Tocables Intocables (The Ruins 2) CAPÍTULO 32 NUNCA SABRÉ DECIRTE ADIÓS
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CAPÍTULO 32 NUNCA SABRÉ DECIRTE ADIÓS

NUNCA SAbrÉ DECIRTE ADIÓS

Kassy

Me observo frente al espejo por enésima vez durante la última semana y, por primera vez en muchísimo tiempo, no aparto la mirada con disgusto.

Giro despacio sobre mí misma, aliso con las manos el vestido de punto color crema que acabo de ponerme y ladeo la cabeza buscando el mismo reflejo desde otro ángulo.

La tela ya no marca tanto mis caderas. Los muslos parecen más finos.

Incluso la cara se ha afinado un poco y la mandíbula empieza a dibujarse de una forma que nunca antes había visto en mí. No puedo evitar sonreír.

Lo estoy consiguiendo. Sabía que, si era constante, terminaría notándose.

Todo el esfuerzo de estos meses está empezando a dar resultado.

Las horas entrenando hasta quedarme sin fuerzas.

Las veces que me he convencido de que no tenía hambre cuando el estómago rugía.

Los días en los que me he repetido delante del espejo que la fuerza de voluntad siempre termina venciendo al cuerpo.

Todo eso sirve para algo. Mi madre también lo ha notado.

Hace unos días incluso sonrió al verme salir de mi habitación y comentó que, por fin, los pantalones empezaban a quedarme realmente elegantes.

Llevo tantos años esperando escuchar algo parecido que todavía soy capaz de repetir palabra por palabra aquel instante.

Estoy más cerca. Más cerca de convertirme en la mejor versión de mí misma. Más cerca de dejar de sentir que siempre sobra algo. Más cerca de que, cuando Nicholas Stone me mire, no exista ninguna mujer con la que compararme.

Y, aunque intento convencerme de que no estoy haciendo todo esto por él, la realidad siempre termina alcanzándome cuando me quedo a solas conmigo misma.

Porque llevamos varias semanas viéndonos casi todos los fines de semana.

Varias semanas en las que él me escribe cualquier excusa absurda y yo termino apareciendo en su casa.

Varias semanas en las que cenamos, nos reímos, discutimos por tonterías, nos besamos hasta olvidarnos del reloj y acabamos haciendo el amor como si durante esas pocas horas el mundo dejara de exigirnos respuestas.

Después llega la incómoda mañana siguiente, el momento de preguntarnos quién escribirá primero y quién fingirá un poco mejor que no significa nada...

pero, aun así, siento que avanzamos. Muy despacio.

Tan despacio que a veces desespera. Pero avanzamos.

Hoy tengo pensado pasar por casa de Nick.

No tengo una excusa especialmente brillante.

Nunca la necesito. Me basta con aparecer allí, poner cualquier pretexto ridículo y confiar en que él terminara sonriendo con esa expresión suya que siempre parece decirme que le alegra verme mucho más de lo que está dispuesto a reconocer.

Estoy a punto de coger el bolso cuando un grito atraviesa el silencio de la casa y consigue detenerme en seco.

No es un grito cualquiera. Hay algo en la voz de mi madre tan desgarrador que el corazón deja de latirme.

—¡Antonio!

El aire desaparece de mis pulmones. No me permito pensar. Solo echo a correr. Bajo las escaleras de dos en dos, mientras la voz de mi madre vuelve a desgarrarse.

—¡Antonio! ¡Por favor! ¡Mírame! ¡Antonio!

Cuando entro en el salón, me paro en seco.

Mi padre está tendido en el suelo. Permanezco inmóvil durante un instante que parece prolongarse una eternidad, incapaz de aceptar la escena que tengo delante.

Mi madre arrodillada junto a él con el teléfono temblándole entre los dedos mientras intenta hablar con la ambulancia sin dejar de sacudirle el hombro con la otra mano.

Llora de una forma que jamás le había visto llorar, sin dignidad, sin orgullo, completamente rota.

—¡Respira! ¡Por favor, respira! ¡No me hagas esto, Antonio! ¡Por favor!

No sé exactamente cuándo reacciono. Solo soy consciente de que, un segundo después, ya estoy arrodillada al lado del cuerpo de mi padre, agarrándole la mano con fuerza.

Intento encontrar su mirada desesperadamente, cualquier pequeño movimiento, cualquier gesto que me permita convencerme de que todo esto no es más que un desmayo, uno de esos sustos horribles que dentro de unas horas podremos recordar abrazados en el sofá.

Pero sus ojos permanecen cerrados y su respiración, si es que todavía existe, resulta tan débil que ni siquiera soy capaz de distinguirla.

—Papá... —susurro con una voz que apenas reconozco como mía—. Papá... mírame, por favor...

Acaricio su mejilla con manos completamente temblorosas y noto el frío de su piel. Un frío que me atraviesa el pecho porque mi cabeza empieza a comprender lo que mi corazón se niega con todas sus fuerzas a aceptar. No, por favor.

Las lágrimas empiezan a caerme sin permiso.

