Tocables Intocables (The Ruins 2) CAPÍTULO 24 ¿ME TOMAS EL PELO?
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CAPÍTULO 24 ¿ME TOMAS EL PELO?

¿ME TOMAS EL PELO?

Kassy

Creo que la gente exagera cuando habla de empezar de cero.

Nadie empieza de cero nunca. Todos llegamos a los sitios cargando con algo.

Algunos llevan una mochila. Otros una maleta.

Yo, últimamente, tengo la sensación de arrastrar un edificio entero sobre la espalda.

Entro en el aula de francés unos minutos antes de que suene el timbre, dejo la mochila sobre el pupitre más alejado de la ventana y me siento junto al único sitio con dos asientos vacíos de toda la fila.

No quiero a nadie a mi lado. Llevo demasiadas semanas descubriendo que el silencio resulta mucho más llevadero que las preguntas incómodas, y la idea de pasar cincuenta minutos sin tener que fingir que todo va bien me parece, sinceramente, el mejor regalo que puede hacerme este lunes.

Mientras el profesor empieza a escribir verbos irregulares en la pizarra, saco el cuaderno con la intención de concentrarme solo en eso, en conjugaciones absurdas y acentos franceses imposibles y empezar bien un curso que debe darme de una vez el acceso a la universidad.

La puerta del aula se abre de golpe cuando la clase ya ha comenzado y todos levantamos la vista casi al mismo tiempo.

El profesor suspira con resignación antes incluso de descubrir quién es el culpable, y yo hago exactamente lo mismo hasta que veo aparecer esa sonrisa descarada que reconocería entre un millón.

Nicholas Stone entra con las manos levantadas en señal de paz, como si llegar tarde fuera una cualidad simpática y no una costumbre desesperante.

—Perdón, profe. Prometo que esta vez tengo una excusa medio decente.

El hombre resopla mientras señala el interior del aula.

—Siéntate y no empieces tan pronto a negociar conmigo cada vez que llegues tarde, Stone. Si te has cambiado a mi clase espero que sea porque te gusta y vas a comprometerte y no porque pienses que no conozco tu reputación y por ahí te piensas salvar.

Nick le dedica una sonrisa de esas que consiguen que hasta los adultos bajen la guardia y comienza a recorrer la clase con la mirada buscando un sitio libre.

Yo sigo observando el cuaderno, convencida de que encontrará cualquier otro asiento.

Hasta que unas zapatillas deportivas se detienen justo a mi lado.

Levanto lentamente la vista. Él me está mirando como si acabara de encontrar exactamente lo que buscaba.

—Hola, Salamandra —suelta y aprieto la mandíbula. Perfecto. Justo lo que me faltaba.

Vuelvo a bajar la vista al cuaderno con la esperanza de que entienda la indirecta y se limite a abrir el libro, pero el muy imbécil deja la mochila sobre la mesa con una tranquilidad insultante, toma asiento a mi lado y comienza a mirarme fijamente esperando alguna reacción por mi parte.

Intento aguantar exactamente treinta segundos. Al trigésimo primero ya no puedo más. Sin apartar la vista del libro, bajo la voz para que el profesor no nos escuche.

—¿Qué demonios haces aquí? —inquiero y percibo perfectamente cómo su sonrisa se ensancha.

—Buenos días para ti también.

—Nicholas.

—Me he cambiado a francés y voy a ser tu compi todo el curso, ¿no es maravilloso, Salamandra?

—¿Por qué demonios has hecho eso? ¿No ves que es una estupidez coger en el último curso una asignatura que no has dado nunca? —pregunto y esta vez sí lo miro a los ojos. Él asiente con toda naturalidad mientras saca un bolígrafo mordisqueado del bolsillo de la sudadera.

—Filosofía era un rollo desde que Ryder se fue. Además, el francés, aunque se me da fatal, dicen que es muy sexi y a las chicas les gustan los hombres que saben francés, y pensé que igual necesitaba cursar la asignatura acompañado de la alumna más ambiciosa de la clase.

Entorno los ojos.

—Sigo sin creer que sea muy inteligente este cambio.

—No hace falta. Con que me dejes copiar los deberes ya me conformo.

Tengo que hacer un esfuerzo enorme para no sonreír. No pienso regalarle esa satisfacción tan pronto. Aun recuerdo el dolor que causaron en mí sus palabras y cuánto tiempo y lágrimas me costó superarlas.

—Pues te has equivocado de pupitre.

—¿Ah, sí?

—Sí. Yo no cedo mis apuntes.

—Perfecto. Bueno saberlo —dice y levanta el cuaderno—. Entonces copiaré cuando no me mires.

Sacudo la cabeza con resignación mientras intento concentrarme otra vez en la explicación del profesor.

Es imposible. Tenerlo sentado tan cerca vuelve a alterar el orden de mis pensamientos con una facilidad que me enfurece.

Huele igual de bien que siempre. Lleva el pelo igual de seductoramente desordenado que siempre.

Y yo me pongo igual de nerviosa a su cercanía que siempre.

¿Cómo puede comportarse con tanta normalidad después de todo lo que ha pasado?

