Tocables Intocables (The Ruins 2) CAPÍTULO 25 HACES QUE TIEMBLE LA TIERRA
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CAPÍTULO 25 HACES QUE TIEMBLE LA TIERRA

HACES QUE TIEMBLE LA TIERRA

Nick

The Ruins, como siempre, huele a alcohol barato, a sudor y a esa mezcla indefinible de perfume y hormonas que siempre se respira aquí a partir de que empieza el curso.

Es la primera fiesta oficial después de las vacaciones y el edificio está hasta la boca.

Llevo semanas necesitando exactamente esto: ruido, cuerpos, una distracción que no se llame Claire.

Estoy apoyado en una pared con Justin a mi lado. Él bebe de una lata de cerveza y yo de otra, y los dos miramos el gentío como si estuviéramos eligiendo el menú de la noche.

—Esa de la coleta —dice Justin señalando con la barbilla—. Tiene cara de que le gustaría que la empujaran contra una pared.

—Demasiado loca —respondo—. Además, ya te la has follado el año pasado.

—Cierto.

Nos reímos. Justin es de los pocos que todavía sabe cómo hablarme sin intentar arreglarme la vida.

El resto de mis amigos no vendrán a esta fiesta, Ryder por motivos obvios, pero Carter tiene algo entre manos que ya me ocuparé de averiguar en otro momento.

Pero esta noche necesito a alguien que me distraiga.

Y sobre todo necesito follar con alguien que no sea Claire.

Últimamente el sexo con ella es una mierda.

No porque ella no se esfuerce. Se esfuerza demasiado.

El problema soy yo. Cada vez que estoy dentro de ella mi cabeza se va a otro sitio, y lo peor es que me siento más obligado que nunca a complacerla.

Por eso, cuando una rubia del equipo de animadoras se acerca a nosotros con sonrisa pícara, no pierdo la oportunidad.

Se llama Lauren o Laura, no estoy seguro, y el año pasado ya estuvimos cerca de liarnos en una fiesta parecida, aunque no me van las menores y ella el año pasado estaba en un curso inferior al mío.

Este año solo tendré a las de mi curso, que, aunque son un año menor que yo, por lo menos ya son más maduras.

—Stone —dice, deteniéndose delante de mí— ¿Qué haces aquí tan libre entre tanta chica borracha?

Justin suelta una carcajada. Yo también sonrío, con esa sonrisa que sé que funciona para ligar.

—Pues estaba de vacaciones de ser el juguete favorito de alguien hasta que has llegado tú —le contesto—. ¿Y tú, Lauren? ¿Vienes a rescatarme o a complicarme la noche?

—Depende de lo complicado que quieras ponértelo —responde mordiéndose el labio y acercándose un poco más—. Y me llamo Lilly —mierda, soy lo peor.

Justin se despide de nosotros con un gesto obsceno y se dirige hacia una chica de aspecto punk, con el pelo teñido de negro azabache y un piercing en la ceja que parece diseñado para intimidar.

No me meto con sus gustos. Cada uno se entretiene como puede.

Yo me centro en la rubia. ¿Cómo ha dicho que se llama?

Da igual. La cuestión es que la rubia se coloca justo delante de mí, con una sonrisa lenta y los ojos brillantes de alcohol y ganas, y empieza a hablar sin rodeos.

—Llevo toda la noche mirándote —dice, acercándose lo suficiente para que su perfume me envuelva—. Pensé que estabas demasiado desocupado y ver a Nicholas Stone así es un desperdicio —suelta y le vuelvo a sonreír.

—Solo estaba esperando a que te acercaras tú.

—Qué considerado. ¿Y ahora que me he acercado… qué piensas hacer? —pregunta con coquetería

—Depende de lo que estés dispuesta a dejarme hacer.

La rubia se acerca más, hasta que su pecho roza el mío.

Habla directo, sin vergüenza, y en menos de cinco minutos ya me está contando exactamente qué le gustaría que le hiciera esta noche: que la lleve arriba, que la empuje contra una pared, que le diga cosas sucias mientras la follo.

Es una presa fácil. Demasiado. Pero es la distracción perfecta que necesitaba hoy.

Me acerco a su boca y la beso con ganas.

Ella responde con entusiasmo, pegándose a mí, abriendo la boca y dejándome tomar el control.

Mis manos bajan hasta su cintura y la aprieto un poco más contra mi cuerpo.

Ella gime bajito contra mis labios. Yo la tiento un poco más, inclinándome hacia su oreja.

—Si sigues así —le susurro—, esta noche no vas a llegar ni a la segunda planta. Te voy a follar aquí mismo, contra esta pared, y no me va a importar quién nos vea.

Siento cómo se le acelera la respiración. Cómo se le ponen los pezones duros contra mi pecho. Cómo sus dedos se clavan en mi camiseta. Está lista. Y yo estoy listo para llevármela arriba y olvidarme de todo lo demás.

Pero entonces miro hacia la pista de baile y mis ojos se encuentran con Kassandra, que está allí, dándolo todo con esa sensualidad que tan poco esfuerzo le cuesta desprender.

Baila junto a un chico que no me suena de nada.

Debe de ser de primero. Un año más joven, como mínimo.

Se mueve pegado a ella, intentando captar su atención con una insistencia que resulta casi patética.

Kassandra, por su parte, lleva esa expresión que conozco demasiado bien: la de quien está a dos segundos de decirle a alguien que se vaya a la mierda, pero todavía no ha encontrado el momento.

