CAPÍTULO 31 NUESTRA PRIMERA CITA #3
Pago la cuenta antes de que se arrepienta dejarme hacerlo y consiga iniciar otra discusión y salimos del restaurante.
Hace frío y las primeras luces navideñas empiezan a iluminar las fachadas, reflejándose sobre el asfalto húmedo y provocando que la calle parezca mucho más bonita de lo habitual.
Caminamos despacio hacia el coche y, durante unos segundos, siento una normalidad que me resulta casi desconocida.
Podríamos ser cualquier pareja saliendo de cenar.
Un chico y una chica sin secretos imposibles, sin deudas, sin madres alcohólicas ni padres enfermos.
Sin ser intocables o inalcanzables para el otro. Solo nosotros.
Cuando llegamos al coche, abro la puerta del copiloto para ella, pero antes de que entre me detengo. Necesito preguntárselo una última vez. No porque dude de que me desea, sino porque sé cuánto daño puedo hacerle si vuelve a esperar algo que no puedo ofrecer.
—Kass —ella me mira—. Última oportunidad para arrepentirte —arquea una ceja, divertida.
—¿De qué exactamente?
—De pasar la noche conmigo.
Su expresión se suaviza. Durante un segundo parece comprender todo lo que en realidad contiene esa pregunta.
No estoy preguntándole únicamente si quiere acostarse conmigo.
Estoy preguntándole si está segura de volver a entrar en algo de lo que ya ha tenido que salir herida.
Kassandra da un paso hacia mí hasta dejar apenas unos centímetros entre nuestros cuerpos.
Apoya una mano sobre mi pecho, se pone de puntillas y acerca lentamente los labios a mi oído.
—Llévame ya a tu cama, Stone.
El susurro consigue atravesarme de arriba abajo, mientras ella se separa y me dedica esa sonrisa triunfal que conoce perfectamente el efecto que provoca en mí. También es miedo. Ilusión. Culpa. Y esa felicidad estúpida que llevo toda la noche intentando no analizar demasiado.
Porque quizá esta sea solo una cita. Quizá mañana tengamos que volver a recordar todos los motivos por los que no podemos convertir esto en algo más.
Pero esta noche Kassandra López me ha elegido.
Y, aunque no tenga derecho a pedirle que lo haga para siempre, pienso disfrutar cada segundo que quiera seguir haciéndolo.
Llega el momento de ir a mi casa. El coche de mi madre se traga las calles del pueblo con ese ruido familiar de motor viejo mientras Kass se mueve en el asiento del copiloto como si el vino y la falta de comida le hubieran quitado el último freno que todavía le quedaba.
Lleva el vestido rojo subido un poco más de la cuenta sobre los muslos y el pelo suelto cayéndole sobre los hombros.
Cada vez que el coche da un bache, ella se ríe bajito, una risa pícara y un poco pastosa que muestra que está achispada.
Yo intento concentrarme en la carretera.
Intento no mirar la forma en que se muerde el labio inferior.
Intento no pensar en que dentro de veinte minutos voy a tenerla debajo de mí.
Pero Kass no me lo pone fácil. Se inclina hacia mí.
Su aliento caliente me roza la oreja antes de que sienta su lengua en mi cuello.
Lenta. Suave. Deliberada. Un escalofrío me recorre la espalda entera y el volante se me agarrota entre los dedos.
—Kass… —advierto, con la voz más ronca de lo que pretendía.
Ella no responde con palabras. Desliza la mano por mi muslo, sube con una seguridad insolente y presiona la palma justo sobre mi bragueta. Me empalmo al instante. El gemido que se me escapa es bajo, casi un jadeo, y ella lo nota. Claro que lo nota. Su risa vuelve más suave, más peligrosa.
—Para —le pido, casi en un susurro—. No puedo conducir así.
Kass lanza su risa triunfal, y me pone más duro.
En lugar de apartarse, hace todo lo contrario.
Con dedos torpes pero decididos me abre la bragueta, baja un poco la cremallera y saca mi polla ya completamente dura.
Antes de que pueda protestar de verdad, su boca me envuelve.
Caliente, muy húmeda y joder, demasiado entusiasta.
Empieza a chuparme con esa mezcla de agallas y descaro que ella posee, y yo abro los ojos de golpe, aprieto el volante hasta que los nudillos se me ponen blancos y siseo una maldición entre dientes.
—Joder, Kass…
Ella se separa solo lo justo para hablar.
—Había echado de menos tu polla —dice, y suena casi adorable de lo borrachilla que está—. De verdad. La había echado mucho de menos.
Solo consigo murmurar un “Ahá?” que no suena a nada coherente.
El resto de mi cerebro está ocupado rezando para que lleguemos a casa ya, para que no haya un semáforo en rojo, para que no aparezca un coche de policía, para que esta tortura dulce y perfecta termine antes de que me corra dentro de su boca en mitad de la puta carretera.
