Tocables Intocables (The Ruins 2) CAPÍTULO 26 VOLVER A TI
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CAPÍTULO 26 VOLVER A TI

VOLVER A TI

Kassy

Llegamos a casa de Nick todavía enredados en un beso que no termina de romperse.

La puerta se cierra a nuestras espaldas con un golpe sordo y, en cuanto estamos dentro, las manos se vuelven urgentes.

Forcejeamos con la ropa del otro como si cada prenda fuera un obstáculo personal.

Le levanto la camiseta por la espalda mientras él me baja la cremallera del vestido.

Mis zapatos quedan abandonados en el recibidor.

Los suyos, un poco más adelante. Avanzamos a trompicones hacia el pasillo, sin soltarnos, sin dejar de tocarnos, y yo siento que el corazón me late demasiado fuerte para tratarse solo de sexo.

—Nick… —consigo decir entre besos, recuperando algo de cordura—. ¿Emma?

Él no se detiene. Me empuja suavemente contra la pared del pasillo y me baja el vestido hasta la cintura. Mis pechos quedan al descubierto y, antes de que pueda insistir, su boca encuentra uno de mis pezones. Lo mordisquea con cuidado, justo lo suficiente para arrancarme un gemido.

—No está —responde contra mi piel, sin dejar de lamer—. No te preocupes.

—¿Y tu madre? —gimo otra vez.

Nick ya tiene la mano debajo de mi falda.

Me aprieta contra la pared con el cuerpo y sus dedos encuentran el borde de mis bragas.

Las aparta sin delicadeza y empieza a acariciarme el coño con esa maestría que siempre me desarma.

Fuerte. Preciso. Como si conociera exactamente dónde tengo que sentir para perder el control.

Gimo más alto. Él sonríe contra mi cuello.

—Tampoco está —dice, sin dejar de tocarme—. Está en rehabilitación este finde. Aunque seguro que el lunes ya está de vuelta creyendo que se ha curado… como siempre que se va.

Lo miro con tristeza. Hay algo en su voz, en la forma en que lo dice como si fuera lo más normal del mundo, que me aprieta el pecho. Pero el pensamiento dura poco. Porque Nick elige ese momento para meter dos dedos dentro de mí y yo abro la boca en un gemido que no consigo contener.

—Estás tan rica… —susurra contra mi oído—. Tan jodidamente mojada. Me muero por estar dentro de ti, Kass. Me muero por follarte hasta dejarte sin sentido.

Eso es todo lo que necesito oír. Nos olvidamos del dormitorio.

Nick me quita las bragas de un tirón, me levanta del suelo y, en segundos, está empujando su polla dentro de mí contra la pared del pasillo.

El estiramiento me arranca un grito ahogado.

Es grueso, duro, perfecto, y se siente todavía mejor de lo que recordaba.

Empieza a moverse con embestidas profundas y constantes, sujetándome por los muslos, y yo me agarro a sus hombros como si fuera lo único que me mantiene en pie.

—Más… —le pido, clavándole las uñas en la espalda—. Más fuerte.

Obedece. Me folla con una intensidad que me roba el aliento.

Cada embestida me golpea justo en el punto que me hace ver estrellas.

Gimo su nombre. Él gruñe el mío. Y cuando el orgasmo me alcanza, lo hace con tanta violencia que tengo que morderle el hombro para no gritar demasiado alto.

Mis paredes se aprietan alrededor de él una y otra vez mientras tiemblo sin control.

Nick no me da tiempo a recuperarme. Me carga en brazos como si no pesara nada y me lleva hasta su habitación.

Me tumba en la cama y yo, todavía con las piernas temblando, me incorporo lo suficiente para bajarle los pantalones y meterme su polla en la boca.

Está caliente, húmeda de mí, y el sabor me pone todavía más cachonda.

Empiezo a chupársela con ganas, mirándolo a los ojos, disfrutando de la forma en que aprieta la mandíbula y se agarra a las sábanas.

—Kass… —gruñe—. Si sigues así me voy a correr.

No paro. Me gusta tenerlo así. A mi merced.

Pero él no se deja dominar del todo. Me separa con cuidado, me da la vuelta y me pone a cuatro patas.

Entra en mí de nuevo de un solo empujón y esta vez el ritmo es más salvaje, más desesperado.

Me agarra de las caderas y me embiste con fuerza mientras yo empujo hacia atrás para recibirlo más profundo.

El sonido de nuestra piel chocando llena la habitación.

Gimo. Él maldice. Y cuando ambos nos corremos, lo hacemos al mismo tiempo, con una intensidad tan violenta que me deja sin aire y a él temblando contra mi espalda.

Caemos sobre el colchón, sin aliento, sonrientes, todavía unidos. Nick se retira despacio y se tumba a mi lado. Me aparta un mechón de pelo de la cara con una ternura que no esperaba y me mira a los ojos.

—Eres preciosa —dice en voz baja. Algo se me aprieta en el pecho. Me emociono más de lo que debería.

