CAPÍTULO 29 LO QUE NUNCA PODRÉ DARTE #2
—¿Te sabes su nombre? —pregunta cruzándose de brazos—. Vaya, Nick. Sí que te ha dado fuerte.
No puedo evitar reírme porque la respuesta es tan exageradamente celosa que resulta adorable después de llevar semanas preguntándome si le importa algo de lo que hago. Kass abre mucho los ojos, todavía más enfadada al verme sonreír.
—¿De qué demonios te ríes?
—De ti.
—¿Perdona?
—Me he esforzado en aprenderme algunos nombres porque tú llevabas meses diciéndome que era un desastre y que no podía acostarme con una chica sin olvidar cómo se llamaba antes de que terminara la noche.
Tenías razón. Estoy intentando mejorar como persona —me encojo de hombros, aguantando otra carcajada ante la forma en que sigue mirándome—.
No ocurre nada con Kristy. Es agradable conmigo, nada más —ella resopla como si no me creyera del todo—.
Y, por cierto, estás muy mona cuando te pones celosa.
—Vete a la mierda.
Esta vez sí me río abiertamente. Su indignación resulta tan familiar que durante unos segundos casi consigo olvidar que acaba de salir de un baño con los ojos enrojecidos. Me acerco y le doy un beso suave en la frente, esperando que el gesto consiga relajarla un poco.
—¿Quieres venirte este fin de semana a mi casa? —pregunto y ella me mira sorprendida, todavía con los brazos cruzados.
—¿Para qué?
—No sé. Creo que podría ayudarte a rebajar un poco ese mal humor.
Durante un instante noto que duda. Conozco demasiado bien la expresión que pone cuando algo le apetece y está buscando una razón para negárselo. Sin embargo, baja la mirada antes de contestar.
—Tengo una cita con James.
El nombre de otro hombre en sus labios consigue que la sonrisa se me quede clavada en la cara.
Creo que habla del dichoso pijo hijo de los amigos de su padre.
Odio a ese tipo, aunque no lo conozca absolutamente de nada.
Intento disimular el golpe, recordándome que no tengo ningún derecho a reaccionar, pero la imagen de Kass con otro tío aparece demasiado rápido y me provoca un gruñido involuntario.
—Joder, Kass. Ahora el que está celoso soy yo —ella ladea la cabeza y me observa con una atención que me incomoda porque parece estar intentando averiguar qué hay realmente detrás de mis palabras— ¿Te gusta ese tipo? —pregunto.
—¿Por qué quieres saberlo?
—Dímelo y ya está —digo, encogiéndome de hombros y fingiendo una tranquilidad que no siento.
—No, no pienso decírtelo.
—¿Por qué no?
—Porque no puedes hacerme esa clase de preguntas —contesta y empiezo a impacientarme con la sensación de no tener derecho ni siquiera a saber si otro hombre está ocupando un espacio en su vida mientras todo dentro de mí desea arrancarlo de allí.
—¿Por qué no puedo preguntártelo?
—Porque no estás dispuesto a ir más allá conmigo, Nick.
—¿Y eso qué tiene que ver? Solo te he preguntado si te gusta.
Kass me observa durante segundos. Su expresión cambia poco a poco. El enfado se desinfla, dejando al descubierto algo mucho más vulnerable. Cierra los ojos un instante, como si necesitara reunir valor, y cuando vuelve a abrirlos ya no queda apenas nada de la mujer orgullosa.
—Porque estás haciendo que me enamore de ti, Nick —dice finalmente, con una voz que tiembla a pesar de todos sus esfuerzos—, y tú no sientes lo mismo por mí.
El mundo entero se detiene. No oigo nada, solo el tambor que se ha despertado en mi pecho y esas palabras repitiéndose dentro de mi cabeza con una fuerza que me deja sin aire.
—No es justo, Nick —prosigue antes de que yo pueda reaccionar—.
Quédate conmigo o suéltame del todo, pero no me pidas que siga siendo la persona a la que buscas cuando te sientes solo, cuando te aburres o cuando todo se te viene encima y necesitas descargarlo con alguien.
No me pidas que finja que no me afectas porque para ti sea más sencillo así.
Las lágrimas empiezan a acumularse en sus ojos, aunque ella mantiene la cabeza alta y la voz lo bastante firme como para que su dolor resulte todavía más evidente.
—Me encantaría irme contigo este fin de semana.
Me encantaría pasar una noche increíble de sexo contigo, Nick.
Claro que me encantaría. Pero después todo quedaría en eso, ¿verdad?
Volvería a mi casa sola y tendría que recomponerme otra vez mientras intento convencerme de que para ti solo ha sido una noche más y que no tengo derecho a esperar nada.
Quiero responder inmediatamente. Quiero negarlo, decirle que nunca ha sido una más y que ninguna de las noches que hemos compartido se parece a nada de lo que he vivido con nadie.
Abro la boca, pero las palabras no consiguen salir porque cualquier respuesta sincera me obliga a contarle el resto.
