Tocables Intocables (The Ruins 2) CAPÍTULO 31 NUESTRA PRIMERA CITA #2
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CAPÍTULO 31 NUESTRA PRIMERA CITA #2

Noto que baja la mirada hacia sus manos y tengo que obligarme a continuar.

—Pero tampoco pienso desperdiciar cualquier oportunidad que tú quieras darme de estar contigo.

Con sexo o sin sexo. Cenando, discutiendo, comiendo helado o consiguiendo que me suspendan francés porque me distraes durante toda la clase.

Soy lo bastante egoísta como para reconocer que no puedo dejarte marchar de mi vida para siempre y lo bastante temerario como para seguir pensando que quizá algún día pueda estar a la altura de alguien como tú.

Cuando vuelvo a mirarla, permanece completamente inmóvil.

Hay tantas preguntas en sus ojos que me duele saber que no puedo responderlas todas.

No sé cómo explicarle que el problema nunca ha sido que no quiera tenerla, sino precisamente cuánto la quiero y, por lo tanto, la respeto.

No puedo contarle todavía que existe otra mujer capaz de reclamar una parte de mí cada vez que la necesidad me asfixia.

No puedo explicarle que la única relación que querría tener en este momento sería con ella y que precisamente por eso me niego a convertirla en la novia de un hombre que no podría serle fiel.

Así que simplemente continúo conduciendo mientras el silencio se llena de todo aquello que nos gustaría poder decir.

El restaurante que he elegido no es especialmente caro ni impresionante, pero tengo la ilusión de que a Kass le guste.

Tiene luces cálidas, mesas de madera, música suave y suficientes velas como para que por un momento me sienta protagonista de una película romántica bastante mala.

Y, cuando ella entra mirando alrededor con una sonrisa genuina y me dice que el sitio es precioso, descubro que me importa bastante poco cuánto me haya costado encontrarlo.

Nos sentamos frente a frente y Kassandra me mira de esa manera que sé que va a lanzar una de sus provocaciones.

—¿Te has puesto así de elegante por mí, Stone? La próxima vez vas a aparecer con corbata y yo no voy a saber qué hacer contigo.

—La corbata la guardo para ocasiones especiales —le contesto—. Como cuando consiga que dejes de provocarme durante cinco minutos seguidos.

—Imposible. Soy incorregible.

—Lo sé. Por eso me gustas tanto.

Se queda un poco atónita ante mi respuesta y amo cuando la dejo así de descolocada. Así que para no darle pie a que siga, me pongo a mirar la carta y ella hace lo mismo. Después de estudiar la carta durante varios minutos, Kass termina pidiendo una ensalada y algo de marisco.

—¿Solo eso? —pregunto, intentando que la curiosidad no suene a reproche. Ella levanta la vista.

—Sí. Me apetece algo ligero.

—¿Seguro?

—He comido algo en casa —explica encogiéndose de hombros—. Pensaba que el plan consistía simplemente en que me recogieras, fuéramos a tu casa y me quitaras el vestido, así que no sabía que debía reservar espacio para una cena.

—Qué concepto tan bruto tienes de mí —añado sin poder evitar reírme.

—No pongas esa cara. Es exactamente lo que haces normalmente.

—Esta noche estoy intentando mejorar mi reputación.

—Llegas unos años tarde.

La conversación continúa con una facilidad que llevaba demasiado tiempo echando de menos.

Kass habla muchísimo más de lo que come.

Me cuenta historias del equipo de animadoras, se burla de las nuevas chicas, imita a una de ellas con tanta precisión que casi termino atragantándome con el vino y después cambia de tema para ridiculizar mi pronunciación en francés.

Yo me dejo insultar encantado porque nunca había pensado que escuchar a alguien meterse conmigo pudiera hacerme sentir tan cómodo.

Durante semanas nuestras conversaciones han estado cargadas de silencios, precauciones e incomodidad.

Esta noche vuelve a parecer la chica que podía llamarme imbécil cinco veces en diez minutos y conseguir que cada insulto sonara extrañamente parecido al cariño.

—¿Sabes cuál es tu mayor problema? —me pregunta en un momento dado, apoyando la barbilla sobre una mano mientras me observa por encima de la copa.

—Tengo tantos que vas a tener que concretar.

—Que eres insoportablemente encantador cuando dejas de comportarte como un chulo.

—Eso ha sido precioso — me llevo una mano al pecho, fingiendo emoción.

—No era un cumplido.

—Has utilizado la palabra encantador. Ya no puedes retirarlo —añado y ella pone los ojos en blanco.

—Precisamente esto es lo que lo estropea.

—¿Y cuál es tu mayor problema? —pregunto aprovechando la ocasión. No necesita pensarlo.

—Que siempre quiero tener razón.

La observo con expresión seria durante un instante antes de negar despacio.

—Eso no es un problema.

—¿Ah, no?

