CAPÍTULO 22 OTRA VEZ A EMPEZAR
OTRA VEZ A EMPEZAR
Kassy
Me observo unos segundos en el espejo antes de recogerme el pelo.
Resulta extraño volver a vestirme para ir al instituto después de un verano tan largo y tan distinto al que imaginaba cuando terminaron las clases.
Europa ha sido preciosa. Muchísimo más de lo que siempre había soñado.
También ha sido agotadora, porque ningún paisaje consigue impedir que te preocupes cuando la persona a la que más quieres pasa medio verano entrando y saliendo de hospitales.
Aun así, necesito creer que el viaje ha servido para algo más que para acompañar a mi padre.
Necesito creer que también me ha ayudado a coger la distancia suficiente para regresar con la cabeza un poco más despejada.
Este último curso no tiene por qué convertirse en otro desastre.
Solo tengo que terminarlo. Eso es todo. Estudiar, entrenar, intentar recuperar el ritmo que perdí los últimos meses y marcharme de una vez a la universidad.
No necesito nada más. Ava, Selena y Jannet han empezado una etapa completamente distinta lejos de aquí y, por primera vez tendré que aprender a moverme por estos pasillos sola.
No pasa nada. La gente cambia. Las vidas también.
Supongo que crecer consiste precisamente en aceptar que no siempre puedes llevarte contigo a las personas que te acompañaron durante un tiempo.
Lo único que me fastidia admitir, aunque solo sea delante del reflejo que tengo frente a mí, es que el instituto también va a ser diferente sin Nicholas Stone.
Siempre lo he visto como un auténtico incordio.
Un imbécil profesional que parece incapaz de pasar cinco minutos sin provocar a alguien.
La mayoría de los días conseguía sacarme de quicio antes incluso de que abriera la boca.
Y, sin embargo... un día acabé cediendo a sus provocaciones y degustando sus besos…
su cuerpo… Y me gustó demasiado cómo se sintió todo eso.
Hasta la forma en que me miraba y decía mi nombre.
Maldita sea… su ausencia va a notarse y he intentado demasiado que no lo haga.
No olvido. Sería absurdo decir que lo hago.
Hay noches en las que sigo despertándome recordando la forma en que Nick me miró la última vez que nos vimos, como si yo hubiera destruido algo irrecuperable entre él y su mejor amigo.
También recuerdo las palabras que me dedicó y vuelvo a sentir la misma mezcla de rabia e impotencia, porque sigo creyendo que hice lo único que podía hacer en aquel momento.
Pero, poco a poco, el dolor deja de ocupar cada minuto del día.
Aprendo a convivir con él. Y eso empieza a parecerse bastante a la paz.
Las clases del primer día, como siempre, son un incordio.
No conozco a ninguno de mis nuevos compañeros, solo de vista por los pasillos.
Bueno, salvo a Graham Green y Lauren Capri que son repetidores como yo, pero me cortaría una oreja antes de juntarme con esos dos babosos pegajosos.
Cuando terminan las clases me voy a la taquilla y cojo mi uniforme de entrenadora para ir al campo y reunirme con el equipo.
Allí al menos conoceré caras, me digo. El uniforme de animadora vuelve a ser el mismo del año pasado, pero yo ya no soy la misma chica.
Además de todo, este año también tendré que volver a ganarme un sitio en el equipo y aceptar que ya no soy la capitana del equipo.
Duele. Claro que duele. Pero también sé que las animadoras siempre han sido el único lugar donde consigo dejar de pensar durante un rato.
Allí no importa quién soy fuera del campo.
Solo importa seguir el ritmo, memorizar una coreografía y confiar en que las demás estarán donde tienen que estar cuando llegue el momento de lanzarse al aire.
Me cambio en el vestuario en silencio, recojo mi pelo en una coleta alta y observo mi reflejo unos segundos antes de salir.
La chica del espejo sigue teniendo las mismas curvas, los mismos ojos y la misma expresión orgullosa de siempre.
La coraza vuelve a estar en su sitio. Nadie tiene por qué saber todo lo que ocurre debajo.
Respiro hondo y empujo la puerta que da acceso al campo de entrenamiento.
El sonido de las risas me recibe antes de levantar la vista.
Al principio solo distingo grupos dispersos de jugadores calentando, al entrenador dando instrucciones y varias animadoras nuevas que no conozco.
Algunas me saludan con una sonrisa tímida.
Otras cuchichean entre ellas porque saben perfectamente quién soy, aunque nunca hayan entrenado conmigo.
