CAPÍTULO 21 DESPUÉS DE LA TORMENTA
DESPUÉS DE LA TORMENTA
Nick
Entro en casa de Claire como quien regresa a un trabajo que ya no le gusta, pero del que no puede prescindir.
Llevo semanas pasando más tiempo aquí que en cualquier otro lado.
La nueva y cuantiosa deuda se ha convertido en nuestra base.
Cada vez que me mira de esa forma, cada vez que se quita la ropa sin preguntar, sé exactamente lo que espera a cambio.
Como hoy. Empezamos en el jacuzzi, con el agua caliente y olor a jazmín.
La follé con fuerza, como siempre, buscando esa descarga que antes llegaba sin esfuerzo.
Pero la erección se me vino abajo a mitad de camino.
No es la primera vez que me pasa últimamente.
Tampoco la segunda. El cuerpo me está fallando de una forma que no sé cómo manejar, y aunque no me siento mal conmigo mismo —el problema es claro: Claire ya no me pone tan cachondo como antes—, hoy sí me molesta.
Porque empiezo a pensar que estoy perdiendo lo único que todavía funcionaba bien en mi vida: esa potencia sexual que siempre me había salvado de sentirme completamente inútil.
Claire no dice nada cuando me salgo del jacuzzi.
Solo se arrodilla frente a mí en el borde de la bañera, con el pelo mojado pegado a la espalda y dispuesta a solucionar el problema ella misma.
Se mete mi polla en la boca con determinación, chupándome con ganas, usando la lengua y las manos como sabe que me gusta.
Yo le agarro el pelo y empujo un poco más profundo, follándome su boca con dureza, intentando concentrarme.
En mi cabeza desfilan imágenes de actrices y cantantes que siempre me han puesto: cuerpos perfectos, sonrisas provocadoras, escenas que antes bastaban para mantenerme duro.
Pero hoy ni eso funciona del todo. Hasta que, de repente, aparece Kassandra.
Su cara. Su pelo negro. La forma en que me miraba cuando se corría.
El sonido de su respiración contra mi cuello.
Y entonces sí. Me corro con fuerza en la boca de Claire, gruñendo, sintiendo cómo traga sin quejarse.
Ella se separa, se limpia la comisura de los labios con el dorso de la mano y sonríe, aliviada, como si por fin hubiera conseguido que “su chico” se pusiera cachondo otra vez.
Para mí no es consolador. Es solo otra prueba de que el cuerpo responde a lo que quiere, no a lo que debería.
Me ducho rápido, casi con prisa, como si el agua pudiera arrastrar algo más que el olor a cloro y a Claire.
Me visto sin mirarme en el espejo. No quiero ver la cara que pongo después de follar con alguien como Claire.
Cuando salgo al recibidor, Claire está apoyada en el marco de la puerta, con una copa en la mano y esa sonrisa que usa cuando cree que todo ha salido bien.
—¿Vuelves mañana? —pregunta.
—Sí —respondo. Siempre digo que sí. Es lo único que sé decirle últimamente.
El coche de mi madre arranca con ese ruido familiar.
Conduzco sin destino al principio, dejando que las calles me lleven.
Pero la cabeza no tarda en decidir por mí.
Me dirige sola hacia la urbanización donde sé que vive Kassandra.
Hace semanas que no sé nada de ella. Después de la última vez, de lo duro que fui, de las palabras que salieron de mi boca sin filtro…
he pensado mil veces en ir a buscarla. En plantarme delante de ella y decirle que me pasé.
Que me arrepiento. Que, si ella quisiera, podríamos echar un polvo reconciliador y quedarnos los dos un poco más en paz.
Pero no he tenido el valor. Hasta hoy. Hasta que la sensación de vacío después de correrme en la boca de otra mujer me ha empujado a hacer algo, cualquier cosa, antes de que ese vacío se convierta en costumbre.
No sé cuál es su casa. Solo conozco la zona.
Así que paseo despacio por las calles, mirando ventanas iluminadas, jardines, coches aparcados en hilera.
Estoy a punto de dar la vuelta, de decirme que soy un idiota por venir, cuando veo a una chica rubia salir a hurtadillas por la ventana de una casa de dos plantas.
¡Eh, espera! La reconozco. Es ¿Jane, July, o era Jannet?
Una de las amigas de Kass. Freno y bajo la ventanilla.
—¿Jannet? —pruebo suerte con uno de esos nombres. Se gira de golpe, con los ojos muy abiertos, como si la hubieran pillado robando. Parece nerviosa. Desesperada por irse de ahí.
—¿Qué haces tú aquí? —pregunta, mirando hacia la casa con miedo.
—Busco a Kassandra. ¿Sabes algo de ella? —pregunto ansioso. Jannet muerde el labio inferior y se abraza a sí misma. Está temblando un poco, aunque no hace frío.
—No puedo… tengo que irme.
—¡Te llevo! —le ofrezco sin pensarlo dos veces—.
A donde quieras. Sube —le ofrezco. Ella duda solo un segundo.
Luego abre la puerta del copiloto y se mete, cerrándola con cuidado para no hacer ruido.
Arranco y salgo de la urbanización en silencio.
Ella mira por la ventanilla todo el rato, como si creyera que alguien la sigue.
Cuando ya estamos lejos vuelvo a preguntar.
—¿Dónde está Kassandra? —vuelvo a insistir. Jannet tarda en responder. Cuando lo hace, su voz sale en un susurro.
—En Europa. No sé por cuánto tiempo.
El mundo se me cae a los pies. Europa. Apuntándose a la Universidad, probablemente.
Seguramente con una de esas becas que siempre dan a quien menos lo necesita.
Maldita sea muy lejos de mí. Siento un vacío enorme en el pecho, una mezcla de rabia y algo parecido al miedo.
Porque si se ha ido de verdad, si no va a volver…
entonces no tendré ni la oportunidad de disculparme.
De decirle que me arrepiento de lo duro que fui.
De que, a pesar de todo, no dejo de pensar en ella.
De que su imagen es la única capaz de hacerme correrme cuando todo lo demás falla.
Aprieto el volante con fuerza hasta que los nudillos se me ponen blancos. Miro de reojo a Jannet.
—¿Me puedes dar su teléfono?
Ella me observa unos segundos, evaluándome, decidiendo si merezco la confianza o no.
Al final asiente, saca el móvil y me dicta los dígitos uno a uno.
Los guardo en el mío con manos que apenas me responden.
No sé si la llamaré ni si ella querrá escucharme.
Pero al menos ahora tengo algo. Una posibilidad de contactar con ella.
Conduzco en silencio el resto del camino.
Jannet me indica dónde dejarla con un gesto de la cabeza.
Cuando se baja, me da las gracias en voz baja y desaparece entre las sombras de la calle.
Yo me quedo solo en el coche, con el número de Kassandra brillando en la pantalla del móvil y la certeza de que no sé qué coño hacer con lo que siento.
Porque lo que siento ya no es solo ganas de follármela otra vez.
Es algo más, más incómodo y mucho más complicado.