—No te tenía por un romántico —le respondo, intentando que suene a broma. Nick se pone algo serio. Me sostiene la mirada unos segundos.

—No puedo serlo —admite—. Pero, si pudiera… lo sería contigo.

—¿Qué quieres decir con eso? —frunzo el ceño sin comprender. Él suspira. Como si hubiera dicho más de la cuenta. Luego niega con la cabeza y me da un beso suave en la frente.

—Duérmete, Kass.

Cierra los ojos con una sonrisa pequeña en los labios. Yo me quedo mirándolo un rato, observando cómo su respiración se vuelve más lenta, cómo su cuerpo se relaja por completo. Cuando estoy segura de que se ha dormido, intento hacer lo mismo. Pero no puedo.

No entiendo a Nick. ¿Solo me ve como un lío de una noche para de vez en cuando?

Normalmente eso sería lo ideal para mí también.

Sin compromisos. Sin complicaciones. Sin tener que explicar nada a nadie.

Pero ahora mismo mi cabeza es un lío. Me siento demasiado bien cuando estoy con él.

Demasiado a gusto. Demasiado… yo. Y me gustaría estar con él más veces.

Sin tener que preguntarme si le gusto de verdad o no, sino con la certeza de que sí lo hago.

Sin tener que plantearme tantas cosas. Pudiendo decir abiertamente que somos novios.

Me quedo perpleja ante ese pensamiento. ¿De verdad quiero eso?

Nunca he querido pensar en eso con Nick más de dos segundos.

Porque sabía que la respuesta no me iba a gustar.

Porque sabía que no sería fácil de afrontar.

Porque Nicholas Stone no es el tipo de chico con el que una se hace planes de futuro.

Es el tipo de chico con el que una se folla para olvidar, para sentir, para escapar.

Y sin embargo… Definitivamente sí. Eso es lo que quiero.

Quiero a Nick en exclusividad. Quiero explorar esto que siento por él y que a veces, solo a veces, siento que él también siente por mí.

Quiero dejar de fingir que no me importa.

Quiero dejar de protegerme. Quiero, por una vez, permitirme querer a alguien que probablemente no pueda quererme de la misma forma, pero que me encantaría que lo hiciera.

Me acurruco un poco más cerca de él, sintiendo el calor de su cuerpo, e intento dormir. Mañana tendré que enfrentarme a todo esto con la cabeza más clara. Esta noche… esta noche solo quiero quedarme aquí. Con él. Aunque sea solo por unas horas más.

Me despierto con el olor viril más increíble llenando mis fosas nasales.

Por un segundo no sé dónde estoy. Luego noto el brazo de Nick alrededor de mi cintura y el calor de su pecho contra mi espalda, y todo vuelve de golpe: follando contra pared del pasillo, después en su cama…

Me sonrojo solo de recordarlo. Me giro despacio y lo encuentro ya despierto, mirándome con una sonrisa que no le he visto nunca tan temprano.

—Buenos días, gruñona —dice con voz ronca de sueño.

—Buenos días, don insoportable.

Se ríe bajito y se levanta. Lleva solo unos pantalones de chándal bajos de cadera y el torso desnudo.

Me quedo mirándolo un segundo de más. Él lo nota y me guiña un ojo antes de salir de la habitación.

Escucho ruidos en la cocina, pero yo remoloneo en su cama unos minutos más pensando en lo de anoche con una sonrisa en la cara.

Cuando me levanto, me pongo su camiseta de anoche, que me queda enorme, y salgo descalza.

Nick está delante de la sartén, concentrado. Hay huevos, tostadas, un poco de fruta que parece decente y café recién hecho. Me mira por encima del hombro y sonríe como un niño que ha conseguido algo imposible.

—He encontrado comida de verdad —anuncia sin pelos en la lengua—. Hoy puedo consentirte como quiera. Siéntate.

Obedezco. Me siento en la mesa pequeña de la cocina mientras él termina de servir. El desayuno huele bien. Demasiado bien para esta casa. Cuando se sienta frente a mí, me mira raro. Como si estuviera pensando algo que no se atreve a decir.

—¿Qué pasa? —pregunto, cogiendo el tenedor. Nick se rasca la nuca. Parece casi avergonzado.

—Eres la primera persona con la que hablo de mis precariedades como si nada —admite en voz baja—. No sé… me hace sentir normal.

—Tú también me haces sentir normal a mí —sonrío sin poder evitarlo.

Él sonríe de vuelta, pero hay algo en sus ojos que se enturbia.

Sacude la cabeza, como si estuviera descartando un pensamiento, y se concentra en su plato.

Yo no dejo pasar la oportunidad— ¿Por qué te fuiste conmigo anoche y no con la rubia?

—pregunto—. Parecía que la tenías muy, muy a tiro—Nick me mira, con esa sonrisa perezosa que siempre me desarma.

—Porque, si me puedo ir con una reina… ¿para qué irme con una sirvienta? —dice y me río, sorprendida.

—¿Me ves como una reina? Pensaba que para ti era solo una gruñona insoportable.

