Tocables Intocables (The Ruins 2) CAPÍTULO 28 NUNCA SUFICIENTE #2
61%

CAPÍTULO 28 NUNCA SUFICIENTE #2

Sonrío porque quiero que crea que ha funcionado.

Porque no pienso permitir que gaste el poco ánimo que le queda preocupándose por mí.

Termino el café sin tocar la tostada y me levanto diciendo que llegaré tarde.

Mi madre no comenta que dejo el desayuno entero en el plato.

Mi padre sí lo mira, pero no dice nada. Quizá piensa que sigo afectada por la conversación.

Quizá lo estoy. En el fondo me sorprende la facilidad con la que desaparece el apetito cuando una empieza a imaginar que cada bocado acabará instalándose justo en aquellas partes de su cuerpo que otras personas consideran excesivas.

Durante el camino al instituto intento recuperar la serenidad.

Me repito que mi padre tiene razón, que los pantalones me quedan bien y que una sola opinión no debería pesar más que la imagen que vi en el espejo.

El problema es que la voz de mi madre lleva demasiados años viviendo dentro de mí.

Ya no necesita estar presente para seguir hablando.

Basta con que pase junto a un escaparate y vea mi reflejo desde un ángulo desfavorable para escucharla recordándome que podría cuidarme un poco más, elegir algo que disimule las caderas o evitar prendas que marquen demasiado el pecho.

Cuando entro en el edificio, llevo la espalda tan recta que empieza a dolerme, como si una buena postura pudiera esconder todo aquello que de repente siento que está mal.

Entonces mi mirada se encuentra con Nick, que está apoyado contra una de las taquillas, hablando con la rubia del equipo de animadoras.

La misma que llevaba semanas rondándolo en las fiestas, en los entrenamientos y ahora también en los pasillos.

Ella se ríe de algo que acaba de decirle y le toca el antebrazo con una confianza que me produce una punzada inmediata en el estómago.

Nick sonríe. Está claramente entretenido.

Inclina la cabeza hacia ella para escucharla mejor y la chica se acerca todavía más, dejando que el pelo rubio le caiga sobre un hombro mientras lo mira como si ya hubiera decidido que acabará consiguiendo exactamente lo que quiere.

Me detengo sin pretenderlo. La observo. No debería hacerlo, pero mis ojos empiezan a recorrer su cuerpo con una precisión cruel.

Es más delgada que yo. Tiene las caderas estrechas, las piernas largas y un trasero pequeño que no obliga a ninguna prenda a adaptarse demasiado.

La falda que lleva cae recta sobre su cuerpo.

Si la llevara yo se abriría más. Lo sé. Me pregunto si eso es lo que le gusta a Nick.

Tal vez las veces que me ha dicho que adora mis curvas solo fueran parte de su repertorio, otra forma de conseguir que me sintiera cómoda antes de acostarse conmigo.

Los hombres dicen muchas cosas cuando quieren algo. Mi madre siempre lo ha repetido.

No sé cuántas veces he visto ya a Nick hablando con esa chica.

Demasiadas para seguir fingiendo que es casualidad.

Está claro que le gusta. A lo mejor todavía no ha ocurrido nada entre ellos, pero solo será cuestión de tiempo.

Ella es bonita, disponible y mucho más sencilla que yo.

No carga con una familia destrozándose por el cáncer, no parece necesitar que nadie la convenza de que su cuerpo está bien como está y probablemente no empieza cada conversación buscando el modo de protegerse antes de que alguien pueda hacerle daño.

Quizá una chica así sea lo que Nick necesita.

Alguien que no espere respuestas, que no quiera convertir en relación algo que él ha dejado claro que solo puede ser ocasional.

Sigo caminando antes de que me vea. No pienso regalarle la imagen de mí observándolo como una novia celosa cuando ni siquiera soy su novia.

Hace apenas unos días decidí, por fin, dejar de escuchar todos los prejuicios con los que he crecido y admitir que quiero algo especial con él.

No una noche más. Quiero conocerlo de verdad, ayudarlo si me deja, discutir con él, reírme, verlo cuidar de Emma y formar parte de esa pequeña familia tan imperfecta.

