CAPÍTULO 29 LO QUE NUNCA PODRÉ DARTE
LO QUE NUNCA PODRÉ DARTE
Nick
Empiezo a pensar que Kassandra López ha convertido mi estabilidad mental en una especie de deporte privado del que yo soy siempre el perdedor.
No encuentro otra explicación para esos cambios repentinos que últimamente se producen en ella con tanta facilidad.
Hay momentos en los que aparece por el instituto con esa sonrisa pequeña que solo me permite ver cuando baja un poco la guardia, habla conmigo como si todo entre nosotros fuera sencillo y consigue que cualquier preocupación que llevara arrastrando hasta entonces pese bastante menos.
Sin embargo, apenas unas horas después puede encerrarse otra vez detrás de esa coraza que ha perfeccionado durante años y mirarme como si yo fuera el responsable de algo que ni siquiera conozco.
Pasa de la euforia al enfado, de la complicidad al silencio, de acercarse a mí a levantar una distancia tan evidente que casi puedo sentirla físicamente.
No sé si pretende alejarme de forma consciente o si ni siquiera ella comprende qué le ocurre, pero cada vez me preocupa más, porque ya no se trata únicamente del mal humor de siempre.
Conozco a la Kassy gruñona, a la peleona y a la que disfruta respondiendo con una crueldad divertida cada vez que la provoco.
Esta es distinta. Hay algo triste detrás de sus ojos incluso cuando sonríe, y no sé cómo combatir algo que ella se niega a reconocer.
Lo extraño es que hoy la mañana había empezado exactamente como una de las buenas.
Durante el descanso ha sido ella quien me ha llamado para que me sentara con ella en la cafetería, haciéndome un hueco a su lado con una naturalidad que ha conseguido sorprenderme más de lo que estoy dispuesto a admitir, diciéndome incluso que pidiera lo que quisiera para desayunar que ella pagaba, que le apetecía invitarme.
Ha estado habladora, encantadora y hasta cariñosa a su manera, preguntándome por Emma y riéndose de las tonterías que le contaba mientras yo intentaba convencerla de que un café era un desayuno perfectamente razonable para mí y que solo necesitaba despertarme un poco más.
No quería pedir nada más porque llevo toda la vida aprendiendo a medir cada moneda antes de gastarla, porque odio el sentimiento de seguir debiéndole cosas a alguien y aunque mi situación económica ha mejorado un poco en las últimas semanas, esas costumbres no desaparecen de un día para otro.
Kassy se ha dado cuenta, por supuesto. Siempre se da cuenta de las cosas, y cuando ha visto que no apartaba la vista de su tostada, ha cortado la mitad y la ha empujado hacia mí sin aceptar ninguna protesta.
—Cómetela —me ha ordenado con esa expresión que deja claro que discutir solo prolongará lo inevitable.
—No hace falta.
—Sí hace falta.
—Kass...
—He dicho que te la comas, Nicholas.
He terminado aceptando porque estaba hambriento y porque, sinceramente, las órdenes de Kassandra López es mejor obedecerlas.
Ella apenas había probado unos bocados antes de decir que ya no tenía más hambre, aunque no he sabido si era verdad o solo estaba utilizando una excusa para asegurarse de que yo comiera.
Mientras terminaba su desayuno, ha seguido hablando como si aquello no tuviera ninguna importancia, y yo he intentado hacer lo mismo, aunque por dentro me ha emocionado más de lo que debería que alguien se preocupara por si había comido.
Antes de volver a clase incluso se ha detenido junto al mostrador y ha comprado un muffin enorme de chocolate.
—Es para Emma.
—¿Para Emma?
—Le gustará mucho. El día que desayuné contigo y con ella en tu casa me dijo que le encantaban los muffins.
Me he quedado mirándola mientras guardaba el muffin con cuidado para que no se aplastara dentro de mi mochila, preguntándome cómo demonios puede una persona aprenderse detalles tan pequeños de alguien a quien apenas ha visto unas cuantas veces.
Ese gesto lleva en mi mente toda la mañana, porque Kass no se limita a fijarse en mí.
También se fija en las personas que forman parte de mi vida, y no sé si ella comprende lo peligroso que resulta que alguien haga algo así conmigo.
Por eso ahora, durante el entrenamiento, no entiendo absolutamente nada.
Lleva casi una hora comportándose como si todo el mundo hubiera decidido ponerse de acuerdo para irritarla.
Apenas habla con las demás animadoras, responde con brusquedad cuando alguien le pregunta cualquier cosa y, cada vez que nuestras miradas están a punto de encontrarse, gira la cabeza hacia otro lado con una rapidez que no parece casual.
Intento concentrarme en los ejercicios, pero me resulta imposible no buscarla de reojo y comprobar una y otra vez que sigue evitando mirarme.
No estamos enfadados. Al menos yo no lo estoy, y esta mañana ella tampoco lo parecía.
Precisamente por eso tengo la sensación de que algo ha ocurrido en cuestión de horas y, por algún motivo que desconozco, me ha convertido otra vez en el blanco de todo lo que siente.
