Tocables Intocables (The Ruins 2) CAPÍTULO 31 NUESTRA PRIMERA CITA
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CAPÍTULO 31 NUESTRA PRIMERA CITA

NUESTRA PRIMERA CITA

Nick

Nunca había imaginado que pudiera ponerme nervioso una camisa, pero llevo tanto rato delante del espejo del baño tirando del cuello, remetiéndola dentro del pantalón, volviendo a sacarla y preguntándome si parezco un imbécil con ella o todavía más imbécil sin ella que empiezo a sospechar que estoy perdiendo definitivamente la cabeza.

Emma ya se ha reído tres veces de mí antes de marcharse a casa de la vecina, donde se quedará a dormir, y en la última ocasión me ha informado con la autoridad de una niña que se cree experta en relaciones sentimentales gracias a todas las películas románticas que consume, de que cuando un chico tarda tanto en decidir qué ropa ponerse solo existen dos posibilidades: o está completamente tonto o enamorado.

Le he dicho que deje de decir estupideces y se marche de una vez, pero su sonrisa insolente mientras se iba ha conseguido que me quede mirando mi propio reflejo unos segundos más, preguntándome cuál de las dos opciones me preocupa más reconocer.

La cuestión es que jamás he tenido una cita de verdad.

Nunca una en la que me preocupe si mi camisa está suficientemente planchada o si el restaurante que he elegido será suficientemente bonito para alguien como Kassandra López.

Con Claire he salido alguna vez, si es que puede llamarse salir a acompañarla a algún lugar donde le convenía aparecer con alguien más joven colgado del brazo, pero nunca he experimentado algo parecido a esto.

Nunca he esperado a una mujer sintiendo esas estúpidas cosquillas en el estómago, imaginando la expresión que pondrá cuando me vea o preguntándome si conseguiré que una noche le resulte lo bastante especial como para que, al menos durante unas horas, olvide todas las veces que la he hecho sufrir sin querer.

Hoy no busco nada de ella. Ni siquiera el sexo, aunque estaría mintiendo descaradamente si dijera que no llevo toda la tarde deseándolo también.

Lo que quiero es darle algo que nunca le he dado: una noche normal.

Una maldita cita. Algo que cualquier otro chico podría ofrecerle sin tener que dar tantas vueltas.

En cuanto he conseguido librarme de la estúpida cita que tenía pendiente con Claire diciéndole que me encontraba indispuesto, le he escrito antes incluso de permitir que mi sentido común intentara impedírmelo.

Ponte guapa. Te veo esta noche. ¿Te recojo en tu casa?

Kassandra no ha tardado ni un minuto en responder, y he podido escuchar su voz dentro de mi cabeza mientras leía: Siempre voy guapa, pero haré un esfuerzo para serlo más.

Recógeme en la parada del bus que hay al final de mi calle.

He sonreído como un gilipollas durante todo el trayecto hasta allí porque incluso escribiendo es capaz de hacerme imaginar esa expresión de suficiencia que utiliza cada vez que se pone insolente.

Ahora permanezco aparcado junto a la parada, con el motor del coche funcionando de una manera sospechosamente irregular y los dedos tamborileando sobre el volante mientras intento convencerme de que no estoy nervioso.

No debería estarlo. He estado desnudo con Kass varias veces, me la he follado como un animal de muchas posturas, he dormido junto a ella, la he visto recién levantada, despeinada, enferma, furiosa y vulnerable.

Conozco partes de su cuerpo que probablemente ni ella observa con tanta atención y, sin embargo, la posibilidad de llevarla a cenar me tiene bastante más alterado que cualquiera de esas noches.

Supongo que la diferencia está precisamente ahí.

El sexo siempre se me ha dado bien porque no exige pensar demasiado.

Una cita sí. Una cita significa querer estar con alguien incluso cuando no existe una cama esperando al final, y esa realidad dice demasiadas cosas que llevo meses intentando no pronunciar en voz alta.

Entonces aparece al final de la calle y todas mis reflexiones se van directamente a la mierda.

Kassandra camina hacia el coche enfundada en un vestido rojo ceñido que consigue que durante varios segundos olvide hasta dónde está el freno de mano.

Lleva el pelo cayéndole sobre los hombros, los labios pintados del mismo tono intenso del vestido y esa manera de andar suya que siempre parece decirle al mundo que se aparte si no quiere ser atropellado.

Está espectacular, aunque esa palabra se queda bastante corta para describir el golpe que recibo en mitad del pecho al verla.

Sin embargo, conforme se acerca, mi atención empieza a detenerse en algo que no tiene nada que ver con el vestido.

Ha adelgazado. Bastante. Las clavículas se le marcan más que antes, los brazos parecen más finos y la redondez suave de sus mejillas ha disminuido.

Sigue pareciéndome preciosa, porque probablemente Kassandra podría aparecer envuelta en una cortina y yo seguiría pensando exactamente lo mismo, pero no puedo evitar preguntarme cuánto peso ha perdido durante estos últimos meses y por qué.

