Tocables Intocables (The Ruins 2) CAPÍTULO 27 UN HELADO DE CHOCOLATE CON AVELLANAS #2
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CAPÍTULO 27 UN HELADO DE CHOCOLATE CON AVELLANAS #2

—Uno de chocolate con avellanas —pido y ella gira la cabeza lentamente hacia mí.

No dice nada. Solo me mira. Hay sorpresa en sus ojos.

Una sorpresa tan sincera que me hace comprender que nunca imaginó que yo hubiera prestado atención a un detalle tan pequeño— ¿Qué?

—pregunto encogiéndome de hombros, intentando restarle importancia a algo que, en realidad, llevo recordando desde la primera vez que compartimos un helado—.

No pongas esa cara. Tampoco soy tan desastre.

Kassandra baja la vista hacia la vitrina de los helados otra vez, pero detecto esa sonrisa pequeñita que intenta esconder en la comisura de los labios.

—Pensaba que ni te acordabas.

—De algunas cosas sí.

No añado nada más. Porque, si sigo hablando, acabaré confesándole que también recuerdo que le gustan las tortitas con sirope de fresa y que el café no solo le gusta solo, sino que esté hirviendo y recién salido de Mordor.

Hay recuerdos que uno no debería tener de alguien con quien se supone que solo comparte unas cuantas noches.

—¿Y tú? —pregunto mirando a Emma.

—¡Fresa! ¡Con muchas nubes!

—Eso ya lo sabía.

—¿Cómo?

—Porque llevas pidiendo el mismo desde hace cuatro cumpleaños —me encojo de hombros mientras Emma suelta una risita—. Tengo buena memoria.

Yo pido uno de chocolate con avellanas para mí también. Cuando el dependiente deja los tres helados sobre el mostrador, saco el dinero del bolsillo antes de que Kassandra pueda reaccionar. Ella intenta detenerme colocando una mano sobre mi muñeca.

—Nick, no hace falta. El mío me lo pago yo —susurra y yo niego despacio mientras aparto con suavidad su mano.

—Hoy no.

—Pero...

—Hoy es el cumpleaños de Emma. No pienso dejar que pagues absolutamente nada.

Frunce el ceño con esa mezcla de terquedad y a la vez ternura que a veces pone cuando me ve en apuros. No puedo evitar sonreír.

—Nick… —insiste ella. Suspiro con teatralidad antes de señalar los helados.

—Mi madre lleva casi dos meses haciendo las cosas bien.

Está cumpliendo con el trabajo y no sale apenas.

En casa vuelve a entrar dinero. Además, he echado una mano a Carter con un par de reformas que está haciendo y me ha pagado bastante mejor de lo que esperaba.

Créeme... puedo permitirme tres helados sin que tengamos que declararnos en bancarrota —le informo y la veo relajarse apenas un poco.

No del todo. Solo lo suficiente para dejar escapar el aire lentamente.

—Vale, me has convencido. Gracias —es un gracias muy bajito. Pero al menos ha dejado la cabezonería a un lado.

Nos sentamos en una mesa de la terraza. Emma ocupa la silla del medio, mientras Kassandra y yo quedamos uno frente al otro.

Durante unos segundos ninguno dice nada.

Ella juega distraídamente con la cucharilla de plástico y yo finjo estar demasiado concentrado en mi helado para evitar seguir observando a Kassandra como un obseso.

También hay varias cosas que me rondan por la cabeza desde que Emma la interrumpió en esa conversación con ese chico.

¿Estará saliendo con él? Al final, como soy un bocazas, no puedo aguantar más y le pregunto directamente.

—Por cierto... —levanto la vista intentando parecer despreocupado—. Espero que no hayamos fastidiado ninguna cita importante.

Ella tarda unos segundos en responder. Me estudia con una calma que me incomoda muchísimo más que cualquier discusión.

—¿Por qué lo preguntas?

Mierda. Porque me importa demasiado. Porque llevo imaginándome todo este rato quién demonios era ese tío. Porque he odiado su cara sin conocer ni su nombre. Pero sonrío como si nada de eso me perturbara.

—Curiosidad.

Ella mantiene la mirada unos segundos más antes de bajar lentamente la cuchara.

—Es hijo de unos amigos de mi padre.

—Ah —asiento despacio.

—Mi madre insiste bastante en que deberíamos conocernos mejor —esa frase consigue que me duela el pecho.

—¿Y tú qué opinas? —pregunto con miedo y ella me mira evaluando su respuesta.

—Que es un buen chico —comenta y luego tras guardar silencio continúa—. Pero también creo que uno no puede obligarse a sentir cosas que no siente —añade. No sé si habla de él. O de mí. O de ambos. Y prefiero no preguntarlo. Así que opto por esconderme otra vez detrás del humor.

—Bueno... solo dime una cosa.

