CAPÍTULO 28 NUNCA SUFICIENTE
NUNCA SUFICIENTE
Kassy
Durante mucho tiempo me he convencido de que el amor era una cuestión de voluntad, algo que una persona podía evitar si mantenía la cabeza fría, las expectativas altas y una distancia prudente con cualquiera que amenazara con alterar el orden de su vida.
Me parecía absurdo contemplar cómo algunas chicas perdían el sueño por hombres que apenas sabían lo que querían, cómo confundían unas pocas atenciones con promesas o empezaban a imaginar un futuro con alguien que nunca se había molestado en ofrecerles ni siquiera un presente.
Yo no iba a ser una de ellas. Siempre he tenido demasiado claras mis prioridades, demasiado orgullo y una madre que lleva años recordándome que los hombres pueden resultar entretenidos durante un tiempo, pero que ninguna mujer sensata debería construir su felicidad alrededor de ellos, aunque sí beneficiarte de su amparo económico.
La independencia, según ella, consiste en no necesitar a nadie lo suficiente como para que pueda hacerte daño, y durante años he creído que esa era también mi mayor virtud.
Ahora descubro que quizá nunca fui fuerte, sino simplemente afortunada.
Nunca había conocido a nadie capaz de atravesar todas mis defensas.
Nicholas Stone lo ha conseguido sin proponérselo o, al menos, sin que yo sepa si alguna vez ha querido hacerlo.
Esa es precisamente la parte que más me atormenta.
Hay días en los que me mira como si yo fuera la única persona del mundo, recuerda el sabor de mi helado favorito, consigue hacerme sonreír cuando ni siquiera sabía que necesitaba hacerlo y me llama Kass con una ternura que convierte mi nombre en algo completamente distinto.
En esos momentos pienso que tiene que sentir algo.
Nadie presta tanta atención a una persona que le resulta indiferente.
Nadie la observa con esa intensidad ni recuerda detalles que ella misma ha olvidado haber contado.
Sin embargo, después lo veo sonreírle a otra chica, escucharla como si cada palabra fuera fascinante o desplegar ese repertorio de seducción que parece conocer desde antes de aprender a leer, y vuelvo a preguntarme si todo lo que ocurre entre nosotros solo existe porque Nick trata así a cualquier mujer que permanezca demasiado cerca durante el tiempo suficiente.
Quizá solo soy una amiga. Una amiga con la que ha compartido mucho más que conversaciones, por supuesto, pero una amiga, al fin y al cabo.
Alguien a quien aprecia, con quien se siente cómodo y a quien desea lo suficiente para acostarse cuando ambos necesitan olvidarse un poco de sus problemas.
Tal vez eso sea todo. El problema es que para mí ha dejado de ser suficiente y no sé en qué momento ocurre.
No existe una fecha concreta ni un gesto definitivo al que pueda culpar.
No me enamoré de él cuando me besó por primera vez ni cuando me llevó a su cama.
Tampoco las veces que me ha cuidado o la mañana en que lo vi cuidar de Emma con una paciencia que ningún chico de nuestra edad debería haber aprendido todavía.
Supongo que sucede poco a poco, reuniendo pequeñas versiones de Nicholas Stone hasta que un día descubro que ya no consigo separar ninguna de ellas de la persona que amo. Porque sí. Lo amo.
La palabra aparece dentro de mi cabeza con una claridad que ya no me permite seguir utilizando excusas.
Estoy enamorada de Nicholas Stone y ojalá no lo estuviera.
Ojalá todavía pudiera verlo como aquel imbécil arrogante que regresó al instituto después de una expulsión y caminó por los pasillos como si el mundo entero fuera una fiesta organizada para recibirlo.
Habría sido mucho más sencillo mantenerme lejos si nunca hubiera visto al Nick que prepara una cena con dos latas y un paquete de pasta porque su hermana tiene hambre; al que permite que Emma le llene el pelo de lazos rosas con tal de escucharla reír; al que esconde el miedo detrás de una broma, la vergüenza detrás de una sonrisa y el cansancio detrás de una chulería tan exagerada que nadie se molesta en mirar un poco más.
He conocido al Nick protector, al responsable, al vulnerable y al dulce.
Ahora ya no puedo fingir que no existen esas partes de él cada vez que se comporta como un mujeriego insoportable.
Solo veo a un chico intentando sobrevivir con las herramientas que tiene.
A veces pienso en Ava y Ryder y siento algo de lo que me avergüenzo.
Durante meses me molestó que Ryder la observara desde lejos, que pareciera conocer cada uno de sus movimientos y que su presencia condicionara la forma en que otros chicos se acercaban a ella.
Me parecía enfermizo. Demasiado intenso.
Algo de lo que mi amiga debía protegerse.
