pudiera dejar atrás el dolor simplemente aumentando la velocidad, como si existiera algún lugar del mundo donde la muerte no fuera capaz de alcanzarme.
Apenas soy consciente de las calles por las que paso.
El pueblo entero se convierte en una sucesión de imágenes de coches aparcados, de escaparates y de personas que continúan viviendo sus vidas mientras la mía acaba de partirse en dos.
Todo resulta ofensivamente normal. Hay gente riéndose.
Un niño corre detrás de un balón. Una pareja sale de una cafetería cogida de la mano.
¿Cómo puede seguir girando el mundo cuando el mío acaba de detenerse?
Solo cuando las piernas ya no son capaces de sostener ese ritmo levanto la cabeza y descubro que me encuentro frente a una casa que no recuerdo haber decidido buscar.
Mi corazón ha venido hasta aquí mucho antes de que mi cabeza fuera consciente de ello.
No he pensado en nada. Simplemente he corrido hasta el único lugar donde, todavía, una parte de mí sigue creyendo que todavía puede sentirse a salvo. La casa de Nick.
Permanezco unos segundos inmóvil delante de la puerta intentando recuperar una respiración.
Levanto la mano con torpeza y llamo. Ni siquiera sé qué espero que ocurra cuando esa puerta se abra.
No busco soluciones porque no existen. No busco palabras capaces de arreglar lo que acaba de romperse porque tampoco existen.
Solo... necesito dejar de sentirme tan terriblemente sola.
La puerta se abre unos segundos después.
Nick aparece sonriendo, con Emma subida a su espalda mientras la pequeña le rodea el cuello riéndose por alguna de sus bromas.
La escena dura un instante, pero basta para hacerme comprender la distancia inmensa que existe entre el mundo que acaba de derrumbarse bajo mis pies y el que continúa latiendo al otro lado de esa puerta.
Él todavía está viviendo un día cualquiera.
Yo acabo de perder a la persona más importante de mi vida.
La sonrisa desaparece de su rostro casi en el mismo momento en que sus ojos encuentran los míos.
Emma también deja de reír. Los dos comprenden al instante que algo terrible ha ocurrido.
—Kass... —susurra él, palideciendo por la preocupación— ¿Qué ha pasado? Dios mío... ¿qué te ocurre?
Intento responder, pero las palabras se quedan atrapadas en algún lugar entre el pecho y la garganta. Abro la boca varias veces buscando aire, buscando una forma de ordenar lo que ni siquiera yo soy capaz de comprender. Todo lo que consigo es romperme un poco más.
—Mi... mi padre... —mi voz se deshace por completo. Siento que el aire desaparece de mis pulmones y, con el poco que consigo recuperar, apenas logro terminar la frase— Se ha ido...
En el instante en que pronuncio esas palabras, las piernas dejan de sostenerme.
Toda la fuerza con la que he conseguido mantenerme en pie desaparece de golpe, como si hubiera estado resistiendo únicamente hasta encontrar un lugar donde permitirme caer.
Pero no llego a tocar el suelo. Nick me sostiene antes de que empiece a desplomarme.
Me rodea con los brazos con rapidez. Me aprieta con tanta fuerza contra su pecho que puedo sentir el latido frenético de su corazón golpeándome la mejilla mientras una de sus manos se pierde entre mi pelo y la otra se aferra a mi espalda intentando mantener unidos los pedazos en los que acabo de romperme.
—Dios mío... —murmura con la voz completamente quebrada mientras apoya la barbilla sobre mi cabeza—. Lo siento muchísimo, cariño... Lo siento tanto... Dios... ojalá pudiera quitarte este dolor...
Ya no soy capaz de seguir fingiendo que puedo con todo.
Me aferro a él con desesperación, escondiendo el rostro contra su cuello mientras el llanto que llevo conteniendo desde el hospital termina explotando sin ningún control.
Lloro por mi padre. Por todas las conversaciones que ya nunca tendremos y los abrazos que nunca volveré a recibir.
Por todos los sueños que él ya no podrá ver cumplidos.
Lloro por la niña que acaba de quedarse huérfana del hombre que siempre consiguió hacerle creer que el mundo era un lugar seguro.
Y Nick no intenta detener mis lágrimas. No busca frases vacías para convencerme de que todo irá bien.
Simplemente me sostiene. Me abraza con mucha fuerza, como si quisiera cargar él mismo con una parte de este dolor insoportable, y permanece ahí, conmigo, sin soltarme, haciéndome sentir que, aunque acabe de perder el hogar al que siempre podía regresar, todavía existe un par de brazos donde puedo permitirme derrumbarme sin miedo.