—No. Es simplemente una de tus muchas impertinencias — le provoco y ella abre la boca, ofendida.

—¡Qué gilipollas eres!

—¿Ves? En eso tienes razón.

Kass se echa a reír y varias personas de las mesas cercanas giran la cabeza.

Yo me quedo mirándola mientras lo hace, atrapado durante unos segundos en la manera en que se le iluminan los ojos cuando se ríe de verdad.

Llevo meses intentando convencerme de que puedo seguir adelante manteniendo una distancia prudente con ella y ahora resulta casi doloroso comprobar cuánto había echado de menos esto.

No su cuerpo. Esto. Tenerla frente a mí, escucharla hablar de cualquier estupidez, verla hablar y hacer gestos exagerados cuando quiere demostrar algo, saber que durante unas horas me ha permitido entrar otra vez en su mundo.

Terminamos hablando de Emma. Kassandra quiere saber cómo le va en el colegio, si sigue usando el colgante que le regaló y si realmente ha cumplido su promesa de no quitárselo nunca.

Le cuento que prácticamente vive pegada a él y que una mañana casi llega tarde a clase porque se dio cuenta de que no lo llevaba puesto porque se le había desabrochado mientras dormía y volvió corriendo a buscarlo.

Kass sonríe con una ternura que consigue volver a apretarme algo por dentro.

—Me alegro de que le gustara.

—Le encantó. Aunque sigo pensando que no tenías que darle algo tan valioso.

—Para mí merecía la pena.

—Siempre haces eso.

—¿El qué? —pregunta frunciendo el ceño.

—Hacer cosas enormes y comportarte después como si no significaran nada.

Su expresión cambia ligeramente. Durante unos segundos ninguno dice nada y temo haber llevado la conversación hacia un territorio demasiado emocional.

Así que dejo que ella misma cambie de tema preguntándome cómo está mi madre.

Le cuento que lleva unas semanas mejor, con alguna que otra recaída, pero más leves de lo que me tiene acostumbrado, aunque ya no me permito confiar demasiado en las buenas rachas.

Después soy yo quien pregunta por su padre y la sonrisa de Kass pierde algo de fuerza.

Me dice que sigue con el tratamiento y que unos días está mejor que otros.

No insiste y yo tampoco. He aprendido que con ella hay preguntas que deben hacerse una vez y silencios que tienen que respetarse.

Mientras habla, me fijo otra vez en su plato.

Apenas ha comido media ensalada y un par de piezas de marisco.

La copa de vino, sin embargo, baja bastante más rápido.

Cuando le pregunto si no quiere comer un poco más, me recuerda que ya había cenado algo en casa y lo dice con suficiente naturalidad para que decida no insistir, aunque esa pequeña inquietud que apareció cuando la vi acercarse al coche vuelve a instalarse en algún rincón de mi cabeza.

Está más delgada. Come poco. Entrena demasiado.

Podrían ser cosas completamente independientes y no quiero convertirme en uno de esos imbéciles que observa cada bocado de una mujer como si tuviera derecho a decidir cuánto debería comer, así que aparto el pensamiento y vuelvo a concentrarme en ella.

La cena pasa demasiado rápido. Por primera vez en muchísimo tiempo estoy completamente relajado.

No estoy pensando en Claire, en cuánto dinero queda en casa, en mi madre, ni en el futuro incierto de Emma.

Solo estoy con Kass. Y cuando el camarero deja la cuenta sobre la mesa, siento una decepción absurda porque una parte de mí querría pedir otra botella de vino, otro postre, cualquier excusa que consiguiera mantenernos allí unas horas más.

Kass lleva automáticamente la mano hacia el bolso y yo la detengo únicamente con una mirada.

—Ni se te ocurra.

—Sabía que ibas a insistir con eso —dice y suspira.

—Entonces no entiendo por qué sigues intentándolo.

—Porque no es necesario, Nick. Tengo dinero.

—Pues guárdalo para mañana. O para otra vez que me dejes tener una cita contigo y me invitas tú —le digo y le guiño.

Me doy cuenta de una cosa en este momento.

Kass es la única persona que tengo en mi vida que no espera nada a cambio de mí.

Me ha dado siempre más de lo que debía y siempre sin esperar nada a cambio.

Y la única vez que me pidió algo, fue mi amor, y no pude dárselo, al menos no hacerle consciente de la existencia de mis sentimientos.

Sin embargo, aquí está, dándome otra oportunidad, permitiéndome empezar de cero, a pesar de que la línea de meta sigue siendo la misma y volverá, como ella me dijo aquella vez, mañana sola a casa sin una promesa de amor ni de futuro ni de otra cosa más que ser la compañía de una noche de vez en cuando de Nick Stone.

Me odio por ello. Me odio horriblemente porque sé que la voy a volver a hacer sentir insuficiente, minusvalorada, insegura y poco amada.

A pesar de que la realidad sea totalmente lo opuesto.