Ahora me pregunto cuánta parte de mi rechazo nacía de la preocupación y cuánta de una envidia que nunca estuve preparada para reconocer.
Ava siempre tuvo a alguien que la miraba como si no existiera ninguna otra mujer en el mundo.
Alguien que la quiso antes incluso de que ella supiera que podía ser querida de esa manera.
Yo jamás he tenido eso. He tenido chicos que me desean, hombres que me miran el pecho antes de recordar que tengo cara y personas dispuestas a acercarse mientras me mantenga divertida, segura y fácil de admirar.
Pero no sé si alguien ha estado alguna vez enamorado de mí.
No sé si alguien ha regresado a casa pensando en mi sonrisa o se ha preguntado qué necesito cuando me ve callada.
Ojalá Nick lo hiciera. Ojalá no tuviera que analizar cada gesto suyo como si buscara pruebas de algo que quizá no existe.
Aparto esos pensamientos cuando bajo las escaleras y entro en la cocina, aunque la sensación de inseguridad me acompaña como una segunda piel.
Mi padre ya está sentado a la mesa con una taza de café entre las manos y mi madre hojea unos documentos médicos.
Papá sonríe en cuanto me ve, pero esa sonrisa ya no consigue esconder lo demacrado que está.
Ha perdido peso. Las mejillas se le han hundido y la piel parece demasiado fina sobre los huesos, aunque todos repetimos que es normal, que la quimioterapia pasa factura y que el cansancio demuestra que el tratamiento está haciendo su trabajo.
Nos aferramos a esas explicaciones porque la alternativa resulta insoportable.
Mientras me sirvo café, lo observo retirar discretamente un trozo de tostada que apenas ha probado y siento una punzada de miedo que intento enterrar inmediatamente.
—Buenos días, princesa —me saluda, y su voz conserva la misma calidez de siempre, aunque suene más débil.
—Buenos días, papá.
Me acerco para darle un beso en la mejilla y noto que huele al jabón suave que utiliza desde que la piel empezó a irritársele con los tratamientos.
Él aprieta mi mano. Me siento frente a ellos e intento sonreír mientras bebo el café.
Llevo unos pantalones beige de cintura alta y una blusa blanca sencilla.
Antes de salir de mi habitación me han parecido elegantes, incluso favorecedores.
Ahora mi madre levanta la vista de los papeles y recorre mi figura con una atención que conozco demasiado bien.
—Cariño —dice con esa voz suave que utiliza justo antes de soltar uno de sus temidos comentarios—, los colores claros siempre pronuncian más tus excesos en las caderas.
Durante unos segundos me paralizo ante la frase.
Después bajo la mirada hacia mis pantalones y siento cómo toda la seguridad que había reunido delante del espejo empieza a deshacerse.
Mis manos se quedan inmóviles alrededor de la taza.
No he engordado. Al menos no creo haberlo hecho.
Sin embargo, de repente el tejido parece tensarse demasiado sobre mis muslos, la cintura resulta menos favorecedora de lo que imaginaba y mis caderas ocupan un espacio que hace apenas unos minutos no me molestaba ocupar.
—Mamá... —murmuro, incapaz de ocultar del todo la consternación.
Mi padre deja la taza sobre el plato con un golpe más firme de lo habitual y mira a mamá con una seriedad que consigue que ella frunza el ceño.
—No le digas algo así.
—Solo intento ayudarla.
—Pues no lo hagas de esa manera —responde él, manteniendo un tono cariñoso, pero con una convicción que no deja lugar a discusión—. Kassy está preciosa exactamente como está. Esos pantalones le quedan estupendos y no tiene ningún exceso que esconder.
Mi madre suspira, como si los dos estuviéramos interpretando mal una observación completamente inocente.
—No he dicho que esté fea. Sabes perfectamente que pienso que nuestra hija es preciosa. Solo digo que hay prendas que favorecen más que otras.
—Y yo digo que no necesita que alguien le señale qué partes de su cuerpo debería disimular mientras desayuna —replica mi padre—. Ya hay demasiada gente ahí fuera dispuesta a hacer que una mujer se sienta insuficiente. No empieces tú también desde casa.
Las palabras deberían consolarme. Una parte de mí agradece profundamente que me defienda, sobre todo ahora que parece necesitar toda su energía para mantenerse sentado frente a nosotros.
Sin embargo, el comentario de mi madre ya ha encontrado su lugar.
Es lo que siempre ocurre. Una vez que alguien señala un defecto en mí, resulta imposible dejar de verlo.
Puedo pasar horas delante del espejo sintiéndome bonita y basta una sola frase para que todas las demás desaparezcan.
Mi madre vuelve a los documentos con una expresión contrariada y mi padre me dedica una sonrisa pequeña, intentando reparar algo que ambos sabemos que no se arregla tan fácilmente.
—Estás preciosa, princesa —repite.
—Gracias, papá.