Quiero intentarlo. Y justo cuando estoy preparada para reconocerlo, descubro que quizá él ya ha empezado a mirar hacia otra parte.

Cuando entro en el aula de francés, el profesor todavía no ha llegado.

Me siento en el pupitre de siempre y dejo la mochila en el suelo.

El asiento de Nick permanece vacío junto a mí.

Miro el reloj. Faltan tres minutos para que empiece la clase.

Después dos. Luego uno. La ansiedad se instala en mi pecho con una rapidez absurda.

¿Se habrá ido con ella? ¿Habrá decidido saltarse la clase porque han quedado en algún sitio donde puedan estar solos?

La imaginación empieza a completar lo que no sabe con imágenes que me resultan insoportables.

Nick besándola en algún rincón y tocando su firme y delgado cuerpo con ansias.

Nick haciendo que se sienta especial de la misma manera en que me hizo sentir a mí.

Aprieto los labios y me obligo a mirar el libro.

No tengo derecho a enfadarme. Él fue sincero.

Me dijo que no podía ofrecerme una relación.

También me dejó claro que respetaría cualquier decisión que yo tomara.

La única persona que ha empezado a desear algo distinto soy yo.

La puerta se abre cuando el profesor deja los libros sobre la mesa.

Nick entra con una sonrisa enorme, como si la mañana hubiera empezado bien para él.

Se disculpa por llegar tarde, recibe una mirada cansada del profesor y camina hacia nuestro pupitre.

Cuando se acerca, nuestros ojos se encuentran y él me guiña uno con esa naturalidad que consigue alterar el ritmo de mi respiración.

—Estás muy guapa, Kass —murmura mientras se sienta a mi lado.

La frase debería hacerme sentir bien. Hace apenas unas horas habría conseguido que sonriera durante el resto de la mañana.

Ahora la examino como si escondiera una trampa.

¿Lo dice porque realmente lo piensa o porque está de buen humor después de hablar con la rubia?

¿Le dice lo mismo a ella? ¿Ha estado sonriendo de esa manera porque han quedado después de clase?

El perfume de Nick me llega cuando se inclina para sacar el cuaderno y siento una mezcla de alivio y tristeza tan intensa que me cuesta respirar con normalidad.

—Gracias —respondo, sin mirarlo.

Él gira la cabeza hacia mí, quizá sorprendido por mi tono, pero el profesor empieza la explicación antes de que pueda preguntarme nada.

Nick presta atención con una sonrisa tranquila, toma apuntes e incluso levanta la mano para responder una pregunta de una forma tan desastrosa que provoca varias risas en el aula.

Yo debería reírme también. Normalmente lo haría.

Sin embargo, sigo atrapada en la idea de que a Nick le gusta esa chica más que yo y en la frase de mi madre durante el desayuno.

La rubia es más delgada. Nick parecía feliz con ella.

Mis pantalones marcan demasiado mis caderas.

Nick me ha dicho que estoy guapa. Todo se mezcla hasta que ya no sé qué parte pertenece a la realidad y cuál ha sido construida por mi miedo.

Me enfada ser así. Me enfada haber llegado al instituto convencida de que estaba preparada para afrontar la idea de que me he enamorado de alguien y descubrir, unas horas después, que quizá no estoy preparada ni para quererme a mí misma.

Durante años he proyectado una seguridad que ahora se desvanece entre mis manos como humo.

La gente me mira y ve a una chica fuerte, orgullosa y consciente de su atractivo.

Nadie sospecha que basta con una mísera estupidez para hacerme cuestionar cada centímetro de mi cuerpo.

Vuelvo a mirar a Nick de reojo. Está concentrado en el profesor, con una pequeña sonrisa todavía dibujada en los labios.

No sé si alguna vez llegará a enamorarse de mí.

Ni siquiera sé si soy la clase de chica de la que alguien como él podría enamorarse.

Lo único que tengo claro es que yo ya lo he hecho y que comprender lo que siento no me hace más valiente. Me hace sentir completamente indefensa.