Baila seductora, sí, porque Kassandra siempre baila como si el mundo le perteneciera, pero hay algo forzado en la forma en que intenta ignorar al chaval.

Menudo imbécil. Qué manera más patética de intentar llevarse a la chica a un rincón.

Me jode porque ese crío no tiene ni idea de lo que tiene delante.

Kassandra necesita a alguien que sepa manejarla, no a un crío que se pone nervioso solo con mirarle el culo.

Suelto a la rubia con una sonrisa de disculpa.

—Siento mucho dejarte así, pero tengo algo importante que discutir con una amiga.

Ella pone cara de decepción, pero no insiste. Me alejo antes de que pueda cambiar de opinión, porque… ¿qué cojones estoy haciendo? Tenía a Lisa lista para mí.

Me acerco a Kassandra por detrás, moviéndome entre la gente con la autoridad que me dieron los años aquí.

Me detengo a unos pasos y me permito el lujo de observar.

El chico sigue hablando, gesticulando, intentando hacerla reír.

Ella responde con monosílabos y esa cara de desesperación contenida que siempre me ha divertido.

Cuando por fin levanta la vista y me ve, algo cambia en su expresión.

Sin decir una palabra, me agarra del cuello de la camiseta y me atrae hacia ella con una fuerza que me saca una sonrisa.

—Baila conmigo —ordena. Levanto una ceja, disfrutando del momento.

—¿Tanto me echabas de menos, Salamandra? —la provoco. Ella resopla y me mira con esos ojos oscuros que siempre consiguen descolocarme.

—No seas estúpido. Necesito quitarme a este moscón de encima.

—Será un placer dejarte utilizarme —respondo, y me dejo arrastrar al centro de la pista.

Justo entonces empieza a sonar we can’t be friends de Ariana Grande.

La ironía me hace sonreír. Kassandra se coloca frente a mí y yo no pierdo el tiempo.

Le paso una mano por la espalda, baja y lenta, y con la otra le aprieto la cintura hasta que su cuerpo queda pegado al mío.

Se mueve como una jodida diosa. Pero esta noche hay algo distinto en la forma en que responde a mis manos.

Como si, a pesar de todo lo que ha pasado, su cuerpo todavía recordara el mío y el mío sin duda el de ella.

Siento como si una energía abrazara nuestros cuerpos.

Algo que no había sentido nunca. En parte porque jamás he repetido con una mujer, excepto con ella y…

bueno y con Claire. Pero Claire no cuenta.

Hay algo precioso en la forma en que uno reacciona ante la cercanía de alguien a quien sí conoce, y no me refiero solo a que probablemente es la única chica de la que me sé el nombre y muchas cosas más.

Me refiero a que la conozco. A que sé cuándo sonríe de verdad o es una sonrisa forzada.

Sé cuándo está molesta de verdad o solo se está haciendo la dura.

Sé incluso cuando está excitada. Y ahora mismo lo está.

Noto como sube la temperatura de su piel bajo mi mano y su respiración acelerarse.

Y yo también estoy cachondísimo con solo apretar su cuerpo contra el mío.

Inclino la cabeza y aspiro el aroma de su cuello. Perfume, sudor limpio y algo que es solo ella. Kassandra se estremece. Lo noto en la forma en que se tensa y se obliga a seguir bailando.

—¿No estabas antes ligando con la rubia nueva del equipo de animadoras? —pregunta con la voz un poco más ronca de lo normal. Sonrío contra su piel.

—Prefiero ligar contigo. Me van más las peleonas.

Son mejores en la cama —susurro contra su cuello y ella se hace la ofendida, exactamente como esperaba, e intenta separarse.

Yo la atraigo más contra mí, negándome a soltarla—.

No te vayas —le digo cerca de la oreja—.

Te echaba de menos. Y por una noche podrías fingir un rato que no me odias y que me toleras un poco… como hiciste hace meses.

Kassandra se queda quieta. Me mira sorprendida, con los labios ligeramente entreabiertos. Hay algo en sus ojos que no sé interpretar del todo. Rabia, deseo, miedo… o los tres a la vez.

—Nicholas Stone —dice despacio—, ¿me estás proponiendo ir a tu cama esta noche? —pregunta con descaro y sonrío, intentando esconder un inusual y estúpido nerviosismo.

—Kassandra López, eso es justamente lo que estoy haciendo. Sin compromisos. Sin peleas. Si no quieres, lo entenderé… pero no hará que deje de insistir durante todo el jodido curso. Porque me muero por tenerte otra vez en mi cama.

Ella se muerde el labio inferior. Intenta disimular la sonrisa, pero no lo consigue del todo.

Y yo, mientras la miro, siento que, por fin, después de muchas semanas, algo dentro de mí vuelve a encenderse de verdad.

No es solo ganas de follar. Es ganas de follar con ella .

De volver a escuchar cómo dice mi nombre cuando se corre.

De recordarle que, aunque se empeñe en odiarme, su cuerpo todavía me responde.

La canción sigue sonando. La gente baila a nuestro alrededor. Y Kassandra sigue mirándome como si estuviera decidiendo si quiere arder otra vez o seguir fingiendo que el fuego se apagó hace meses.

Yo espero. Porque esta vez no voy a empujarla. Esta vez quiero que sea ella quien dé el paso. Y por la forma en que me está mirando… empiezo a creer que lo va a dar.