CAPÍTULO 30 TODO BAJO CONTROL
TODO BAJO CONTROL
Kassy
Llevo casi dos meses sin acercarme de verdad a Nicholas Stone y, aunque me gustaría decir que la distancia ha conseguido ordenar algo dentro de mí, la realidad es que solo ha logrado que cada encuentro entre nosotros resulte más extraño.
No estamos enfadados. Ojalá lo estuviéramos, porque el enfado siempre ha sido un territorio fácil para los dos.
Sabemos discutir, provocarnos, insultarnos y convertir cualquier conversación en una batalla absurda que termina con uno de los dos intentando esconder una sonrisa.
Lo que no sabemos es compartir un pupitre, cruzarnos en los entrenamientos o en los pasillos después de que yo le haya confesado que me estoy enamorando de él y él haya respondido con un silencio que dice demasiado.
Nick ya no sabe cómo tratarme. Lo noto en la forma en que empieza a decir alguna tontería y se detiene antes de terminarla, como si temiera que cualquier broma pudiera hacerme daño.
También en esas miradas largas que me dedica cuando cree que no estoy prestando atención y que aparta en cuanto levanto la cabeza.
Antes encontraba en sus ojos deseo, diversión, ternura o ganas de sacarme de quicio.
Ahora encuentro algo mucho peor. Lástima.
Puede que solo sea preocupación, pero mi cabeza ha aprendido a convertir cualquier gesto suyo en una prueba de que se arrepiente de haberme dejado acercarme demasiado.
Si realmente sintiera algo parecido a lo que siento yo, habría hecho algo durante estos dos meses.
Habría venido a buscarme, me habría contado qué le impide estar conmigo o, como mínimo, habría intentado convencerme de que no desapareciera de su vida.
No lo ha hecho. El mensaje no puede ser más claro: Nicholas Stone me aprecia, puede que me desee, pero no está enamorado de mí.
Aceptar eso debería haberme ayudado a seguir adelante.
En lugar de eso, despierta en mí la necesidad desesperada de encontrar una razón.
Los sentimientos no desaparecen porque una persona te diga que no puede corresponderlos; solo empiezan a buscar explicaciones.
Tal vez no soy suficientemente divertida.
Quizá soy demasiado complicada, demasiado orgullosa o demasiado emocional.
Sin embargo, todas esas cosas resultan difíciles de medir y todavía más difíciles de cambiar.
Mi cuerpo, en cambio, sí puedo controlarlo.
Puedo decidir cuánto entra en él, cuánto tiempo permanece y cuántas horas tengo que entrenar para asegurarme de que nada se acumule donde no debe.
Puedo contar, reducir, compensar y repetir hasta sentir que, al menos en una parte de mi vida, las decisiones siguen perteneciéndome.
Y, si es mi cuerpo y mi figura el causante de que Nick no me preste más atención, entonces haré que deje de ser un problema.
Al principio apenas parece difícil. Dejo una tostada sin terminar porque no tengo hambre, salto una comida porque el entrenamiento se alarga y reduzco las cenas porque dormir con el estómago vacío me hace sentir ligera.
Después empiezo a saber de memoria cuántas calorías tiene cada cosa, qué alimentos puedo permitirme y cuáles exigen horas de ejercicio para compensarlos.
Algunas veces como más de lo previsto y la culpa se vuelve tan insoportable que termino encerrada en el baño, intentando expulsar todo aquello que siento que amenaza con devolverme al cuerpo que mi madre siempre ha considerado mejorable.
No pienso que esté enferma. Las personas enfermas no tienen el control.
Yo, en cambio, siento que por primera vez lo tengo y disfruto cada segundo de ese control como si fuera un superpoder que me ha sido otorgado.
Entreno hasta que las piernas me tiemblan y repito las coreografías cuando las demás ya se han marchado.
Si el cuerpo me pide que pare, lo interpreto como una señal de que todavía puedo esforzarme un poco más.
Paso frío incluso dentro de las aulas, me cuesta concentrarme y algunas mañanas necesito sentarme al levantarme de la cama porque la habitación parece inclinarse durante unos segundos, pero todo eso resulta soportable cuando me miro de perfil y descubro que los pantalones empiezan a quedarme más sueltos.
He perdido varios kilos. Mi madre lo nota y, por primera vez en mucho tiempo, su comentario no señala algo que debería corregir.
