CAPÍTULO 27 UN HELADO DE CHOCOLATE CON AVELLANAS
UN HELADO DE CHOCOLATE CON AVELLANAS
Nick
Hay días en los que uno se despierta convencido de que el tiempo terminará colocando cada cosa en su sitio.
Luego pasan dos meses y descubres que el tiempo no coloca absolutamente nada; simplemente te acostumbras a convivir con el hueco que dejan las personas cuando deciden levantar un muro entre ellas y tú.
Kassandra López sigue viniendo cada mañana al instituto.
Sigue entrenando con las animadoras. Sigue caminando por los mismos pasillos que yo, y, sin embargo, es como si hubiera aprendido el extraño arte de atravesarme sin tocarme.
Ya no me mira con aquella mezcla de desafío y curiosidad que conseguía volverme completamente imbécil.
Tampoco me dedica aquellas respuestas afiladas que tanto fingía molestarme y que, en realidad, terminaban alegrándome el día.
Lo único que encuentro ahora cuando nuestras miradas se cruzan es una tristeza silenciosa que se instala detrás de sus ojos durante apenas un segundo, antes de que vuelva a ponerse esa maldita armadura que conozco demasiado bien.
Y, por mucho que lo intente, no consigo acostumbrarme a ella.
He probado absolutamente todo lo que sé hacer.
He vuelto a llamarla Salamandra solo para comprobar si fruncía el ceño.
Le he escondido un pompón durante un entrenamiento.
Incluso le he dicho un día, completamente en serio, que el uniforme de animadora parecía haberse inventado únicamente para ella.
Antes me habría respondido con algún insulto creativo o me habría golpeado el hombro mientras fingía indignación.
Ahora solo sonríe con educación, como si yo fuera un conocido cualquiera, y continúa caminando.
Y, joder... resulta increíble descubrir que prefiero mil veces que me llame idiota antes que esa cortesía que levanta una distancia imposible de cruzar.
Lo peor es que la entiendo. La entiendo demasiado.
Fui yo quien le clavó aquel puñal diciéndole que nunca la vería como otra cosa que no fuera algo pasajero y, aunque me disculpé e intenté hacerlo de la forma menos dolorosa que pude, vi el dolor atravesar su mirada porque, maldita sea, creo que, por primera vez en mi vida, alguien sí que deseaba quedarse a mi lado, que yo la eligiera y que pudiéramos contar el uno con el otro en todas las maneras posibles, no solo en el sexo.
Y yo también quería. Mejor dicho, quiero.
Pero no puedo. Y me he disculpado con ella de todas las formas que sé por lo que le dije, porque deseaba con toda mi alma poder darle lo que creo que me estaba reclamando.
Pero hay heridas que aceptan unas disculpas y, aun así, deciden quedarse. Supongo que esta es una de ellas.
Y mientras tanto sigo haciendo exactamente lo que llevo haciendo toda mi vida: fingiendo que nada me afecta mientras me trago todo lo que jamás podré decir en voz alta.
Porque la verdad continúa siendo la misma.
La quiero. La quiero de una forma que me da auténtico pánico.
La quiero lo suficiente como para imaginar, algunas noches, cómo sería despertarme todos los días junto a ella y discutir por tonterías antes de ir al instituto.
La quiero lo suficiente como para descubrirme pensando qué cara pondría Emma si un día Kassandra apareciera en casa con una bolsa llena de cruasanes y se instalara en nuestra cocina como si siempre hubiera pertenecido a ella.
La quiero lo suficiente como para sorprenderme soñando con una vida que jamás voy a poder tener ni ofrecerle.
Y precisamente por eso tengo que seguir alejándola de mí, aunque cada vez me cueste un poco más respirar cuando la veo sonreírle a cualquier otro.
Es curioso. Todo el pueblo lleva años convencido de que Nicholas Stone nunca ha querido tener novia.
Que soy incapaz de comprometerme con nadie porque disfruto demasiado de ir saltando de cama en cama.
Ojalá fuera verdad. Ojalá el problema fuera que no quiero.
La realidad es bastante más jodida. Llevo media vida deseando encontrar a alguien que conociera el desastre que soy y, aun así, decidiera quedarse.
Alguien con quien dejar de aparentar que todo está bajo control.
Alguien que me mirara como un hombre y no como un juguete.
Y cuando, por fin, esa persona aparece...
resulta que yo soy el primero que tiene que decirle que no puedo.
La vida tiene un sentido del humor bastante hijo de puta.
—¡Nicky! ¡Date prisa! —La voz de Emma me devuelve al presente. Giro la cabeza y la encuentro esperándome junto a la puerta de casa con una impaciencia tan exagerada que parece que vayamos a cruzar medio planeta en lugar de caminar apenas diez minutos hasta la heladería de siempre.
—¿Sabes que las heladerías no desaparecen si tardamos treinta segundos más?
—¿Y si hoy sí, listillo?
—Entonces presentaremos una reclamación muy seria.
Ella rompe a reír y sale disparada. La observo mientras voy detrás de ella, incapaz de evitar una sonrisa.