Me obliga a hablar de Claire, de la deuda y de todas las razones por las que no puedo ofrecerle una relación sin condenarla a sufrir una infidelidad constante que ella ni siquiera comprendería.
—Kass... —consigo murmurar.
Ella espera, mirándome como si todavía quedara una parte de sí misma dispuesta a creer que voy a decir exactamente lo que necesita escuchar. No puedo. No porque no lo sienta, sino precisamente porque lo siento demasiado.
Quiero decirle que no es una amiga con la que he compartido algo más que palabras.
Quiero explicarle que se ha convertido en la primera persona en la que pienso cuando me ocurre algo bueno y también cuando todo se hunde.
Que recuerdo el sabor de sus besos, la manera en que se muerde el labio cuando intenta esconder una sonrisa, el sonido de su risa y cómo consigue que mi vida parezca menos miserable con su sola presencia.
Quiero confesarle que me he enamorado de todas sus versiones: de la compasiva, la arrogante, la peleona, la insegura que nadie más parece ver y, sobre todo, de esta mujer que acaba de ofrecerme un amor que jamás pensé merecer.
Nunca he querido tanto el cariño de nadie.
Quizá cuando era niño esperaba con una desesperación parecida que mi madre me mirara y recordara que yo existía, pero hace años que dejé de necesitarlo de esa manera.
Con Kass es distinto. Su amor no me parece algo que me deban.
Me parece un regalo que jamás creí que alguien pudiera ofrecerme después de conocer las partes más oscuras de mi vida.
Y, sin embargo, no puedo aceptarlo. No mientras siga atado a Claire.
No mientras la estabilidad de Emma dependa únicamente de mí.
Mi deuda todavía no ha desaparecido, y el comportamiento de mi madre durante las últimas semanas empieza a hacerme sospechar que ha vuelto a las andadas.
Si la situación en casa empeora, necesitaré todavía más ayuda.
¿Cómo podría empezar una relación con la chica a la que amo sabiendo con absoluta certeza que tendría que engañarla constantemente?
¿Cómo podría mirarla a los ojos y prometerle exclusividad mientras sé que cualquier factura atrasada podría obligarme a volver a la cama de Claire?
No puedo hacerle eso. Prefiero que piense que no la amo antes que convertirla en la novia de un hombre que la traicionará una y otra vez.
Abro la boca una segunda vez. Vuelvo a cerrarla.
Kass contempla mi silencio y veo el momento exacto en que lo interpreta como una respuesta.
Algo se apaga dentro de sus ojos. Asiente muy despacio, como si acabara de confirmar una sospecha que llevaba meses intentando negar, y se seca una lágrima antes de que consiga caer.
—Lo suponía —murmura.
—Kass...
Esta vez ya no espera. Se gira y camina hacia la salida con la espalda recta, aunque la tensión de sus hombros revela todo lo que está intentando contener.
Quiero seguirla, sujetarla y obligarla a escuchar una verdad que todavía no puedo contarle, pero permanezco inmóvil porque no sé qué sería más cruel: dejarla marchar creyendo que no siento lo mismo o confesarle que la amo y pedirle que permanezca atrapada junto a mí dentro de una situación que no puedo cambiar.
La observo alejarse con los ojos llorosos hasta que desaparece por la puerta y vuelve al campo de entrenamiento.
Entonces me quedo completamente solo en mitad del vestuario, con el corazón agujereado por una tristeza que no se parece a nada que haya sentido antes.
Todos los demás problemas de mi vida siempre han podido esconderse detrás de una sonrisa.
Puedo bromear sobre el hambre, convertir las recaídas de mi madre en una anécdota, fingir que la deuda con Claire no me destruye poco a poco y responder con chulería cada vez que alguien utiliza mi reputación para hacerme daño.
Pero esto no. No existe ninguna broma capaz de aliviar la sensación devastadora de haber tenido delante, por primera vez en mi vida, la posibilidad real de ser feliz y haber tenido que rechazarla con mi silencio.
Kassy podría amarme. De hecho, acaba de decirme que está empezando a hacerlo.
Y yo llevo meses intentando ocultar que estoy completamente enamorado de ella.
Las dos verdades existen al mismo tiempo, separadas únicamente por una vida que nunca me ha permitido elegir qué quiero sin obligarme a sacrificar antes a alguien más.
Me siento más solo que nunca, porque ahora ya sé exactamente qué podría llenar ese vacío y también sé que no puedo tenerlo.
Me siento perdido porque ya no sé cómo volver al campo, sonreír y fingir que esta conversación no ha ocurrido.
No sé cómo mirar a Kassandra a partir de ahora sin recordar que me ha ofrecido su corazón y que yo, en lugar de tomarlo entre las manos, la he dejado marcharse convencida de que no significaba nada.
¿Y ahora qué hago con todo esto? ¿Cómo escondo lo que siento cuando sé que ella podría sentir exactamente lo mismo?
¿Cómo me convenzo de que no ha sucedido nada cuando todavía puedo escuchar su voz pidiéndome que la elija o que la olvide?
Lo peor es que sé cuál de las dos cosas debería hacer.
Y también que no soy capaz de hacer ninguna.