—Estás fenomenal, cariño —me dice una mañana mientras me observa desayunar únicamente café—. Se nota que te estás cuidando.
Aquellas palabras consiguen que el hambre se convierta en orgullo. Si ella lo percibe, está funcionando. Si mi cuerpo empieza a parecerle adecuado a la mujer que siempre supo encontrar algo que mejorar, quizá por fin estoy acercándome a esa versión de mí que nadie podrá considerar insuficiente.
Por eso hoy, viernes, decido dejar de esconderme.
No quiero pasar otro día fingiendo que Nick me resulta indiferente mientras lo busco en cada pasillo.
Si él solo puede ofrecerme ciertos momentos, quizá pueda aprender a conformarme con ellos.
Antes sabía hacerlo. Antes el sexo no significaba promesas, las miradas no exigían explicaciones y una noche juntos podía terminar sin que yo imaginara desayunos, exclusividad o palabras que él no estaba preparado para pronunciar.
Tal vez recuperar a aquella Kassandra sea tan sencillo como volver a comportarme como ella.
O, a lo mejor, mi nuevo aspecto le hace cambiar de opinión sobre lo nuestro y decide rendirse de una vez por todas a mis encantos.
Cuando Nick se sienta a mi lado en francés, dejo que mi pierna roce deliberadamente la suya bajo el pupitre. Él baja la mirada hacia el contacto y después me observa con una sorpresa tan evidente que tengo que contener una sonrisa.
—Buenos días, Salamandra —murmura, como si todavía no estuviera seguro de qué versión de mí tiene delante.
—Buenos días, Stone.
Me inclino sobre su cuaderno para ver lo que ha escrito, acercándome lo suficiente para que mi perfume llegue hasta él.
Nick permanece inmóvil durante un segundo y después sonríe lentamente.
Es una sonrisa distinta a las prudentes que me ha dedicado durante las últimas semanas.
Esta es la del chico que conocí en The Ruins, la que promete problemas y hace que el pulso se me acelere.
—¿Necesitas algo? —pregunta en voz baja.
—Solo estaba comprobando si después de tantos meses has conseguido aprender algo de francés.
—He aprendido varias cosas.
—¿Ah, sí?
—La mayoría no pueden decirse delante del profesor.
Tengo que apretar los labios para no reírme.
Me gusta comprobar que todavía puedo recuperar su atención con una mirada, un roce o una frase dicha en el tono adecuado.
Durante la clase seguimos buscándonos con pequeñas provocaciones que nadie más parece percibir.
Él me pasa una nota doblada con cuidado.
Cuando la abro, leo en su letra torpe pero clara:
Je veux te baiser contre ce pupitre jusqu’à ce que tu ne puisses plus marcher droit. (Quiero follarte contra esa mesa hasta que ya no puedas andar derecha) ¡Joder, sí que ha aprendido francés! Estoy muy impresionada, a la vez que sorprendida por el mensaje.
El calor me sube por el cuello. Levanto la vista y lo encuentro mirándome con esa expresión de inocencia fingida que solo consigue ponerme más nerviosa.
Sin apartar la mirada, deslizo la mano bajo la mesa y la apoyo deliberadamente en su muslo, subiendo unos centímetros más de lo necesario.
Nick se tensa de inmediato. Sus músculos se ponen duros bajo mi palma y yo no puedo evitar soltar una risita, casi inaudible, al notar cómo traga saliva y aprieta la mandíbula.
Él me lanza una mirada de advertencia que me divierte más.
Al final decido no subir más la mano, pero me pongo a corregir su ejercicio escribiendo en su libreta que es un caso perdido y, cada vez que nuestras manos se rozan, algo conocido vuelve a encenderse entre nosotros.
No puedo evitar preguntarme si se debe a que he adelgazado.
Quizá Nick ha notado la diferencia, aunque no haya dicho nada y a pesar de que últimamente me visto con ropa más ancha de lo normal en mí.
Pero quizá lo ha notado y tal vez ahora mis caderas ya no le parecen tan exageradas o mi cintura se acerca un poco más a la de las chicas con las que suele tontear.
La idea debería molestarme. En cambio, una parte vergonzosa de mí siente alivio.
Todo el esfuerzo, el hambre y las horas entrenando tendrían por fin una recompensa visible.