Hoy cumple once años y, aun así, sigue encontrando la felicidad en las cosas pequeñas.
No ha pedido un móvil nuevo, ni ropa cara, ni una fiesta.
Solo quería un helado conmigo. Y me parte el alma pensar que esa capacidad para conformarse con tan poco no es una virtud, sino una costumbre aprendida demasiado pronto.
—¿En qué piensas? —pregunta curiosa.
—En que tengo la mejor hermana pequeña del mundo —digo y ella arruga la nariz.
—Eso ya lo sabía.
—Vaya. Entonces tendré que dejar de hacerte cumplidos.
—Ni se te ocurra.
Le revuelvo el pelo y ella protesta como si acabara de cometer el peor crimen imaginable.
Seguimos caminando entre bromas hasta que, al doblar una esquina, todo mi cuerpo se queda completamente inmóvil.
Kassandra está a unos metros de nosotros.
Lleva una falda de tablas que el viento mueve apenas un poco y una camiseta blanca sencilla que consigue el milagro de hacer que cualquier otra persona desaparezca alrededor.
Tiene el pelo recogido de forma despreocupada y se ríe de algo que acaba de decir el chico que la acompaña.
Es de esas sonrisas pequeñas que aparecen cuando alguien te cae bien y sientes complicidad.
Y descubro que odio al desconocido antes siquiera de saber cómo se llama. No tengo derecho. Lo sé. No puedo ofrecerle absolutamente nada. También lo sé. Pero hay una parte de mí, la más egoísta y miserable, que no soporta verla compartiendo esa sonrisa con otro.
Estoy planteándome seriamente dar media vuelta cuando Emma levanta la cabeza, sigue la dirección de mi mirada y, antes de que pueda detenerla, sale corriendo.
—¡Kass! —grita y sale corriendo. Mierda.
—¡Emma, espera! —grito yo.
Es demasiado tarde. Kassandra gira la cabeza justo cuando mi hermana se lanza contra ella con la fuerza de un pequeño huracán. Durante un segundo veo desconcierto en su rostro y, al siguiente, sus brazos ya rodean a Emma con la misma ternura con la que mi hermana la rodea a ella.
—¡Pero bueno! —ríe Kass mientras la aprieta—. Mira quién está aquí.
—¿Te acuerdas de mí? —pregunta mi hermanita. Kassandra se separa apenas unos centímetros para mirarla como si acabara de hacer la pregunta más absurda del mundo.
—Claro que me acuerdo de ti —contesta Kass y Emma sonríe de oreja a oreja.
—¡Hoy es mi cumpleaños! Y Nicky me lleva a comer un helado —llego hasta ellas justo cuando Emma añade, completamente ajena al caos que acaba de provocar…— ¿Te vienes con nosotros?
Miro al chico que acompaña a Kassandra y después vuelvo a mirarla a ella.
—Emma... Kass estará ocupada. No podemos secuestrar a la gente porque sí.
Antes de que pueda seguir hablando, Kassandra se gira hacia el muchacho.
—Lo siento. ¿Te importa si lo dejamos para otro día? —pregunta Kass, descolocándome, y él sonríe con educación.
—Claro. Nos vemos en tu casa de todos modos en estos días.
En su casa. No sé por qué esas palabras consiguen apretar algo dentro de mi pecho. Ella vuelve a mirarnos y, esta vez, la sonrisa que me dedica es pequeña, casi tímida.
—Creo que una invitación de cumpleaños es imposible de rechazar —al escucharla decir esto tengo la sensación de que quizá hoy... solo hoy... la distancia entre nosotros es un poco menos insalvable.
La heladería es la misma en la que una vez nos tomamos un helado Kass y yo, y nos preguntamos por primera vez, de forma disimulada, si podríamos permitirnos sentir algo el uno por el otro.
Yo ya sabía que, pudiera o no, ya sentía algo por ella.
Pero pensé que podía vivir ignorándolo sin más por aquel entonces.
Ahora ese sentimiento, al que llamo monstruo de mi interior, ha crecido y crecido tomando dimensiones desproporcionadas e imposibles de ignorar.
Haría lo que fuera por no tener la vida de mierda que tengo y poder volver a tener esa conversación con Kass con diferente enfoque.
Ahora, sentado otra vez aquí, en esta heladería, viendo a Emma debatirse con absoluta seriedad entre un helado de chocolate blanco o uno de fresa con nubes de azúcar, descubro que daría cualquier cosa porque la vida entera consistiera únicamente en problemas tan pequeños como ese.
—¿Ya lo has decidido o necesito pedir cita para mañana? —bromeo, apoyando los codos sobre el mostrador mientras el dependiente intenta disimular una sonrisa. Emma me mira indignada.
—Es una decisión importante.
—Tienes razón. Perdóname. Estamos hablando de un asunto de Estado.
Ella asiente con una solemnidad exagerada que me hace reír por lo bajo antes de girarme hacia Kassandra.
Lleva varios segundos observando todos los sabores como si realmente estuviera pensando cuál elegir, aunque la conozco lo suficiente para saber que eso no es verdad.
Me doy cuenta de que sonrío antes incluso de abrir la boca.