—¿Cuál? —pregunta ella levantando una ceja.

—Si algún día se porta mal contigo... —dejo la cucharilla sobre la mesa— ...me avisas.

—¿Y qué harías exactamente? —pregunta con diversión.

—Ponerlo en su sitio.

Se ríe. Por fin. Una risa de verdad. No esa sonrisa educada que lleva semanas regalándome. Una risa que le ilumina toda la cara y que consigue que durante unos segundos me olvide de todos los inconvenientes que hay en mi vida y que me alejan de ella.

—Eres idiota.

—Eso ya lo sabía.

Emma nos observa alternativamente con una sonrisa enorme.

—¿Ya sois amigos otra vez?

Kassandra y yo nos miramos. No sé responder a esa pregunta. Porque nunca hemos sabido qué somos. Ella tampoco, lo noto. Pero hoy no siento que exista un muro entre nosotros.

Entonces Kassandra mete la mano dentro del cuello de su camiseta y saca despacio una cadena fina de oro que hasta ese momento había permanecido escondida bajo la tela. La desabrocha y la sostiene entre los dedos unos instantes antes de inclinarse hacia Emma.

—Como hoy es tu cumpleaños… tengo algo para ti, Emma. Feliz cumpleaños —dice, cambiando de tema y dejándonos a Emma y a mí patidifusos.

—¿Es... para mí? —pregunta mi hermanita.

—Sí.

—¡Pero es tuyo!

—Ahora será tuyo.

¡¿Qué dice esta mujer?! ¿Está loca?

—Kass, no —interfiero inmediatamente. Ella ni siquiera me mira.

—Déjame.

—Es demasiado.

—He dicho que me dejes.

Hay una firmeza serena en su voz que conozco bien. Cuando habla así, discutir con ella es como intentar mover una montaña con las manos.

Con una delicadeza infinita coloca la cadena alrededor del cuello de Emma. La niña baja la cabeza para contemplarla y se queda completamente inmóvil. Después levanta los ojos hacia Kassandra y noto que los tiene llenos de lágrimas.

—Nunca... nunca había tenido una joya.

—Pues ya era hora —le contesta Kassandra acariciando su mejilla.

—No me la voy a quitar nunca —dice Emma llevándose una mano al colgante como si temiera que pudiera desaparecer. Kassandra sonríe ante ese gesto con una ternura que me deja completamente desarmado.

—No prometas eso. Si algún día necesitas venderla para comprar algo mucho más importante, hazlo. Las personas no viven dentro de las cosas. Yo seguiré acordándome de ti exactamente igual. Y tú de mí, ¿verdad?

No sé qué demonios ocurre dentro de mí en ese instante. Solo noto un calor desagradable detrás de los ojos. Aparto la vista hacia la calle fingiendo un interés repentino por un coche que acaba de aparcar. Respira. No seas ridículo. No llores por esto.

—Nicky... —la voz de Emma suena sospechosamente divertida.

—¿Qué?

—Creo que vas a llorar —dice mi jodida hermana, poniéndome en evidencia y me giro inmediatamente.

—No voy a llorar.

—Sí que vas a hacerlo —insiste mi hermana. Kassandra me observa un segundo y, de pronto, rompe a reír.

—Tiene razón.

—No, no tiene razón.

—Nicholas Stone... —se inclina un poco hacia delante apoyando los codos sobre la mesa—. Se te han puesto los ojos brillantes.

—Es alergia al polen.

—¡En noviembre! —dice Emma con una carcajada.

—Sí.

—¡Pero si no tienes alergia!

—Pues me acaba de salir.

Las dos estallan en una risa tan contagiosa que acabo riéndome yo también, aunque siga empeñado en defender una dignidad que hace rato que he perdido. Emma se levanta de la silla, me rodea el cuello con los brazos y empieza a llenarme la cara de besos exagerados.

—Pobrecito mi hermano...

—Qué sensible nos ha salido —añade Kass, uniéndose al ataque.

—¡No estoy llorando!

—Claro que no.

—Son imaginaciones vuestras.

—Deberíamos hacerte una foto y enmarcarla —dice la muy desgraciada de Kass.

Acabo rindiéndome. Las rodeo a las dos con los brazos, levanto a Emma para sentarla sobre una de mis piernas y tiro suavemente de Kassandra hasta que, entre protestas fingidas, termina ocupando la otra.

—Se acabó el motín —las dos me miran con expresión inocente—. Ahora vais a hacerme el favor de comer helado... y callaros un ratito.

Emma vuelve a reír. Kassandra también. Y durante unos segundos, mientras el sol empieza a caer sobre el pueblo y las escucho discutir sobre cuál de los tres helados está más bueno, me permito imaginar la vida que jamás podré tener.

Lo peor no es que esa vida sea imposible, que también.

Lo peor es descubrir lo absurdamente feliz que podría ser dentro de ella.