Estoy a punto de dirigirme hacia ellas cuando una carcajada conocida atraviesa el campo como si alguien acabara de abrir una ventana al pasado. No. No puede ser.
Levanto la vista. Y allí está. Nicholas Stone.
Apoyado contra la valla, con las manos en los bolsillos, riéndose de algo que acaba de decir una animadora que creo que está en mi clase de ciencias mientras ella le da un golpecito juguetón en el pecho y se muerde el labio con esa expresión que tantas veces he visto poner a otras chicas cuando él decide sacar a pasear ese maldito encanto suyo.
Él responde con una sonrisa torcida, inclinándose apenas unos centímetros hacia ella mientras dice algo en su oído y que consigue que la chica vuelva a reírse.
Me quedo completamente inmóvil. ¿Qué demonios...
? Frunzo el ceño. Este imbécil ya había terminado el instituto.
¿Por qué narices sigue aquí? Siento una punzada desagradable atravesarme el estómago al verlo comportarse exactamente igual que siempre, flirteando descaradamente con la primera chica que se le cruza.
¿Qué esperaba? Nicholas Stone siempre ha sido Nicholas Stone.
Estoy a punto de obligarme a seguir caminando cuando él gira la cabeza por casualidad.
Nuestros ojos se encuentran y ocurre algo extraño.
La sonrisa desaparece de su cara de golpe.
Toda la ligereza con la que estaba coqueteando hace apenas un segundo se evapora, sustituida por una expresión de auténtica sorpresa.
Se aparta de la chica sin siquiera darse cuenta de que ella sigue hablándole y da dos pasos hacia mí con el ceño fruncido, como si necesitara asegurarse de que soy real.
—¿Kassandra?
Finjo que no lo escucho, porque necesito esos pocos segundos para recordarme a mí misma todo lo que he venido repitiéndome durante el verano.
No puedo volver a caer en lo mismo. No puedo permitir que una sonrisa, una broma o esa absurda facilidad que tiene para hacer que el resto del mundo desaparezca durante unos minutos vuelva a confundirme.
París me ha servido precisamente para eso, para coger distancia, para convencerme de que algunas personas llegan a tu vida únicamente para enseñarte lo que no necesitas.
Y él es exactamente eso. Además, dejó muy claro lo que pensaba de mí la última vez que nuestras vidas se cruzaron.
No voy a olvidar todo eso solo porque pronuncie mi nombre con esa voz grave que, por mucho que me fastidie reconocerlo, llevo semanas recordando demasiado bien.
—Kassandra...
Su voz vuelve a alcanzarme unos metros más adelante. Aprieto la mandíbula y continúo caminando con la vista fija al frente, fingiendo un interés inexistente por el resto del equipo. Si sigo avanzando quizá entienda el mensaje.
—¡Eh, te estoy hablando!
Noto cómo unos dedos rodean mi brazo para conseguir que me detenga.
Cierro los ojos durante un segundo antes de girarme despacio.
No quiero que note el vuelco que acaba de darme el estómago al sentir su contacto.
No quiero que descubra que, por un instante ridículamente breve, una parte de mí ha estado a punto de reaccionar exactamente igual que antes del verano.
Así que me obligo a levantar una muralla alrededor de todo lo que siento, clavo los ojos en los suyos y adopto la expresión más fría que soy capaz de construir.
—¿Qué?
Él tarda unos segundos en responder. Se limita a observarme como si todavía estuviera intentando convencerse de que realmente estoy delante de él y no fuera una especie de espejismo provocado por la confusión.
Hay sorpresa en su mirada, pero también algo que me descoloca: alivio.
Como si se alegrara enormemente de tenerme de nuevo frente a él.
Aunque ya lo conozco bien, y puede ser que se crea que me puede tener como entretenimiento cuando le apetezca.
—¿Qué haces aquí? —pregunta al fin, sin apartar los ojos de los míos. No puedo evitar que se me escape una risa amarga.
—Pues, al parecer, lo mismo que tú: repetir curso. Parece que los dos somos igual de imbéciles.
Durante un instante creo que mis palabras van a hacer que vuelva a responderme con la misma dureza con la que nos despedimos la última vez.
Sin embargo, lo único que hace es sonreír.
Es una sonrisa completamente genuina, no es de las que tiene ensayadas.
Grande. Torpe. Sincera. Niega ligeramente con la cabeza y deja escapar una risa antes de hablar.
—Joder... No sabes cuánto me alegro de verte.
Son tan inesperadas esas palabras que durante un segundo me quedo completamente inmóvil y mi cabeza tarda demasiado en reaccionar.