Entonces aparece la rubia nueva en el equipo de animadoras, Kristy, como lleva haciendo con bastante frecuencia durante las últimas semanas.
No sé cuándo decide que somos amigos ni por qué parece encontrar siempre una excusa para acercarse, pero la verdad es que resulta agradable hablar con alguien que no me observa como si esperara que en cualquier momento hiciera algo terrible.
Kristy es simpática conmigo, se ríe de mis bromas y no parece afectarle demasiado todo lo que el pueblo lleva años diciendo sobre mis amigos y sobre mí.
No me gusta de esa manera. Ni siquiera me atrae especialmente.
Pero mentiría si dijera que no resulta reconfortante sentirse aceptado sin necesidad de demostrar primero que no eres el monstruo que todos esperan.
Mientras me cuenta una historia sobre otra de las animadoras, vuelvo a buscar a Kass con la mirada casi sin pensar y descubro que nos está observando.
Solo lo hace un instante, pero ese instante basta para que su expresión se endurezca aún más.
Después se gira y se marcha hacia la zona de los vestuarios con una brusquedad que me confirma que algo sí tiene que ver conmigo.
Pido disculpas a Kristy sin escuchar del todo su respuesta y salgo detrás de Kass.
Podría dejarla ir, darle el espacio que parece reclamar y esperar a que se le pase, pero llevo demasiado tiempo viendo cómo se encierra dentro de sí misma y ya no puedo fingir tan bien como antes que no me preocupa.
Cuando entro en el edificio, el silencio resulta extraño tras del ruido constante del campo.
Avanzo unos pasos y entonces escucho un sonido que consigue detenerme en seco.
Alguien está vomitando dentro de uno de los baños.
El cuerpo se me tensa inmediatamente, porque sé quién es.
—¿Kass? —la llamo mientras acelero el paso, esperando una respuesta que no llega. Vuelvo a escuchar una arcada y siento un vuelco desagradable en el estómago— ¿Kassandra? ¿Estás bien?
La cisterna rompe finalmente el silencio.
Permanezco frente a la puerta del cubículo intentando no imaginar nada grave hasta que se abre despacio y Kassandra sale con una expresión que pretende ser normal, aunque no consigue engañarme ni durante un segundo.
Lleva el pelo un poco alborotado, algunos mechones pegados a las mejillas, los ojos enrojecidos y lacrimosos y la piel más pálida de lo habitual.
Toda la irritación que podía sentir por su actitud desaparece de golpe, sustituida por una preocupación que me atraviesa el pecho.
—¿Estás bien? —pregunto acercándome. Ella evita mirarme mientras se dirige hacia el lavabo.
—Vete con la rubia y déjame en paz —parpadeo, desconcertado por la respuesta.
—¿Qué?
—Lo que has oído.
Intenta pasar a mi lado, pero le sujeto el brazo con antes de que consiga alejarse.
No quiero retenerla a la fuerza ni convertir la escena en otra discusión, solo necesito que se detenga y me mire, porque hay algo en su expresión que no me gusta nada.
Con la otra mano le aparto un mechón húmedo que se ha quedado pegado a la cara y lo coloco detrás de su oreja.
Ella permanece rígida, evitando mis ojos.
—Kass, mírame.
Tarda varios segundos en hacerlo. Cuando finalmente levanta la cabeza, el nudo de mi estómago se hace todavía más fuerte porque no es únicamente el vómito lo que le ha dejado esa expresión. Hay una tristeza enorme escondida detrás del enfado.
—¿Estás bien? —repito, esta vez con más suavidad.
—La cena de ayer me sentó mal —responde después de una pausa—. Llevo desde esta mañana con dolor de barriga.
La observo intentando decidir si la creo. Podría ser verdad. A cualquiera puede sentarle mal una comida, y no tengo motivos suficientes para acusarla de mentir, pero algo en su manera de hablar me hace sospechar que no me está contando todo. Acaricio su mejilla con el pulgar y noto la piel fría.
—Estás muy pálida. No deberías entrenar así.
—Ya estoy mejor. Cuando expulsas lo que te ha sentado mal, el cuerpo se queda mucho más tranquilo —dice, intentando recuperar esa expresión orgullosa que utiliza cuando quiere cerrar una conversación.
Se aparta de mí y da un paso hacia la salida, pero vuelvo a cogerla del brazo antes de que pueda marcharse.
Esta vez frunce el ceño y me mira con una mezcla de cansancio e irritación.
—¿Qué más te pasa? —le pregunto.
—Nada.
—No te creo.
—Pues es tu problema.
Durante unos segundos nos quedamos mirándonos en silencio. Conozco esa expresión. Está debatiéndose entre confesar lo que pasa o esconderse otra vez detrás de uno de sus ataques. Así que decido facilitarle el camino, aunque sospecho que la pregunta puede provocar exactamente el efecto contrario.
—¿Tiene algo que ver con Kristy?
La reacción es inmediata. Levanta la cabeza de golpe y su cara se transforma en una versión bastante convincente de un perro rabioso.