CAPÍTULO 23 SONRISAS Y ALEGRÍAS INVOLUNTARIAS
SONRISAS Y ALEGRÍAS INVOLUNTARIAS
Nick
Nunca he entendido a esa gente que dice que se levanta en casa con una sonrisa en la cara; se dan un homenaje en el desayuno mientras tienes una bonita charla en familia.
Mi casa jamás se ha parecido a uno de esos anuncios.
Aquí, cuando abres la nevera, nunca sabes si vas a encontrar leche, una botella de ketchup y medio limón reseco o si vas a encontrar una pelusa del desierto de Arizona.
Aquí los buenos días suelen consistir en comprobar si mi madre sigue dormida sobre el sofá, si Emma tiene preparada la mochila para el colegio y si todavía queda algo que pueda convertirse, con un poco de imaginación, en un desayuno decente.
Sin embargo, llevo dos días levantándome con una sonrisa tan ridícula que hasta yo mismo empiezo a sospechar que debo de estar desarrollando algún tipo de enfermedad mental.
Abro el armario de la cocina y encuentro exactamente lo que esperaba encontrar: dos latas de atún, una caja de cereales que solo contiene migas y un bote de cacao que sobrevive milagrosamente desde hace semanas porque Emma lo administra como si fuera un tesoro nacional.
Suelto una risa por lo bajo mientras rebusco un poco más y termino sacando una barra de pan que ya ha conocido tiempos mejores.
No es precisamente un banquete, pero he conseguido preparar desayunos bastante más tristes que este, así que tampoco pienso dramatizar y enchufo la tostadora.
Lo curioso es que, por primera vez en muchísimo tiempo, la precariedad de esta casa no consigue arrastrarme con ella.
Sigue estando ahí. Sigue siendo una mierda.
La diferencia es que hoy me siento genial.
Quizá sea porque he vuelto a verla y he descubierto que se quedará aquí, al menos un año más.
La idea aparece en mi cabeza sin pedir permiso y me descubro sonriendo otra vez mientras corto el pan en rebanadas desiguales.
Kassandra López. La misma borde insufrible de siempre.
La misma con capacidad sobrenatural para gruñirme incluso cuando la levanto del suelo para abrazarla.
La misma mirada orgullosa intentando convencerme de que no siente absolutamente nada por mí más que indiferencia y hastío.
Y, aun así, debajo de todo eso, durante un instante, juraría haber visto a la chica que pasó una mañana entera desayunando tortitas en esta cocina con Emma y conmigo.
Qué desastre. Resulta que decido repetir curso para quedarme un año más cuidando de mi hermana, porque no tengo ni idea de qué hacer con ella mientras mi madre siga en esta espiral de destrucción y yo no encuentre alguna alternativa buena para mi hermana mientras yo intento estudiar en la universidad, y acabo descubriendo que el destino ha decidido repetirme en mi vida también a Kassandra López.
No sé si eso es una bendición o una condena. Probablemente las dos cosas.
Mientras unto tomate sobre el pan ya tostado, empiezo a imaginarme el resto del curso casi sin querer.
Seguiré viendo a Carter cuando salga del trabajo, porque él sigue en el mismo punto de siempre, atado de pies y manos por la empresa de su padre.
Justin también aparecerá de vez en cuando, cada vez que intente salir corriendo de la mierda que tiene en casa.
Ryder... Ryder ya es otra historia. Pensar en él sigue provocándome un pellizco desagradable en el pecho.
Está en Boston. Intentando recomponer una vida que casi se rompe por completo delante de todos nosotros.
Ojalá la terapia funcione. Ojalá algún día vuelva a reírse como antes.
Y, mientras tanto, yo seguiré aquí echándolo de menos más y más, pues siempre ha sido mi mejor amigo desde que llegó y la persona en quien más confío.
La gente piensa que es oscuro, pero en realidad es muy discreto, que es diferente.
Y eso, en un pueblo lleno de cotillas como éste, es oro.
Lo curioso es que ya no siento que vaya a enfrentarme solo a este curso académico en el que Ryder ya no estará a mi lado por los pasillos del instituto.
Kass va a estar ahí todo el año y eso lo hace de lo más estimulante.
No porque ella vaya a ayudarme con nada.
Seguramente hará exactamente lo contrario.
Seguramente discutiremos tres veces por semana, me llamará imbécil otras cuatro y terminará mirándome con esa superioridad tan suya cuando consiga sacarla de quicio.
Pero estará ahí. Y, por alguna razón que no termino de entender, eso basta para que todo parezca un poco menos cuesta arriba.
—Nicky...
La voz de Emma me saca de mis pensamientos. Aparece en la cocina todavía descalza, arrastrando los pies y con el pelo convertido en un auténtico nido de pájaros. Se frota un ojo con el puño mientras bosteza de una forma tan exagerada que no puedo evitar reírme.
—Buenos días, marmota.
Ella se sube a una silla y apoya los codos sobre la mesa mientras me observa en silencio. Demasiado en silencio. Conozco esa cara. Está pensando en algo que le llama la atención. Y eso suele significar que es algo desconcertante.
—¿Qué?
No responde, solo sigue mirándome con una intensidad impropia de una niña de diez años.
—¿Te pasa algo? —pregunta al fin.
—¿Por qué iba a pasarme algo? —pregunto yo levantando una ceja.
—Porque sonríes mucho —responde encogiéndose de hombros.
—No sonrío tanto —miro instintivamente al reflejo que me devuelve el cristal de la ventana.
—Sí.
—No.
—Sí.
La observo unos segundos antes de soltar una risa resignada.
—Qué pesada eres.
Ella sonríe, orgullosa de haber ganado la discusión, y sigue balanceando las piernas bajo la silla.
—Y estás sonriendo diferente a como sonríes siempre.
La frase consigue que deje el cuchillo sobre la encimera.
—¿Cómo que diferente?
Emma tarda unos segundos en encontrar las palabras. Siempre hace eso cuando intenta explicar algo importante.
—Antes sonreías así... —levanta exageradamente las comisuras de los labios, poniendo una cara tan absurda que parece una caricatura de mí mismo. No puedo evitar reírme.
—Qué feo soy —digo y ella también se ríe.
—Pero luego... cuando pensabas que nadie te miraba... volvías a poner cara triste.
El aire parece quedarse suspendido unos segundos dentro de la cocina. Nunca se me ocurrió que Emma pudiera darse cuenta. Creía que fingía bien. Creía que, al menos delante de ella, conseguía esconder el cansancio. Y resulta que llevo años engañándome solo a mí.
—Hoy no haces eso. Se te queda la misma cara de bobo todo el rato —comenta encogiéndose de hombros.
La miro durante unos segundos sin saber muy bien qué responder. Al final termino acercándome hasta ella, le despeino el pelo con cariño y sonrío de una forma mucho menos forzada que cualquiera de las que ella acaba de imitar.
—¿Así que cara de bobo?
—Bueno… No sé... —hace una pausa —. En realidad me gusta más.