Cuando termina la última clase, salimos juntos al pasillo.
Nick camina tan cerca que su brazo roza el mío varias veces.
No se aparta. Yo tampoco. El tonteo lleva horas creciendo y la energía entre nosotros resulta tan intensa que apenas consigo pensar en otra cosa.
Antes de que lleguemos a las escaleras, me detengo y me vuelvo hacia él.
—¿Tienes planes esta noche?
Nick deja de caminar. Me observa durante unos segundos con una expresión casi hipnotizada, como si hubiera estado esperando que formulara exactamente esa pregunta.
—Podría cancelarlos —su respuesta me hace sonreír.
—No te he preguntado si puedes cancelarlos. Te he preguntado si tienes planes —digo y él asiente lentamente, todavía sin apartar la mirada de mí.
—Sí. He quedado con alguien —admite y los celos me golpean en la boca del estómago con tanta fuerza que durante un instante tengo que esforzarme para mantener la expresión serena.
—¿Con Kristy?
Nick frunce el ceño y, antes de que pueda mirar hacia otro lado, sostiene mi cara entre las manos y me obliga con suavidad a mantener los ojos en los suyos. El gesto resulta tan íntimo que toda la seguridad que he intentado proyectar amenaza con desmoronarse.
—No —responde con firmeza—. No quiero nada con Kristy.
—Pero siempre está contigo.
—Ella se acerca a mí. Yo soy amable. Eso es todo —sus pulgares acarician mis mejillas y, por un instante, olvido el pasillo, las personas que nos rodean y todas las razones por las que debería protegerme—.
Quiero verte a ti, Kass —continúa —. Solo tengo un compromiso que no puedo cancelar tan fácilmente.
—¿Qué clase de compromiso?
Algo se oscurece en su mirada. Sus manos permanecen alrededor de mi rostro, pero la sonrisa desaparece.
—Uno del que intentaré librarme.
Quiero preguntar más. Quiero saber quién puede reclamarlo de una forma que le provoque esa expresión. Sin embargo, Nick vuelve a acercarse un poco y apoya su frente contra la mía, dejándome sin espacio para insistir.
—Haré todo lo posible para estar contigo esta noche —me promete—. Pero necesito saber algo antes.
—¿Qué? —pregunto ansiosa y su mirada recorre mi rostro como si buscara una respuesta que no puedo darle con palabras.
—¿Te hace daño verme? —su pregunta me descoloca.
—¿Por qué dices eso?
—Porque llevas dos meses apartándote cada vez que intento acercarme y hoy has vuelto como si nada hubiera pasado. No me quejo, créeme. Llevo toda la mañana preguntándome si estoy soñando. Pero no quiero que mañana vuelvas a sentirte peor por haber estado conmigo.
Trago saliva. La sinceridad de su preocupación atraviesa todas las explicaciones fáciles que he construido.
Durante un instante vuelvo a sentir la tentación de decirle que sí, que verlo me hace daño precisamente porque lo quiero y no puedo tenerlo.
Pero esta mañana he decidido recuperar el control y no pienso rendirme tan rápido.
—Sé lo que puedes ofrecerme, Nick —afirmo y él baja ligeramente la mirada.
—Y no es suficiente.
—No he dicho eso.
—No hace falta —la tristeza aparece durante un segundo en sus ojos antes de que vuelva a esconderla detrás de una sonrisa—. Te he echado muchísimo de menos, Kass. Muchísimo más de lo que debería admitir. Y quiero estar contigo esta noche más que nada en el mundo.
Me quedo mirándolo, sintiendo cómo aquellas palabras despiertan la esperanza que llevo meses intentando destruir. Nick acerca los labios a mi frente y deja un beso lento, casi reverente, antes de separarse.
—Déjame intentar arreglar lo del compromiso —susurra—. Te llamaré.
Asiento mientras lo observo alejarse por el pasillo.
Debería estar preocupada por la tristeza de su mirada, por el misterio que continúa ocultándome y por la advertencia implícita en su pregunta.
Sin embargo, lo único que escucho es que me ha echado de menos.
Que quiere verme. Que hará todo lo posible para pasar la noche conmigo.
Y una parte de mí, la que lleva meses sobreviviendo con casi nada, decide que esas palabras son alimento suficiente.