Yo nunca le he importado una mierda y no entiendo por qué quiere ahora que seamos amigos.

Nunca nos hemos soportado. Bueno, menos durante ese pequeño lapso de tiempo en el que creí que podía pillarme por él y él por mí.

Pero todo fue una estupidez y él lo sabe desde antes incluso que yo lo supiera también.

Entonces, Nick deja de escribir de repente y gira apenas unos centímetros hacia mí.

—¿Cómo está tu padre? —pregunta sin venir a cuento con una seriedad tan impropia en él que me deja sin palabras.

La pregunta me noquea. Nadie me la hace ya.

Todos parecen asumir que responderé con un "bien" automático.

Abro la boca para hacerlo. Pero la mentira no sale.

Bajo la mirada hacia el margen del cuaderno y descubro que estoy apretando el bolígrafo con tanta fuerza que los nudillos se me han puesto blancos.

—No lo sé —confieso al fin con un hilo de voz.

Él no dice nada. Solo espera. Y quizá sea precisamente ese silencio lo que termina de desconectar algo dentro de mí que hace que me abra a él en canal.

—No me cuentan nada. Ni él ni mi madre quieren preocuparme y cada vez que pregunto me responden lo mismo: que todo va bien, que confíe, que los médicos saben lo que hacen...

blablablá… —sonrío sin humor—. Empiezo a pensar que soy la única persona de mi familia que no sabe realmente qué está pasando.

Durante unos segundos ninguno de los dos habla.

Entonces noto cómo levanta muy despacio la mano.

Lo veo detenerse un instante, como si dudara si tiene derecho a hacerlo.

Finalmente aparta con muchísimo cuidado un mechón de pelo que había caído sobre mi cara y lo coloca detrás de mi oreja.

El gesto es tan sencillo y a la vez tan tierno que me desarma.

—Tranquila, Kass —dice con su voz apenas en un murmullo—. Seguro que todo irá bien —hace una pequeña pausa antes de añadir con una sonrisa muy suave— Y, si un día no puedes más... ya sabes dónde está el cementerio de coches. Yo pongo los palos. Tú eliges cuál merece recibir la paliza.

No puedo evitar reírme. Es una risa pequeña. Cansada. Pero completamente real. Y, por primera vez desde hace muchísimo tiempo, no siento la necesidad de esconderla. Nick me observa unos segundos con esa expresión tranquila que cada día me desconcierta más. Después sonríe él también.

—Joder... —niega despacio con la cabeza—. Echaba muchísimo de menos esa sonrisa —susurra y lo miro entre divertida y desconfiada.

—¿Por qué eres tan amable conmigo ahora? —pregunto y frunzo ligeramente el ceño— ¿Es porque quieres volver a llevarme a la cama?

Él rompe a reír tan fuerte que el profesor le lanza una mirada de advertencia. Nick levanta una mano pidiendo perdón sin dejar de sonreír y vuelve a inclinarse hacia mí.

—No —sacude la cabeza— Bueno... tampoco voy a fingir que aquella parte no me gustó.

—Idiota —le doy un codazo suave en las costillas.

—Me gustó bastante —dice, consiguiendo que mi corazón de un brinco, y su sonrisa se vuelve algo más serena—.

Pero no es por eso —lo dice con una sinceridad que hace desaparecer cualquier resto de broma—.

Quiero verte feliz, Kass. Vamos a compartir este curso entero.

Tú vas a tener que aguantarme todos los días y yo voy a tener la suerte de aguantarte a ti.

Tenemos un pasado bastante bueno, aunque nos empeñemos en complicarlo todo, y...

la verdad... me gusta mucho más la versión de ti que sonríe que la que va por ahí intentando convencer al mundo de que puede con todo ella sola —trago saliva ante sus palabras y lucho por que no se me humedezcan los ojos.

Él continúa hablando antes de que consiga responder—.

Además, voy a necesitar ayuda con el francés.

Se me traba la lengua una barbaridad —hace una pausa teatral y vuelve a sonreír con esa mezcla de descaro y ternura que solo él sabe combinar—.

Aunque... si algún día te apetece volver a mi cama, tampoco pienso poner demasiadas pegas.

No hay mujer más explosiva en el mundo que Kassandra López.

Esta vez sí me río de verdad. Niego con la cabeza mientras el profesor continúa explicando algo que ninguno de los dos está escuchando.

Y, mientras vuelvo lentamente la vista hacia el libro sobre la mesa, descubro que hace apenas media hora estaba convencida de que compartir pupitre con Nick iba a convertirse en una tortura.

Ahora, en cambio, solo quiero dejar de luchar contra algo que llevo demasiado tiempo empeñada en negar.

Nicholas sigue siendo un desastre, un mujeriego insufrible, un pesado incorregible y probablemente la peor idea que podría tener en este momento de mi vida.

Sin embargo, también es el único capaz de conseguir que el miedo desaparezca.

Y quizá, después de todo lo que ha pasado, permitirme sentir un poco de paz no sea una debilidad. Quizá sea exactamente lo que necesito.