Y ese segundo basta para que él acorte la distancia que nos separa, rodee mi cintura con ambos brazos y me levante del suelo como si siguiera siendo la cosa más natural del mundo.
El movimiento me pilla completamente desprevenida.
—¡Nicholas! ¿Qué demonios haces? ¡Bájame ahora mismo! —Él se echa a reír con una carcajada y da una vuelta conmigo en brazos sin la menor intención de obedecerme.
—¡Has vuelto! —dice entre risas— ¡Y sigues siendo la misma gruñona de siempre!
Empiezo a golpearle los hombros con las manos para que me suelte.
Intento impedir que note lo peligrosamente bien que se siente volver a estar tan cerca de él.
Intento acallar esa parte estúpida de mí que acaba de reconocer su perfume antes incluso de levantar la cabeza.
Intento recordar por qué me prometí que esto no volvería a pasar.
Finalmente me deja otra vez sobre el césped.
Retrocedo un paso casi de inmediato, marcando una distancia que él parece no comprender.
Respiro despacio, recompongo la expresión y vuelvo a esconderme detrás de la única protección que me queda.
—No vuelvas a tocarme.
Él ladea ligeramente la cabeza. Durante unos segundos parece debatirse entre seguir bromeando o tomarse en serio mi reacción.
Al final opta por esa mezcla desesperante de ambas cosas que tan bien se le da.
Se acerca unos centímetros, me da un pequeño pellizco en la mejilla con una confianza que hace meses habría conseguido arrancarme una sonrisa y me dedica una media sonrisa cargada de complicidad.
—Venga, Kass... Si tú te alegras de verme tanto como me alegro yo de verte a ti.
Lo observo como si acabara de pronunciar la mayor estupidez del mundo. Perfecto. Piensa que me tiene en la mano.
—¿Perdona? —mi voz suena mucho más fría de lo que esperaba— ¿Has olvidado la última conversación que tuvimos tú y yo? Porque yo no.
Toda la alegría desaparece lentamente de su rostro.
Baja la mirada hacia el suelo, inspira despacio y permanece unos segundos inmóvil antes de volver a buscar mis ojos.
Cuando lo hace, ya no queda ni rastro del chico bromista que hace un minuto estaba riéndose.
Solo veo tristeza. Y un arrepentimiento tan sincero que, por un instante, me obliga a bajar la guardia.
—Con respecto a eso... quería decirte que lo siento —traga saliva antes de continuar—.
Me pasé. Muchísimo. Y... no es eso lo que pienso de ti.
Creo que deberías haber hecho las cosas de otra manera, Kass, y ojalá hubieras encontrado otra forma de hacerlo...
pero llevo todo el verano dándole vueltas y también sé que tú solo intentabas proteger a Ava, a tu manera.
No puedo seguir enfadado contigo por eso.
Me quedo mirándolo, por unos segundos obnubilada.
Y lo peor de todo es que le creo. Le creo desde la primera palabra.
Sé que no está fingiendo. Sé que esas disculpas son reales.
Pero siento de repente un miedo enorme a volver a acercarme a él sin guardar algo de rencor, o de resquemor que puedan protegerme de lo que este chico me hace sentir.
Y todo el trabajo realizado para olvidarlo habrá sido en vano.
Recuerdo el verano obligándome a olvidarlo.
Las noches convenciéndome de que nunca había significado nada.
Las veces que repetí delante del espejo que Nicholas Stone no era el chico que necesitaba.
Y entonces vuelvo a colocar cada pieza de mi armadura exactamente donde estaba.
—Quizá ya sea demasiado tarde para sentirlo.
Nicholas me mira de una forma que hace que algo cruja dentro de mi interior.
No soporto ver esa tristeza en él, que siempre sonríe, aunque su mundo sea una mierda.
Y me jode tener esta información sobre él y no poder volver a verlo como antes.
Nick no intenta discutir. No insiste. Solo permanece allí, mirándome con una expresión que me resulta mucho más difícil de tragar que cualquiera de nuestros antiguos insultos.
Sostengo su mirada apenas unos segundos más, los justos para impedir que note que soy yo quien está a punto de romperse si seguimos así un minuto más.
—Adiós, Nicholas.
Me doy la vuelta antes de que pueda responder y camino hacia el resto de las animadoras con la espalda completamente recta y el paso firme, obligándome a no mirar atrás ni una sola vez.
La coraza vuelve a estar en su sitio. Al menos por fuera.
Porque, por dentro, tengo la desagradable sensación de que el verano no ha conseguido alejarme de Nicholas Stone una puta mierda.
Ni una décima parte de lo que me prometí a mí misma antes de subir a aquel avión.