—Pues sí —responde sin dudar—. Eres una gruñona insoportable. Pero una reina. ¿Y quién te ha dicho que no me gustan las gruñonas insoportables? —El corazón me da un vuelco ante sus palabras. Trago saliva.

—¿Quieres decir que te gusto, Nick?

Se queda callado. Demasiado callado. De repente empieza a hablar del desayuno, de si los huevos están bien, de si quiero más café… Cualquier cosa menos responderme.

—No me has contestado a la pregunta —insisto.

Nick deja el tenedor. Me mira a la cara. Y por primera vez desde que lo conozco, veo algo parecido al miedo en sus ojos.

—Kassandra… esta conversación no nos va a llevar a ningún sitio —dice con voz seria—.

Me alegro muchísimo de que hayas pasado la noche conmigo.

Deseaba con todas mis fuerzas volver a tener un momento contigo de esta manera.

Pero, por favor, no me hagas hablar de cosas que no puedo hablar.

Ni de sentimientos que no puedo permitirme tener.

Porque mi vida no es fácil. Y tener este tipo de emociones…

no está a mi alcance. Me lo complicaría todo mucho más.

—¿Qué hay de complejo en que te guste una persona? —pregunto, frunciendo el ceño. El estómago se me cierra—. ¿Qué podría hacer yo para complicarte más la vida si yo te gustara? —sigo insistiendo, perdiendo la paciencia. Nick me mira cada vez más serio. La sonrisa ha desaparecido por completo.

—Pues no tienes ni idea hasta qué punto me la complicaría si fuera así —responde en voz baja—. Así que mejor que no sea así… ¿verdad?

El silencio que se instala entre nosotros es espeso. Empiezo a desayunar solo para tener algo que hacer con las manos, pero cada bocado me sabe a cartón. Pierdo el apetito. Dejo la mitad del plato. Nick se da cuenta. Me coge de la mano por encima de la mesa y me la aprieta con fuerza.

—Hey… mírame —levanto la vista. Sus ojos miel están más suaves ahora, pero igual de firmes—.

De verdad que tú no eres ningún problema para mí —dice—.

Sería muy fácil que me gustaras. Sería muy fácil para mí ir más allá contigo.

Pero quiero ser sincero contigo. Y quiero que sepas que eso no va a pasar.

Entonces… si tú realmente ves que es un problema tenerme cerca, dímelo. No quiero molestarte.

Vuelvo a colocarme la armadura que jamás debería haberme quitado de forma rápida. Automática. Como siempre. Sin embargo, esta vez noto varias fisuras en ella que me preocupan seriamente.

—No —niego con una sonrisa forzada—. Qué tontería.

A mí no me gustas tú para nada, ya lo sabes.

Bueno… me lo paso bien contigo y follas bien.

Nos lo pasamos bien en la cama, ¿verdad?

—pregunto como si nada y al ver que no dice nada y que me mira con ojos tristes mientras asiente levemente yo continúo—.

No me importaría repetirlo alguna vez. Pero dentro de un tiempo.

Tampoco quiero que te acostumbres a tenerme aquí cada dos por tres y te compliques la vida, como tú dices, con alguien que no te va a llegar a gustar de esa manera nunca —digo, tratando de sonar indiferente y Nick vuelve a coger mi mano. Esta vez con más suavidad.

—Ey… no eres tú. De verdad. El problema no eres tú.

Tú no me complicarías la vida. Pero inevitablemente, si a mí me gustaras de esa manera…

mi vida se complicaría bastante. Por motivos que desconoces, Kass y que no te puedo contar porque…

joder, porque no quiero que me veas como un ogro.

Pero créeme que sería muy complejo para mí.

Y no me lo puedo permitir. Kass… siento mucho ser tan duro y tan directo.

Pero es para mí muy necesario que sepas con quién estás ahora mismo.

Y quieras volver a repetir conmigo o no…

yo lo entenderé y respetaré cualquiera de tus decisiones.

Pero es importante que sepas que esta es mi realidad.

Y que no va a cambiar. Al menos no a corto o medio plazo —sentencia.

Trago el nudo que se me ha formado en la garganta. Asiento. Sonrío. Miento.

—Bueno… tengo que irme —añado, sin ganas de seguir.

Me levanto. Me voy a su habitación y me visto en silencio. Nick me observa desde la mesa, sin intentar detenerme. Cuando llego a la puerta, me acompaña y me da un último beso en la frente. Suave. Casi arrepentido de la dureza de sus palabras.

—Ha sido maravilloso, Kass. Siento haberlo jodido todo.

Salgo de su casa con la cabeza alta. Cruzo la calle.

Doblo la esquina. Y solo entonces, cuando estoy segura de que no puede verme, me apoyo contra la pared de un edificio desconocido y me pongo a vomitar.

La tensión en mi cuerpo y el malestar es tan arrollador que no puedo parar.

Hasta que por fin no queda nada en el estómago y entonces me pongo a llorar como una imbécil.

Y es que, por primera vez en mi vida… no sé cómo volver a blindarme.