Es cierto que está entrenando muchísimo.

Siempre ha sido exigente con las animadoras, pero últimamente se queda practicando coreografías cuando el resto del equipo ya se ha marchado y parece empeñada en llevar cada movimiento hasta la perfección.

Lo he notado porque, por mucho que intente fingir lo contrario, siempre termino fijándome en ella.

En cómo se mueve, en qué expresión tiene, en si se ríe con alguien, en si está cansada o si parece preocupada.

La observo demasiado para que un cambio así pueda pasarme desapercibido.

Aun así, aparto la preocupación cuando abre la puerta del copiloto, entra acompañada de una ráfaga de perfume y me dedica una sonrisa tan grande que consigue devolverme inmediatamente la emoción de esta noche.

—¿Vamos ya a tu casa a follar? —pregunta sin siquiera darme tiempo a saludarla, acomodándose el vestido sobre las piernas con total tranquilidad—. Porque llevo horas arreglándome y todo eso para que luego no me vengas con alguna excusa de mierda.

La miro durante un segundo, intentando averiguar si alguna vez esta mujer será capaz de comportarse como una persona normal, pero entonces levanta un dedo con expresión solemne mientras me mira, en señal de advertencia.

—Ah, y queda terminantemente prohibido hablar de aquella conversación de hace meses en la que dije que me estaba pillando por ti. Eso ya está arreglado.

La carcajada se me escapa con tanta facilidad que tengo que apoyar un momento la frente contra el volante.

Es bruta, orgullosa y completamente incapaz de reconocer que algo le ha hecho daño sin envolverlo inmediatamente en orgullo, pero ya la conozco.

Sé lo que está haciendo. Está colocando una capa de humor sobre una herida que todavía no se ha cerrado del todo y dejándome claro, sin tener que decirlo directamente, que esta noche solo puede funcionar si no la obligo a enfrentarse otra vez a todo aquello que ninguno de los dos puede resolver.

—Nunca dejarás de sorprenderme —murmuro mientras arranco el coche.

—Es uno de mis mayores talentos.

—Pues siento decepcionarte, Salamandra, pero todavía no vamos a mi casa —le informo y ella gira la cabeza hacia mí inmediatamente, con una ceja arqueada y una expresión que parece debatirse entre la sospecha y la indignación.

—¿Entonces?

—Primero voy a llevarte a cenar.

El silencio que sigue me hace mirarla de reojo. Toda la seguridad con la que ha entrado en el coche desaparece durante un instante y veo algo mucho más vulnerable asomarse detrás de su expresión.

—¿A... cenar?

—Sí. Ya sabes, esa actividad extraña en la que dos personas se sientan frente a frente en un restaurante, comen y mantienen una conversación sobre lo bueno que está su plato.

Kass sigue mirándome intentando comprender qué estoy haciendo y, antes de que pueda empezar a sacar conclusiones peligrosas, decido anticiparme.

—Y ni se te ocurra pensar en el dinero ni empezar con ninguna estupidez de esas. Quiero hacerlo, puedo hacerlo y tú vas a dejarme hacerlo.

—Nick...

—No.

—Pero...

—He dicho que no.

—No me gusta que pagues todo —dice cruzándose de brazos, visiblemente contrariada por no poder convertir esto en una discusión.

—Pues esta noche tendrás que sobrevivir al trauma.

—Eres un cabezota.

—Y tú estás preciosa cuando te enfadas conmigo, así que todos ganamos.

Consigo arrancarle una pequeña sonrisa, aunque sigue mirándome con una curiosidad que empieza a ponerme nervioso. Permanece unos segundos callada antes de formular la pregunta que sabía que llegaría tarde o temprano.

—¿Esto es una cita? —Por alguna razón, escuchar la palabra en su voz provoca un vuelco bastante ridículo dentro de mí. Podría quitarle importancia, hacer una broma y darle una salida cómoda, pero hoy no quiero esconder absolutamente todo detrás del humor.

—Sí —respondo simplemente—. Es una cita.

Kass inspira despacio y gira un poco más el cuerpo hacia mí.

La conozco lo suficiente para saber que está a punto de preguntar algo que probablemente ninguno de los dos está preparado para responder, así que aprovecho que estamos detenidos en un semáforo y apoyo con delicadeza dos dedos sobre sus labios antes de que pueda empezar.

—No. No digas nada. Déjame decirte esto antes —frunce ligeramente el ceño, pero guarda silencio.

Retiro la mano y vuelvo a mirar hacia la carretera mientras intento ordenar unas palabras que llevo demasiado tiempo evitando—.

No puedo ofrecerte más que esto, Kass. Y créeme cuando te digo que, si pudiera, te daría el sol, las estrellas o cualquier estupidez cursi que quisieras pedirme solo por verte poner esa cara que tienes ahora mismo todos los días.

Pero no puedo darte lo que quieres de mí.

Ahora mismo no. Quizá durante mucho tiempo tampoco.

Y sé que eso es una mierda, sobre todo después de todo lo que ha pasado entre nosotros.