Resbalan sobre su brazo mientras sigo acariciándole el rostro igual que él acariciaba el mío cuando me despertaba sobresaltada después de una pesadilla siendo niña.

Recuerdo tantas noches escondiendo la cabeza bajo las sábanas, convencida de que había monstruos debajo de la cama, y a él sentándose a mi lado para decirme que mientras estuviera conmigo jamás permitiría que nadie me hiciera daño.

¿Quién va a protegerme ahora? ¿Quién va a decirme que todo saldría bien?

—Papá... por favor... tienes que abrir los ojos... todavía tenemos muchísimas cosas que hacer juntos. Tienes que verme terminar el instituto, tienes que seguir riñéndome cuando llego tarde, tienes que seguir castigándome cada vez que compre ropa nueva sin tu permiso… por favor... no puedes irte...

A partir de ese momento todo ocurre con una rapidez tan letal que mi cabeza es incapaz de seguir el ritmo de los acontecimientos.

Las sirenas rompen el silencio de la calle apenas unos minutos después.

La puerta de casa se abre de golpe y los sanitarios invaden el salón pronunciando palabras que escucho pero que no consigo comprender.

Alguien intenta apartarme para atender a mi padre.

Otro coloca una mascarilla sobre su rostro.

Veo aparatos, cables, una camilla entrando por la puerta, manos que trabajan con una velocidad imposible mientras yo permanezco completamente paralizada, aferrada a la esperanza irracional de que, si no dejo de mirarlo, si no aparto los ojos de él ni un solo segundo, nada malo podrá ocurrir.

Después se lo llevan. Las puertas de la ambulancia se cierran delante de nosotras y un sanitario nos explica deprisa que no podemos subir porque no hay sitio suficiente.

Mi madre y yo terminamos dentro de un taxi.

El conductor pone rumbo al hospital mientras el pueblo desfila al otro lado de la ventanilla convertido en una sucesión de luces y edificios irreales, como si todo perteneciera a la vida de otra persona y no a la mía.

El silencio dentro del coche resulta insoportable, aunque en realidad nunca llega a haber silencio porque los sollozos de mi madre lo llenan todo.

Aprieta un pañuelo contra la boca intentando contener un llanto que ya no puede controlar y repite una y otra vez la misma súplica con la voz completamente rota, como una oración desesperada dirigida a un dios del que probablemente ya ni siquiera espera respuesta.

—Por favor... aguanta... por favor... no nos dejes... por favor, Antonio...

Yo permanezco inmóvil durante todo el trayecto.

No lloro. No hablo. Ni siquiera soy capaz de pensar con claridad.

Me limito a mirar por la ventanilla mientras las calles pasan desenfocadas delante de mis ojos y una única idea empieza a golpearme la cabeza una y otra vez con insistencia.

No. No puede estar pasando. No a la única persona que me ha apoyado incondicionalmente y me ha querido con mis luces y sombras.

El tiempo dentro de la sala de espera se estira desde el mismo instante en que las puertas se cierran detrás de la camilla de mi padre.

No sé cuánto llevamos aquí sentadas. Podrían haber pasado cinco minutos o cinco horas.

El reloj que cuelga de la pared continúa avanzando con una indiferencia que me resulta casi ofensiva, mientras yo permanezco inmóvil, con las manos entrelazadas sobre las rodillas y la mirada perdida en un punto cualquiera del suelo, aferrándome a la absurda esperanza de que, si consigo no pensar en nada, la realidad también decidirá detenerse unos minutos más.

Cuando por fin la puerta vuelve a abrirse y aparece el médico, no necesito escuchar una sola palabra para comprender que algo va terriblemente mal.

Él intenta sonreír con delicadeza, camina despacio hacia nosotras y comienza a explicarnos la situación utilizando ese tono pausado que los médicos reservan para las malas noticias.

Habla del cáncer. De lo mucho que ha avanzado durante las últimas semanas.

De que el tratamiento ha sido demasiado agresivo para un organismo ya muy debilitado.

Explica que varios órganos han comenzado a fallar casi al mismo tiempo, que las complicaciones se han sucedido con una rapidez imposible de prever y que, por desgracia, han llegado a un punto en el que la medicina ya no puede ofrecer mucho más que acompañamiento y alivio.

Después pronuncia, con una prudencia infinita, una frase que probablemente ha dicho cientos de veces a otras familias, pero que, cuando llega hasta mis oídos, destroza por completo todo aquello que yo creía saber sobre mi propia vida.

Mi padre podría tener solo unas horas más de vida.

Horas. La palabra rebota dentro de mi cabeza una y otra vez sin llegar nunca a encontrar un lugar donde quedarse.

Horas. Resulta ridículo. Absurdo. No puede estar refiriéndose a mi padre.

No al hombre que hace apenas unas semanas todavía sonreía mientras me preguntaba por las clases.

No al hombre que seguía diciéndome que estudiara mucho porque quería verme cumplir todos mis sueños.

No al único ser humano que nunca me ha hecho sentir insuficiente.