Cada vez que su lengua rodea la punta, cada vez que baja un poco más, el coche parece ir más despacio.
O yo estoy perdiendo el control del tiempo.
Cuando por fin aparco delante de mi casa, casi no recuerdo cómo he llegado.
Apago el motor con manos temblorosas. Kass se incorpora, se limpia la comisura de los labios con el dorso de la mano y me mira con sonrisa de satisfacción absoluta.
Yo no digo nada. Solo salgo del coche, doy la vuelta, abro su puerta y la ayudo a bajar.
En cuanto cruzamos el umbral de casa y la puerta se cierra a nuestras espaldas, algo dentro de mí se desata.
Me convierto en un león en celo. Me quito la camisa con torpeza, casi arrancando un botón.
Los zapatos vuelan. El cinturón. Los pantalones.
Avanzo hacia el dormitorio dejando un rastro de ropa mientras Kass se ríe detrás de mí, esa risa clara y divertida que me hace girarme.
—¡No te rías! —le digo, señalándola con un dedo mientras sigo desnudándome—. Mi intención era ser un caballero por una vez en mi vida y tú, pequeña víbora, has echado a perder todo el puto plan.
Ella se ríe más fuerte. Yo también acabo sonriendo, porque es imposible no hacerlo cuando la veo así, con las mejillas sonrojadas y los ojos brillantes.
En cuanto estamos dentro de la habitación y la puerta queda cerrada, me acerco a ella ya completamente desnudo.
La miro de arriba abajo. El vestido rojo cae al suelo con un suave roce.
Y entonces la tengo delante, desnuda, perfecta, mía por unas horas.
—Te había echado demasiado de menos —murmuro contra su cuello mientras la beso justo debajo de la oreja—. Demasiado.
Mis manos bajan hasta su culo y sus caderas.
La aprieto contra mi erección y, por un segundo, pienso en el volumen que antes tenían esas mismas caderas, en cómo se sentía agarrarlas con más fuerza, en la suavidad extra que ya no está.
Lo noto. Claro que lo noto. Pero no me corresponde decirle nada.
Kass está guapa siempre. Haga lo que haga.
Adelgace o no. Sonría o esté de mal humor.
Está guapa porque es ella, y esa es la única verdad que importa esta noche.
La levanto del suelo. Ella rodea mi cintura con las piernas y yo la llevo hasta la cama como si no pesara nada.
La tumbo sobre el colchón y me coloco encima de ella.
Nos miramos con intensidad. Sin juegos ni provocaciones.
Solo deseo crudo. Entro en ella de un solo empujón profundo y los dos gemimos al mismo tiempo, boca contra boca, compartiendo el mismo aire.
Empiezo a moverme. Salvaje. Sin contención.
Cada embestida es más profunda que la anterior.
La cama golpea contra la pared. Sus uñas se clavan en mi espalda.
Yo agarro su muslo y lo levanto para entrar todavía más.
—¿Estás bien? —consigo preguntarle entre jadeos, porque de repente me asusta mi propia brutalidad—. Dime si te hago daño.
—Más —pide ella, con la voz rota—. Dame más.
Eso es todo lo que necesito oír. La doy la vuelta.
La pongo a cuatro patas. Vuelvo a entrar en ella desde atrás mientras una de mis manos rodea su cadera y la otra baja hasta su clítoris.
Empiezo a frotarlo hasta volverla loca. Ella empuja hacia atrás, buscando más, y yo me inclino sobre su espalda.
—Córrete, cariño. Córrete para mí —le susurro al oído.
El orgasmo la alcanza con una violencia que me arrastra a mí también.
Grita mi nombre. Yo gruño el suyo. Nos corremos al mismo tiempo, ruidosos, temblando, sin aire.
El placer es tan intenso que por un segundo el mundo desaparece.
Cuando vuelvo en mí, estamos los dos caídos sobre el colchón, sudorosos, exhaustos, todavía unidos.
Kass se queda sin energías casi al instante.
Sus párpados pesan. Su respiración se vuelve lenta y regular.
Yo la atraigo contra mi pecho, la abrazo con fuerza y le beso la sien.
Espero. Cuento los segundos. Cuando estoy completamente seguro de que ha perdido del todo la consciencia, cuando sé que no puede oírme, acerco los labios a su oído y me libero de todo.
—Te quiero, Kass. Te quiero, joder… y no sé cómo voy a sobrevivir sin ti cuando te des cuenta de que tenías razón y nunca debiste acercarte a mí —susurro a su cuerpo inconsciente, porque soy un cobarde y sé que no puede oírme.
Pero estoy tan cansado de acallar las voces de mi cabeza que necesitaba soltarlo de una vez por todas.